Alberto Ginastera & Gustavo Dudamel









Los Trabajadores Agrícolas

Alberto E. Ginastera

[  Buenos Aires, 1916 / Ginebra, 1983 ]

Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela
Director:
Gustavo Dudamel
[  Barquisimeto, 1981 ]

Narcisismo: el eterno amor a sí mismo.









El narcisismo, que ha permitido crear la civilización, nos muestra también a diario sus grandes derrotas: como en el cuadro de Goya donde Saturno se devora a su propio hijo. Si es cierto que todo lo que hacemos empieza y termina en ese punto nodal de nuestro Ser; si es cierto que narcisismo es imagen y también poder fálico; entonces es coherente pensar –aunque nos duela- que el sujeto vaya detrás del vigor yoico cual si fuese su potestad mejor lograda y sin importar ningún método y ninguna consecuencia. Los sujetos, así, matan incluso lo que dicen amar. Todo gira en torno a la preservación de su imagen. Pero dicha protección –como sabemos desde Freud- no se homologa a la conservación: ni de su deseo, ni de su Ser. Se trata, sí, de la custodia del imaginario; más no de la poética de lo simbólico. Por eso los sujetos -con tal de sostener una imagen- son capaces de hacer cualquier acto en determinados momentos; y hacer todo lo contrario en otras condiciones ante otros que no son aquellos mismos a los cuales hay que agradar; a costa a veces de perder mucho.

Este tipo de conductas (que muchas veces representan la comedia nuestra de cada día, cuando no la tragedia) son –hay que recordarlo- la defensa contra el agujero que produce la Castración. Es decir: el sujeto necesita alienarse a la imagen (y el espejo constituye el mayor exponente) para no verse en falta, agujereado. La imagen, entonces, sostiene. De allí que las cirugías estéticas (y en ciertos contextos también los tatuajes y adornos varios) constituyen el soporte que hacen que el sujeto pueda distraerse de su falta-en-ser. La falla en lo simbólico se suple con el imaginario. No por nada toda máscara es un engaño. Con la salvedad que, para el psicoanálisis, las apariencias no engañan. Por algo el sujeto hace lo que hace.

Es decir -entonces- que estos procedimientos imaginarios son directamente proporcionales a la fragmentación del sujeto. Es decir: cuánto más me alieno al espejo, cuánto más me mido fálicamente, cuánto más necesito producir mi cuerpo, más endeble y quebradizo soy. [Una amiga me contó hace mucho que su madre (ochenta y seis años, diez años con acv, apenas si puede caminar y casi no habla), nunca se dispondría a ir a la mesa (y mucho menos si hay visitas) sin haberse perfumado y peinado.] No por nada muchos sujetos, en momentos que van a enfrentarse con la castración, necesitan retocarse el cuerpo. En el análisis esto lo escuchamos cuando, después de un fallido (después que aparece la falta); el analizante, en vez de asociar, quiere irse por la tangente imaginaria y hablar de otra cosa. Así funciona la civilización: la publicidad es un buen ejemplo: vía el imaginario se tapa lo real. Pero hay miles de ejemplos: el otro día un analizante contaba que al visitar la oficina del CEO de uno de los grupos más poderosos de Argentina; se encontró con un espacio hiperextenso donde el susodicho directivo hacía su entrada desde lejos, cual actor en la escalinata del Oscar. Más espacio, más poder imaginario. Estas cosas, más allá de que nos dan una mezcla de risa y pena, son con las cuales se construye el mercado de la potestad pseudototémica: puesto que –como también sabemos- el todo está agujerado. Este imaginario, en el que todos estamos incluidos, tiene su cara más obesa en el delirio de infatuación que, para Lacan, es la única verdadera enfermedad del parlétre. [Pensemos en la paranoia, que es obviamente una psicosis: el sujeto allí está hiperinflado de YO.]


Es el mismo imaginario que trata de tapar un duelo, que –en definitiva- no es más que el dolor ante la castración. El sujeto -ante la falta que le falta- entra en una compulsión con determinados aditamentos y actos: se compra productos de consumo innecesarios, sale más de lo habitual, come en exceso, etc. O bien, al contrario (puesto que la pulsión golpea donde puede), se amuralla y restringe: ya no puede ver una película en su living porque eso le restituye al lugar donde, otrora, abrazado a su ex - pareja lo hacía; o alguna esquina, o algún bar, le recuerda ese época y por lo tanto no puede siquiera pasar por allí. Hay que entender que, en estos casos del trabajo de duelo, es el propio narcisismo que uno debe matar (es nuestra falta la que se ha ido, es lo que ocupaba nuestro Ideal lo que nos ha dejado); y eso es lo que lo hace tan arduo.

