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Woody Allen / Hombre Irracional.








Loco no es el que ha perdido la razón. Loco es el que ha perdido todo, menos la razón.
Paul Valéry

El sueño de la razón produce monstruos.
Francisco de Goya

El deseo, lo que se llama el deseo, basta para hacer que la vida no tenga sentido si produce un cobarde. Y cuando la ley está verdaderamente ahí, el deseo no se sostiene, pero es por la razón de que la ley y el deseo reprimido son una sola y misma cosa, incluso esto es lo que Freud descubrió.
Jacques Lacan; Kant con Sade, Escritos II

La única cosa de la que se puede ser culpable es de haber cedido en su deseo.
Jacques Lacan. Casi al finalizar su última clase de su Seminario 7: La ética del psicoanálisis.

            Fue como si en aquellos últimos minutos [Eichmann] resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes.
Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén.






Kant con Woody Allen: el perspicaz y magnífico intelectual del cine. A quien le podemos perdonar sus peores películas porque es un neurótico genial que produce arte, produce inteligencia, produce guiones dilemáticos, produce, produce y produce. Un neurótico que suponemos lucha, como sus personajes, contra la siempre golpeadora pulsión de muerte, y por eso dicha pulsión está en primer plano en muchas de sus secuencias. Un director que cuida a sus actores y ama a sus personajes. ¿De dónde surge mi hipótesis? De los cuidados y sutiles gestos actorales, de la respiración de sus personajes, del dilema ético con que nos enfrenta en cada historia, donde resulta siempre difícil juzgar al personaje sin caer en cierto escrúpulo o en una impronta precipitada de contrahegemonismo moral. Un neurótico que nunca pierde de vista que se trata de cine y que por eso hasta los finales que pueden resultar “a demanda” de lo que el público esperaría, le son perdonados. Finales que, incluso, le resultaron harto más fáciles de una resolución “abrupta” que del cierre de guión.

Hombre irracional: es decir –porque el titulo viene de un intelectual que juega siempre con las paradojas y el oxímoron- se trata de un hombre totalmente racional, cuyo acto es deliberadamente racional y cuyo fantasma no puede dejar nunca de moverse por los carriles más racionales esperables. Para eso, el protagonista tiene una herramienta fuerte: la filosofía. No es obviamente aleatoria la idea que sea profesor de Ética. Porque justamente es la Ética la que nos enfrente con los dilemas de cada conflicto. Tampoco es azaroso que Woody Allen abra prácticamente la película con una frase de Kant que es quizás el eje conceptual que está en el horizonte de toda la obra. [Podríamos recordar también que es desde el mismo pensamiento Kantiano que heredamos uno de los imperativos categóricos de las premisas deodontológicas: “Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal.”]

El protagonista ¿es un anti kantiano sui generis o –al contrario- es un kantiano absoluto? Habría que recordar que para Lacan, Kant se encuentra con Sade en el punto donde el Bien (del Sujeto) y la Moral son disyuntos: si un nazi me pregunta dónde está mi amigo judío, yo debo responderle la verdad, a pesar de que sé que va directo al horno. El principio kantiano de “la moral como una práctica incondicional de la razón”, implica la expulsión del objeto de bienestar. Es decir que hay un clivaje que introduce Kant y que nos lleva inevitablemente a la cuestión del goce ético. [El texto lacaniano “Kant con Sade” es un complemento a la cuestión de la Ética que ya Lacan presentara en su Seminario 7, y no por nada en dicho Seminario Lacan introduce el Das Ding: el Soberano Bien. Pero la (A)cosa está prohibida para el ser que habla, aún aunque el empuje desde la razón trate de justificarla.] El protagonista tiene una relación con Ley que le hace síntoma. Ahora bien, el problema no es ese: todos los neuróticos la tienen. Sino que espera para su “razón de vivir” una adrenalina que ya no le dan los libros, ni las mujeres, ni los honores. Y que esa “razón” la encuentra en un desborde del fantasma que sigue estando amparado en una justificación racional.

Un analizante, a quien podría calificar de fanático del director en cuestión, me ha enviado un correo sobre el film donde lo califica, no sin razón, del “más agresivo”, paradoja que Don Woody nos ofrece: en esta película no corre una gota de sangre. De este analizante, cito –con su bondadoso permiso- los siguientes párrafos; considérese que se trata de un fantasma típicamente neurótico de alcanzar el Paraíso Perdido:

“1) ¿Algunos hijos de puta, muy por encima (o tal vez en contra) del alambicado, retorcido y siniestro sistema de justicia burgués, no merecerían que se los mate sin perdón? ¡Una pregunta inhabilitada por la actual crítica del Papa a la pena de muerte! En todo caso, y desde el país que más gente mata en el universo, aún legalmente, ¿será inmoral matar?

