Sujeto Rebelde / Sujeto Inhibido

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Quisiera comentar la respuesta a varios correos que me llegaron en los últimos días en relación al deseo, el goce, la castración y en función del Padre y de la Madre. Y ya que digo “en función” empiezo por acá: así como siempre hablamos de función paterna; sería bueno recordar que también existe un deseo paterno y una función materna.   

Me preguntan sobre la cuestión del goce en función del Padre. Lo dijimos varias veces: un Padre debe transmitir la ley acotando goce incestuoso; pero también debe poder habilitar otros goces. Si un Padre no habilita goce, primero que no puede producir la exogamia respectiva; y segundo que deja al sujeto-niño en un callejón sin salida: es decir, un reactivo rebelde siempre revelándose contra ese Padre o –en el otro extremo- un inhibido social que nunca puede llevar a cabo nada. Es pues fundamental que la función Paterna asegure no solamente la interdicción del goce incestuoso, sino que también sea capaz de habilitar otros goces al sujeto: un Padre (como en la película Claroscuro –o Shine-, de Scott Hicks) que todo el tiempo demanda y prohíbe sin rescatar, sin redimir, sin liberar incluso, sin nominar; es un Padre todo-poderoso que sumerge al niño en un voraz dilema del cual obviamente el sujeto deberá zafar como pueda. 

Por eso el padre no debe ser la Ley (perversión) sino debe transmitirla. Para eso debe estar perversamente orientado hacia el objeto de su deseo: la Madre. Eso también posibilita que el niño, como dice Lacan, salga del Complejo “con los títulos bajo el brazo”. Como muchas veces esto no ocurre, el sujeto –repetimos- se ahoga y no puede más que reaccionar o con violencia o con inhibiciones constantes. La pulsión –no olvidemos- es una (mala) respuesta a la demanda del Otro. Por otro lado; la función Paterna debe estar también vehiculizada por la Madre; de ahí que la función Materna no se limite –ni muchísimo menos- a alimentar o cuidar a su cría. Una Madre debe transmitir música y poder donar lo que no tiene, habilitando también la falta en el niño, es decir, haciéndolo sujeto aún ya antes de nacer; más allá que en su ecuacionamiento simbólico, para ella sigue siendo momentáneamente el objeto-fetiche. Y esto no está mal, una Madre debe ser fálica; pero a condición que no trague –al igual que el Padre- al niño.  El falo, como sabemos, y en función de su circulación (es decir, de su Don), será puesto como obstáculo en la boca cocodrilezca de esa Madre para que no la cierre.  En la voz de la Madre tiene que resonar la deuda de un Padre. (Como se ve, tanto es necesario el deseo materno como la función materna; tanto es necesario la función paterna como el deseo paterno.)

Ahora, como vemos, si el falo no circula; la boca puede cerrarse y el niño queda atrapado en esa dialéctica de goce. Se ve aquí también que la castración –lejos de ser negativa- siempre es necesario y posibilita la circulación del deseo. La neurosis no viene –como piensan algunos analistas- por temor a la castración; sino todo lo contrario: porque la castración falla. De ahí que Hans hace su fobia al tener fallida la metáfora paterna; de ahí que el psicótico reemplaza la metáfora paterna por la metáfora delirante. 

Estamos a nivel de una pulsión de muerte muy primaria; hasta tal punto que hasta podríamos compararla con lo que la etología ha investigado: si se deja a un batracio encerrado sin escapatoria con una boa constrictora; el batracio primero intentará huir pero cuando advierte que no tiene escapatoria ¿qué hace? Decide ir sólo hacia la boca del reptil. Este procedimiento trágico, se nos presenta en la clínica con los sujetos que –sin escapatoria de habilitarles un goce (Padres dictadores, Madres ausentes; Padres déspotas, Madres metálicas; Padres carentes, Madres melancolizadas; etc.)- van a morir a la boca del masoquismo y del goce mortífero; y ese reptil es terriblemente humano y esa muerte es repetidamente consecuente con los síntomas de pobreza de espíritu, de melancolización, de rebeldía sistemática o de otros vestigios estructurales que astillan el YO del Sujeto e incluso hacen que el narcisismo necesario para la vida, emprenda su “marcha atrás” como el batracio enjaulado sin escapatoria.   

Lo mejor que le puede suceder a un sujeto en estas condiciones es: o bien que inicie un análisis y que el analista pueda sostener –y “pagar con su cuerpo”, como dice Lacan- la operatoria Paterna –vía el amor de transferencia-; o bien que se enamore y el vínculo pueda vehiculizarse hacia una relación que –aún nada fácil por las condiciones de estructura del sujeto- permita condescender el goce al deseo: como sabemos, ese es el dictamen lacaniano para el amor.

Marcelo Augusto Pérez
marzo / 2012
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Arte:
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2006

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