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Indigencia y Capitalismo.











Dylan se llama. Desde el mes de Julio duerme en la vereda de la calle San Martín. Duerme sin colchón siquiera. Su madre murió en ese mes. Tenía 33 años. Él tiene 21. Su padrastro, que golpeaba a su madre y a él, lo echó desde entonces.

Le digo que vengo de ver a compañeros suyos, a la vuelta de la esquina: “No, pero esos de la vuelta están muy mal, se dan con pasta base, toman alcohol etílico…”- Murmura.

Dylan tiene varios tatuajes. Uno de ellos es el nombre de su ex mujer, Victoria.  Lo dejó hace meses, se fue con su hija. El nombre de su hija es otro de sus tatuajes. Y otro es el nombre de su madre. Los tres muertos, para él. Porque a su hija, a quien extraña muchísimo, no la verá más. Sus tatuajes hablan de lo que no pudo ser, de lo que quedó hecho carne, huella en la piel.




Hablamos un rato. Trato de tirarle una migaja de fe; que hay que seguir, que es joven, que también mis viejos murieron no hace mucho. Que primero mi madre, y que después mi padre, que no soportó la muerte de su mujer. Le digo que no esté tan triste. Tan. Porque inevitablemente tiene todo el derecho del mundo a estarlo.  Hablamos de su madre, y me cuenta también de su ex mujer. Porque además de ropa y alimento, necesitan ser escuchados. Me cuenta que su compañero de vereda -que usa el colchón aledaño- fue por alimento. Pero que ya hasta en los Mac Donald´s se le prohíbe la entrada y que este nuevo gobierno no solo quitó los subsidios, los cuales los beneficiaba a muchos, sino que además comenzó a enrejar las Galerías para que nadie pueda dormir en los pasillos. Erradicar a los indigentes del planeta o, a la criolla: "si hay miseria, que no se note."

Dylan es uno más de los tantos nuevos pobres de la calle. Algunos aún se afeitan, espejito que cuelgan en el tronco de un árbol, y que todavía les devuelve una imagen más o menos amable. Y lavan su ropa, sus zapatillas, sus colchas, en las canillas que encuentran en las plazas. Otros, como Dylan, están melancolizados y no quieren ni siquiera conocer a una nueva mujer porque todo es muy reciente: “No estoy para eso... Estoy triste.” Tiene las manos muy sucias porque fue a ayudar a pintar a un puestero de Retiro. Con esas manos se toca los ojos. Todo el tiempo. Y quizás por ahora no pescará ninguna enfermedad porque no tiene ni siquiera a un Otro social a quien demandarle. Ha perdido bastante la capacidad de esperar algo de Alguien. Sin embargo si sigue así envejecerá prematuro. 

Siempre me sorprendió la capacidad de los indigentes de pedir aún... Porque hasta el significante que los define resulta paradójico: de nada disponen, sin embargo piden para poder tener al menos una palabra. Y saluda a otra mujer que sale con dos perros del edificio... Porque en Buenos Aires aún hay gente que se compadece del que menos tiene. No solo están los que dicen que hay que irse del país, que esto no da para más, y que oh casualidad son los mismos que votaron este sistema capitalista anti Pueblo. También están los que piensan un poco en los otros, en los que no pueden comer en un restó fashion de Palermo Soho o tomar un cabernet franc o darse el lujo de viajar a la Polinesia. Y no está mal: todos tenemos derecho de producir con nuestro capital un plus de goce. Lo que está mal, me parece, es darle la espalda, porque ellos son nuestro espejo. Porque son también nuestro producto. Porque no podemos exigirle nada, porque no tienen nada. No es que tienen poco. No tienen nada. Para los que enuncian "que vayan a laburar" o "tienen dos brazos y dos piernas", habría que recordarles que quizás sus propios hijos, con dos brazos y dos piernas y tres postgrados no pueden conseguir trabajo. O si consiguen no les alcanza a veces ni para un alquiler. ¿Cuándo la sociedad va a entender que produce también pobres que ni siquiera tienen el derecho a un plato de comida?




Dylan duerme en la vereda. Tiene un bolsito muy pequeño donde quizás guarde lo mínimo indispensable, que hasta me intriga saber que será... Supongo que algún par de medias, y un jogging o un peine... Con eso vive. Y con un poco de tiempo que algunos vecinos le dedicamos a veces, cuando el bullicio baja y el centro queda vaciado de pseudoejecutivos, cadetes con tres idiomas y especuladores de la Banca.

Frente a Dylan está Dadá, un viejo bar fashion de pocas mesas donde decenas de Boys After Office's y creídos de trajes brillosos, alzan sus burbujas en la vereda; porque ahora es moda tomar cerveza y vino en las veredas porteñas, rodeado de olor nauseabundo que sale de las alcantarillas colmadas de estiércol capitalista, de ratas y de cucarachas. Y más al costado está el antiguo restó Filo. Y un poco más hacia la izquierda, un Pub Inglés. Pero la gente que frecuenta esos lugares está muy ocupada hablando de arte posmo o del último modelo de celular. O de cómo ayudar a cambiar el mundo comiendo productos orgánicos y agua mineral sin gas.

Tampoco advierten a los cinco compañeros de Dylan que yacen a la vuelta esperando salga el container de basura del emblemático Hotel Plaza para devorarlo entero. Algunos se meten adentro de la caja de hierro para no perder un solo segundo. Yo los vi. Nadie me lo contó: de lo contrario pensaría en un relato de la ciencia ficción, de la más perversa.

Estos compatriotas no comen, apenas si se alimentan. Porque comer es otra cosa: la anoréxica come: come “nada”. Ellos, en cambio, tienen hambre. No conocen la Neurosis ("pescado no, frituras no, mariscos no, sólo verdes, sin sal") porque para ser Neurótico es necesario primero posicionarse fálicamente ante un Otro. Y ellos, tristemente, no pueden ser el Falo de nadie, excepto fugazmente, impetuosa y arcaicamente, cuando nos piden ayuda y se permiten creer, por unos segundos, que son importantes para Alguien.

Dylan es uno más de los que no pueden darse el lujo de ser Neuróticos. De demandar “una flor” o “un poema”.  Porque está caído del sistema social. Porque el Lenguaje los ha tomado pero no pueden constituir un discurso que los proteja. Un discurso para Otro que lo desee. Porque sólo son gozados por un Otro voraz que se llama Capitalismo Salvaje.

Me despido. "Que Dios te bendiga"- me dice. Es una de las pocas y valiosas cosas que nos puede dar: bendiciones. Esas que no les da la Sociedad que los produce y no los ampara. Y que nos hace creer que vamos a morir mejor que Dylan. Como si se pudiese morir mejor que alguien. Mejor o peor. La misma sociedad que a veces piensa que son producto de un mal entendido (como si el resto de la Humanidad no lo fuese) o que sus nacimientos son un accidente, o que quizás para tener hijos haya que tener educación universitaria o algo por el estilo. Sociedad que creo no logra entender que es tan responsable de un Dylan como de un Borges. Pero que, tristemente, son los Dylan los que nos avergüenzan, porque obviamente lo importante es la imagen. Y -entonces- "si hay miseria, que no se note".

MAP
Dylan
X / 2016
Arte Urbano:
Skid Robot
[ EE.UU. ]

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