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Muerte de Samarkande






Elipsis  del  signo,  eclipse  del  sentido  —  engaño.  Distracción  mortal que  un  solo  signo opera  en  un  instante. Como  la  historia  del  soldado  que  se  encuentra  con  la  muerte  en el desvío  de  un  mercado,  y  cree  verle  hacer  un  gesto  amenazador  hacía él.  Corre  al palacio  del  rey  a  pedirle  su  mejor  caballo  para  huir  de  la muerte  durante  la  noche, lejos,  muy  lejos,  hasta  Samarkande.  Con motivo  de  ello  el  rey  convoca  a  la  muerte  al palacio  para  reprocharle que  espante  de  ese  modo  a  uno  de  sus  mejores  servidores. Pero  ésta  le contesta  asombrada:  «No  he  querido  causarle  miedo.  Era  solamente  un gesto  de  sorpresa,  al  ver  aquí  a  ese  soldado,  cuando  teníamos  cita  a partir  de  mañana en  Samarkande.»   Naturalmente:  al  intentar  escapar  a  su  destino  es  cuando  se  acude  a él con  más  certeza.  Naturalmente:  cada  uno  busca  su  propia  muerte,  y los  actos  fallidos son  los  más  logrados.  Naturalmente,  los  signos siguen  los  caminos  inconscientes.

(...)

El  hombre  seducido  es atrapado  a  pesar  de  él  en  la  red  de  signos  que  se  pierden. Porque  el  signo  es  desviado  de  su  sentido,  porque  es  «seducido»,  ésta historia  es seductora  por  sí  misma.  Cuando  los  signos  son  seducidos  se vuelven  seductores. Sólo nos  absorben  los  signos  vacíos,  insensatos,  absurdos,  elípticos, sin  referencias. Un  niñito le  pide  al  hada  que  le  conceda  lo  que  desea.  El  hada  acepta con  una  sola  condición,  la de  no  pensar  nunca  en  el  color  ajo  de  la cola  del  zorro.  «  ¡Si  no  es  más  que  eso!  », responde  con  desenvoltura. Y  ahí  va  en  camino  para  ser  feliz.  Pero,  ¿qué  ocurre?  No consigue deshacerse  de  esta  cola  de  zorro,  que  creía  haber  olvidado  ya.  La  ve asomar por  todos  lados,  en  sus  pensamientos  y  en  sus  sueños,  con  su color  rojo.  Imposible apartarla,  a  pesar  de  todos  sus  esfuerzos.  Y  hele aquí,  obsesionado,  en  todo  momento, por  esta  imagen  absurda  e insignificante,  pero  tenaz,  y  reforzada  por  la  desilusión  que tiene  al  no poder  quitársela  de  encima.  No  sólo  las  promesas  del  hada  se  le escapan, sino  que  pierde  el  gusto  de  vivir.  Quizá  está  de  alguna manera  muerto,  sin  haberse podido  deshacer  nunca  de  la  cola  de  zorro. Historia  absurda,  pero  de  una  verosimilitud absoluta,  pues  hace aparecer  la  fuerza  del  significante  insignificante,  la  fuerza  del significante  insensato. El  hada  era  maligna  (no  era  un  hada  buena).  Sabía  que  el espíritu es irresistiblemente  hechizado  por  el  lugar  vacío  dejado  por  el  sentido. 

Jean Baudrillard
De la seducción.
Cap. II: Los abismos superficiales.
La muerte de Samarkande, Extracto.
Cátedra, colección Teorema.
Madrid, 1989.
ARTES PLÁSTICAS:
Héctor C. Laborde
[ Montevideo, 1943 ]
Samarkande, baile.

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