Podríamos decir que hay dos amores incondicionales: el amor así mismo y el amor de un perro. Sólo que el segundo puede fallar.  O para decirlo con Oscar Wilde: “Amarse a uno mismo es el principio de una historia de amor eterna”.  Historia que aún sigue viva en los cementerios, con sus faustos sepulcros, con sus irónicas necrológicas. He conocido a una amiga que -sabiendo que moría en pocos meses- fue hacia el mausoleo de su familia en el cementerio de la Recoleta, a arreglarlo y llevar unas plantitas. Esto no es surrealismo: es la mortificación más arraigada de la Verneinung freudiana, es decir:  de la denegación de la falta.

Cierro estos párrafos con una pieza breve. Un analizante -cuyo padre acaba de ser intervenido con una colectomia y una colostomía (ano contra natura)- comentaba -con lágrimas en sus ojos- más o menos así este tipo de ceguera (y de sordera) narcisística que, como se desprende del relato, sigue tratando de taponar el déficit, el boquete, por donde se fuga la vida. 


"Me preguntaba cómo puede ser que mi viejo haya sido tan rígido, tan clavado en su posición. Tan obsesivo, tan pendiente de su imagen. Su imagen dominó su vida. Es tan penoso lo que viví hace unos días... El domingo fui a almorzar. Como sabés, está recién dado de alta de un cáncer de colon. Tiene una debilidad importante. Apenas si puede empezar a comer sólidos. Tiene ochenta y cuatro años. Uno podría decir que ya no tiene nada que aparentar... Está entrando en la muerte. Casi ni fuerzas tiene. Está descarnado. Y como si fuese poco, tiene una bolsita al costado donde acumula la mierda. Y el domingo hubo que cambiarla antes de lo previsto porque se rompió. Se rompió en el almuerzo. Y estaba todo el piso manchado de mierda. Y había olor a mierda.  Y pude observar cómo, con mi vieja al lado tratando de limpiarle esa mierda derramada, con él salpicado, con esa sonda que sale de su abdomen, con toda la caca afuera... él sólo estaba preocupado porque al ponerse de nuevo los pantalones la bota manga no le toque el piso. Es tristísimo... Me da tanta pena."

Marcelo Augusto Pérez
Cuando la vida es una mierda, mejor arreglarse el tocado.
El eterno amor a sí mismo.
Septiembre / 2015
ARTE:
Ettore Aldo del Vigo
[ Basilea, 1952 ]

Borges & EL Budismo








Con aquel amigo que era budista (yo no estoy seguro de ser cristiano y estoy seguro de no ser budista) yo discutía y le decía: "¿Por qué no creer en el príncipe Siddharta, que nació en Kapilovastu quinientos años antes de la era cristiana?" Él me respondía: "Porque no tiene ninguna importancia; lo importante es creer en la Doctrina". Agregó, creo que con más ingenio que verdad, que creer en la existencia histórica del Buddha o interesarse en ella seria algo así como confundir el estudio de las matemáticas con la biografía de Pitágoras o Newton. Uno de los temas de meditación que tienen los monjes en los monasterios de la China y el Japón, es dudar de la existencia del Buddha. Es una de las dudas que deben imponerse para llegar a la verdad.

Las otras religiones exigen mucho de nuestra credulidad. Si somos cristianos, debemos creer que una de las tres personas de la Divinidad condescendió a ser hombre y fue crucificado en Judea. Si somos musulmanes tenemos que creer que no hay otro dios que Dios y que Muhammad es su apóstol. Podemos ser buenos budistas y negar que el Buddha existió o, mejor dicho, podemos pensar, debemos pensar que no es importante nuestra creencia en lo histórico: lo importante es creer en la Doctrina. Sin embargo, la leyenda del Buddha es tan hermosa que no podemos dejar de referirla.

Los franceses se han dedicado con especial atención al estudio dé la leyenda del Buddha. Su argumento es éste: la biografía del Buddha es lo que le ocurrió a un solo hombre en un breve periodo de tiempo. Puede haber sido de este modo o de tal otro. En cambio, la leyenda del Buddha ha iluminado y sigue iluminando a millones de hombres. La leyenda es la que ha inspirado tantas hermosas pinturas esculturas y poemas. El budismo, además de ser una religión, es una mitología, una cosmología, un sistema metafísico, o, mejor dicho, una serie de sistemas metafísicos, que no se entienden y que discuten entre sí.

