Ir al contenido principal

Ser argentino...








Hace un mes, en diciembre, eran casi las ocho de la mañana de un miércoles y yo estaba viendo fútbol por televisión. Era demasiado temprano para ver fútbol, pero el partido ocurría en el lejano Oriente. De golpe, un japonés pateó con fuerza y el arquero de River la sacó al corner con dos dedos. Unos segundos después me puse a llorar, sentado en la cama, como un estúpido. Y me acordé de algo que pasó hace diez años, cuando llevé a mi papá por primera vez a ver un partido del Barça.
Era el año 2005. Cuando entré con Roberto al Camp Nou me sentí, por única vez en la vida, llevándolo a él a alguna parte. Hasta entonces él siempre me había llevado a mí. A la cancha de Racing, en Avellaneda. O a la de Flandria. O a cualquier cancha. Cuando vas con tu papá a ver fútbol siempre te lleva él, no importa la edad de tu documento, ni quién sea más alto, ni cuántos pelos tengas en las patas. El padre siempre lleva al hijo.
Pero esta vez estábamos en otro país y yo lo había invitado no solamente al Camp Nou, sino también a Europa; entonces me sentí responsable de su comodidad. Y descubrí que Roberto no estaba cómodo. En absoluto. Estaba inquieto.
Mi padre miraba las bocas de ingreso del estadio y no podía entender la parsimonia de la gente que hacía fila para entrar. “¿Por qué nadie le pega a nadie?”, me preguntaba con estupor. “¿Por qué no nos empujan, Hernán?”, me decía. “¿Por qué ninguno me está robando la billetera, Hernán?”.
Roberto no me preguntaba esto con admiración primermundista, sino con disgusto, con extrañeza y con bronca. “¿Por qué nadie trae del brazo a una novia con el culo desproporcionado, Hernán?”.
Mi padre estaba descubriendo, de repente, que a su porción de chocotorta le faltaba todo el colesterol.

Me acordé enseguida de los esfuerzos tremendos que él había hecho, cuando yo era chico, para llevarme a las canchas de fútbol argentinas. Cómo debió resguardarme de las avalanchas, cómo me aisló de las puteadas más groseras. Recordé los viajes en el 93 hasta la avenida Pavón, el silencio que se hacía cuando pasábamos por La Boca y temíamos que los bosteros (que son nativos porteños en estado salvaje) entraran por la ventanilla para acribillarnos en una emboscada.
Recordé las lágrimas de Chichita cuando nos íbamos a ver un Racing - Independiente: eran lágrimas parecidas a las de las madres cuando sus hombres parten a la guerra.
Por eso mi padre buscaba, en vano, la adrenalina en las tribunas del Camp Nou. Miraba el civismo reinante con sospecha, como si el deporte que estaba a punto de ver no fuera fútbol, sino otro más patético: natación sincronizada o danza rítmica.
“¿Y los papelitos, Hernán?”, preguntó cuando salieron los equipos a la cancha. Yo le dije que no había papelitos en los estadios españoles, porque estaba prohibido hacer basura. Y él miraba el cielo. “¿Y los cantitos chanchos, Hernán?”. Le dije que tampoco había rimas ni palabrotas. Y él volvía a mirar el cielo.
A la mitad del primer tiempo le pregunté por qué miraba tanto el cielo, y me dijo:
“Es todo muy aburrido, Hernán: los de la platea alta ni siquiera te mean”.
En ese momento yo era bastante nuevo en España, y todavía no entendía la incomodidad de lo perfecto. Me dio la impresión de que mi padre exageraba su fastidio, pero con el tiempo me empezó a pasar algo parecido por la calle.
Durante los siguientes diez años, al caminar por las ramblas, o por el paseo Sant Joan, no pude sentirme cómodo. En Barcelona no hay baches que saltar, ni bocinazos en las esquinas, ni manifestaciones espontáneas, ni colectiveros que te mandan a la recalcada concha de tu madre.

