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Un Cuento de Invierno...










Don Edmundo Fortunato Reynoso, alias el Ñato, manejaba muy bien la escopeta. Vivía junto a Ismael, al borde de la ruta 151, en Algarrobo del Águila, departamento de Chical Co. Tenía descendientes armenios y tanos; pero sus abuelos habían nacido en las afueras de Entre Ríos y se habían afianzado en las pampas un lustro antes de la Primera Guerra. Su modesto rancho no le impedía ser feliz, con sus habituales mañas de cocinero de guisos, de andador de bicicleta y de caminante permanente por su provincia natal. Como típico hombre de pueblo, amaba los atardeceres, el mate y la viola. Al menos cuatro veces por semana salía a caminar ruta afuera, junto con su guitarra y con su Ismael, que lo llevaba siempre sobre hombro derecho. Cuando algún pueblerino lo paraba para saludarlo, no faltaba el elogio de rigor hacia su mascota; a lo que Reynoso respondía siempre con mucho orgullo y sus infaltables palabras: “Es mi gran fiel compañía; tiene algo mágico mi loro.”-

El humilde rancho de Don Edmundo estaba lindando a la casona de Don Eusebio Peralta Jiménez Pardo. Un hacendado solitario, taciturno como pocos, que vivía en compañía de Federico, su labrador negro y rengo de su pata izquierda. Casi no había  dialogo entre ellos, al igual que entre Don Eusebio y Don Edmundo. Se respetaban en el silencio y los dos eran dueños de la misma manzana, por igual. Si faltaba la luz en la cuadra, uno de ellos por su mismísima cuenta se encargaba del tema. Si faltaba el agua, el otro. No hacía falta enunciar palabras; cada uno sabía lo que necesitaban para tener una convivencia sin altibajos. En el pueblo todos estaban advertidos que eran dos personas respetables: uno por su linaje; el Ñato –en cambio- por su vocación por conservar el orden en todo Algarrobo del Águila. Era esa, en efecto, la manzana que fortalecía la supremacía de ese pueblo ante los otros. Y los dos vecinos, por igual, eran sus fieles representantes de esa fortaleza.

Ismael y Federico nunca se llevaron bien. Cuando Don Edmundo llegaba de su paseo habitual, dejaba a Ismael –jaula mediante- en la medianera más pequeña del rancho, pared que era el límite con la casona de Jiménez Pardo. En los primeros meses que Ismael llegó al rancho, aún no emitía demasiados vocablos y además estaba un tanto ungido y tímido por su condición de novato en el vecindario. Pasó el primer invierno prácticamente encerrado cerca de la salamandra escuchando las cuerdas infaltables y agudas que Don Edmundo hacía sonar antes del anochecer y del vino. Pero en el primer verano que estuvo ya en plena confianza, Ismael comenzó a cantar. Si bien no hablaba demasiado, cantaba en timbre agudo casi al ritmo de las cuerdas. Cuando Don Eusebio lo dejaba en la medianera, Ismael aprovechaba y ejecutaba a capella su mejor repertorio que incluía canzonetas y folklore armenio que repetía de su dueño.

Si bien Don Eusebio Peralta podía llegar a ignorar el canto de Ismael, no solo por su condición de taciturno sino sobre todo porque se encerraba en uno de los cuartos lejano a la medianera; lo que no podía dejar de escuchar eran los alaridos de Federico que, desde el ventanal de una de las habitaciones, emitía fulguroso al escuchar el canto del ave. Los agudos de uno se mezclaban con los graves del otro, y hacían una combinación un tanto fastidiosa para Don Eusebio, justo en el horario que se dedicaba a leer algunas páginas de la serie de la Enciclopedia de las Matemáticas de la Academia de Ciencias de Rusia, que había conseguido en una librería de la calle Esmeralda cuando visitó Buenos Aires allá por la década de los setenta.

El verano en Algarrobo del Águila era tedioso y seco. Entre el malestar propio del verano y los aullidos de Federico, las dos últimas horas de la tarde en que Ismael emitía sus agudos cantos; eran un tanto insoportables para el hacendado Jiménez Pardo.

Pero uno de los atardeceres se colmó de un silencio tenebroso; y la medianera de los seculares vecinos se tornó de un semblante azafranado que permitía reflejar la luna que comenzaba a asomarse. Y ese sombrío silencio se tornó cada vez más lúgubre, y el cielo se cerró de nimbos y un agudo quejido lejano invadió el perímetro. Y todo duró escasos segundos, hasta que de pronto el cielo se despabiló y la tarde retomó su cierre habitual. Don Eusebio Peralta observó la escena, atónito, desde su ventanal; y desde ese momento nunca más se lo escuchó a Ismael.

Pocos días después que el hacendado volvía con su Dodge Doble Phaeton 1926 de hacer algunas compras del pueblo, y cuando estaba descendiendo lentamente del vehículo que les había comprado a unos ingleses restauradores; escuchó unos gruñidos a distancia y no dudó que era el vozarrón de Federico. Corrían los últimos días de Enero y el calor era suficientemente insoportable como para correr atrás de unos gritos; sin embargo no dudó y se dirigió rápido a la medianera, y ahí vio lo que nunca hubiera querido presenciar: el canino se estaba vengando de los atardeceres insufribles del canto agudo; y haciendo honor a la fidelidad por su dueño, conociendo como nadie el ceño y la habitual soledad que Don Eusebio demandaba; se había propuesto destrozar en gajos a Ismael, cuyo cuerpo saltaba de la boca de Federico al piso en un zigzagueo permanente; mientras en el ida y vuelta, le clavaba su mandíbula directamente al cogote como para no dudar un segundo de que el bicho cantor quede para siempre aniquilado.