La leyenda del Buddha es iluminativa y su creencia no se impone.

En el Japón se insiste en la no historicidad del Buddha. Pero sí en la Doctrina. La leyenda empieza en el cielo. En el cielo hay alguien que durante siglos y siglos, podemos decir literalmente, durante un número infinito de siglos, ha ido perfeccionándose hasta comprender que en la próxima encarnación será el Buddha.

Elige el continente en que ha de nacer. Según la cosmogonía budista el mundo está dividido en cuatro continentes triangulares yen el centro hay una montaña de oro: el monte Meru. Nacerá en el que corresponde a la India. Elige el siglo en que nacerá; elige la casta, elige la madre. Ahora, la parte terrenal de la leyenda. Hay una reina, Maya. Maya significa ilusión. La reina tiene un sueño que corre el albur de parecernos extravagante pero no lo es para los hindúes.

Casada con el rey Suddhodana, soñó que un elefante blanco de seis colmillos, que erraba en las montañas del oro, entró en su costado izquierdo sin causarle dolor. Se despierta; el rey convoca a sus astrólogos y éstos le explican que la reina dará a luz un hijo que podrá ser el emperador del mundo o que podrá ser el Buddha: el Despierto, el Lúcido, el ser destinado a salvar a todos los hombres. Previsiblemente, el rey elige el primer destino: quiere que su hijo sea el emperador del mundo.

Volvamos al detalle del elefante blanco de seis colmillos. Oldemberg hace notar que el elefante de la India es animal doméstico y cotidiano. El color blanco es siempre símbolo de inocencia. ¿Por qué seis colmillos? Tenemos que recordar (habrá que recurrir a la historia alguna vez) que el número seis, que para nosotros es arbitrario y de algún modo incómodo (ya que preferimos el tres o el siete), no lo es en la India, donde se cree que hay seis dimensiones en el espacio: arriba, abajo, atrás, adelante, derecha, izquierda. Un elefante blanco de seis colmillos no es extravagante para los hindúes.

El rey convoca a los magos y la reina da a luz sin dolor. Una higuera inclina sus ramas para ayudarla. El hijo nace de pie y al nacer da cuatro pasos: al Norte, al Sur, al Este y al Oeste, y dice con voz de león: "Soy el incomparable; éste será mi último nacimiento". Los hindúes creen en un número infinito de nacimientos anteriores. El príncipe crece, es el mejor arquero, es el mejor jinete, el mejor nadador, el mejor atleta, el mejor calígrafo, confuta a todos los doctores (aquí podemos pensar en Cristo y los doctores). A los dieciséis años se casa.

El padre sabe - los astrólogos se lo han dicho - que su hijo corre el peligro de ser el Buddha, el hombre que salva a todos los demás si conoce cuatro hechos que son: la vejez, la enfermedad, la muerte y el ascetismo. Recluye a su hijo en un palacio, le suministra un harén, no diré la cifra de mujeres porque corresponde a una exageración hindú evidente. Pero, por qué no decirlo: eran ochenta y cuatro mil.




El príncipe vive una vida feliz; ignora que hay sufrimiento en el mundo, ya que le ocultan la vejez, la enfermedad y la muerte. El día predestinado sale en su carroza por una de las cuatro puertas del palacio rectangular. Digamos, por la puerta del Norte. Recorre un trecho y ve un ser distinto de todos los que ha visto. Está encorvado, arrugado, no tiene pelo. Apenas puede caminar, apoyándose en un bastón. Pregunta quién es ese hombre, si es que es un hombre. El cochero le contesta que es un anciano y que todos seremos ese hombre si seguimos viviendo.

El príncipe vuelve al palacio, perturbado. Al cabo de seis días vuelve a salir por la puerta del Sur. Ve en una zanja a un hombre aún más extraño, con la blancura de la lepra y el rostro demacrado. Pregunta quién es ese hombre, si es que es un hombre. Es un enfermo, le contesta el cochero; todos seremos ese hombre si seguimos viviendo. El príncipe, ya muy inquieto, vuelve al palacio. Seis días más tarde sale nuevamente y ve a un hombre que parece dormido, pero cuyo color no es el de esta vida. A ese hombre lo llevan otros. Pregunta quién es. El cochero le dice que es un muerto y que todos seremos ese muerto si vivimos lo suficiente.

