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El antónimo de amor...

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Leí ayer una frase: El antónimo de amor no es odio, es miedo…
Me dejó pensando: porque percibo que existen relaciones en dónde el miedo
prevalece sobre las palabras dichas, sobre la pasión, sobre el cuidado del otro.
Relaciones en dónde se establece un vínculo bebé-padre / bebé-madre.

El bebé, recordemos, debe siempre afianzarse en una imagen para poder sostenerse.
Oh casualidad esa imagen le viene del Otro: el Otro lo construye.
El Otro le dice "eres bonito": el bebé se lo cree.
El bebé no es más que un ser que va a disponerse a hablar con la lalengua del Otro.

Miedo e Imagen: dos combinaciones que suelen ser catastróficas en el Sujeto.
Por eso el análisis debe buscar siempre atravesar el Ego.
Ir más allá de la imagen, de la ficción…
Hacer escuchar a ese bebé-sordo (el neurótico) lo que enuncia en sus frases.
El Ego siempre tapona la escucha.

Es coherente cuando se trata de seres que apenas pueden sostenerse por sí mismos.
Criaturas que sólo pueden gritar o llorar

Gritar o llorar son dos verbos que hacen que el bebé siempre se mantenga en primer plano.
Gritar o llorar son dos acciones para protagonizar siempre la escena y ser víctimas de todo.
Un bebé es pura fragilidad, no puede cuidar ni pensar en el otro. Es puro Ego.
Un bebé siempre es víctima: por eso la Ley, siempre los resguarda.

Leí ayer esa frase que me impactó. No porque no supiese que para amar hay que poner el miedo en reserva, hay que jugarse más allá de los espejimos y de la vanidad de la imagen... No porque no haya advertido que algo de la imagen debe ceder para que el amor signifique “primero el otro”. No.

Me impactó porque aquella criatura la cual se cree -infatuación mediante- un héroe -o un antihéroe, para el caso da igual-,
aquella criatura que se engolocina hablando en el diván de sus títulos, de su inteligencia, de su capital económico, de lo que sea...
 Hoy debe dormir con la luz encendida y abrazada a un peluche.

Miedo. Eso es lo infantil. No-castración.
Cuando uno se ama demasiado a sí mismo no puede escuchar al otro. No le importa.
Como decimos a la criolla: le chupa un huevo.
No puede prestar atención a los vaivenes de la conyuntura, de la realidad.

(No tiene filtros, no hay tamiz: es lo mismo para un bebé un holacausto que una mosca que vuela.  Ni siquiera es lo mismo: ninguna de las dos cosas existen.)

Amarse demasiado crea aislamiento seguro.
Si uno se ama demasiado, se la cree.
He aquí la diferencia entre las terapias yoicas (que engordan el Ego)
y el psicoanàlisis que pretende amortizarlo sesión tras sesión.

¿Y qué pasa cuando el neurótico se la cree?
Pasa que no puede darse cuenta que ese Ego lo construyó en base al Otro.
Pasa que no advierte que el "eres bonito" remite ipso facto al "porque mi mirada te hace asi". 
Pasa -en definitiva- que prevalece un autismo alienante en donde la imagen
-construida desde el Otro-
cristaliza -en un afán de pura rivalidad narcisistica-
al propio Sujeto, que ya no puede escuchar demanda alguna;
que debe -a decir verdad- buscar relaciones en donde la demanda sea mínima
y así engordar su goce en pro de una satisfacción que cree total.

El Sujeto siempre cree que no pierde.  De ahi que crea en un goce total.
De ahí que todo goce total, incestuoso, sea mítico.
De ahi que Un-Padre sea el paradigma de la metáfora castratoria, de la Ley.

Qué no pretenda un padre esquivar estas cuestiones: el que quiso celeste, que le cueste. El problema siempre es de uno: un bebé es un bebé. Y a veces un padre no está a la altura de sostenerlo. Porque un padre, siempre, es también un ser deseante. Y muchas veces se desea más: se desea que el bebé crezca. Y pueda producir la metáfora amorosa: de ser amado a ser amante.

El antónimo de amor no es odio, es miedo… Uno podría decir: el sinónimo de miedo es no-castración.

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