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El desafío histérico / Freud & Lacan

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Reproduzco un posteo anterior para contestar un conjunto de Correos que me llegaron en relación al narcisismo y al mecanismo de la histeria. Se trata de un isomorfismo que se anuda en el llamado "Desafío Histérico".



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¿Por qué cuando hablamos de HISTERIA hablamos intrínsicamente de desafío? Es obvio que el primer eslabón del que partimos es del Amo. El goce de la histérica está en su postulación y en su posterior derrocamiento: sino no hay manera de seguir construyendo al Otro y de dejar el deseo insatisfecho.  La histérica comienza desafiando al Otro (empezando por la Ciencia, y este fue el gesto freudiano)  para terminar barrada y desbastada. Porque en ese mecanismo esconde su tortura; al igual que el obsesivo que no vive para no morir; la histérica coagula su deseo mientras juega desafiando al partenaire. De ahí que Jean Baudrillard en su hermoso libro De la Seducción; compare la seducción con la histeria y afirme que no es lo mismo jugar que gozar: “Más que nada estrategia de desplazamiento (se-ducere: llevar aparte, desviar de su vía), de desviación de la verdad del sexo: jugar no es gozar.” Podemos jugar a seducir o seducir jugando; pero la histérica no juega, goza. Y en esa producción de goce, coloca a su partenaire en una situación harto menos artificial que dolorosa. No por algo decimos "la histérica": el síntoma esconde lo femenino, la mascarada -falo mediante- va de la seducción al engaño y del engaño al fracaso.  Si bien, como quería M. Foucault, la sexualidad no es más que un proceso de producción de discurso, palabra y deseo; el goce se presenta aquí anudado a un real (sexual) que motoriza –vía el significante- y que ancla en el cuerpo. A-nudado: es decir, que viene del Otro; que es para el Otro, que compromete la dinámica deseante que desde el Otro pulsa. De ahí su cárcel, su condena.

El sujeto histérico se encuentra atrapado en una de las grandes paradojas neuróticas: creyendo estar en posición de gobierno fálico, no es más que un esclavo supeditado al goce del Otro. Veamos un ejemplo de un analizante en la sesión de ayer: se ha divorciado hace largos meses. Está en proceso de duelo. Su ex lo llama hace un mes atrás y –como es lógico- lo desestabiliza. Se encuentran pero ella le informa –en el medio de un discurso seductor- que prefiere que no se sigan viendo.  Uno podría preguntarse: ¿Para eso pide la charla? Pero hay más: hace un par de días la ex lo vuelve a llamar. Él le dice que no; que no quiere encontrarse, que sólo pasará a buscar algo por su casa. Pasa. Ella –como en el truco (y valga la metáfora)- baja y canta: “¿Vamos a tomar algo?”- Canta: es decir, pide con música; arma la escena de seducción.  Él dice varias veces que no. ¿Adivinen cómo termina? Claro: fueron. Él vuelve a pisar el palito. Al final de la conversación regresan y él le quiere robar un beso, forzado casi, asegurar(se) un lugar en esta película: ¿adivinen qué pasa? Ella niega y se despide. Fue ella quien quería el encuentro, fue ella quien insistió para ir a un bar; fue también ella quien negó. Obviamente en este desafío-gocístico, ambos pierden: gana el Otro, el otro polo fálico al que el sujeto responde. De la seducción se pasa al dolor. Del juego del truco al truco del goce.

Otro ejemplo: un analizante se queja porque su partenaire siempre termina siendo “usada” por los demás, sobre todo en el ámbito laboral. El analizante le demanda pues que acote eso en forma insistente: que deje de ser un objeto del otro. Ahora: lo que el analizante no escucha es que su partenaire no puede hacer dicho corte porque en su estructura radica el hecho de soportar la hiancia del Otro taponándola con su propio Ser, casi en los bordes del masoquismo que -oh casualidad- en este sujeto se repiten las mismas escenas mortíferas: de ahí que la histérica se caracteriza –al igual que el obsesivo, pero con ciertos matices diferentes- en recursar la falta del Otro poniéndose de objeto. Ahora: frente a la demanda insistente de este analizante, su partenaire ¿qué hace? Renuncia a él, pero no a los otros: cosa que le resulta más imperiosa –vía pulsional- ya que se libera de la responsabilidad de sostener el Pedido y a la vez juega su goce en la escena amorosa: “Te voy a desafiar a que me ames a pesar de todo…”  Ahora: queriendo dejar de esclavizarse a este Amo que ella coloca (para derrocarlo) sigue esclavizada al resto; es decir: cambia un Falo por otro: ahora el polo fálico se encuentra en otro lado, aún aunque ella crea que es una rebelde dispuesta a zafar de todo Amo. No es lo mismo liberarse de un goce que trocar una Madre TodoPoderosa por otra.

No olvidemos que desde que el sujeto se sujeta al lenguaje, debe responder a la Demanda del Otro, vía castración, y que en todo neurótico que se precie, donde la metáfora paterna encuentra su punto fallido, esa respuesta –por ende- también encuentra un hueco profundo; ya que de lo que el neurótico cojea es –justamente- de la potencia de un Padre que le permita no quedar reducido a un objeto deyecto de su Madre Fálica. Eso es –claro- de lo que el analizante se queja de su partenaire; pero ambos quedan enclavados en los líos del amor: uno no puede sostener la impotencia de la otra; y la otra no puede más que huir a buscar otro Falo, pretendiendo renunciar a la Castración y acaparando un posible goce total, mítico.

Justamente aquí deberíamos colocar la variable de goce. Puesto que no se trata sólo de variables Masculinas o Femeninas (o –para ser más preciso- del Macho y de la Hembra parlante, como quiere Lacan en su Seminario-20) sino de las posiciones subjetivas. Me explico: no se trata de una Mujer demandante y de un Hombre impotentizado; se trata de que el sujeto –en su dimensión fallida- ya está estructuralmente anclado en la falta. Siempre hay castración. Se quiera o no se quiera. El tema es que el YO –en su afán mentiroso, engañoso- cree que puede haber un momento en que no la hay.

Y como siempre hay castración, el sujeto siempre pierde para ganar algo. El tema es que –como sabemos- hay sujetos que viven perdiendo por no perder un poco de esto que en criollo conocemos como amor-a-sí-mismo y que el mito de Narciso nos revela como la gran tragedia de este personaje: me sigo viendo “amable” para el Otro, “me sigo gustando” a condición de que el agua quede petrificada para mi anhelo. Si tomo agua, mi imagen desfallece. Como sabemos, tomar agua implica aquí movilizar el espejo. Como se ve, histeria-desafío-narcisismo entran a jugar triangularmente en los avatares de la  estructura neurótica. Pero entonces –como me preguntaba una vez un analizante- ¿todo se reduce a la castración? Sí, claro. Teniendo en cuenta que siempre es del YO y que aún así no dejamos de ganar algo. Nadie se castra para perderlo todo. Quien pierde todo entonces ya no se castra; sale de escena. Un goce debe reemplazarse por otro. No hay sujeto sin goce; pero ciertos goces se enquistan, se refuerzan y terminan –Lacan dixit- en la parrilla.

Marcelo Augusto Pérez
marzo / 2012

Arte:
Hans Kanters 
Masquerade
Litografía
www.hanskanters.com 

Louise Bourgeois
Mama; Arco de la Histeria

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