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Analistas, Goces, Demanda del Otro.









Entonces, oh belleza mía, di a los gusanos
que te comerán a besos,
¡que he guardado la forma y la esencia divina
De mis amores descompuestos!
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Charles Baudelaire
Una carroña
XXIX / Las flores del mal, 1857

¡Tanto esplendor y tanto desamparo!
Olga Orosco
Les jeux sont faits
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“La vieja potencia de la muerte, en la cual se simbolizaba el poder soberano, se halla ahora cuidadosamente recubierta por la administración de los cuerpos y la gestión calculadora de la vida. Desarrollo rápido durante la edad clásica de diversas disciplinas —escuelas, colegios, cuarteles, talleres; aparición también, en el campo de las prácticas políticas y las observaciones económicas, de los problemas de natalidad, longevidad, salud pública, vivienda, migración; explosión, pues, de técnicas diversas y numerosas para obtener la sujeción de los cuerpos y el control de las poblaciones. Se inicia así la era de un bio-poder. (…) Ese  bio-poder  fue,  a  no  dudarlo,  un  elemento  indispensable  en  el  desarrollo  del capitalismo; éste no pudo afirmarse sino al precio de la inserción controlada de los cuerpos en  el  aparato  de  producción  y  mediante  un  ajuste  de   los  fenómenos  de  población  a  los procesos  económicos. (…) Una sociedad normalizadora fue el efecto histórico de una tecnología de poder centrada en la vida. En relación con las sociedades que hemos conocido hasta el siglo XVIII, hemos entrado en una fase de regresión de lo jurídico; las constituciones escritas en el mundo entero a partir de la Revolución francesa, los códigos redactados y modificados, toda una actividad legislativa permanente y ruidosa no deben engañarnos: son las formas que tornan aceptable un poder esencialmente normalizador.”
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Michel Foucault
Derecho de Muerte y Poder sobre la Vida.
Historia de la Sexualidad, Tomo I: La voluntad de saber, Capítulo V.




Decimos (y el plural connota a “los analistas” en su gran mayoría) que el psicoanálisis respeta la singularidad, es decir: el goce del sujeto (que es su singularidad por excelencia). Decimos también que el psicoanálisis no busca directamente la curación. Decimos que el psicoanálisis entiende que toda neurosis es infantil. Decimos que las pulsiones son parciales y por lo tanto es sorprendente que un sujeto prometa amor eterno e incluso crea que el amor es la respuesta infalible al malestar general. Decimos muchas cosas; muchas de las cuales incluso repetimos ecolalicamente.



Pero a poco andar (escuchando supervisiones, charlando con colegas, observando de las preocupaciones de los nuevos analistas en formación) advertimos que lo que se escribe con la mano, se suele borrar con el codo. Incluso no sólo en el artificio del análisis (o en el dispositivo, como algunos prefieren denominar al ámbito del consultorio) sino en la vida umbral hacia afuera donde el analista implementa una cierta política, e ideología, de un fundamentalismo extremo. Voy a tratar de explicarme brevemente con el riesgo que estos párrafos conllevan de no tildar a quien suscribe de realizar una apología de la muerte. Para evitar esta confusión, me permito aclarar lo siguiente. Cuando hablamos de goce, hablamos de la satisfacción de la pulsión. (Que no es lo mismo que igualar goce a pulsión, obviamente.) Ahora: toda pulsión es de muerte. De allí, justamente, que el goce sea su emplazamiento. Por tanto, y en principio, esto es como decir que toda vida termina allí: en la muerte. Pero, entonces: ¿cuál es el goce que el analista escucha? Y aquí es donde se impone esta aclaración: el goce que mortifica al analizante. No otro. Este goce, por lo general, tiene que ver con un exceso y crea ipso facto la angustia o –en su condición substitutiva- la inhibición o el síntoma. 


El analista (que no prescinde de un fantasma y de ideales y yerbas anexas) no puede, sin embargo, copular –vía su goce- con el goce del analizante. Es decir, entonces, que todo lo que sean consejos, exhortaciones, avisos, advertencias y/o recomendaciones; debe limitarse al ámbito que está por fuera del dispositivo. Sin embargo, no es que no demos algún consejo (usufructuando el beneficio de la transferencia que el analizante nos otorga); pero –y este es el punto que nos separa de cualquier otra propedéutica de curación- deberíamos estar advertidos que si lo damos no estamos bajo el discurso del analista que Jacques Lacan lo escribe con la fórmula: [a/S2 --- $/S1]. En todo caso, estamos semblanteando un lugar de amigo, de padre, de madre, de profesor, de hijo. Pero no estamos ocupando el lugar de analista. Como se ve rápido, ese lugar no siempre está vigente en el tratamiento. El sólo hecho de que el analista enuncie un pase a diván; ya constituye una recomendación. O, por ejemplo, el hecho de que el analista convide un café. O, por ejemplo, el hecho de que el analista preste o acepte un libro prestado del analizante. Y no estamos afirmando -obviamente- que estas modalidades o estilos sean imprudentes (de hecho, incluso, pueden llegar a ser convenientes en muchísimos casos); pero ese no es el lugar preciso del analista. Y subrayo preciso porque aquellos también pueden ser un lugar imaginario, nudo del cual es imposible desembarazarse. [Mismo ejemplo podemos dar en cualquier oficio: un ingeniero en sistemas puede -de onda- revisar el problema de una notebook de un compañero de trabajo, pero esa no es su precisa función.]


