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Guerra y Capitalismo.


 
 
 



 


Hola Marcelo. Deseándote felicidades y los mejores deseos para estas fechas (ya hemos intercambiado un par de mails hace años) quería aprovechar para decirte también que me gustó mucho tu escrito sobre la guerra, un posteo que hiciste hace meses. Y me gustaría compartir con vos esta cuestión: más allá de como bien decís en ese escrito, la guerra es siempre una competencia de narcisismos-, ¿no crees que es también consecuencia del discurso capitalista? Gracias nuevamente, afectuosos saludos! 
Karina H. / Mar del Plata, Buenos Aires.

 
Hola. Gracias por tus deseos. Aprovecho tu correo para explayarme un poco sobre un tema que hace unos meses tenía ganas de comentar. Sí: definitivamente creo que es así: de allí que los países más imperialistas [ y no hay imperialismo que no sea económico ] del mundo sean los que actualmente despliegan el mayor poder bélico. Porque obviamente no vamos a creer que, como dicen algunas noticias de redes occidentales, el país más peligroso sea Somalia; que es una de las poblaciones más empobrecidas del planeta: a lo sumo será “peligrosos” para ellos porque tiene un régimen musulmán.  Países como este, fueron sistemáticamente invadidos por el imperialismo capitalista y habría que preguntarse, entonces, por qué sucumben en guerrillas permanentes, ante quién se están revelando.

Por otro lado, el discurso capitalista, al ser inversamente opuesto al discurso amoroso, es obvio que tiene su frontera con la posición beligerante de los países más poderosos.  Estados que nos hacen creer ese patético oxímoron tan de modo: “hacemos la guerra por la paz”. Basta abrir algunos libros de historia para informarse un poquito de este discurso perverso que muchos países -a la cabeza EE.UU.- imponen como hábito lenguajero en el carozo de su discurso. No será casualidad, por eso, que EE.UU. sea un país donde tantos artistas (músicos, actores) proliferan con un discurso anti-imperio, donde nacen nuevas voces y siempre canciones y obras tratan de manifestar esa miseria política; ese narcisismo beligerante. Recordaba –justamente- hace poco, como el ex presidente Truman hizo creer a todo un pueblo –y a toda una parte del mundo- cómo gracias a que ordenó las dos bombas atómicas en Japón, se evitó un mal mayor (que murieran, por ejemplo un millón de soldados americanos que es lo que estratégicamente necesitaban para invadir la tierra oriental): la guerra iba a terminar de todos modos, porque a) Japón nunca hubiese retrocedido por esas bombas (dicho por sus propios ejércitos y por su Emperador), y b) después de la primera bomba, Rusia siguió avanzando y fue ese brazo armado al que ante Japón se doblegó, porque sabía que iban a terminar invadiendo todo. 

Todo el mundo sabe de estos mecanismos perversos del discurso político (incluso el texto de Orwell, 1984, se anticipó a la figura de Gran Hermano y de Represión y Vigilancia Masiva) y que son dos o tres países quienes dominan la geopolítica mundial. Y, aquí se engancha el discurso capitalista que precede todo este destrozo de humanidad, también se sabe que grandes empresas multinacionales están detrás del apoyo económico a los gobiernos que fomentan la disolución, la aniquilación, de la diferencia. No sé –no recuerdo por los otros correos que mencionaste- si sos analista, pero te comento que en psicoanálisis se estila hablar mucho de la perversión como “anulación de las diferencias”, sobre todo la diferencia sexual que el neurótico no quiere reconocer; pero yo me pregunto: si el capitalismo y la guerra no es anular la diferencia, ¿la perversión dónde está? Recuerdo que poco antes que muera, Roberto Harari dio una conferencia en la Biblioteca Nacional (había dos panelistas más y se trataba sobre el tema del fetichismo) y me sorprendió porque –como siempre con su magistral modo de presentar una temática- poco dijo sobre el fetichismo sexual; encaró la conferencia desde el lugar ideológico/político del nazismo y del famoso “bigotito de Hitler” del que también habló Lacan. 

