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Neurosis y Boleros...









Una vez nada más se entrega el alma,

Con la dulce y total renunciación.

Agustín Lara

Solamente una vez.

Salir de escuchar boleros cuando uno no ha concluido aún un duelo amoroso, puede resultar una experiencia Kafkiana, si existe algo parecido a eso. Digamos que las variantes para ir a escuchar boleros no son muchas. O uno va enamorado y los recibe tomados de la mano, empalagosa y estúpidamente. O uno va sin haber estado nunca en ese estado, y los recepciona entonces como quien oye una oratoria evangelista. O bien uno va en los laberintos de su duelo amoroso, quizás acompañado por alguna prima amiga que está en la misma situación, y después -obviamente- a la salida, se inyecta un litro de Halopidol endovenoso y duerme solo, si aun así puede, hasta no despertar ya nunca. Antes de la amarga siesta nocturna, la susodicha prima sigue enviando mensajes de textos diciendo que ya está buscando en youtube "se nos rompió el amor" o el tema romántico de El Padrino, para masoquearse un poco más antes de la larga noche. De todos modos este panorama podría empeorar si en alguna mesa del cafe-teatro visualizamos alguna melosa pareja que no hace más que mirarse con ojos de cordero tierno o si a la salida del concierto nos topamos con dos atontados tortolitos que van entrelazados de la mano como si el resto del mundo no existiese.



El bolero post duelo no va bien con el rímel, ni con las noches estrelladas. Si bien es cierto que hay varios modos de sufrir, nada más poético que embriagarse las venas con una buena dosis de boleros nocturnos y que al salir de la cueva, la lluvia y los relámpagos nos sigan castigando en el camino desviado de Damasco. Nada de cielo limpio y testimonialmente azulado. Para una salida así, lo mejor es el vengativo trueno y el provocativo y desvergonzado viento. Porque no es en el bien, en la pulcra y lúcida mirada de la luna, donde se apoya el conflicto que el bolero subraya corchea tras corchea. No: es en la realidad que, ponzoñosa y resistente, no termina de inyectarnos la dosis de amargura y desconsuelo.




El bolero, que tan monocorde y hasta cursi parece asomar (no tanto más básico que la letra de un aria en donde un tenor le grita necedades a una soprano), parece ser actualmente un género algo denigrado, solo comparable, discursivamente, al tango. Mucho se ha dicho sobre él. Recuerdo que en la materia Semiología del CBC, la titular de Trabajos Prácticos nos propuso cursar todo el cuatrimestre analizando el discurso del bolero. No es este el propósito de estos párrafos. Pero lo traigo como introito –sublimación de la angustia post boleros mediante- para resaltar algo que se repite en el discurso de los analizantes y de los que alguna vez han amado: "nunca más amaré así"- Se trata, en principio, de sujetos que se han posicionado a manera de amantes, no de amados. Es difícil escuchar esto en boca de amados/as. No se escucha decir, por ejemplo, “nunca más me amaran así”. La posición del amado difiere, justamente, en esa actividad/pasividad de la relación. Los amantes, en cambio, sienten que han dado un plus cuyo inconmensurable valor han perdido y nunca más podrán poner en práctica. Cabe aclarar, sin embargo, que en un vínculo que se precie de ser mínimamente honesto,  las posiciones fluctúan, de allí que se habla de la metáfora amorosa: cambiar un lugar por otro.



El amado, el erómenos platónico, se ofrece (y allí vemos la vertiente histérica) para la mirada del erastés, el amante, quien debe producir el encuentro. El amado tiene el convencimiento que el amante debe hacerlo sentir único. El amante –engaño mediante- percibe que haciendo sentir único a su amado, es único. En los griegos, el erómenos era usualmente un sujeto adolescente, de allí que necesitaba la protección y cuidado de su amante, el erastés. En la actualidad, la posición eromérica –por decirlo así- suele corresponder a la figura de Lo Femenino. Pero, como diría Jean Baudrillard en su conciso y hechicero libro De la séduction, la histeria puede estar muy cercana a lo femenino (que siempre está en otra parte: seducere: desviar de su vía) en tanto ambos matices tratarán de apartar la naturalidad de los sexos y centrar la seducción en una construcción de discurso, de palabra; pero cuidando sutilmente en no prefigurar el matiz histérico: la histérica no se entrega a diferencia del sujeto que seduce para poder afianzarse en la piel del otro. (La histérica –por definición un chantaje a pleno- consigue hacer con su cuerpo un mero obstáculo.) El hecho de que en una pareja amorosa los dos sujetos tengan síntomas histéricos, vitaliza aún más la adrenalina del vínculo pero hace que, inevitable y castratoriamente, uno de los dos partenaires deba abandonar su posición para sostener el molde vincular. Aquí se juega, otra vez más, la seducción de los iguales; como en el boxeo donde los deportistas deben tener talla y peso similar para poder enfrentarse: y eso es, justamente, el arma de seducción al espectador. El espejo, entonces, captura, cautiva, fascina, hechiza, engaña y enamora.