Entonces; ¿dónde apuntamos con todo esto? Apuntamos a aclarar algunos tramos de una modalidad operativa que suele escucharse entre colegas y que se circunscribe al ámbito de lo que conocemos como Lo Normativo. Lo Normativo incluye, desde ya, el concepto de Salud. Y el concepto de Salud no puede desvincularse del ámbito de la Política. Pensar, por ejemplo, que “fumar hace daño a la salud” es ya un axioma político. Por eso en las instituciones públicas se prohíbe fumar. Aislar Lo Normativo incluye entender –desde el vamos- que No Hay Relación Sexual. Es decir, que no existe parámetro alguno para vallar o definir los goces implicados en un vínculo. Empecinarse en parametrizar o juzgar un goce de acuerdo al fantasma del analista, es ortopedizar al YO, es decir: hacer psicología evolutiva o Piagetiana. Es decir también que, como expresó alguna vez Roberto Harari, al coito no deberíamos encasillarlo en lo heteronormativo ni en la monogamia. Yo hasta diría que ni siquiera deberíamos pensar que el coito es el objetivo final de una relación sexual. De allí a creer, como los postfreudianos, que lo genital es la fase evolucionada del sujeto hay un solo paso. Y justamente el descubrimiento de la neurosis implica considerar exactamente alrevés el tema: el sujeto goza con objetos parciales. De hecho, y las histéricas nos lo demuestran a diario, se suele tener orgasmos prescindiendo del coito: “Mi mujer acaba con la masturbación clitoridiana y no cuando la penetro.”- Suele ser una frase que a menudo escuchamos de los analizantes varones. Mucho menos usual es escuchar –de las mujeres-: “Mi marido siempre acaba afuera, masturbándose”- 


Acompañemos estos párrafos con algunos aditamentos necesarios.


A- La singuralidad (del goce) del sujeto. 


Este es quizás el punto más difícil de aceptar como analistas. No solo porque cada analista -fantasma mediante- vive también de acuerdo a ideales preestablecidos, sino porque además nos formamos en una atmósfera salubricista/cientificista que nos impone –con culpa y cargo- encuadrarnos bajo determinadas parámetros. Y no estoy hablando de cumplir las leyes (que obviamente es parte de la cultura y de la operación castratoria de vivir en ella) sino del aspecto estructural del goce de cada singularidad.  Doy un par de ejemplos, pero hay miles: 


. El analizante dice “fumo tres atados de cigarrillos por días” y el analista encuadrado en los parámetros de “salud” tiene ganas de decirle “debería fumar un poco menos, a ese ritmo algún día se va a morir...”-

. El analizante dice: “me compré una moto y ahora por fin puedo mandar acelerador y darle duro en la autopista” y entonces el analista (que conoce las leyes de tránsito perfectamente) está tentado de enunciar “no debería acelerar… andar a mas de 120kms por hora incrementa el riesgo de accidentes”.

. El analizante dice “bueno, al menos si no acelero en la ruta, déjeme manejar de noche, que me parece más ágil” y entonces el analista se apresura en clarificar: “de noche corre riesgo de que se le cruce una vaca y no pueda maniobrar correctamente”-

. El analizante dice: “no me gusta coger con forro. Y para colmo tengo parejas transitorias y con variables de riesgo”, y entonces el analista, ya en el límite de su (des)control, reza: “ahh no! Esto ya es demasiado... Lo suyo es directamente un suicidio.”-


Bien. Como dijimos, los analistas luchamos contra la pulsión que parasita al sujeto, pero creo que deberíamos tratar de acotar nuestro fantasma y de pensar, aunque cueste, que todos esos consejos no son mas que traídos de la bolsa de la Salud, el Hospitalismo e incluso las Políticas gubernamentales vigentes en cada momento. Acelerar el proceso de muerte porque una persona fuma tres paquetes de cigarros por día, puede ser un dato estudiado por la estadística médica y de hecho puede ser certero para algunos casos (no lo es para todos), pero eso no es el trabajo del analista, en todo caso es el del médico o el del amigo. Y, repetimos, no es que alguna vez no digamos tales cosas (si un analizante viene a la sesión en moto pero sin casco, es posible que esté tentado en decirle algo al respecto), pero no es esa la operación analítica en sí misma.


