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El Dolor. Lévinas.









Profesor: Buenas tardes. Lo que vamos a tratar hoy es el tema del dolor. Vamos a tratar entonces cómo aparece el tema del dolor como un tema muy importante en estos escritos de Lévinas y precisamente en la época de la guerra. Para esto ya podemos empezar diciendo que el dolor es una cercanía, para Lévinas, de uno con respecto a uno mismo, y una imposibilidad de separación de uno respecto de uno mismo. Esto lo iremos repitiendo en la clase de hoy. Esto es fundamental: para Lévinas lo que caracteriza al dolor no es un contenido específico sino que es esa imposibilidad, en el momento en que el dolor se padece, de separarse de él, o, lo que es lo mismo, separarse de uno mismo. Vamos a decir también que el dolor entonces se acerca mucho a esa estructura que nosotros vimos la vez pasada que es el rivé à soi, éste sentimiento de estar engarzado o remachado uno mismo. El rivé à soi es este sentimiento agudo de estar clavado a uno mismo.
Una digresión respecto del tema del dolor: el tema del dolor en la filosofía es un tema muy importante, y es un tema muy importante para lo que toca al tema de Lévinas. En la filosofía, el dolor ha sido un tema no solamente que afecta al cuerpo o que afecta a algún aspecto vinculado al bienestar o malestar propio, sino que tiene connotaciones fundamentales. Esto quiere decir que casi toda la filosofía griega, casi toda la reflexión filosófica griega de los estoicos, a Epicuro y a los hedonistas tiene que ver con la evitación del dolor. Todos los filósofos, sobre todo los del 300 o 400 antes de Cristo: las escuelas estoicas, epicúreas, el hedonismo de Aristipo, Epicteto entre los estoicos, Marco Aurelio. El tema que aparece una y otra vez es la evitación del dolor, tema que, como ustedes saben, no sólo aparece en la filosofía griega sino en la sabiduría-filosofía budista oriental. Pero la perspectiva del dolor como una presencia acechante y una presencia frente a la cual el sujeto debe tomar alguna actitud (y que esa actitud, aparte, comporta el modo de vida más deseable), todo eso determina una línea de pensamiento fundamental en la filosofía occidental: la presencia del dolor. Porque, por otra parte, la presencia del dolor aparece como aquello que va a ser inevitable en la vida. Nosotros podemos trazar una línea transversal de la filosofía antigua a la filosofía moderna (en Locke, Bentham, el utilitarismo: la maximización del placer y la disminución del dolor) como el eje de toda filosofía que ponga a un lado toda creencia en el mundo supra-terreno. Es decir, para decirlo de otro modo, una vez que el mundo supra-terreno, que el “otro” mundo, o una vida posterior o alternativa es desechada, la única filosofía que queda, o el único télos, el único fin de la filosofía es el placer. El placer o la evitación del dolor, que ameritaría otro seminario, pero que es muy importante la distinción y la no distinción entre placer y no dolor. Para algunas corrientes filosóficas el placer se identifica con el no dolor, y para otras corrientes filosóficas el placer tiene un régimen de especificidad propio y el no dolor tiene otro. Pero bueno, por hoy vamos a comenzar por acá.

