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Amor - Pasión / Spinoza - Lacan




Fuerte es el amor, como la muerte.
Y despiadado es el deseo, como el sepulcro. (*)
Cantar de los cantares. 8, 6. Biblia y Tanaj.

El amor es una alegría acompañada por la idea de una causa exterior.
Baruch Spinoza. Ética demostrada según el orden geométrico. III, VI.



¿Podríamos concebir un amor que no sea neurótico? (Si entendemos por neurótico, Edípico. Si entendemos por Edípico, un amor que no cesa de declarar su falta, que no descansa hasta agotar –incluso exhausto- la pregunta por la reivindicación del YO. Si entendemos por neurótico, religioso. Y si entendemos lo religioso como afán de unión, de atadura ad infinitum, incluso hasta la muerte de los cuerpos.) Puede sonar a exageración, pero cuando un sujeto dice “te amo” coloca en ese performativo todo lo infinito que pretende renegar la falta, recusarla vía espejo, aboliendo la muerte que lo espera de todos modos. Puede sonar excesivo, pero como decía Balzac en su Sexto Volumen de la Comedia Humana: “Toda pasión que no se crea eterna, es repugnante.” Intuimos, me apresuro a concluir, que estamos en el orden del amor-pasión, del amor hacia un partenaire-sexual. No de un amor que pueda prescindir del componente sexual; incluso quizás que lo trascienda sí, pero no que lo excluya. Un amor, entonces, que sea la sublimación sexual de la pulsión (o, como lo piensa Lacan: que olvide el deseo) pero que no relegue el componente de satisfacción sexual.

Claro que, en este punto, estamos en problema, porque la pregunta que merece plantearse es: ¿qué quiere decir satisfacción sexual? Para ser breve: satisfacción-sexual –en términos Freudianos- es un pleonasmo. Y entonces: todo lo que da satisfacción es sexual. Bien, ¿y cuál es el problema? El problema es que la histérica se satisface “sexualmente” sin necesitar sus genitales, ni mucho menos los de su partenaire. Por eso “inventó” el psicoanálisis: porque su deseo siempre está en otra parte; porque goza de todo el cuerpo (hace erógeno el cuerpo significante, y viceversa) menos donde se supone es meritorio gozar: la zona genital. Porque, incluso, nos advirtió que ella siempre está en otra parte (con sus llegadas tardes, con sus faltazos, con su sordera sistemática, con su Belle Indifference, con su falta de tacto para pedir disculpas -porque obviamente ella no es la equivocada, la falta siempre está en el otro-, en definitiva: con su egocéntrico discurso cuyo objetivo es buscar un Amo/Padre para Hacerlo-Caer). Ella, con su cáscara que grita amor por todas partes pero no puede sostener ni aún lo que dice desear, es la que nos ha enseñado que no se trata de tocar el cuerpo, sino de crear signos para seducirlo; que no se trata de el deseo-decidido sino del deseo-insatisfecho que, por excelencia freudiana, es la definición de todo deseo. De allí que la frase que escuchamos repetida es yo no necesito ni que me toque… Lo que menos quiero es eso.” Exacto: se pueden satisfacer sólo con que otro sujeto apenas le roce un dedo del pie en un súbte. O le devuelva una mirada erotizada. O el chat, o un “me gusta” en el face, o cualquier signo que excluya de pleno poner el cuerpo: amor-líquido se ha llegado a bautizar. Yo diría, amor-insípido. Solo que hay que hacer dos aclaraciones: el cuerpo siempre está: es el cuerpo erógeno de la LaLengua (del Falo, de phalar, que erige al sujeto: que se la sube, como decimos en criollo). Y, por otro lado: puede llegar a ser tan pasional como una novela de Shakespeare, incluso llegar hasta la anorexia, o el suicidio. Porque –justamente- es puro fantasma y no se trata de que esté presente el otro más que con sutiles gestos, incluso a distancia, incluso desenfocados, erróneos, desfigurados de toda realidad operativa. Porque de lo que sí se trata es de la única realidad que acontece en un sujeto, y que es virtual: la del fantasma.




¿Podríamos concebir un amor que no sea neurótico? Para Spinoza, sí. Porque sólo es amor lo que produce alegría y llega a partir de un agente externo.  El amor no puede producir tristeza, ni desdicha. ¿Dónde se aparte de Freud? Spinoza no se aparta de Freud en pensar que el amor depende de un agente externo que despabile al sujeto; sin embargo la causa no podríamos decir que es externa: es decir, que es independiente de su falta. Es decir: que el narcisismo no cumple acá ningún juego. Traduciendo: observo (o escucho, o palpo) y posiblemente me enamore: todo amor es contingente. En realidad no es que no necesite a un otro que despierte mi deseo; pero el amor no se cierra en ningún signo: se abre recién cuando con su presencia, el otro dona su falta. Y, como sabemos, no siempre sucede puesto que a la arbitrariedad del encuentro, hay que sumarle cuestiones inconscientes, de estructura, de neurosis.

