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El Padre / Pepe Soriano.



 
 

Estoy tan solo como este gato, y mucho más solo porque lo sé y él no.

Cada vez iré sintiendo menos, y recordando más.

Julio Cortázar

Lo malo del después son los despojos que embalsaman los pájaros del sueño,
los móviles que insultan con los ojos.

Joaquín Sabina

Florian Zeller es un autor joven francés. Y es siempre bienvenido que los jóvenes puedan escribir sobre viejos. Sus obras parecen reunir una especie de sincronización metafórica, cronológica y lógica. Y agreguemos: no menos psicoanalítica, como lo indica el titulo de una de su primeras dramaturgias: En el 2004, L'Autre; a la que le siguen en el 2005, Le Manège; en el 2010, La Mère; en el 2011, La Vérité; y en el 2012, Le Père. Su novela La Jouissance (2012) recuerda no solo al orgasmo femenino, sino al goce que Lacan introdujera a partir de Freud para enmarcar el real de nuestra clínica. Su pluma se la ha comparado a la Emile Cioran y Milan Kundera. No creo que El Padre sea uno de los guiones de los más excitantes, ni tampoco originales ni mucho menos lo que se dice “redondos”. Pero –insisto- no deja de ser meritorio que los jóvenes –máxime en nuestra sociedad chata, capitalista y egoísta- se ocupen de los viejos. El Padre es también la decadencia y el despojo de El Hombre. De allí que una de las frases finales que el personaje central evoca es: “Entonces… ¿yo quien soy?”-  Cuando se ha despojado al sujeto de todo lo que lo representa (en la obra pueden ser los muebles o su reloj; hoy podríamos decir que para muchos en vez del reloj sería el celular) la pregunta por el Ser –o, mejor dicho: por la Falta-en-Ser- aparece corrosiva. Y es allí donde el autor nos muestra su perfil lacaniano.

La obra pretende escribir el mismísimo despojo al cual el sujeto se acerca en su travesía por el mundo. La escenografía habla de ese desasir cual si fuese una metáfora paradójica: resto inversamente proporcional al peso de la vida. Como si abdicar fuese realmente liberarse, pagando obviamente el precio de la muerte. El protagonista se va sacando peso de encima, quedándose con los recuerdos que le conviene, pero no sin lágrimas. Y así, como un árbol que pierde sus hojas, el paso del tiempo va marcando el otoño del cuerpo, y de los significantes que lo representaron otrora.

El autor también pretende vincularnos con el poder, con el egoísmo, con la precariedad de los vínculos y con el amor: es decir, con el odio que es también subterfugio para desviar el conflicto que todo afecto conlleva. Con la liviandad del ser; con su “hay que vivir lo que sentimos sin culpa”, con el no hacerse cargo del pasado y –last but not least- con el espejo que no podemos ver pero nos refleja sin prisa pero sin pausa.

Para Lacan, el Padre es la metáfora misma que permite que un sujeto acceda a la cultura, por lo tanto es también el transmisor del “no”. Y, como todo símbolo, no necesita de un padre imaginario para operar. A decir verdad; deberá estar incluido en el discurso de la madre o de la persona de crianza, independientemente de si existe alrededor de la casa. Esta aurea es la que el autor pretende –creo- llegar a transmitir en sus líneas: es la sombra de esa Figura –como nos recordaba también Peter Shaffer cuando compuso Amadeus- la que se presta a todo tipo de colisiones e incluso de fantasmas. Puesto que es el fantasma de cada uno de los personajes que lo circundan, que hacen –parafraseando a Freud- que esa “Sombra caiga sobre el Yo”.  La obra habla también del padre que cada uno conlleva (empezando por la hija) y de los Ideales que pretendemos alcanzar, no sin impotencia.

La caída de Un Padre en lo imaginario no desvincula a quienes quedan de padecer lo simbólico a partir de un real que permanece: ninguno de esos seres podrá prescindir de El Padre. La neurosis –el síntoma histérico u obsesivo con su vertiente fóbica- es la prueba de que nadie puede liberarse de esa Figura; simplemente porque nadie puede liberarse del Lenguaje. Cuando, lógicamente, ese Lenguaje ha sido agujereado por la metáfora paterna, siempre fallida. El Padre, en psicoanálisis, es la función que permite –más allá del Ideal fantasmático de cada neurótico- no tan sólo encontrarse con la falta, sino –y consecuentemente- posibilitar la emergencia del deseo. Es decir, entonces, que posibilita que el muro del Lenguaje sea agujereado para que cada sujeto acceda al trazo que lo representa.

“El Padre” se esta representando en paralelo en el Teatro Principal de Alicante, protagonizada por Héctor Alteiro. En Buenos Aires, Pepe Soriano -quien ha trabajado mucho con el actor anterior- juega su papel con madera de un hombre que ha pisado las tablas desde hace 60 años.

Soriano nació con la Década Infame, es decir que lleva en sus hombros exactamente 86 años. En la época de la dictadura militar, lo tuvieron que trasladar de urgencia cuando estaba actuando y la guardia médica diagnosticó un "estado confusional". El personaje central de esta obra –gracias al guión que lo direcciona- vive en una confusión permanente. Hoy, Pepe, anhela que su analista pueda ver esta obra donde su personaje hace temblar el fantasma de un hombre no meramente confundido por lo que le pasaba a su país, sino sobre todo indignado. Esta pequeña gran obra no solo merece ser vista por su analista, sino también por todos aquellos que disfrutamos del buen teatro y sabemos que quien pronuncia ese texto ha tenido en su cuerpo a personajes como Tartufo, El Loro Calabrés (que quien subscribe la vio en el Margarita Xingú en su adolescencia) o El Violinista sobre el Tejado; con la misma pasión y profesionalismo que hoy encara a este viejo padre que está muy lejos del joven Soriano que brilla en el escenario. Soriano no hace de viejo, está viejo. Pero sus sutilezas actorales, sus tonos, sus miradas, el manejo de sus músculos, la solidez de su pose; hace que ya no importe el contenido –el texto- sino quién y sobre todo cómo se dice.

Es un lujo poder ver hoy a este Pepe Soriano desde la segunda fila de una platea –no siempre comprometida con el teatro: público que tose todo el tiempo quizás porque no se banca no ser protagónico, que relata como si estuviese en el living de su casa, etc.-; señor actor que nunca decae y permanece durante toda la obra en escena; junto a una hija confundida, contrariada, culpable e inestablemente aturdida y desgastada; interpretada muy convincentemente por una actriz que acompaña sin sosiego.

Del guión –y de la dirección y del resto- se espera más. Pero el Pepe socialista, rebelde, pasional, vehemente, rozagante y erguido; hace que El Padre permanezca en nuestra cabeza, aún después de que los aplausos caigan, como la vida.

Marcelo A. Pérez
Un Padre que se va…
Sobre la Obra Teatral El Padre
Estrenada en Buenos Aires
I / 2016

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