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Psicoanálisis como una Erotología.









Quienes controlan sus analizantes con otros analistas suelen preocuparse -a veces de modo excesivo- por dónde "encajar" estructuralmente al analizante que supervisan. Es decir: en ubicar rápidamente el cuadro nosográfico que, en términos psicoanalíticos, se reduce a tres pivotes: Neurosis, Perversión y Psicosis. Como le decía ayer a un colega que supervisaba, estas tres estructuras creadas por Lacan son también un diagnóstico; y -como sabemos- los analistas no hacemos diagnósticos a no ser "al final de un tratamiento" que es sin final: porque la Estructura, en definitiva, no tiene cura y es constituyente para el ser que habla.

A mis colegas que me honran con el control de su clínica, le suelo decir que las Estructuras existen, pero yo no creo en ellas: y esto no es un oxímoron. Del mismo y reverso modo que no existen las Hadas o las Paredes que Hablan pero sí hay que creer en ellas cuando el analizante las enuncia en su Mitología: es decir, en su Fantasma. Lugar donde se juega lo que Jacques Lacan, parafraseando el texto de Sigmund Freud, ha denominado "El Mito Individual del Neurótico".

Sin embargo, en lo que sí hay que creer es en el Síntoma. Que es el portador de la Verdad del Sujeto. Y más allá de que entre colegas podemos decir que en la Perversión o en la Psicosis no hay Síntoma; siempre que tenemos un Sujeto frente a nosotros, con su padecimiento, con su queja, con su goce; siempre hay un Síntoma Analítico. No importa lo que diga, en este sentido, la teoría en su más refinado Lacanismo.




Dar una apertura de análisis en una Neurosis no es lo mismo, claro, que trabajar con una Psicosis; pero el Dolor del Pa(de)ciente siempre implica, creo, que en el horizonte del trabajo del dispositivo, esté ausente la Nosografía que no es más que el discurso Amo que la Medicina ha impuesto -ha construido- con el Saber Estadístico; que nada tiene que ver con el Saber (Inconsciente) de cada Sujeto.

En este texto que extraigo del discípulo de Lacan aún entre nosotros; encontramos un recorte de un tópico que suele ser también motivo de discusión entre colegas: si el fetichismo define una Perversión.

Sé de analistas que, siendo Lacanianos, siguen siendo Freudianos; y piensan a la Perversión aún como el "cortador de trenzas" del que hablaba Freud. No pueden entender que toda sexualidad tiene, por definición, rasgo fetiche: que todo lo que nos excita del partenaire es un rasgo significante, cultural. Incluso su tono de voz o su modo de moverse. Ni hablar de su color de piel, del largo de su cabellera, de sus labios, de su estatura, de las dimensiones de sus miembros (teta, pene, piernas, cadera, etc.): ¿cuántas veces hemos escuchado decir: "si es alta no me gusta" o "sólo me calientan las de más 1,80"? Todos significantes; todos títulos que porta el otro que causa mi deseo. Incluso que me enamora.

Si los analistas del siglo XXI siguen pensando al fetichismo como prototipo de una estructura border o perversa, o incluso como hermano natural de la homosexualidad, no sólo creo -personalmente- que no han leído a Lacan, sino que incluso no han escuchado la homosexualidad o el fetichismo en una Psicosis o en una Neurosis. Quizás sean los mismos que piensan que el sujeto Heterosexual no se calienta con un perfume, con el título universitario del partenaire o incluso con su coche o su dinero (fetichismo princeps si lo hay; recordemos el Fetichismo de la Mercancía, de Marx.)

Cada sujeto, independiente de su elección sexual de objeto, puede condensar su goce en el agujero que mejor ha podido para reprimir, renegar o forcluir su Castración. Esto, para un analista, no debe ni puede implicar un diagnóstico y mucho menos un juicio moral: todo diagnóstico, del algún modo, lo es. 

Encontramos, en nuestra praxis y en nuestra Vida Cotidiana, que -por ejemplo- la mayoría de los canallas -perversos- son heterosexuales o que los psicóticos pueden ser también homosexuales o que ciertos neuróticos -heterosexuales o no- tienen prácticas fetichistas extremas: desde vestirse con pañales (¿y cuál es la diferencia entre eso y pedir que la esposa se vista de niñera o enfermera?) hasta introducir varas de hierro en el canal uretral del pene. Ni hablar de quienes cogen con muertos.

Toda prueba de que decir sexualidad-humana es ya un pleonasmo: no hay sexualidad que no sea cultural. Por eso Freud ha querido decir en ese famoso texto, que toda Psicopatología ES de la Vida Cotidiana.

Tampoco habría que olvidar que el gran compañero de la Histérica es la Masturbación; y a nadie -sin embargo- se le ocurriría decir que por eso hay una Perversión: después de todo Freud descubre que el Sujeto puede gozar más con el clítoris que con su vagina; y que a veces ese goce llega a su climax sólo con una mirada o con el roce de un pie.