El príncipe está desolado. Tres horribles verdades le han sido reveladas: la verdad de la vejez, la verdad de la enfermedad, la verdad de la muerte. Sale una cuarta vez. Ve a un hombre casi desnudo, cuyo rostro está lleno de serenidad. Pregunta quién es. Le dicen que es un asceta, un hombre que ha renunciado a todo y que ha logrado la beatitud.

El príncipe resuelve abandonar todo; él, que ha llevado una vida tan rica. El budismo cree que el ascetismo puede convenir, pero después de haber probado la vida. No se cree que nadie deba empezar negándose nada. Hay que apurar la vida hasta las heces y luego desengañarse de ella; pero no sin conocimiento de ella.

El príncipe resuelve ser el Buddha. En ese momento le traen una noticia: su mujer, Jasodhara, ha dado a luz un hijo. Exclama: "Un vínculo ha sido forjado." Es el hijo que lo ata a la vida. Por eso le dan el nombre de Vínculo. Siddharta está en su harén, mira a esas mujeres que son jóvenes y bellas y las ve ancianas horribles, leprosas. Va al aposento de su mujer. Está durmiendo. Tiene al niño en los brazos. Está por besarla, pero comprende que si la besa no podrá desprenderse de ella, y se va.




Busca maestros. Aquí tenemos una parte de la biografía que puede no ser legendaria. ¿Por qué mostrarlo discípulo de maestros que después abandonará? Los maestros le enseñan el ascetismo, que él ejerce durante mucho tiempo. Al final está tirado en medio del campo, su cuerpo está inmóvil y los dioses que lo ven desde los treinta y tres cielos, piensan que ha muerto. Uno de ellos, el más sabio, dice:
"No, no ha muerto; será el Buddha". El príncipe se despierta, corre a un arroyo que está cerca, toma un poco de alimento y se sienta bajo la higuera sagrada: el árbol de la ley, podríamos decir.

Sigue un entreacto mágico, que tiene su correspondencia con los Evangelios: es la lucha con el demonio. El demonio se llama Mara.

Ya hemos visto esa palabra nightmare, demonio de la noche. El demonio siente que domina el mundo pero que ahora corre peligro y sale de su palacio. Se han roto las cuerdas de sus instrumentos de música, el agua se ha secado en las cisternas. Apresta sus ejércitos, monota en el elefante que tiene no sé cuántas millas de altura, multiplica sus brazos, multiplica sus armas y ataca al príncipe. El príncipe está sentado al atardecer bajo el árbol del conocimiento, ese árbol que ha nacido al mismo tiempo que él.

El demonio y sus huestes de tigres, leones, camellos, elefantes y guerreros monstruosos le arrojan flechas. Cuando llegan a él, son flores. Le arrojan montañas de fuego, que forman un dosel sobre su cabeza. El príncipe medita inmóvil, con los brazos cruzados. Quizá no sepa que lo están atacando. Piensa en la vida; está llegando al nirvana, a la salvación. Antes de la caída del sol, el demonio ha sido derrotado. Sigue una larga noche de meditación; al cabo de esa noche, Siddharta ya no es Siddharta. Es el Buddha: ha llegado al nirvana.

Resuelve predicar la ley. Se levanta, ya se ha salvado, quiere salvar a los demás. Predica su primer sermón en el Parque de las Gacelas de Benares. Luego otro sermón, el del fuego, en el que dice que todo está ardiendo: almas, cuerpos, cosas están en: fuego. Más o menos por aquella fecha, Heráclito de Éfeso decía que todo es fuego.

Su ley no es la del ascetismo, ya que para el Buddha el ascetismo es un error. El hombre no debe abandonarse a la vida carnal porque la vida carnal es baja, innoble, bochornosa y dolorosa; tampoco al ascetismo, que también es innoble y doloroso. Predica una vía media -para seguir la terminología teológica -, ya ha alcanzado el nirvana y vive cuarenta y tantos años, que dedica a la prédica. Podría haber sido inmortal pero elige el momento de su muerte, cuando ya tiene muchos discípulos.

