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Deseo / Lacan & Galeano











La vida, sin nombre, sin memoria, estaba sola. Tenia manos pero no tenia a quien tocar. Tenia boca, pero no tenia con quien hablar. La vida era una, y siendo una era ninguna.

Entonces, el deseo disparo su arco. Y la flecha del deseo partió la vida al medio, y la vida fue dos.

Los dos se encontraron y se rieron. Les daba risa verse, y tocarse.

Eduardo Galeano
De deseo somos
Espejos. Una historia casi universal.







Sabemos lo suficiente de la vida de Alcibíades como para saber que pocas cosas le han faltado del orden de lo más extremo de todo lo que se pueda tener. A su manera, muy diferente de la de Sócrates, él tampoco era de ninguna parte, recibido además con los brazos abiertos allí donde fuera, las gentes siempre demasiado felices con tamaña adquisición. Una cierta ατοπία {atopía} fue su suerte. El era, solamente demasiado molesto. Cuando llegó a Esparta, encontró simplemente que le hacía un gran honor al rey de Esparta — la cosa está informada en Plutarco, articulada muy claramente — haciéndole un hijo a su mujer, por ejemplo — esto es para darles el estilo del personaje — ¡ésa era  la menor de las cosas! Hay algunos que son duros: fue preciso, para acabar con él, rodearlo de fuego y abatirlo a flechazos.

Pero para Sócrates, lo importante no está ahí. Lo importante es decir: “Alcibíades, ocúpate un poco más de tu alma”, lo que, créanme, estoy muy convencido de ello, de ningún modo tiene el mismo sentido en Sócrates que el que ha tomado eso a continuación del desarrollo plotiniano de la noción del Uno. 

Si Sócrates le responde: “yo no sé nada, sino, quizá, lo que es de la naturaleza del eros”, es precisamente porque la función eminente de Sócrates es la de ser el primero que haya concebido cuál era la verdadera naturaleza del deseo. 

Y es exactamente por eso que, a partir de esta revelación, hasta Freud, el deseo como tal en su función... el deseo, en tanto que esencia misma del hombre, dice Spinoza — y todos sabemos lo que eso quiere decir, el hombre, en Spinoza: es el sujeto — es la esencia del sujeto que el deseo ha quedado, durante ese respetable número de siglos, como una función a medias, a tres cuartos, a cuatro quintos, oculta en la historia del conocimiento. 

El sujeto del que se trata, aquel cuya huella seguimos, es el su- jeto del deseo, ¡y no el sujeto del amor! por la simple razón de que uno no es sujeto del amor: uno es habitualmente, uno es normalmente, su víctima. Es completamente diferente. 

(…)
 


Ustedes me permitirán un muy lindo juego de palabras. Es uno de mis más divinos obsesivos, muy avanzado en su análisis, quien me lo ha hecho hace algunos días: “la horrible duda {affreux doute} del Hermafrodita {Hermaphrodite}”. Quiero decir, que no puedo hacer menos que pensar en ello, desde que, evidentemente, han sucedido al- gunas cosas que nos hicieron deslizar de la Afrodita {Aphrodite} a la horrible duda {affreux doute}. Quiero decir: hay mucho que decir en favor del cristianismo; yo no podría sostenerlo demasiado, y muy es- pecialmente en cuanto al desprendimiento del deseo como tal. No quiero desflorar demasiado el asunto, pero estoy bien decidido, al res- pecto, a llevárselos adelante jugando con todas las cartas: que de todos modos, para obtener este fin elogiable entre todos, ese pobre amor haya sido puesto en la posición de transformarse en un mandamiento, es a pesar de todo haber pagado caro la inauguración de esta búsqueda, que es la del deseo. Nosotros, por supuesto, a pesar de todo, los analistas, sería preciso que sepamos resumir un poquito la cuestión sobre el asunto: lo que hemos perfectamente avanzado sobre el amor es que ¡es la fuente de todos los males!... ¡m. a. l. e. s!... El amor maternal, etcétera.

¿¡Eso les da risa!? La menor conversación está ahí para demostrarles que el amor de la madre es la causa de todo. No digo que siem- pre se tenga razón, ¡pero es de todos modos sobre esa vía que nos manejamos todos los días! Es lo que resulta de nuestra experiencia cotidiana. 

Entonces, estando bien planteado que, en lo que concierne a la búsqueda de lo que es, en el análisis, el sujeto... 

a saber, a qué conviene identificarlo, aunque más no fuere de una manera alternante, no podría tratarse más que el del deseo.

Jacques Lacan
Seminario 9
Clase 10, Fragmento.
21-02-1962
Trad. R. Rodríguez Ponte
ARTE:
Jean-Michel Basquiat
[Nueva York, 1960 / 1988 ]

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