2) ¿quién fue el estúpido al que se le ocurrió que está prohibido coger a los/las docentes con sus jóvenes y rozagantes alumnos/as?  En todo caso, ¿en donde reside lo inmoral del amor generado entre dos personas, negado por el sólo hecho del coyuntural rol que cubren al aprender algo?”

Con respecto a la primera cuestión, yo agregaría: ya sabemos que la muerte no ha solucionado absolutamente nada; al contrario. Pero también no por nada el personaje anota en una de las obras de Fiódor Dostoyevski el nombre de Hannah Arendt y “la banalidad del mal.” ¿Los que participaron del Holacausto, no fueron acaso todos neuróticos nuestros de cada día, sujetos que argumentaban “la orden” del Otro? No es casual, claro, que el texto de Dostoyevski que aparece en escena sea: “Crimen y Castigo”. Con respecto a la segunda: Woody Allen tiene clarísimo, al igual que los psicoanalistas, que la transferencia mueve los hilos mas allá de cualquier encuadre, y que puede conducir no solo al matrimonio, sino a que una alumna prepare su tesis por el candor del amor al otro; de allí que hay muchos que no pueden terminarla y sabemos que el resultado sería diferente con un director de tesis diferente.

La tesis que Woody Allen nos propone en esta obra –con su antítesis correspondiente- no deja de ser contundente a pesar de que haya utilizado un subterfugio fílmico en su guión: partimos de un lugar equivocado. Sí, cierto: la acción del protagonista podía haber sido diferente (la correspondiente denuncia por ejemplo), pero la intención del director no fue otra que jugar con la neurosis, de allí el título que le impuso a su producto, y de allí justamente que sea tan genial como disyuntiva fantasmática. Porque convengamos, aunque nos pese, que uno sale del cine, camina unas cuadras por Av. Corrientes, se pide un heladito de dulce de leche en Cadore, y piensa como nuestro analizante: “que ganas de tener de vez en cuando la llave de ese laboratorio, ¿no?” Porque, después de todo, ¿qué diferenciaría a alguien que mata por petróleo, por poder, por territorio, por ideología, a alguien que mata por principios, ya que la muerte es la muerte? Una sola cosa: la instauración de un violento (A)val dentro de la institución a la que ese asesino pertenece. Si dicha instauración se impone en términos culturalmente legales, entonces el asesinato está permitido; es decir que el soldado que mata no es un asesino; pero el filósofo que mata, sí. La cuestión del guión nos lleva, de pleno, a pensar el acto como una acción volitiva racional, más allá de cualquier patología y mas allá de cualquier aval instituido del Otro. Pero como Woody Allen no solo es inteligente sino que se analiza desde que el saxofón tiene boquilla, ha hecho una vuelta intencional para pensar el síntoma del protagónico como una inhibición, incluso una renuncia, que le hace bajar los brazos sino encuentra un goce que a la larga lo mortifique. Por eso el juego de la ruleta rusa no es meramente una provocación histérica, sino parte de su goce existencial. Esto sumado a la cuestión del vínculo amoroso y de las consecuencias que acarrea enfrentarse con “lo ominoso”. Recordemos también a Lacan cuando tras pronunciar la frase del epígrafe up supra de su Seminario 7; dice: “…la definición del héroe: aquel que puede ser impunemente traicionado.”

Hombre Irracional nos lleva al dilema de la pena, del castigo. Cuestiones que el neurótico quiere regular –goce mediante- a su modo y forma cuando la castración le impide administrar su satisfacción y anudar la vuelta ética a la que todo deseo debe convocar; de allí que Lacan se ocupara expresamente en su Seminario sobre la Ética. Y así como hay amores que (nos) matan, también hay razones que nos llevan –detalle de linterna mágica mediante- al pozo de un vacío absoluto.  “Linterna mágica” es el nombre de la biografía que Bergman escribiese contando cómo el cine se apoderó de su vida. Woody Allen ha dicho: "En un nivel se encuentra la generalidad de los realizadores que proveen al público de un buen y sólido entretenimiento año tras año, Por sobre ellos están los artistas que hacen films más profundos, más personales, más originales, más excitantes. Y, finalmente, por sobre todos ellos, está Ingmar Bergman, quien es probablemente el más grande realizador, más allá de toda consideraci6n, desde la invenci6n de la cámara." Acaso el gesto de la linterna que se resignifica en la última escena, sea un entrañable guiño del neoyorkino en homenaje a su maestro intelectual.

Marcelo A. Pérez
El empuje de la razón...
5 / XI / 2015
ARTE:
Salvador Salazar Arrué
[ El Salvador, 1899 / 1975 ]
Monstruo marino
Francisco de Goya
[ Zaragoza, 1746 / Burdeos, 1828 ]
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