Muere en casa de un herrero. Sus discípulos lo rodean. Están desesperados. ¿Qué van a hacer sin él? Les dice que él no existe, que es un hombre como ellos, tan irreal y tan mortal como ellos, pero que les deja su Ley. Aquí tenemos una gran diferencia con Cristo. Creo que Jesús les dice a sus discípulos que si dos están reunidos, él será el tercero. En cambio, el Buddha les dice: les dejo mi Ley. Es decir, ha puesto en movimiento la rueda de la ley en el primer sermón. Luego vendrá la historia del budismo. Son muchos los hechos: el lamaísmo, el budismo mágico, el Mahayana o gran vehículo, que sigue al Hinavana o pequeño vehículo, el budismo zen del Japón.

Yo tengo para mí que si hay dos budismos que se parecen, que son casi idénticos, son el que predicó el Buddha y lo que se enseña ahora en la China y el Japón, el budismo zen. Lo demás son incrustaciones mitológicas, fábulas. Algunas de esas fábulas son interesantes. Se sabe que el Buddha podía ejercer milagros, pero al igual que a Jesucristo, le desagradaban los milagros, le desagradaba ejercerlos. Le parece una ostentación vulgar. Hay una historia que contaré: la del bol de sándalo.

Un mercader, en una ciudad de la India, hace tallar un pedazo de sándalo en forma de bol. Lo pone en lo alto de una serie de cañas de bambú, una especie de altísimo palo enjabonado. Dice que dará el bol de sándalo a quien pueda alcanzarlo. Hay maestros heréticos que lo intentan en vano. Quieren sobornar al mercader para que diga que lo han alcanzado. El mercader se niega y llega un discípulo menor del Buddha. Su nombre no se menciona, fuera de ese episodio.

El discípulo se eleva por el aire, vuela seis veces alrededor del bol, lo recoge y se lo entrega al mercader. Cuando el Buddha oye la historia lo hace expulsar de la orden, por haber realizado algo tan baladí.


Pero también el Buddha hizo milagros. Por ejemplo éste, un milagro de cortesía. El Buddha tiene que atravesar un desierto a la hora del mediodía. Los dioses, desde sus treinta y tres cielos, le arrojan una sombrilla cada uno. El Buddha, que no quiere desairar a ninguno de los dioses, se multiplica en treinta y tres Buddhas, de modo que cada uno de los dioses ve, desde arriba, un Buddha protegido por la sombrilla que le ha arrojado.

Entre los hechos del Buddha hay uno iluminativo: la parábola de la flecha. Un hombre ha sido herido en batalla y no quiere que le saquen la flecha. Antes quiere saber el nombre del arquero, a qué casta pertenecía, el material de la flecha, en qué lugar estaba el arquero, qué longitud tiene la flecha. Mientras están discutiendo estas cuestiones, se muere. "En cambio -dice el Buddha-, yo enseño a arrancar la flecha." ¿Qué es la flecha? Es el universo. La flecha es la idea del yo, de todo lo que llevamos clavado. 
(...)
Uno de los temas de meditación del budismo zen es pensar que nuestra vida pasada fue ilusoria. Si yo fuera un monje budista pensaría en este momento que he empezado a vivir ahora, que toda la vida anterior de Borges fue un sueño, que toda la historia universal fue un sueño. Mediante ejercicios de orden intelectual nos iremos liberando de la zen. Una vez que comprendamos que el yo no existe, no pensaremos que el yo puede ser feliz o que nuestro deber es hacerlo feliz.

Llegaremos a un estado de calma. Eso no quiere decir que el nirvana equivalga a la sensación del pensamiento y una prueba de ello estaría en la leyenda del Buddha. El Buddha, bajo la higuera sagrada, llega al nirvana, y, sin embargo, sigue viviendo y predicando la ley durante muchos años.

¿Qué significa llegar al nirvana? Simplemente, que nuestros actos ya no arrojan sombras. Mientras estamos en este mundo estamos sujetos al karma. Cada uno de nuestros actos entreteje esa estructura mental que se llama karma. Cuando hemos llegado al nirvana nuestros actos ya no proyectan sombras, estamos libres. San Agustín dijo que cuando estamos salvados no tenemos por qué pensar en el malo en el bien. Seguiremos obrando el bien, sin pensar en ello.

