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El Celular y la Castración.







Estimado M. Pérez. Le agradezco sus videos y escritos en blog; realmente nos sirven muchísimo a quienes –como nosotras- estamos tratando de formarnos lejos –muy lejos- de los focos psicoanalíticos que hay en ciudades como Buenos Aires. Somos un pequeño grupo que nos reunimos a estudiar la letra de Lacan. Quería preguntarle, aprovechando su gentileza, en relación al panorama actual con respecto a la nueva tendencia generacional –si se puede llamar así- sobre la cuestión de la imposibilidad de aceptar la pérdida. Me explico un poco más: junto con otros colegas atendemos adolescentes. Observamos con frecuencia que hay una tendencia recurrente y fuerte en no poder “perder nada” y/o en no poder renunciar para ganar otra cosa; lo que ya sabemos conocemos como nuestra cotidiana castración. La reflexión apunta a si usted cree que esto tiene que ver sólo con el fantasma o hay una pre-disposición más acentuada en nuestra época. Sin ánimo de pedirle un análisis sociológico, ¿usted también cree que esto es un fenómeno donde la sociedad de hoy se involucra de otro modo con la castración? Cordiales saludos, Jimena L. F.

Hola Jimena. Creo que totalmente es así. Casualmente lo hablaba con una amiga colega hace poco en función de los celulares y las tablets, que creo son los dos prototipos más relevantes que ejemplifican hoy día este afán por no poder resignar nada, por creer que nada se pierde. Lo que se observa es que –sobre todo en poblaciones menores a los 30 años- hay una adicción mucho más marcada en el uso de estos gadgets.  Los neuróticos, como sabemos, no pueden ceder, ni desistir, ni perder, ni abdicar, ni renunciar: todos actos implicados en la castración. Pero la sociedad hace que el fantasma pegue una vuelta mucho más interesante en este sentido, y así se observan sujetos que no pueden dejar su celular no sólo mientras viajan, sino cuando comen, cuando miran tele, cuando están reunidos con amigos, cuando van a la Facultad a escuchar a un docente, e incluso –cuesta creerlo pero me han llegado varios ejemplos- cuando cogen. El otro día una analizante me contaba que mientras ella le hacía sexo oral a un chico, en un boliche, él estaba chequeando su celular y así estuvo por más de cinco minutos: escena por demás sugestivamente grotesca. (Este tema de la imposibilidad de renunciar a algo, lo observamos en nuestros analizantes cuando se quejan si lo atendemos menos tiempo, o cuando –llegando tarde- preguntan por mensaje si vienen igual, si hay otro paciente después, porque no quieren perder ni quince minutos; aun sabiendo que hay un tiempo lógico y que el analista puede cortar la sesión antes de los 50 minutos).


Creo, como bien dejas leer entrelíneas, que tiene que ver con la época: el celular sirve hoy como elemento harto más indispensable para tapar la falta que para la comunicación. Y –no en última instancia- como elemento de imagen. De hecho he llegado a escuchar frases como “Ahora tengo un Samsung, pero si me cambian de puesto tengo que comprarme un Apple, aunque sea sólo por imagen”. Este último aspecto es muy esencial porque toca el narcisismo al igual que la inoperancia por sostener la falta, por aceptar la muerte. La imagen y la poca tolerancia a la renuncia, hacen un combo neurótico bien formal. Muchos sujetos saben que el celular es, para ellos, un elemento más de imagen que de poder de comunicación. Hace un año he posteado un evento ocurrido en EE.UU. donde ser "el primer comprador" del nuevo Apple, justificaba haber hecho más de dos días de cola en la tienda vendedora. 


Por supuesto también están los sujetos que “creen” que se comunican o que no están solos. Umberto Eco decía hace veinte años, que si hay algo que sirve para no-comunicarse, eso es el teléfono. En este sentido no hay ninguna diferencia, al menos para mí, entre un adicto a la droga, un ludópata, una adicción a los psicofarmácos o a no poder sacar el dedo índice de la pantalla de un celular. 

Las adicciones no se definen por la substancia sino justamente porque "eso" toma al sujeto en una frecuencia exacerbada cortando incluso el lazo con el otro. De allí que puede ser una adicción leer doce horas corridas, como ir al gym o trabajar o cojer. Estar metido en una adicción es estar enfrascado en una solución fácil pero que tiene todo el áurea del formol: es lo descafeinado.  Resulta caricaturesco ver a las parejas sentadas a la mesa de un restó, y –durante horas- cada uno “comunicarse” con su aparato y no entre ellos. Si a esto le agregamos el tema del famoso wassp, donde el sujeto “cree” que no paga (es decir: que no pierde); todo resulta un combo de lo más interesante.  Creo que -además- habría que enmarcar todo esto en el Discurso Capitalista que opera cada vez más patente en el mundo todo. Discurso que, como nos enseñó Lacan, acuña un goce fálico permanente, pretendiendo la ganancia total y/o la consecuente acumulación del capital (es decir: del goce); prescindiendo del lazo con el otro. De allí que el amor está en las antípodas de este discurso; de allí que no hay amor sin pasar por la castración.

Por eso, en el análisis, muchas veces los analistas preferimos que el analizante no fume o apague su adminiculo electrónico: no por bajar una línea de salubridad o cosa parecida, sino para enmarcar la Ley dentro del dispositivo; Ley que todo neurótico rehúsa. Ley –de la castración- que sin embargo nos protege porque –vía la angustia- nos indica la flecha del deseo. Claro que el sujeto, antes de hacerse la pregunta por eso, prefiere creer que, como Roberto Carlos, tiene un millón de amigos; o –en la cima de su éxito en grupos wassaperos, no está sólo. La realidad es que –y no por nada se da con primacía en los adolescentes- esos sujetos después sufren pesadillas, noches de fobias terribles y síntomas corporales por doquier. Cordiales saludos, MAP.


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