En  la nota 3 de “Conclusiones, ideas, problemas”, (Obras completas, Ed. Amorrortu, T. XXIII) Sigmund Freud escribía que en la masturbación "Siempre falta algo para que la descarga y la satisfacción sean completas – “ en attendant toujours quelque chose qui ne venait point” [esperando siempre algo que nunca venía] – y esta pieza faltante, la reacción del orgasmo, se exterioriza en equivalentes en otros ámbitos: ausencias, estallidos de risa, llanto..."
 Puede haber sujetos que rían después del coito -a modo defensivo- pero por algo los enamorados necesitan sellar su coito -muchísimas veces- con una sonrisa. Quizás porque no es lo mismo defenderse que entregarse. No es lo mismo reírse histéricamente que cuando las miradas piden cerrarse con la sonrisa.

Por eso no está muy loco razonar que Amor mata Perversión. De hecho, y más allá del rasgo puntual de la Perversión (angustiar sistemáticamente al partenaire), si un fetiche es tal en su forma pura y bruta; lo debe ser en ausencia del otro que lo porta. Es decir: si el sujeto sólo y únicamente encuentra goce con el objeto fetiche aislado del vínculo. Si a esto le sumamos el Amor (que implica dar la falta; es decir: la Castración) es claro que funciona también este Acto como un tapón para el agujero estructural por donde la Pulsión empuja su Goce. Si el Amor es, como sabemos, hacer de dos, uno; entonces sólo el fetichismo puro sería dividir lo que Eros ha unido.

En este texto de Jean Allouch cuyo introito acá cierro; se intenta reparar (con lo que él levanta bandera a partir del concepto de Lacan del psicoanálisis como una erotología y de la construcción horizontal y vertical de la sexualidad), lo que por muchas décadas -y aún hoy- muchos analistas se empecinan en sostener.
Sería bueno recordar que si escucho al Manual no escucho al Sujeto.


Marcelo A. Pérez
Intro[co]ito: el goce de hacer el amor con palabras...
I / 2017




El siglo le ha dado un giro al psicoanálisis, lo ha como invertido, ha hecho de su reverso un espejo tendido donde debía encontrarse hermoso. Mientras Freud y sus amigos creían que recogían hechos, los establecían, los explicaban, forjando una teoría a la vez revolucionaria y apropiada, la cultura se apoderó poco a poco y cada vez más de esa teoría para convertirla en el horizonte a partir del cual todos estaban invitados (¿conminados?) a situarse. Actualmente, en los medios masivos, los psicoanalistas expresan decididamente la norma social . Pero este horizonte “psi” no es solamente una lejanía contra el fondo de la cual se percibiría al sujeto; más radicalmente, interviene como aquello a partir de lo cual el sujeto se haría consistente. 

Vale decir que en cuanto ek-sistente, en el mismo momento en que Lacan lo definía mediante el par significante, el sujeto se encontró haciendo su agujero en otro lugar. Así aparecieron otros horizontes (primero como contra-cultura, luego como sub-cultura), y uno de los más evidentes actualmente bordea el campo llamado “gay y lesbiano”.




Esa pluri-horizontalidad del sexo, así como la elección que implica, no deja de tener consecuencias en el psicoanálisis, aun cuando el psicoanálisis todavía teme extraer dichas consecuencias. Es sabido que la homosexualidad ya no se considera una enfermedad. Es menos sabido que el transexualismo ha efectuado el mismo desplazamiento, escapando al culturalizarse a la nefasta influencia (y por añadidura completamente ineficaz) de lo psicopatológico. En particular, se derrumba la categoría misma de perversión y con ella el acreditado paradigma pernepsi (perversión / neurosis / psicosis). 



Tendremos que atrevernos a dar el paso, perfectamente indicado por Lacan, de una clínica radicalmente singular, es decir, sin nosografía (Lacan la usaba como una muleta, algo que olvida la actual medicalización del psicoanálisis dando a entender que se trata de una pierna, y ni siquiera de madera). 

La perversión, la homosexualidad, el transexualismo como psicosis, la misma heterosexualidad, se revelan como construcciones culturales históricamente localizables y en adelante bastante bien localizadas. 

La pérdida de su poder normalizante, o más bien el comienzo de ella, estuvo signada de alguna manera por el surgimiento de nuevas formas de sexualidad, y tal vez, más radicalmente, por el advenimiento de una nueva relación con lo sexual. 

Al enunciar su “no hay relación sexual”, Lacan, por lo menos en mi opinión, hizo posible que el psicoanálisis reciba esos cambios sin espantarse demasiado, a riesgo de dejar con ello algunas plumas desdichadas. 


Quedémonos tranquilos, esto ya no será un mal sino más bien la ocasión para que el psicoanálisis se defina mejor como lo que es: no algo socialmente integrado sino, desde Freud, una analítica “pariasitaria”.


Jean Allouch
Horizontalidades del Sexo.
Extraído de Follement Extravagant, L’Unebévue nº 19.
L’Unebévue Editeur, Paris, 2001 / 2002. 
Traducción: Silvio Mattoni.

Artes Visuales:
Mario Rossi
Fetish Art Maker
[ Siracusa, Italia ]

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