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Vínculos y Castración


Últimamente se escucha mucho decir que los vínculos son cada vez más frágiles, más efímeros. ¿Tendrá que ver con el avance de la tecnología, con la sociedad per se digamos, o con algo en el orden del sujeto? Posiblemente ambas cosas se amalgaman, después de todo no hay Sujeto sin Sociedad. Lo cierto es que tanto relaciones de pareja como las amistades suelen -ciertamente- tener un vencimiento mucho más corto que en otros tiempos: incluso muchas veces si no fuese por un objetivo común (pongamos por caso sostener un cyberjuego entre los integrantes o reunirse en un taller de escritura) quizás hasta menos…

Mi hipótesis es que el narcisismo de cada sujeto (para ir rápido: el modo en que su posición se atornilla -vía su fantasma- a su imagen) ocasiona que cada uno “evalúe” rápidamente las condiciones en que “su ganancia narcisistica” es superior a su pérdida. Es decir, contabilidad básica: cuando el sujeto advierte que pierde mas de lo que gana, entonces aborta. Esto se ve claro en las parejas: alguien puede sostener una pareja por decenas de años a pesar de que no tengan sexo -por dar un ejemplo entre otras variables- pero es evidente que hay otros parámetros que aun no hacen decaer el vinculo. Como sabemos (y el ejemplo “sexual” no fue azaroso) los amantes fuera de la relación o la masturbación son sostén del status quo.

¿Que sucede en las amistades? La “Amistad” parece estar hiper sobrevaluada en el discurso social, como si fuese un eslabón supremo de vaya a saber que Ideal filosófico. Con el fantasma axiomático de que es un vinculo “para siempre” se reniega obviamente de la castración y parece ser el mejor pretexto para creerse entonces inmortal.  Sucede que -como en todo vínculo- los sujetos deberán “castrarse”. Es decir: ceder en algo. Sucede que no hay vinculo sin Demanda mediante. Y sucede, entonces, que si hay Demanda hay la consecuente e intrínseca situación donde los sujetos piden “la libra de carne”: simbolismo shakespereano por demás lacaniano donde lo que se juega no son los bienes tangibles sino la  castración.

En relaciones donde algunos sujetos no están acostumbrados a ceder su libra de carne (siempre son los amados, los caprichosos, los que pueden gastar dinero en sus cosas personales pero nunca un centavo para compartirlo con el otro a quien dice le interesa estar con) los vínculos comienzan un degaste lógico y cuando el tope narcisistico (es decir: la infladura de ovarios o testículos) toca su techo, entonces comienza el principio del final.

En las relaciones los sujetos tienen que cortársela en algún momento del vinculo. Pretender tenerla siempre larga (es decir, en términos freudianos: ser His Majestic the Baby) además de ser algo infantiloide y perversoide genera inevitablemente que uno de los integrantes pase a la situación de “pelotudo” donde siempre es el que cede o el que paga con su castración.

Pero el problema no es el Narcisismo: que es estructural y necesario; sino el exceso de síntoma yoico (de enfermedad yoica) o, a la criolla, de egoísmo y avaricia. Los sujetos que en general no pueden sostener un trabajo, una paternidad, un deseo que los causa; tampoco pueden sostener un vinculo excepto que siempre queden ellos del lado del "amado", es decir: como niños indingentes. La amistad es una construcción (como cualquier otro vinculo, sin olvidar el del dispositivo analítico) y como tal siempre está en gerundio: haciéndose. La avaricia fálica, la codicia yoica, no puede más que generar su desgaste. Claro que siempre los sujetos estarán evaluando qué les conviene perder o ganar, imagen mediante. Ningún sujeto "se castra" sino es para recuperar esa falta de algún otro modo. Pensar que los vinculos (la amistad en primera instancia) son ideales absolutos, es harto más romántico que neurótico.

El otro día un analizante me contaba que uno de sus amigos ya le tiene los huevos al plato: siempre se compra cosas para él (lentes para su cámara de fotos, hace viajes, etc.) pero cuando se le pide salir a cenar argumenta q no puede gastar. Si bien -como le dije en ese momento al analizante- cada uno organiza sus gastos según las prioridades que se le plazcan, después se tendrá que hacer cargo de las consecuencias. Otro analizante contaba algo similar: su amiga siempre va a hablarle de sus cosas al negocio, y no sólo es un soliloquio permanente masturbatorio y vomitivo, sino que ni siquiera es capaz de cebarle un mate o de llevar facturas… como se ve: ciertos sujetos pretenden que el otro cargue (y pague) la cuenta de la falta. Son personas absolutamente creídas (creídas que el otro los va a alojar por siempre a cualquier precio; creídas que son tan hermosas, inteligentes y buenas que el otro les va a soportar cualquier retorno) que terminan -obviamente siempre victimizándose- perdiendo lo simbólico en pos de su imaginario, por decirlo así: se quedan con el objeto en el bolsillo.

Yo tuve experiencias de este estilo. Sin ir demasiado en el tiempo, un par de amig@s que se jactaban de la figura de “la amistad” y esos ornamentos que uno pone (y dime de que alardes y te diré de que careces), cuando debieron castrarse solo pensaron en su imagen y no solo se perjudicaron porque se quedaron sin armar un grupo sino que también eligieron -obviamente por imagen- desvincularse. De un día para el otro lo que era “que alegres amig@s” se transformó en “ha caído mi imagen”. Muchas décadas antes una ex-amiga (cuyo egoísmo tapaba regalando cuadros propios que le ocupaban lugar, y demostrando su poder fálico con su pareja siendo la que sostenía económicamente -pobre también su pareja que nunca pudo zafar de la mortificación y repetición histórica que eso le producía y que la dejaba en un lugar de impotencia infantil-) era capaz de saltar a la yugular si alguien le robaba un pedacito de comida de su plato. Más alla que uno pueda justificar cualquier acto de locura, en los vínculos siempre estará presente la donación de la falta: de esa libra de carne simbólica.

No hay ningún afecto puro, como pensaban los Griegos: el único afecto es la angustia y eso se origina por uno mismo, absolutamente siempre. El valor que cada sujeto coloca al objeto (al otro) dependerá de su imagen y de la angustia concomitante que su división le produce cuando se enfrenta con la falta. De allí que es necesario recordar que todo lo que el sujeto hace lo hace por él y que nadie debe creerse “que tiene la vaca atada” y que el prójimo va a soportar cualquier acto de egoísmo que incluso raya con la displicencia.

Como a veces digo: el cementerio está rebosante de gente que se pensaba imprescindible.

Marcelo A. Pérez
De los vínculos de hoy, y de siempre...
IX / 2018
Artes Visuales:
Jorge Lindell Díaz
[ Málaga, 1930 / 2015 ]

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