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El amor, el amor...



¿Cómo transformamos la imposibilidad del amor si lo que prevalece en la sociedad es la unión pasajera y volátil, tanto espiritual como carnal? ¿Cómo vivir sin amor, si todo está traspasado por la necesidad de recibirlo? Houellebecq nos pone en relieve el sustrato de amor austero, de parálisis emocional ante las influencias que recibimos del entorno. No es al mundo moderno a quien le habla Houellebecq (denostado como pornógrafo, misógino y racista), sino que le escribe a un mundo antiguo, que ya no existe, al que las palabras y el tiempo le sobraron. Le habla a un mundo de posguerra lastimado, traumado, que se encuentra en un proceso de eliminación de sus tormentos y acepta un nuevo estamento social. 

Un autor clásico que deviene en una multiplicidad de relatos uniformes y homogéneos, que compara las ruinas de ese mundo antiguo con el establecimiento de un nuevo universo –sarcástico– de amor libre, sin compromiso con el otro. ¿Cómo transformamos la imposibilidad del amor si lo que prevalece en la sociedad es la unión pasajera y volátil, tanto espiritual como carnal? ¿Cómo vivir sin amor, si todo está traspasado por la necesidad de recibirlo? Houellebecq nos pone en relieve el sustrato de amor austero, de parálisis emocional ante las influencias que recibimos del entorno. No es al mundo moderno a quien le habla Houellebecq (denostado como pornógrafo, misógino y racista), sino que le escribe a un mundo antiguo, que ya no existe, al que las palabras y el tiempo le sobraron. Le habla a un mundo de posguerra lastimado, traumado, que se encuentra en un proceso de eliminación de sus tormentos y acepta un nuevo estamento social. Un autor clásico que deviene en una multiplicidad de relatos uniformes y homogéneos, que compara las ruinas de ese mundo antiguo con el establecimiento de un nuevo universo –sarcástico– de amor libre, sin compromiso con el otro.

Es en su poesía donde queda en evidencia su temor a las relaciones, consolidado durante sus experiencias de amor libre. Y así lo manifiesta en el poema Una vida de nada: “Yo no serví jamás a nada ni a nadie; / lástima. Vives mal cuando es para ti mismo”. El poema continúa marcando no sólo su desencanto por las relaciones amorosas, sino que además pronuncia un escenario aún más doloroso: la aceptación de residir en la soledad más absoluta. “Te sientes desgraciado, y sin embargo, importante / Te mueves vagamente, como un bicho minúsculo / Ya apenas eres nada, pero, ¡Qué mal lo pasas!”. El amor como imprudencia. El amor como un estado de alienación donde la inmortalidad se destroza con un golpe certero. Quizás esta exageración de la fatalidad sea solamente su manera de seducir al mundo. Seductores y no seductores. Estos últimos, los que se conforman con nadar en las profundidades, donde las conexiones son un juego sin piedad, donde destrozar el vínculo es parte del amor. El amor como método de destrucción. El amor como simbiosis entre mentes perturbadas. El miedo a pertenecer a los no queridos.

Volvamos, entonces: ¿cómo vivir sin amor si todo lo que vemos está traspasado por la necesidad de recibirlo? Houellebecq lo retrata de la siguiente manera, con su estética apocalíptica y desechable, en el poema El amor, el amor: “He ahí, pensaba yo, el rostro del amor, / el auténtico rostro. / Algunos son seductores, y seducirán siempre, / y el resto sobrevive.” ¿Qué hacen los que sobreviven? Se lamentan. Se escudan en un exilio auto-impuesto al amor. Acá el punto deforme en la poética de Houellebecq: sobrevivir sin buscar el remedio para la soledad. En sus poemas, en sus novelas, el amor es la enfermedad que confunde el destino del hombre: vivir sin amar es encontrar en uno mismo la respuesta para este caos. Pero esa resignación consiste en aislarse y producir un tratado escéptico y racional, la frustración por no sentirse querido. La destrucción como forma de relacionarse. El post-capitalismo como bandera de las emociones rotas. La lejanía y la abstracción humana como prototipo de vínculo.