Recordemos que este texto es uno de los primeros escritos de Lévinas con la emergencia del nazismo, en una época muy temprana cuando todavía el nazismo no aparecía con sus notas más definitorias-eliminacionistas. Pero es un texto que, y habíamos hablado de Benjamin, da cuenta de una figura que es la de los avisadores de incendios: dijimos que hay filósofos que reflexionan sobre las desgracias pasadas, otros que son contemporáneos, y otros que son avisadores de incendios. Este texto entraría dentro de la categoría de los avisadores de incendios. Pero una cosa que puede sorprender es la aparición en este texto de un tema, si ustedes quieren, histórico, político, filosófico, una coordenada, una variable vinculada al dolor. De todos modos nosotros ya habíamos hablado del Rivé à soi, del estar engarzado o remachado a uno mismo. Básicamente Lévinas supone que el dolor es la expresión más acabada de la experiencia de estar clavado o machacado a uno mismo. Y para decirlo muy rápidamente, y esto lo va a desarrollar posteriormente, la subjetivación, o si ustedes quieren, pero diciéndolo con muchas comillas, la “sanidad” del sujeto va a ser la de incorporar dentro de sí una distancia entre él y él mismo. Es decir, la posibilidad de una distancia entre uno y uno mismo es la condición de la “sanidad” del sujeto, si ustedes quieren.
Es lo que Sartre llamaba el ‘para sí’. Sartre decía que, para decirlo muy rápidamente, había dos estructuras del sujeto: el ‘para sí’ y el ‘en sí’. El ‘para sí’ es ya el sujeto de la subjetivación, que es el que ha incorporado dentro de sí algo de la nada, es decir, el que tiene algo de nada, esa nada que tiene es una suerte de espacio, de distancia que le permite, precisamente, tener una distancia entre él y él mismo. En la clase pasada mencionamos algo del ejemplo del rey: la diferencia entre ser un rey y creerse un rey. La subjetividad es cuando hay una distancia. Lo contrario en Sartre, y es que estos temas que están presentes en la época, es el ‘en sí’: en el ‘en sí’ aparece lo que Sartre llama el estar empastado, es decir, cuando entre uno y uno mismo no hay una distancia. Fíjense que entre todos estos pensadores nunca uno es uno, porque uno siempre es dos. Un uno y un sí mismo. Eso es muy importante, el sujeto siempre es una relación entre uno con uno mismo, a tal punto por ejemplo que Hannah Arendt en su último texto que se llama La vida del espíritu (que es un texto póstumo) habla de esta relación de uno con uno mismo, y habla del pensar como el diálogo silencioso entre uno y uno mismo. ¿Qué quiere decir eso? Esto quiere decir que cuando uno habla solo lo que está haciendo es el acto del pensamiento: cuando uno dice hoy tengo que ir acá, cuando uno dice hoy tengo que hacer esto, Hannah Arendt nos dice que cuando uno piensa pues somos dos. La incapacidad de pensar, no me quiero ir hacia ese otro tema porque daría para todo un seminario, es precisamente no poder ser dos, no poder iniciar ese diálogo con uno mismo, que es lo que ella dice de Eichmann en su teoría de la banalidad del mal. Pero bueno, todo esto es para decirles que hay una estructura muy importante que es la estructura del sujeto que se mueve en dos direcciones, teniendo dentro de sí una distancia, un écart, con respecto a él mismo, o un sujeto que se des-subjetiva de alguna manera cuando no tiene esa distancia con relación a sí mismo, y está como empastado, para usar una palabra de Sartre, o está rivé à soi. Otro sinónimo para ‘empastado’ en Sartre es el ‘en sí’. Esto sería, si ustedes quieren, la parte “negativa”; y la de la distancia sería la parte “positiva”, el ‘para sí’, que es cuando uno puede tener una relación “sana” con uno mismo.


Intervención: El ‘en sí’, en Sartre, ¿sería equivalente al ‘uno’ de Heidegger?
Profesor: Sí y no. Sería equivalente en el punto en que se des-subjetiviza, que sería la negación del sujeto. Y no en cuanto a que, hasta donde sé, en Heidegger el ‘se’, o el ‘uno’, o el ‘das Mann’ no tiene esta característica de estar sin distancia con respecto a sí mismo. En Sartre está más subrayado esto de tener introyectada la nada. Esa nada sería como el papel de telgopor que tiene un poco de vacío dentro de sí mismo, pero que, por supuesto, le permite al mismo tiempo esa nada, esa distancia, mantener una relación con uno mismo.
Intervención: Me parece que para Heidegger el ‘se’ es diluirse en el conjunto. No estar metido adentro sino estar en un anonimato en el conjunto, como no tiene subjetividad…
Profesor: Claro, claro. Por eso decía que hay un lado en que sí y hay un lado en que no. ¿Está claro? Entonces, para Heidegger el ‘das Mann’, el anónimo del sujeto, en Heidegger hay un análisis de la subjetividad como lo estamos viendo en Sartre o en Lévinas.
Entonces, acá la clave es el dolor, la operación del dolor. ¿Qué es el dolor? Tema que por demás no está en Heidegger, en quien solamente aparece como ‘angustia’. Pero es interesante justamente la angustia por lo que dijimos el otro día, porque en Heidegger la angustia está más marcada por la inanidad, por la nada. Acá, por el contrario, la angustia es la imposibilidad de nada. La saturación. Es decir, mientras que en uno lo que hay es la dilución y una nada, acá en Lévinas, por el contrario, el efecto opera, si ustedes quieren, por saturación. No es que me pierdo en algún lado, sino que estoy saturado en lo propio. Después, por supuesto, Lévinas va a hablar más adelante del chez moi, que los franceses también lo refieren para ir a la casa, a lo propio, volver al hogar. 