En definitiva: ya lo creo que guerra y capitalismo son hermanos infinitos del egoísmo miserable con que el imperialismo avasalla a todos los que no reúnen características afines a su demanda, demanda por demás de permanente consumo: “compre ya, compre ahora, cómprelo todo.”- Cuando el sujeto por fin advierta –como propone cierto Budismo- que la riqueza no pasa por la acumulación de bienes, sino exactamente alrevés (por la posibilidad que tiene el sujeto de poder desprenderse), quizás también advierta el cono con que el capitalismo tapa sus deseos y hace que su trabajo cotidiano sea cada vez menos valioso y más dependiente del poder.
 
 
 

Ayer, víspera de Navidad, me crucé hasta el kiosco y percibí que el chico que atendía iba a estar toda la noche ahí. Le pregunté y, en efecto, así sería. Si eso no es capitalismo… Un kiosco, no un hospital que necesita sostener una guardia por razones obvias; un kiosco que hace que un empleado –que apenas cobrará un sueldo que le alcance para cubrir sus necesidades básicas- tenga que estar toda la noche sólo haciendo guardia para que otros –no tan distantes como él de este capitalismo (porque siempre es la contienda de pobres contra pobres, obviamente), pueda comprar un atado de cigarrillos o un chocolate a cualquier hora: no vaya a ser que el empresario pierda unos pesos: si le conviene mantener un empleado, es obvio el salario que desmonta para el mismo. Y así sucede en los shoppings o en ciertos locales que son sólo para consumo: la empresa capitalista no descansa, y lo más triste es que ciertos sujetos salen corriendo –y felices- a comprar compulsivamente lo que no necesitan, sino lo que el mercado les quiere vender: celulares ultrasónicos, plasmas, cafeteras robots, etc. Esto también es una guerra encubierta del neoliberalismo contra la población toda. Con una diferencia: es la misma población que se ataca con las armas del Otro. Hay que pensar, y este es un momento muy bisagra en nuestro país para reflexionar sobre esto, que somos manipulados permanentemente por un discurso Amo donde prevalece la idea de que la felicidad depende de bienes y consumo; y de la anulación de la diferencia y de la subjetividad. Esto, insisto, es exactamente inverso al discurso amoroso, donde una rosa representa la metáfora de la falta: el sujeto –al no poder darle TODO a su amante- sólo le puede ofrecer una flor: símbolo efímero como el perfume, y como la vida.  

Muchas veces, sobre todo algunos que apenas pueden ahorrar –no ya para comprarse una propiedad, sino para garantirse el anticipo de la próxima renovación de su alquiler-, se vuelcan a la poesía y todas las sublimaciones posibles, porque advierten que –consumo tras consumo- nunca alcanzarán la tan prometida felicidad de las publicidades de políticos sostenidos por empresas. Arquetipo colmado de mitos (el mito de la seguridad, el mito de la liberación, el mito de la guerra por la paz) y alejado de un modelo de país social, que privilegie a quienes pueden menos y no son precisamente privilegiados de nada. Donde el único y verdadero Carnaval lo bailan los poderosos de siempre.
 
Un Estado empresario no puede ser un Estado que cuide a los más impotentizados y marginales. Que yo sepa no he conocido muchas Empresas –sobre todo multinacionales- que piensen en el asalariado más allá de sus conveniencias mercantiles. La plus-valía, ya sabemos, queda en manos privadas. Lo paradojalmente triste es cómo el sector de la población más carenciado, es engañado con eufemismos de cambios y liberación, y caen –no diría inocentemente puesto que son los mismos que sólo piensan en ellos- en una suerte de Síndrome de Estocolmo: premiando a sus propios verdugos. Es para analizar en otro escrito: el fantasma neurótico suele ser propenso a colocarse de objeto seductor de sus castigadores: esto ya lo analizó perfectamente Freud en Pegan a un Niño, donde nosotros leemos: “Si me pegan, entonces existo.”-  por eso preferimos traducirlo como “Un Niño (un sujeto) ES, siendo pegado”. Cordiales saludos, MAP.
 
ARTE:
Antonio Berni
[ Rosario, 1905 / Buenos Aires, 1981 ]
El Carnaval de Juanito Laguna, 1960.

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