El reflejo con la literatura de Houellebecq puede ser avasallador. Como recopilador de símbolos, el lector se sumerge en cada estrofa con un determinado padecimiento. Pero, al mismo tiempo, sabiendo que el universo que plantea es destructivo, nuestro proceso de comprensión también puede determinar si nos separamos de ese dolor o lo asimilamos. La realidad del que se somete a la lectura es subjetiva. De manera que ese espejo, si logramos identificarlo como ajeno, puede convertirse en ruina. Hay una intención redundante en la obra de Houellebecq: abrirle los ojos a la humanidad y decirle que el amor no existe, que la resignación y la soledad son nuestras formas modernas para enfrentarnos al destino. El eros y el destino como oasis inalcanzables.

En el final del poema El amor, el amor, Houellebecq resuelve su abatimiento: “No teman amigos, su pérdida es mínima: / el amor no existe en ninguna parte. / Sólo es una broma cruel de la que ustedes son víctimas, / Una jugada de experto”. Así, el retorno a un estado de soledad, por encima del matrimonio, de la pareja, de la familia como conductora social, seduce a la humanidad no sólo por el abanico de posibilidades que ofrece para estrechar lazos efímeros sin compromiso, sino también por el espacio de nostalgia que genera. Nostalgia por ese amor ideal, duradero, del que sabemos no formamos parte. “No existe ni el destino ni la fidelidad, / sólo cuerpos que se atraen / sin sentir ningún apego ni, desde luego, piedad, / uno juega, y después destroza”. Es una realidad: vivimos involucrándonos con entusiasmo desconociendo que todo puede terminarse muy pronto, que lo empezado, así como nació, puede morir sin preámbulos. Houellebecq asegura que “el amor no existe en ninguna parte”. ¿Será que, tal como dijo Alan Pauls, el cínico, el pesimista, el gran desapegado, es en el fondo un sentimental? ¿Habrá sufrido Houellebecq por amor? ¿Su escepticismo será consecuencia de una ruptura que afectó su permeabilidad sentimental? Toda posibilidad puede ser si se contempla al amor desde una estrecha butaca en un cine porno donde dos jubilados cascados miran una película sin argumento.

Denis Fernández
El amor, el amor: la poética de Michel Houllebecq.
www.artezeta.com.ar



En una sala porno, jubilados jadeantes
Contemplaban, escépticos,
Los brincos mal filmados de parejas lascivas;
Sin ningún argumento.
He aquí, yo me decía, el rostro del amor,
El auténtico rostro.
Seductores, algunos; esos siempre seducen,
Los otros sobrenadan.
El destino no existe ni la fidelidad,
Mera atracción de cuerpos.
Sin apego ninguno, sin ninguna piedad,
Juegan y se desgarran.
Seductores algunos, por ende, codiciados,
Llegarán al orgasmo.
Hartos ya, tantos otros, no tienen ni siquiera
Deseos que ocultar;
Sólo una soledad que acentúa el impúdico
Goce de las mujeres;
Tan sólo una certeza: “Eso no es para mí”,
Pequeño drama obscuro.
Morirán es seguro algo desencantados,
Sin ilusiones líricas;
Practicarán a fondo el arte de despreciarse,
De modo bien mecánico.
A quienes nunca fueron amados me dirijo,
A quienes no gustaron;
A los ausentes todos del sexo liberado,
Del placer ordinario;
No temáis nada, amigos, mínima es vuestra pérdida:
No existe, no, el amor.
Es sólo un juego cruel cuyas víctimas sois;
Juego de especialistas.

Michel Houellebecq
[ Francia, 1958 ]
L’amour, l’amour.
Artes Visuales:
Esao Andrews
[ Arizona, EE.UU., 1978 ]
www.esao.net

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