Jorge Luis Borges
[ Buenos Aires, 1899  / Ginebra, 1986  ]
Extracto de su Conferencia:
El Budismo, 1977.
ARTES PLÁSTICAS:
Caras Ionut
[ Rumania, 1978 ]


Arte / España














 Carmen La Griega
[ Carmen García Bartolomé ]
[ Madrid, 1971 ]

Amy Winehouse en Ritmo de Tango





Penelope Chillout

You know I'm no good

Amy Winehouse ]







Penelope Chillout

Back to Black

Amy Winehouse ]





Penelope Chillout

Love is a losing game

Amy Winehouse ]


Federico García Lorca








Se cumplen 80 años del crimen al poeta sin tumba que la perversión, el odio y el totalitarismo tirano fusilaran en camino de Viznar a Alfacar.  Aquel Duende que pronunciara que "Ángel y musa vienen de fuera; el ángel da luces y la musa da formas (Hesíodo aprendió de ellas). Pan de oro o pliegue de túnicas, el poeta recibe normas en su bosquecillo de laureles. En cambio, al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre." Y que también enunció que "La virtud mágica del poema consiste en estar siempre enduendado para bautizar con agua oscura a todos los que lo miran, porque con duende es más fácil amar, comprender, y es seguro ser amado, ser comprendido, y esta lucha por la expresión y por la comunicación de la expresión adquiere a veces, en poesía, caracteres mortales."








Los dos lo han querido, me dijo su madre.


¿Los dos...? No es posible, señora, dije yo. Usted tiene demasiado temperamento y a su edad ya se sabe por qué caen los alfileres del rocío.

Calle usted, Luciano, calle usted... No, no, Luciano, no.

Para resistir este nombre, necesito contener el dolor de mis recuerdos. ¿Y usted cree que aquella pequeña dentadura y esa mano de niño que se han dejado olvidada dentro de la ola, me pueden consolar de esta tristeza? Los dos lo han querido, me dijo su prima. Los dos. Me puse a mirar el mar y lo he comprendido todo.

¿Será posible que del pico de esa paloma cruelísima que tiene corazón de elefante salga la palidez lunar de aquel trasatlántico que se aleja?

Es que tuve que hacer varias veces uso de mi cuchara para defenderme de los lobos. Yo no tengo culpa ninguna. Usted lo sabe. ¡Dios mío! Estoy llorando.

Los dos lo han querido, dije yo. Los dos.

Una manzana será siempre un amante, pero un amante no podrá ser jamás una manzana.

Por eso se han muerto, por eso. Con veinte ríos y un solo invierno desgarrado.

Fue muy sencillo. Se amaban por encima de todos los museos. Mano derecha, con mano izquierda. Mano izquierda, con mano derecha. Pie derecho con pie derecho. Pie izquierdo con nube. Cabello con planta de pie. Planta de pie con mejilla izquierda. ¡Oh mejilla izquierda! ¡Oh, noroeste de barquitos y hormigas de mercurio! Dame el pañuelo, Genoveva; voy a llorar. Voy a llorar hasta que de mis ojos salga una muchedumbre de siemprevivas. Se acostaban. No había otro espectáculo más tierno. ¿Me ha oído usted? ¡Se acostaban! Muslo izquierdo con antebrazo izquierdo. Ojos cerrados con uñas abiertas. Cintura con nuca y con playa. Y las cuatro orejitas eran cuatro ángeles en la choza de la nieve. Se querían. Se amaban. A pesar de la ley de la gravedad. La diferencia que existe entre una espina de rosa y una Start es sencillísima. Cuando descubrieron esto, se fueron al campo. Se amaban. ¡Dios mío! Se amaban ante los ojos de los químicos. Espalda con tierra, tierra con anís. Luna con hombro dormido y las cinturas se entrecruzaban una y otra con un rumor de vidrios. Yo vi temblar sus mejillas cuando los profesores de la Universidad le traían miel y vinagre en una esponja diminuta. Muchas veces tenían que apartar a los perros que gemían por las yedras blanquísimas del lecho. Pero ellos se amaban.

Eran un hombre y una mujer, o sea, un hombre y un pedacito de tierra, un elefante y un niño, un niño y un junco. Eran dos mancebos desmayados y una pierna de níquel. ¡Eran los barqueros! Sí. Eran los barqueros del Guadiana que cercaban con sus remos todas las rosas del mundo.

El viejo marino escupió el tabaco de su boca y dio grandes voces para espantar a las gaviotas. Pero ya era demasiado tarde.

Ocurrió. Tenía que ocurrir. Cuando las mujeres enlutadas llegaron a casa del Gobernador, éste comía tranquilamente almendras verdes y pescado frescos con exquisito plato de oro. Era preferible no haber hablado con él.