B- La curación. 


He aquí que caemos entonces al encuadre de la curación. Se suele repetir que en psicoanálisis la curación viene por añadidura. ¿Añadidura a qué cosa? ¿De qué quiere curarse el neurótico? El neurótico quiere curarse de una sola cosa que es incurable por definición: del malestar de la cultura. Quiere curarse de su inconsciente, de su deseo, de su estructura: y eso no se cura. No hay añadidura. Por el contrario: debería haber resto. Hay rectificación de ciertos parámetros que hacen que un sujeto este angustiado o inhibido (síntoma mediante) y eso le impida ejercer sus actividades de modo correcto, para él. Freud era cocainómano, pero invento el psicoanálisis y escribió hasta su muerte centenas de escritos geniales. Y así, escritores y pintores, y músicos y actores e ingenieros y científicos... Ahora: si la cocaína le hubiese impedido a Freud ser Freud, y si de eso él se hubiese quejado (“Doctor no puedo ser Freud”), podríamos decir entonces algo en relación a ese síntoma. 


Mucho de los analistas  que -con sus mejores intenciones- aconsejan permanentemente, no advierten que caen en el discurso pedagógico de domesticar la pulsión. Decirle a un analizante “tiene que fumar menos” es exactamente lo mismo que recomendarle usar preservativos o desodorantes o jabones antisépticos. Decirle, por ejemplo, “usted debería bajar unos kilos” (o subir unos kilos) es lo mismo que invitarlo a terminar la secundaria o la universidad o a comer sin sal o a tener dos hijos (de distinto sexo anatómico, obviamente) o decirle que tiene que coger acostado sobre una cama o que tiene que orinar cinco veces al día. ¿Se entiende la cuestión? ¿De dónde extrae el analista estas tendencias? De Ideales; más precisamente, de ideales de Salud. Y de ideales del goce del Otro (el Estado, la Escuela, la Salud, la Ciencia, los padres, el amigo). Entonces, si hacemos psicoanálisis en un Hospital, quizás no esté del todo incorrecto, direccionar una idea salubricista (el analista del hospital es un agente institucional que responde a normativas rigurosas); pero hacerlo en un consultorio (donde el analizante paga por su goce y se trabaja en un espacio de bucle topológico) es caer en la Demanda del Otro. Por supuesto que cada sujeto deberá responsabilizarse de ese goce. Pero una cosa es decirle “parece ser que se ha comprobado que la nicotina intoxica a largo plazo los pulmones” que decirle “usted si fuma mucho se va morir pronto.”. Que es lo mismo que en vez de decirle “conducir sin registro le puede causar inconvenientes con la Ley” que decirle “usted es un suicida porque no tiene registro de conducir”. Como no es lo mismo decirle “Se ha comprobado que usar preservativos protege de infecciones de transmisión sexual” a decirle “Si no cojés con forro vas directo a una sífilis.” Ya sabemos –lo ha investigado Freud y Lacan lo subraya con la figura de Jesús y su paradigma sacrificial- que el neurótico tiene una predilección asombrosa por empeorar su vida (es justamente esto el descubrimiento del goce mismo): a veces puede ser imaginariamente positivo –para la transferencia- recordarle algunos puntos; pero de allí pensar –vía nuestra omnipotencia- que podemos rectificarle el goce en un par de sesiones; me parece directamente quimérico. 


C- La neurosis es infantil y las pulsiones son parciales. 


Entonces llegamos a este punto. Si sabemos que el apego del sujeto al objeto pulsional es la neurosis misma, si sabemos que es lo mismo un chupete que un biberón o que una teta o que una play station o que cualquier gadget cultural que aparecen a modo de goce (acumular títulos universitarios o de postgrados, coleccionar cajitas de fósforos, ir al gimnasio todos las santas mañanas, tatuarse permanentemente el cuerpo, etc.), si sabemos de estas cuestiones, entonces ¿por qué el analista sigue empecinado en rectificar el chupete al que el sujeto quedó adherido? ¿Es mejor un chupete que otro? ¿No sería conveniente que, en todo caso, lo diga el analizante? ¿Cuándo entenderá el analista que hay un real incurable? Por ejemplo: Creer que un sujeto a las 17 años tiene que haber terminado la secundaria, es creer en la psicología evolutiva, en la pedagogía y sobre todo, es descreer en el deseo y en la singularidad. Pero no está tan alejado del mismo caso, aquel que cree que a las 30 hay que ser padre, a los 40 gerente y a los 50 abuelo. ¿Se observa como rápidamente el discurso capitalista entra a jugar de modo directo en estas cuestiones paramétricas? De allí que no hay síntoma que no sea político; pero la política del psicoanálisis es el síntoma del sujeto que lo convoca al real imposible. Que la neurosis sea infantil quiere decir que el adulto siempre va a estar ligado a un biberón. Es claro que –socialmente al menos- puede ser mejor un chupete-libro o un chupete-calculadora o un chupete-pincel, que un chupete-cigarrillo o un chupete-comida; cuando la ligazón hace que el lazo sólo pueda manifestarse con el chupete mismo, el sujeto está en problemas porque no encuentra salida para su producción sublimatoria. Pero nosotros, como analistas, debemos percatarnos que siempre hay un modo de goce que define la singularidad del trazo. Y esto es un real –un hueso, una roca- con la cual el neurótico deberá convivir prudentemente.