En las parejas domésticamente constituidas (¿y cuál no?) suele aparecer este continuum topológico que transforma el bolero amoroso en una marcha fúnebre. Hace poco un analizante (hablando de amores platónicos, el susodicho tiene un vinculo homosexual) enunciaba: "Nos peleamos y entonces le dije "me voy" y amague para salir. ¿Y qué quiere uno sino que el otro lo retenga? Pero lejos de eso, él me dice: "andate si querés, total el que pierde sos vos". Y yo, me paralizo."-  ¿Qué tenemos acá? El analizante en posición de amante deberá castrarse, bajar sus defensas y aquietarse. No puede irse para volver triunfante. No puede irse para infatuarse. No puede porque su partenaire persiste en enclavarse en la posición de amado. No está acostumbrado a ceder –parece-  porque, según su fantasma, ha perdido siempre en toda su historia de vida y lo que perdería hoy bajo esta relación no sería tan grave. ¿Cómo se produce la metáfora amorosa? El amado debe transformarse en amante. No después de una semana o un año: sino en el momento que la Demanda está vigente. Después –como dicen los juristas- caduca; el deseo es tormentoso y no pierde tiempo; la Demanda es perentoria. Después suben las defensas y comienza la competencia por quien la tiene más larga, es decir: quien merece ser (mejor) amado. Le digo al analizante: "¿No se te ocurrió preguntarle si él te ama? Porque si te dice que si, entonces uno le puede responder: "entonces también perdés"- pero parece ser que el amado, firme en su puesto yoico, prefiere perder a su amante antes de perder la imagen.



Otro ejemplo: el otro día un analizante enunciaba: "Me conoció y enseguida empezó con ese discurso efusivo y devorador: sos hermoso, te llevaría a la mesita de luz, con vos me iría a la luna... Bue... Imagínate... Cuando le hablaba de Cortázar, el tipo se quería casar... Ahora, que pasó? Me llama al otro día, menos de 24hs de conocernos, y le digo: okey, podemos salir, pero vamos al teatro, quiero que nos relajemos, no quiero curtir hoy. ¿¡Para que!? Se puso loco... Que no le prohíba cosas, que pin que pan, que es el libre... Quería cojerme, listo. Todo lo que dijo, como suele suceder, ni él se lo creyó.”- El relato termina haciéndonos notar que las posiciones del Yo suelen ser rígidamente inamovibles, de allí que el síntoma es egosintónico: nunca mejor síntoma que el Yo del sujeto. “El tipo me dice en un momento: vos sos adorable, pero... Entonces lo interrumpo y le digo: pero más te adorás vos.”-



Todo el tiempo en los discursos de los analizantes se escucha esta problemática: el neurótico se caracteriza, entre otros menesteres, por el afán de legitimizarse ante el otro. De que el otro lo legitimice como buen amado. De que el otro le (de)muestre que es su razón de vivir. Esto no es más que el afán de complementariedad. Pero, como sabemos, no se establece relación de complementariedad, sino de suplemento, entre los parëltres. El fantasma de "hay que acabar juntos" es eso: una ilusión. Si sucede, hacer el amor se convierte en algo más que una metáfora, pero nada garantiza que así se logre. 



El analizante, en su trayecto discursivo amoroso, no hace más que cantar un bolero. El neurótico es un bolero en sí mismo. Es decir que cada analizante tiene una mezcla de gitano y cubano en su discurso. A veces se manda algún tanguito; pero ni el rock, ni el jazz, ni la cueca, ni la ópera, tienen (a pesar de que todos los géneros giran en torno a lo amoroso) el pentagrama rítmico y los armónicos tonales que el bolero, en su dimensión más engarzada con la falta, subraya a cada paso. Quizás por eso no es tan popular en las edades tempranas y parece resultar mejor amigable en las tardías: la juventud, por lo general, prefiere engañarse con el tema del tiempo: siempre hay mas, siempre hay de sobra; renegación por demás evidente en los “fantasmas de la eterna juventud” (que incluye chapa y pintura permanente) donde el sujeto  [ creyendo que ese es el modo de vivir-el-hoy ] está siempre bordeando la inconsistencia, que no es más que uno de los modos de la inestabilidad neurótica. 



Una vez nada más se entrega el alma, puede querer decir no meramente que solo una vez alguien pueda enamorarse, sino quizás que solamente una vez alguien pudo haber sentido que su alma, entregada extenuante a otros brazos, quedaron expectantes frente a la pasividad de quien ha preservado su Yo, aguardando a ser amados, incondicional e infinitamente. (Hay que decir también, que algunos sujetos ni siquiera pueden estar a la altura de un proceso amoroso porque su neurosis narcisística se los impide.) El analizante suele tener esa sensación de Una vez nada más… Porque [aunque resulte antipático hay que decirlo] es por única vez que uno ha colmado al Otro en su mitología fantasmagórica. Y ese Paraíso Perdido de algún modo se recupera en el estado de enamoramiento donde el Ideal coincide plenamente con los avatares del deseo. Deseo eternamente fugitivo y siempre prófugo de modelos, creencias, dogmas y convicciones.

Marcelo Augusto Pérez
El bolero del neurótico.
Junio / 2015 
ARTE:
Francisco De Goya
[ España, 1746 / Francia, 1828 ]
El Amor y la Muerte.
Serie: Los Caprichos.
Bosquejo y Aguafuerte.
[ 1797 ]

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