En las islas Azores. Casi no puedo llorar. Yo puse dos telegramas; pero desgraciadamente, ya era tarde. Sólo sé deciros que los niños que pasaban por la orilla del bosque vieron una perdiz que echaba un hilito de sangre por el pico.

Ésta es la causa, querido capitán, de mi extraña melancolía.

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Federico García Lorca
[ Fuente Vaqueros, 1898 / Granada, 1936 ]

Amantes asesinados por una perdiz.

Homenaje a Guy de Maupessant.

Artes Plásticas:
Javier Termenón
[ España ]
Yerma
La zapatera prodigiosa

Lacan: Matemáticas y Espacios Topológicos. Segunda Parte.













En la primera parte de esta serie habíamos prometido relacionar la topología con la transferencia, es decir, con la relación analista/analizante.  Si el "candidato a analista" ( todos lo somos porque cada analizante es único, ergo: no existe esa cosa llamada experiencia ) no entiende que la presencia del Analista, ocupando -castración mediante-  el lugar de objeto;  es lo que realmente lleva al analizante, relación amorosa mediante, a atravesar su síntoma, no ha entendido nada. Por eso los analizantes, esos “héroes” que realmente deciden atravesar el río del acheronte, y sostener un análisis, suelen enunciar -de distintos modos y sólo después de muchísimo tiempo- que hay algo que no saben qué, "quizás haber hecho yoga o teatro o un taller literario", que ha hecho de ellos un ser diferente, un poco más feliz. No importa si el analizante sabe que se trató del tratamiento analítico, lo que importa, creo, es que el analista lo sepa. Que el analista sepa que es su presencia, su función paterna, que ha auspiciado de corte entre goce mortífero y goce habilitante del deseo. Y el analista deberá estar dispuesto a ocupar el lugar de objeto-desecho cuando el Sujeto Supuesto Saber caiga: el neurótico deberá “matar” al Padre-Ideal para poder prescindir de él; no sin antes “saber servirse” del mismo.



El analizante que lamentablemente no llega a vivenciar esto, porque no se banca la Ley, es decir, porque no acepta que algo habrá de perder para ganar otra cosa, no podrá decir nunca "algo cambió y no sé por qué..."- De allí que el sostén de la relación, con sus resistencias mediantes, dependerá mucho de cómo el analista se posicione en función de su deseo. La lucha en contra de la pulsión, de muerte obviamente -ya sabemos que no hay otra- es la lucha en contra del goce y en pro del deseo. Es la contienda que en cada sesión se juega como a-puesta de la partida. Es decir: del ingreso al orden de la Ley. 


Si la histérica es  nuestro elogio, lo es sobre todo porque nos ha enseñado que el goce es deseo insatisfecho y, por ende, que el deseo es defensa contra el goce. O, lo que es lo mismo, que el deseo deberá quedar insatisfecho para que una histérica surja. De allí que el lugar de víctima se correlaciona ipso facto con su Demanda y con su sufrimiento. No vamos a descubrir ahora que la histérica primero pide un Padre -un Amo- después lo derroca y después queda en lugar de víctima: "¿qué hice yo para merecer esto?" O "¿qué pretende usted de mi?"-.



El goce, la demanda, la presencia del analista como causa de lo inconsciente, la pulsión y -no en última instancia- el fantasma y el síntoma, se vinculan sin más a la topología lacaniana. Porque necesitamos hablar de dimensiones y relaciones topo(lógicas) para poder abordar la clínica diferencial que propone Jacques Lacan. (Volveremos sobre esto en la última parte de esta serie.)


Freud, por decirlo así, creía que hay un cuerpo y entonces después hay una pulsión. Para Lacan es exactamente al revés. Hay cuerpo gracias a que primero está la pulsión. Por lo tanto llegamos a dos conclusiones básicas: a) la pulsión, lejos de ser interna, llega desde afuera. B) ese afuera se llama Otro. En mi artículo sobre pulsión de muerte posteado en esta Blog, deje escrito mi idea -que comparto con no pocos analistas- que la única pulsión es de muerte: bien, es la que -justamente- mata el real orgánico y transforma en cuerpo en cuerpo del discurso, es decir: del deseo. Pero hay algo más: la pulsión, que no es ni el deseo ni el goce, es strictuc sensu, la respuesta que el sujeto puede dar ante la Demanda del otro. De allí que su matema lacaniano es este: ($<>d). Y si es la respuesta, es imposible desvincularla del lenguaje. Es la parte real del lenguaje. Sin por eso entender que tiene también un elemento imaginario y otro simbólico. La pulsión es la relación que el sujeto, dividido ante la Demanda, tiene con el Otro. En vez de simbolizar, actúa. El síntoma, la inhibición, el acting, las famosas escenas histéricas, los pensamientos que se le imponen al obsesivo, son sus representantes más latos. "No puedo dejar de pensar"- "No puedo dejar de hacerlo así..."- ¿Y qué es lo que el sujeto no puede dejar de hacer? No castrarse. No aceptar la Ley. Ergo: reacciona en consecuencia.



