Joel: discriminación cubierta de nieve.


Tolhuin es un pueblo chico de infierno grande. En la Tierra austral el Fuego se enciende cuando la presencia del otro, del diferente, impacta a la comunidad escolar y vecinal. Pero la obra fílmica es harto mas la historia de una mujer frente a la defensa de los derechos de su hijo que la del propio hijo. Porque es el camino hacia ese futuro que la película de Carlos Sorín deja abierto en el final que propone. 

Joel es la metáfora que permite desplegar otra historia mínima de discriminación y de poder donde siempre priva el sí-mismo -imagen mediante- a la mirada hacia el otro, donde en definitiva lucha con fuerza la ceguera del egoísmo al hecho de pensar que vivir en sociedad implica un estado de “apertura mental” donde deben cederse algunos prejuicios, moralinas y yerbas anexas. Si bien es el nombre real del niño, el azar ha hecho que la etimología nos lleve a una antropología bíblica: oh casualidad el personaje de la obra viene a plantear la posibilidad de derrumbe del status quo.

En nombre de algunos significantes (la droga, por ejemplo) los vecinos desarrollan sus pequeñas mezquindades narcisícas y exponen sintagmas de resonancias conocidas: ¿Quién nos asegura que nuestros hijos no van a drogarse?, ¿Cómo mi hijo va a escuchar cosas como esas? Elementos que nos llevan, siempre, a destacar la religión neurótica basada en la creencia de la Garantía del Otro.   De allí que ubicar el escenario rodeado de un paisaje blanco permanente podría ser también el oxímoron del celuloide, porque se podría suponer que hay lugares donde no se cuecen habas. Y porque frente a la belleza de lo Natural, lo Cultural nos choca en primer plano.

La tristeza en la mirada de Joel, la indignación en el rostro de su madre, la impotencia de un padre obsesivo que evalúa los alcances de una reacción, el fino calculo político de un director escolar, una otra madre que a la vez fue adoptada pero que está sumisa ante el poder de su esposo: son todos referentes que connotan al entorno del conflicto y acentúan aún con mejor tono el riguroso y cruel discurso que el director planteó en sus cien minutos, donde la poética y lo ominoso del sujeto salen al unísono en iguales proporciones.

La adopción es aquí uno de los recursos posibles para plantear el tema de la discriminación, de las fobias sociales y del problema de convivir con otros, valga el pleonasmo. Pero podría haber sido otro tema: el color de piel, la sexualidad, las ideas religiosas o incluso ser portador de hiv como el mismo Sorín relató en una entrevista haberle pasado como abuelo en la escuela de su nieto, en función de un alumno portador del virus. Es decir, en definitiva: la obra nos vuelve a poner en narices el acto de entender que todos somos portadores, que todos somos discapacitados, y sobre todo que no hay Otro que garantice la falla estructural que el sujeto y la sociedad portan desde su origen, es decir: que todos estamos cubiertos por la nieve de la vulnerabilidad.

Marcelo Augusto Pérez
Joel: un profeta del derrumbe.
VI / 2018
Artes Visuales:
Francisco Amighetti
[ San José de Costa Rica, 1907-1998 ]

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