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Cambio de Zona









Psicocorreo  se mudó al 
Casco Histórico de Buenos Aires.

La zona más antigua hospeda la primera plaza de la ciudad: Plaza de Mayo. También la Manzana de las Luces, el Colegio Nacional Buenos Aires, el Palacio de la Legislatura, y sitios tradicionales como la Farmacia La Estrella, el bar La Puerto Rico, el Pasaje 5 de Julio y varias Iglesias y Conventos, entre los cuales se encuentran la Catedral de Bs. As. y la Basílica del Rosario donde yacen los restos de Manuel Belgrano.

El nuevo espacio de Psicocorreo se encuentra a tres cuadras de la Plaza de Mayo, dos cuadras de Puerto Madero, y seis cuadras de la Plaza Dorrego, núcleo emblemático de otro barrio histórico: San Telmo.

Jorge Luis Borges -según algunos biógrafos- refiere sus pesadillas siempre en el barrio de Monserrat, caminando por las calles México o Chile, lugar donde antaño alojaba a la Biblioteca Nacional.

Los sábados al mediodía se levanta sobre la calle Balcarce una feria tradicional de comestibles (quesos frescos, pescados, flores) y los domingos, durante todo el día, a una cuadra de allí -sobre la calle Defensa-, se abre la Feria de San Telmo que llega desde Av. San Juan hasta la Casa Rosada.

Los rumbos de la vida -por no decir el destino- hicieron que hoy habite a veinte pasos del tradicional bar Michelangelo donde mis padres me llevaban de pequeño a escuchar a los cantantes y orquestas de tango de la época. Al igual que a dos cuadras de Taconeando -sobre la misma Balcarce-, el bar de Beba Bidart, donde también visitaba con ellos. 

Y a pocas cuadras del tradicional bar fundado por Edmundo Rivero: el Viejo Almacén; donde cuando yo tenía apenas seis, siete años; el susodicho canta-autor me preguntó con su tradicional voz grave -todavía recuerdo mi miedo al verlo tan alto y con manos tan grandes-: "Pibe, ¿qué estás haciendo vos acá?"- 

No hace falta aclarar que ni yo sabía que estaba haciendo, excepto por las cuerdas y bandoneones que envolvían el espacio abrazado de humo y de copas; y que -me parece- me hacían suponer que se trataba de algo que merecía mucho respeto para los adultos que me acompañaban. Algo que había que tomarlo muy seriamente y que los emocionaba muchísimo...  Y yo los veía sonreír y aplaudir, siempre. Una y otra vez. Los veía como sólo un niño puede percibir ese acontecimiento: con asombro y admiración.

Seguramente -y sin saberlo- esa trasmisión me fue heredada y atravesó mi piel. Misteriosa y paradójicamente, ya que siempre me rebelé -lo confieso- ante el tango que se escuchaba en mi casa natal. Quizás porque lo que más me hechizó era verlos felices, disfrutando, sin importar si la motivación era esa música...


MAP
Monserrat, hoy
X - 2016

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