(...)
Continuamos con el texto de Lévinas: “Lo que aparece en la vergüenza es, por lo tanto, precisamente el hecho de estar clavado a uno mismo. La imposibilidad radical de huir de sí mismo para ocultarse uno mismo. La presencia irremisible del yo en uno mismo”. O sea, la vergüenza es ese sentimiento de que yo soy yo, y no puedo dejar de ser ese quien soy. Como ven este capítulo no tiene desperdicio. Continúo leyendo: “la desnudez es vergonzante cuando es la patencia de nuestro ser”. Es decir, lo que a él le interesa no es un análisis psicológico de la vergüenza. Lo que él está persiguiendo es cómo la vergüenza manifiesta, en el momento en que se hace presente, dos cosas: la atadura profunda a nosotros mismos; y la necesidad de huir o la incomodidad. Porque la vergüenza no es sólo la atadura, es la incomodidad. ¿Se ve? Dice Lévinas: “Y la desnudez de nuestro cuerpo no es la desnudez de una cosa material antítesis del espíritu, sino la desnudez de nuestro ser total en toda su plenitud y solidez. La de su más brutal expresión de la que no se podría levantar acta”. Esto Agamben lo va a retomar como nuda vida: no hay nada más desnudo, dice ya Lévinas en 1937, no hay nada que represente más el puro ser, el mero ser, que la desnudez que sentimos en la vergüenza, pero que sentimos en la vergüenza porque un bebé no está desnudo, puede estarlo fácticamente pero no está desnudo en el sentido de que siente que está exponiendo su ser en ese momento. Y acá viene algo muy hermoso, que los que tengan presente la película lo van a disfrutar: “el silbato que se traga Chaplin en Luces de la ciudad [es una escena donde él está como en una fiesta, se traga un silbato y cada vez que se mueve le suena el silbato] hace que estalle el escándalo de la presencia brutal de su ser”. Es decir, el silbato lo denuncia, casi como el Dasein que está ahí. Si ustedes quieren, la tos de Dora, se me ocurre ahora.
Dice Lévinas: “Es como el aparato registrador que permite revelar las manifestaciones discretas de una presencia que, por su parte, el hábito legendario de Charlotte apenas disimula. Cuando el cuerpo pierde ese carácter de intimidad…”, fíjense lo que está diciendo: que el cuerpo pierde su carácter de intimidad no porque se exponga. Por ejemplo, la bailarina de Music Hall: su cuerpo se expone, pero ¿pierde intimidad? No. Es como los lupanares que frecuenta el doctor (risas). “Cuando el cuerpo pierde ese carácter de intimidad, ese carácter de la existencia de un sí mismo deja de tornarse vergonzante, así como el cuerpo desnudo de un boxeador. La desnudez de la bailarina del Music Hall [esto es de 1937 hay que pensar] se exhibe, sean cuales fueren los efectos que el empresario espera de ella, no es necesariamente la marca de un ser desvergonzado puesto que su cuerpo puede aparecer con esa exterioridad así mismo que por eso mismo lo cubre. En ella es el cuerpo el que la cubre”. Como Isabel Sarli. Sí.

“Por tanto, no todo lo que no tiene vestiduras está desnudo. Quien tiene vergüenza es nuestra intimidad, es decir, nuestra presencia ante nosotros mismos”. Éste es el tema: nuestra presencia ante nosotros mismos. “Ésta no revela nuestra nada sino la totalidad de nuestra existencia. La desnudez es la necesidad de excusar su existencia. La vergüenza es, a fin de cuentas, una existencia que se busca excusas. Lo que la vergüenza descubre es el ser que se descubre”. Fíjense cómo le saca el jugo a todo esto, porque finalmente la vergüenza tiene que ver con lo que queda expuesto, con lo que se descubre, con la totalidad, con no poder dejar quien uno es. Una sola intimidad, un velo, un pudor. Y acá inmediatamente dice: “también el pudor penetra la necesidad, la cual se nos ha aparecido ya como el malestar mismo del ser, y en el fondo como la categoría fundamental de la existencia. Aquel no la abandona cuando está satisfecha”. Lo que vamos a ver después del breve receso es la náusea, y si podemos vamos a llegar al placer en las clases que nos restan. A la náusea vamos a dedicarle muy poco porque casi replica la estructura de la vergüenza. Nos vemos en cinco o diez minutos.
Pablo Dreizik
Vida y Lazo Social: Heidegger y Lévinas.
Seminario de Posgrado, Fac. Filosofía y Letras, UBA
[ Prof. coordinadora: Dra. Mónica B. Cragnolini Profesoras dictantes: Dr. Hernán Candiloro – Dra. Mónica B. Cragnolini
Profesor invitado: Lic. Pablo Dreizik ]
Fragmento -Desgrabación- Clase X.
Buenos Aires, 8 / VI / 2016


ARTE:
Léon Delarbre
[ Masevaux, 1889 / Belfort, Fr. 1974 ]

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