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Barroco en Lacan












El barroco es inicialmente la historieta, el anecdotario de Cristo. Quiero decir eso que
relata la historia de un hombre. No se impresionen, él mismo se designó como Hijo del
Hombre. Lo que relatan cuatro textos llamados evangélicos, no tanto por ser la buena
nueva sino por ser buenos anunciantes para su tipo de nueva. También se puede
entender así, y me parece más apropiado. Escriben de modo tal que no hay en ellos un
sólo hecho que no sea discutible —Dios sabe, desde luego, cuánta gente ha mordido ese
anzuelo. Pero, aún así, son textos que alcanzan al corazón de la verdad, la verdad como
tal, y hasta abarcan el hecho, enunciado por mí, de que sólo puede decírsela a medias.
Esto no es más que una indicación. Tan espeluznante logro requeriría que tomara los
textos y les diera lecciones sobre los Evangelios. Imaginen adonde llegaríamos.

Era para mostrarles que son textos que sólo se pueden apurar a la luz de las categorías
que he intentado despejar en la práctica analítica, quiero decir lo simbólico, lo imaginario y lo real. Para atenernos a la primera, enuncié que la verdad es la dichomansión, la mansión del dicho. Es difícil decir mejor, en su género, que los Evangelios. No se puede decir mejor la verdad.  Por eso son evangelios. No hay siquiera mejor modo de poner en juego la dimensión de la verdad, es decir, de repeler la realidad en el fantasma.

A fin de cuentas, lo que pasó después demostró lo suficiente —dejo los textos, me limito al efecto— que esta dichomansión se sostiene. Inundó eso que llaman mundo restituyéndolo
a su verdad de inmundicia. Tomó el relevo de lo que el Romano, albañil sin par, había
fundado con un equilibrio milagroso, universal, y además con baños de goce, simbolizados
bastante bien por las famosas termas de las cuales nos quedan restos derrumbados. Ya
no podemos tener la más mínima idea de hasta qué punto, en lo que a gozar se refiere,
era el summum. El cristianismo arrojó todo eso a la abyección considerada como mundo.
Así subsiste el cristianismo, no sin afinidad íntima con el problema de lo verdadero.
Que sea la verdadera religión, como pretende, no es pretensión excesiva, sobre todo que,
si examinamos lo verdadero con detenimiento, es lo peor que se puede decir.

Cuando se entra en este registro de lo verdadero no hay manera de salirse. Para minorar
la verdad como se merece debe haberse entrado en el discurso analítico. Lo desalojado
por el discurso analítico pone a la verdad en su lugar, pero no la desquicia. Es poca, pero
indispensable. De allí su consolidación, contra la cual nada prevalecerá, a no ser cuanto
aún subsiste de las sabidurías, pero que no la han encarado, el taoísmo, por ejemplo, u
otras doctrinas de salvación, para quien el asunto no es la verdad, sino como lo indica el
nombre tao, la vía, y lograr prolongar algo que se le parezca.
Es cierto que la historieta de Cristo se presenta, no como la empresa de salvar a los
hombres, sino a Dios. Ha de reconocerse que quien se encargó de esta empresa, Cristo,
en este caso, pagó lo suyo, y es poco decir.




Lo asombroso es que el resultado parezca satisfactorio. El que Dios sea tres
indisolublemente debe, con todo, hacernos prejuzgar que la enumeración uno-dos-tres le
preexiste. Una de dos, o sólo cae en cuenta con la retroacción de la revelación crítica, y
entonces es su ser el que acusa el golpe, o si el tres le es anterior, es su unidad la que
sale mal parada. Con lo cual se hace concebible que la salvación de Dios sea precaria, y
se deje, en suma, a la buena voluntad de los cristianos.

Lo divertido, desde luego —ya les eché el cuento, pero no me escucharon— es que el
ateísmo sólo pueden sustentarlo los clérigos. Para los laicos, cuya inocencia en la materia
es siempre supina, es mucho más difícil. Recuerden al pobre Voltaire. Era un tipo listo,
taimado, astuto, muy saltarín, pero muy digno de entrar en la cesta esa para vaciarse los
bolsillos que queda en frente, el Panteón.

Freud, afortunadamente, nos brindó una interpretación necesaria —que no cesa de
escribirse, como defino a lo necesario— del asesinato del hijo como base de la religión de
la gracia. No lo dijo del todo así, pero marcó bien que ese asesinato era un modo de
denegación que constituye una forma posible de la confesión de la verdad.

(...)

En el taoísmo, por ejemplo —no saben qué es, muy pocos lo saben, pero yo lo he
practicado, los textos, desde luego—, el ejemplo es patente en la práctica misma del sexo.
Debe uno retener su semen para estar bien. En cuanto al budismo, es el ejemplo trivial por
su renuncia al pensamiento mismo. Lo mejor del budismo es el zen, y el zen consiste en
eso, en contestarte con un ladrido, amiguito. Es de lo mejor cuando uno quiere salirse
naturalmente de este infernal asunto, como decía Freud.

La fabulación antigua, la mitología como le dicen ustedes —Claude Lévi-Strauss también
le dice así—, la del área mediterránea, que es precisamente con la que no se meten
porque es la más copiosa, y sobre todo porque le han sacado tanto jugo que ya no se
halla por donde agarrarla, esa mitología también consiguió algo parecido al psicoanálisis.
Dioses había a montones, bastaba encontrar el suyo, lo que equivale a esa artimaña
contingente que hace que, a veces, después de un análisis, llegamos a que cada uno joda
decentemente a su cada una. Después de todo, eran dioses, es decir, representaciones un
tanto consistentes del Otro. Pasemos por alto la debilidad de la operación analítica.

Cosa muy singular, ese politeísmo es tan perfectamente compatible con la creencia
cristiana que vimos su renacimiento un la época señalada con el mismo nombre.
Les digo todo esto porque, precisamente, vuelvo de los museos, y que, en suma, la
contrareforma era regresar a las fuentes y el barroco es su oropel.

El barroco es la regulación del alma por la escopia corporal.


Jacques Lacan
[ Paris, 1901 / 1981 ]
Seminario XX: Aún
Clase 9, 8/V/1973
Del Barroco

ARTES VISUALES:
Michelangelo Merisi da Caravaggio
[ Milán, 1571 / Porto Ercole, 1610 ]


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