Don Eusebio Peralta observó el asesinato un poco consternado y atónito; Federico, al ver su presencia, detuvo la matanza; y entonces Ismael, despechugado en la tierra húmeda, por fin descansó para siempre.

El hacendado apartó a Federico y levantó a Ismael, desgajado e impregnado de espesa baba. Pensó –aún casi paralizado- qué hacer con el ave; y entonces volvió a su Doble Phaeton 1926, abrió el baúl, y sacó una palita. Pero en el momento que iba decidido a enterrarlo, recapituló y decidió que lo mejor era lavarle las pocas plumas que le quedaban y volverlo a depositar en la jaula que yacía abierta y vigilante en el borde de la medianera vecina. Federico observaba la operatoria, mustio y con mirada afligida, como si supiese  perfectamente de la tragedia que acabada de acontecer en Algarrobo del Águila; evento que lo tenía a él mismo como protagonista homicida de la escena.

Cuando Don Eusebio Peralta depositó al animal en la jaula, tuvo la violenta sensación de que lo que otrora era canto y alegría, ahora no era más que un conglomerado de plumas que él mismo trató de componer para que adquieran la forma de un loro.

Evidentemente Don Reynoso no escuchó ni los alaridos de Federico ni el silencio de su loro que ya no cantaría más en tierra pampeana, al menos; porque nunca salió de su rancho. El hacendado pensó que quizás su vecino no estaba y entonces regresó un poco sin aire pero sosegado a descansar en su Berger.

Los siguientes días que siguieron al crimen parecían estar atestiguados de una rara sombra de misterio y sigilo.

A Don Eusebio le llamaba la atención que por muchas lunas, su vecino Don Edmundo no aparecía ni en las almacenes, ni en la plaza, ni se lo escuchaba rasgar la viola. Por supuesto que el ave ya no estaba en la jaula; y Federico ya no aullaba persiguiendo corcheas y fusas por los aires, para comérselas, como hizo con el intérprete verde.

La noche del 5 de febrero, mismo día y mismo mes en que se fundara Algarrobo del Águila, se cerró nuevamente el cielo de nubes y una llovizna punzante comenzó a entretejer la ruta de grises y de frío. El Ñato –escopeta en mano y después de muchos días sin que apareciera en el pueblo- salió del rancho con una certeza implacable, caminó con paso de hierro, y golpeó de dos puñetazos la puerta del hacendado Jiménez Pardo. Esperó unos cuantos interminables segundos hasta que el hacendado salió a su encuentro. Federico observaba la escena recostado –por no decir, declinado- un poco más atrás de la puerta de entrada, acentuando su preocupación con un gruñido temeroso.

Don Edmundo. Cómo está usted, vecino? Qué lo trae por aquí?- enunció el hacendado con su mejor gesto actoral, temblando de miedo y sin poder despegar los ojos de la escopeta.

Buenas noches, Don Eusebio- Porque el hombre de pueblo nunca dejaba de ser respetuoso de los saludos, aún en el preámbulo de un reto, o en las exequias de un duelo. En este pueblo están pasando cosas raras…- Pronunció el Ñato con voz cortada; y ahí el hacendado advirtió que su vecino estaba aún más temeroso que él; y que le temblaba el puño que sostenía el arma; y el entrecejo que conformaba su rostro pálido.

Raras como qué, Don Edmundo?-

Ismael… mi fiel compañía, mi cantante fiel… Siempre tuvo algo mágico…-

Ah si? Quiere pasar así me cuenta?-

No quiero incomodarlo Don Eusebio- seguía respetuoso el criollo.

No es molestia. Pase y me cuenta.-

Le digo que no.- Acentuó grave el Ñato; y se estremeció su vecino. Entonces Don Edmundo Fortunato levantó la escopeta apenas en un ángulo y temblando por completo, al borde del llanto, declaró: Ismael ha muerto. No sé cómo… Ha muerto hace una semana. Hice un pozo y lo enterré pegado a la medianera, que era su lugar más querido donde cantaba los atardeceres con su tono optimista, amonado-

Y entonces..?-

Mágico fue siempre. Ya lo dije… Ayer apareció en su jaula, Don Eusebio. Apareció y no sé cómo… Y yo… Yo tengo que estar con él, porque la magia ocurre muy pocas veces en la vida de un hombre.-
.
Y enunciando sus últimas y melancólicas palabras, llevó la dúctil y parda escopeta al esternocleidomastoideo, la posicionó de modo que apunte directo a las fosas y disparó una bala certera que lo volteó urgente al piso. Federico saltó de golpe y comenzó a aullar como un lobo en el desierto. Caminó unos pasos y su dueño advirtió que ya no rengaba de su pata izquierda. Parecía incluso como que el perro había tomado los pálidos colores del ave, mimetizándose con el dolor. El hacendado retrocedió unos pasos alarmado, hasta que no pudo más que reaccionar con su veta más humana y entonces se reclinó sobre el difunto y comenzó a llorarlo, mientras pensaba que su perro había olfateado a Ismael y lo había desenterrado para vengarse de su canto. Federico se acercó en el preciso momento que Don Eusebio le acariciaba la cabeza a Don Edmundo, y mientras el canino lamía la boca y los ojos para animar al cobrizo cadáver; Don Peralta Jiménez Pardo golpeaba estéril su pecho como queriendo despertar de una pesadilla..
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Marcelo A. Pérez
La Magia.
7 / VIII / 2016
ARTES PLÁSTICAS:
Hua Tunan (Cheng Yingjie)
[ Guangdong, China. 1991 ]

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