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La Guerra: confrontación de EGOS.









Homo homini lupus.

Plauto

[ Roma, 254, 184 aC.]



La guerra es producto del lenguaje. Los animales no hacen la guerra (ni la paz). La guerra se hace con la falta, como el amor. Y los animales no tienen falta alguna. Los animales matan por territorio, alimento y sexo. Pero eso es instinto de conservación. Ni siquiera saben que van a matar o que van a morir. Si los animales supiesen que irían a morir después de una batalla, seguramente no la harían. Dos bisontes peleándose creen que pueden "ganar" a la hembra y afianzarse como "líder" del grupo, antes de terminar la batalla. Pero muchas veces uno de ellos termina muerto. No podemos, como nos decía S. Freud en "El por qué de la guerra", pensar que la guerra es una huella del resto animal y de la especie. Como expresó Winston Churchill, “la guerra es invención de la mente humana”. Freud estaba equivocado en este punto. La guerra es un significante y en el mundo de la cultura no hay más que significantes. Pero en lo que no se equivocó Freud es en postular un más allá del principio del placer que se llama goce. Tampoco se equivocó en pensar que todo fantasma es “Un niño ES siendo pegado” (1919); de allí que en el núcleo de todo Ser encontramos el masoquismo, la perversión. La guerra y el núcleo perverso del sujeto es también la “Degradación de la vida Erótica” (1905) o “Sobre fetichismo” (1927) y por supuesto está en “Tres Ensayos para una teoría sexual” (1905).

La guerra es la consecuencia de la no Castración del sujeto. Es decir: de que el sujeto no se banque su falta. De allí que es la prueba contundente que el sujeto es impotente, no puede todo. Por eso deja a víctimas y victimarios castrados de todos modos: en la guerra nadie gana. Guerra y utopía se unen en el punto donde se pretende lo imposible: anula la diferencia. Por supuesto que este producto final no es neurótico. El neurótico tampoco se banca su falta, pero no mata organizadamente. La guerra es producto de la perversión del discurso.  En la guerra -como en la perversión- el sujeto se hace instrumento del goce del Otro. Es la versión del Padre de la Horda. El Otro (Alá, Cristo, Jehová, El Ejercito, La Patria, La Iglesia, etc.) es un Otro no barrado al cual el perverso se encomienda para garantizarle y garantizarse el SalvoConducto a un Mundo sin diferencia sexual, un Mundo donde -paradójicamente- la muerte no exista. Donde tampoco exista el Mal, que viene de un Otro/Diferente. De la guerra doméstica a la guerra ideológica, se trata de que el Otro complete su falta con el Don que el perverso -haciéndose su instrumento- le ofrece. Como todo Don, es un don de amor, aunque suene a sarcasmo y aunque genere odio. El fetiche del perverso es el Otro sin barrar al cual se encomienda para su-Misión: sí, porque queda sumiso como objeto de Su goce. El perverso, al igual que el neurótico, no puede –en este punto- salir del Otro que lo goza.

La guerra es el triunfo del eje imaginario sobre el simbólico: es decir, de la imagen sobre la palabra. Por eso las organizaciones que se fundaron en pro de la paz (la ONU por ejemplo) no dan resultado a la hora de la ganancia del imaginario sobre el verbo. La guerra es la perversión polimorfa del niño, en el adulto. Y la prueba fehaciente que toda Pulsión es de muerte, que el sujeto es capaz de matar aún por sus Ideales y a su prójimo. La guerra es la patente inscripción del narcisismo más sordo y ciego, sobre un semejante que se pretende aniquilar para silenciar su voz, su deseo. No hay manera de zafar de la guerra sino con Castración. Pero como "la guerra es la continuación de la política por otros medios" [Carl von Clausewitz] (por no decir que es parte de la política: toda guerra es cultural, toda cultura es política y así su ruta) y como se trata –en sociopolítica- del dominio del poder; entonces el eje es claro: todo poder usado para una causa meramente individual, termina en la eliminación del otro. 

La guerra es tan ciega que no puede entender que "un golpe a mi enemigo es un golpe a mí mismo". De allí que la rivalidad imaginaria una vez instalada, apunta indefectiblemente al YO.  Otra vez comprobamos que lejos de que el sujeto padezca de "baja autoestima", la guerra es la prueba de que su sobrestimación yoica -su creérsela- la permite el poder y la impunidad de destruir los bienes del otro, y al otro mismo.

Se trata –en la guerra- del triunfo del discurso perverso capitalista y totalitario. Se trata –siempre- de “Kant con Sade” (Lacan, 1963): es decir, “tengo derecho a gozar de tu cuerpo”. El perverso sabe lo que el Otro quiere de él. Con su mecanismo de desmentida -Verleunung- va por el mundo montando escenas (al mejor estilo histérico) tratando de darle “su mirada” o “su voz” al Otro, erigiéndose como Falo. Lo que no es histeria es su modo operativo: su pasaje de escena del fantasma. De allí que es la renegación (y no la represión) el mecanismo estructural que está mejor jugado en su operatoria: “Lo sé (no hay que matar), pero aún así…”-

En la guerra vemos la erotización del odio; el horror del goce sin límites, más allá de este Mundo.  El odio, constitutivo de toda estructura, se apodera del sujeto. Con el odio, un neurótico puede hacer muchas cosas: separarse, angustiarse, un síntoma, incluso volver a amar. El odio del neurótico no hace una confrontación bélica planificada o “fría”. Ni siquiera justifica su accionar; cosa que el perverso intenta racionalizar aún con el loco oxímoron instituido de “la guerra por la paz” o “si me provocan, reacciono”. Es el perverso en su locura obsesiva de dominio de la imagen y de su goce, que pretende con su pasaje al acto, modificar (pornográfica, ostentosa y obscenamente) el lenguaje para consolidar la supuesta no-diferencia que debería existir, desconociendo la subjetividad del semejante. Plauto: “Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”. Porque, en definitiva, la guerra es matar en nombre de un discurso que se pretende correcto, unificado. Lo que el perverso no se banca es que no hay "lo correcto" y que la diferencia existe: que el otro y el Otro están barrados. Atravesados por el mismo lenguaje que, como hermanos, los ha parido.

Marcelo A. Pérez
La destrucción del otro o el rechazo de la Castración.

XI / 2015
ARTE:
Pablo Picasso
[ Málaga, 1881 / Mougins, 1973 ]
Guernica, 1937.

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