Ahora: gracias al lenguaje, y a la pulsión del Otro, el sujeto entra al discurso y paga por eso el precio de algo que Lacan bautizó objeto-a: que antes bien que un objeto pre-genital es el nombre de la falta misma. Esta pérdida es el agujero por donde la pulsión hará su tour. La pulsión y el objeto, como se ve, no son de uno ni del Otro: es lo amboceptor. En función de la castración que veníamos hablando, cuanto más el sujeto trata de atrapar ese objeto, más se apropia de la pulsión. Es decir: más goce, menos castración. Sin perjuicio de ello, y como sabemos, en todo goce hay una castración subyacente y toda castración toma al sujeto en pro de un nuevo goce. Como expresará Lacan, así como el deseo divide al sujeto, la pulsión divide al deseo. Por supuesto los dos toros enlazados no alcanzan para topologíazar la cuestión de cómo, bajo sus tres registros, el sujeto es anuda. Necesitamos tres toros y un cuarto nudo: el Nombre del Padre. Es decir: atarse a la Ley, a la castración.  La díada niño-madre debe separarse con Ley: que castra a la madre y al niño. 





En la primera parte de este escrito, habíamos llegado a enunciar el real, vía los números irracionales. En la tercera parte, que postearemos más adelante, vamos a cerrar con el tema topológico anudándolo a esto; pero para eso debemos hacer un pequeño rodeo sobre el número de oro, que –como sabemos- aparece en varios lados de la naturaleza (y por supuesto en el arte). Una visita a Wikipedia (http://es.wikipedia.org/wiki/N%C3%BAmero_%C3%A1ureo) y también al siguiente link ayudará a recorrerlo:
http://www.juntadeandalucia.es/averroes/recursos_informaticos/concurso2002/alumnado/naturaleza.html   En el link siguiente también encontraremos la relación de los colores con la serie de Fibonacci: https://matemelga.wordpress.com/tag/fibonacci/

 

Sabemos que el número de oro, o proporción áurea, nace de la consecuente sumatoria de 1 + 1 y de la sucesión de dicha suma: 1 1 2 3 5 8 13 21…  Por otro lado, sabemos que la ecuación de segundo grado a al cuadrado, más a, más 1 igual 0; tiene dos posibles soluciones: a1 y a2. Si 1/a = a/(1-a) (partiendo de los segmentos estudiados en el Seminario La Lógica del Fantasma); tenemos que la primera y la segunda solución de la ecuación cuadrática, nos da: a1 = -1,61803398874  y  a2 = 0,61803398874.



En “La Significación del Falo” –texto de 1958- Lacan dirá que “el falo como significante da la razón del deseo (en la acepción que el término es empleado como “medida y extrema razón” de la división armónica.)”  Ahora: sea el siguiente esquema en pizarra:

 



Si partimos un segmento DB en tres partes, nos queda un segmento DA, otro AE y otro EB.  En la clase del 1-3-67, del Seminario La Lógica del Fantasma, Lacan ha llamado al segmento AB como UNO (1); mientras que al segmento EB como (F)alo y al segmento AE lo nombrará (a).  Como se puede observar en la pizarra, FALO = 1-a = a al cuadrado. En la clase del 26/4/67, Lacan dirá 1+a = “sujeto sexual”.



Estas proporciones matemáticas son la apoyatura de Lacan para circunscribir al FALO y al OBJETO. En la última parte de esta serie, haremos una vuelta final sobre toda esta cuestión - volviendo a la topología- que servirá al maestro francés para llevarnos al campo del GOCE.

marcelo augusto pérez
topologería lacaniana, II.
IX / 2014
ARTE:
Oleg Shuplyak
Ucrania
Ilusiones Ópticas