Es un mundo paralelo bastante mejor que mi mundo de origen, pero muy poco mío. Y para peor tengo una corazonada narcisista cuando voy por la calle: creo que mi sola presencia de gordo zaparrastroso afea un poco esa perfección.
Cuando vuelvo de visita a Buenos Aires me encuentro con todos los baches del mundo, y me topo con los piquetes y recibo con alivio los bocinazos y las recalcadas conchas, pero tampoco logro sentirme en casa. Son mis calles, están mis amigos y mi familia, mis insultos más queridos, pero en el bolsillo siempre tengo un pasaje de avión que me dice:
“Volverás en unos días a España; soy yo, tu billete de regreso, te estoy hablando a ti, gordo sudaca”.
Sin embargo, esta vez pasó algo con mi pasaje de Iberia. La fecha de regreso era para mediados de diciembre y un poco antes tuve un infarto; entonces el médico no me dejó viajar. Tuve que quedarme en Buenos Aires y perdí el vuelo. Todavía sigo acá, en mi ciudad de origen.
Y ahora, que no tengo el contrarreloj de Iberia, los baches y los bocinazos y las puteadas me envuelven como si otra vez fueran míos.
El día siguiente que perdí mi billete de regreso a Barcelona era un miércoles. Me desperté a las siete y media de la mañana. Era un día laborable como cualquier otro en Buenos Aires. En la tele había un partido entre un equipo argentino y otro japonés, en directo desde Oriente.
A los diez minutos del inicio un japonesito pateó muy fuerte, esquinado, y la pelota casi se mete en el ángulo, pero el arquero de River la sacó al córner. Yo dije ¡uh! y me agarré la cabeza. Al mismo tiempo, por la ventana abierta, muchas otras voces en otras casas gritaron uuuuhhh. Al mismo tiempo que yo. Fue un murmullo de vecinos invisibles, como un coro de palomas mensajeras, que se agarraron las cabezas. Yo no los vi, pero intuí sus presencias.
Entonces descubrí que había llegado a mi país, por primera vez en quince años. Supe que ya no estaba en un lugar donde la gente duerme o hace otra cosa cuando yo miro lo que me importa por la tele. Supe que ya no tenía que pensar qué hora será en el sitio del mundo que me importa, ni qué temperatura hará, porque lo podía ver por la ventana. Descubrí que estaba, otra vez, en el lugar donde todos decimos ¡uh! al unísono, a las ocho de la mañana, por las razones más ridículas. Y me puse a llorar; como un chico, mientras todo el mundo decía uuuuhhh.

Hernán Casciari
[ Mercedes, 1971 ]
Mientras todos dicen uh.
Martes 26 de enero, 2016
ARTES PLÁSTICAS:
Vito Campanella
[ Monopoli. 1932, Buenos Aires, 2014 ]

Entradas populares de este blog

Amar: dar lo que no se tiene a quien no es.

“Amar es dar lo que no se tiene, a quien no es”-Apotegma añejado por Jacques Lacan que a veces no se entiende. Si bien lo hemos dicho muchas veces en esta Blog (siempre que hablamos de Narcisismo, por ejemplo) merece ser abordado una vez más, ya que de esto se trata todo el secreto donde radica “la solución, doctor?” de todo conflicto entre dos sujetos que hablan.
Suena categórico y hasta paradigmático: es que lo es. Si creemos que la letra con sangre no entra (a diferencia de muchos -incluso políticos del Primer Mundo del Capitalismo- que piensan que al fuego hay que responderle con fuego) y si creemos que –aunque suene romanticón o naif- el amor es la única cura posible para la neurosis (que no tiene cura); entonces es claro que suene un apotegma riguroso.
El adagio de esa singular frase se debe descomponer así:
1)Amar es dar.  Es decir: entregar, ceder.  ¿Qué cosa? 2)Lo que no se tiene. Es decir: la falta. Es decir: lo que Lacan bautizó como el objeto-a: un objeto que no existe porque…

Sartre / El Salto del Sujeto.

Nietzsche sabía que la esperanza es la mayor causa de la infelicidad. El Buda –a diferencia de la máxima Cristiana: “Espera el mañana, allí vivirás un mundo mejor”-  también promulgó el mismo apotegma Nietzschiano: “Abandona la esperanza, abandona el deseo, y entonces vivirás el aquí y ahora.”  Jacques Lacan identificó a la esperanza como “las mañanas que cantan” y dijo haber tenido noticia de cómo en su nombre muchos sujetos se dirigían al suicidio. La cuestión es que la esperanza –y su padre: el deseo- es un problema del sujeto inmerso en el lenguaje. El problema es del lenguaje. Gracias al lenguaje amamos, deseamos, tenemos esperanza; pero sólo por el lenguaje –y a diferencia del animal- somos esclavos de ello mismo. Es decir: no tenemos un deseo; el deseo nos tiene. Hay un deseo al que se le supone un Sujeto. El Sujeto está atrapado –dominado- por el deseo que lo constituyó como tal.
En estos tiempos donde nos venden buzones de todos los colores -buzones que hemos comprado desde la…

la pèrdida en el horizonte

- - - - ¿Se acuerda de aquel libro de Vinicius de Moraes, Para vivir un gran amor? ¿Qué necesita uno para vivir un gran amor?
.
—Lo primero es animarse a correr el riesgo. Lo que yo observo en el consultorio, como una de las grandes barreras para el amor, es el temor de la mayoría de los humanos a correr el riesgo de la pérdida. Toda relación de amor presupone que alguno de los dos va a perder al otro. El otro puede morir o dejar de querernos. No hay ningún amor que no tenga en el horizonte la pérdida. Y hay que animarse a tolerar esa posibilidad. Mucha gente, porque no se anima a perder, vive perdiendo. Quiero decir: dan por perdido el amor antes de haberlo vivido. Eso es mucho más relevante, numéricamente, de lo que se supone. Inclusive, hay mucha gente a la que usted ve en pareja, casados o no, y sabe que ya no se aman. Uno los escucha hablar y se da cuenta de que no se animan a disolver su pareja y a armar otra nueva porque ya han dado por perdido el amor. Y han dado por perdido el amor…

Seguidores