Se equivoca Spinoza, pero no Lacan, cuando dice que el amor es causa de alegría. Cierto, desde el punto de vista del cuentito de Hollywood. Y del cuentito que tenemos en nuestra naif imaginación. Pero olvidamos que todo final es triste, que todo final es terrible, porque todo final termina en la muerte. Y también olvidamos que no hay amor sin odio: de allí que Lacan calificó sólo tres pasiones: la tercera, la ignorancia, es el punto muerto del amor. Pero –como dice el tango- “es tan grande mi odio como fue mi amor”-. Incluso, como podríamos decir desde Freud: primero es el odio.

¿Podríamos concebir un amor que no sea neurótico? Sólo si hablamos de un amor incondicional, lo conocemos como amor-ágape; un amor completo, sin falta, y –por eso- un amor que no demanda. Lejos de suponerlo en los religiosos, lo supongo mejor en la figura del Analista cuando el lugar del agente en el dispositivo lo ocupa la falta (a): es decir, la castración. El religioso demanda, Dios demanda también (de ahí el pasaje salvoconducto hacia otra vida infinita, de premio a esta vida pecadora); el analizante demanda, el analista ¿demanda? Muchas veces sí y siempre absolutamente desde que busca la asociación libre con el axioma “Hable”, “Lo Escucho”. Pero, vía su falta y su posición femenina en el cuadro de la sexuación, cuando está estrictamente ocupando el lugar de (a), no demanda. A condición –claro- de que el dispositivo –vía el corte que divide al sujeto, que lo deja dividido- otorgue al mismo artificio la condición de renegación que también encontramos en la perversión: sí, porque el piso de arriba del discurso del analista es la escritura del fantasma perverso: a ----≥ $. ¿Qué quiere decir esto? Que ante el amor del analizante, el analista responde un “no”. Entonces la demanda es allí donde debe de-negarse. El analista es ágape de la misma transferencia que él ofertó para el trabajo analítico. Porque sabe –porque Freud se lo enseñó- que “cuánto más se ama, menos se analiza”. Es decir: sabe que la transferencia es el motor de la cura pero es también su principal obstáculo (Años: 1893, 1912, 1914, 1920).




¿Podríamos concebir un amor que no sea neurótico? Sólo el de un Analista. Y  no cualquier analista: sino un analista analizado, un analista que controle “su” caso (su real), un analista que pueda prescindir –vía castración- de ser sujeto para colocarse en objeto; es decir: de un analista que –renunciando a ser el Falo- semblantee el lugar causa del deseo de su analizante. Como en El Banquete, posibilitando la metáfora amorosa, pero relegando –como nos enseñó la histérica- el imaginario de su cuerpo. Todo está permito en el dispositivo: excepto que el neurótico pretenda hacer existir la relación sexual, cuya entelequia se suple con la palabra.

Luchamos no sólo contra la pulsión –siempre de muerte- sino con un deseo escurridizo que muchas veces toma el atajo imaginario y hace que el sujeto crea que hay amor que no sea narcisista. Que hay amor que pueda cubrir totalmente su falta. Es decir: que crea en un (A)nalista no barrado, un Padre Ideal Todo Poderoso. Un S1 –Amo, Llave- que ofrece un S2 –saber- cuando, como sabemos el único Amo es lo Inconsciente que produce la tarea de que el Saber –aún no sabido: viene del futuro (Lacan, S.11)- se trabaje desde el Sujeto, y no desde el Analista. 

La alegría del amor transferencial (el encuentro Spinoziano con Freud) no es sin altibajos, sin odios, sin un tiempo nunca paramétrico y siempre discordante (Lacan; Estadio del espejo: “vamos de la insuficiencia a la anticipación”), sin exabruptos, incluso sin interrupciones. Pero hay un eje de sostén que vuelve si el sujeto está dispuesto a sostener su causa. 

La alegría del amor Spinoziano sería, en este caso, poder aliviar la mortificación que hace que un sujeto busque, en vano – y más allá de todo Ideal- un inexistente lugar que siempre, por estructura, ha estado agujereado: esto se llama: reconocerse castrado; recordar y (a)catar que algo tiene que faltar para poder seguir. Análisis quiere decir desatar. Como nos recordó alguna vez Roberto Harari: su travesía parece guiarnos a atarnos a la castración. Acto que no es sin angustia: por eso amar es morir un poco, como nos recuerda en sus obras Yukio Mishima. Acto que Lacan –a diferencia de Freud que lo pensó peligroso y cuestionable- lo consideró constitutivo de un Sujeto; y esencial, necesario y forzoso para que el goce condescienda a deseo y el amor pueda sostenerse en la declaratoria que se grita en los escenarios de la ficción cotidiana.

Marcelo A. Pérez
Spinoza con Lacan
Buenos Aires, VI / 2016.

(*) La versión más conocida, reza: “Grábame como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu brazo, porque el Amor es fuerte como la Muerte, inflexibles como el Abismo son los celos. Sus flechas son flechas de fuego, sus llamas, llamas del Señor.”




ARTE:
Zdzislaw Beksinski
[ Polonia, 1929-2005 ]

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