D- El amor. 


Este real incurable hace, justamente, que no exista ninguna respuesta firme, absoluta e infalible ante el malestar de la cultura. Que el neurótico, en su afán romántico (aunque deberíamos decir mejor, en su afán narcisista), coloque en el amor un modo de satisfacción mas adecuado a su estilo, no expresa ni remotamente que el amor sea una luna de miel constante. Alguien como analista podría apostar al amor (que hace condescender el goce al deseo, Lacan dixit) como posible hallazgo de sentido a la pregunta por la existencia, y como producto narcisista de la estructura misma (digamos que dentro de este contexto, es un narcisismo tal vez  menos peligroso que la guerra), o también –vía fantasma- por considerar que de todas las respuestas falibles, inexactas y engañosas, es quizás la mejor (recordemos el Seminario de Lacan: "los que no se dejan engañar, se engañan" o Los No-Incautos, yerran); pero el amor no es nada más que otro significante que de ningún modo puede ser considerado parámetro de felicidad. Porque de hecho, no hay tal parámetro. La sociedad ha llegado incluso a la pueril locura de lo que se ha bautizado con un oxímoron fantástico: “la guerra por la paz”, así que como vemos, en nombre del amor se han exterminados sociedades enteras. No hay ninguna Historia de ninguna Civilización donde en nombre del bienestar, de la paz, de la seguridad, de lo que sea, no se hayan ejecutado buena parte de otros sujetos con goces diferentes. En Argentina –sobran los ejemplos-, la Campaña al Desierto es uno de los modelos que ha eliminado el goce de varios pueblos indígenas, con todo el tono Lacaniano que le damos aquí al goce: y de su usufructo territorial. 


Resumiendo un poco: no es disparatado que en un ámbito hospitalario se escuche a los médicos preguntar al paciente por el hábito de fumar o por sus horas de dormir. Pero el psicoanálisis nada tiene que responder frente a estas Demandas.  El analista escucha únicamente a cada analizante. Y –más específicamente- escucha su queja. Si para un analizante está todo bien que su frecuencia de relaciones sexuales sea una vez por año, eso entonces no es lo que al analista es llamado a escuchar (después de todo la neurosis es satisfacción sexual substitutiva), muy a pesar de que suene disparatado que un sujeto pueda tener un coito por año. Habría que recordar, en todo caso, que no es más disparatado que  escuchar que alguien enuncie que los vecinos lo amenazan con invadir su casa o que su pareja lo engaña con una tropilla de galanes de Hollywood o que hay leones sueltos llegados por el Atlántico en las calles de Buenos Aires porque se escaparon de un circo en Moscú. ¿Hay alguna diferencia, si a prejuicio del analista se trata, entre tener un coito por año o ponerse dos o tres alarmas para despertarse (y esto no está sólo en Freud, escucho a analizantes que lo hacen) o en no dar la sal en la mano? ¿Y cuál es la diferencia entre un tipo que no deja de ir cada mañana a sacar músculos a un gym y que después sin embargo viene y se queja de que las mujeres con él no gozan; o aquella histérica que ya se hizo cuatro o cinco veces las tetas, las orejas y los labios y aún sigue siendo anorgásmica? Técnicamente, ninguna. Se tratan de mecanismos neuróticos; y por lo tanto nadie tiene derecho -Demanda mediante- a normativizar el modo en que una persona debería pasarle la sal de mesa a otro comensal.  Si el analista, en su función, no puede prescindir de estas Demandas, no está escuchando al sujeto. Si el analista no puede escuchar, no es objeto sino falo. Y la única posición del analista que nos enseñó Freud –y con la cual Lacan ha hecho un nuevo discurso poniendo el objeto en lugar del agente- es la de atención-flotante.  Atención-flotante quiere decir ocupar el lugar del (a). En todos los otros casos, como diría también R. Harari, se dan consejos.


Los analistas no estamos –nadie lo está- más allá del Bien y del Mal. Ni siquiera existe tal cosa dentro de los límites del goce: en todo caso eso dependerá de cada sujeto. Pero deberíamos tener en claro que trabajar con parámetros normativos es querer arreglar un goce que se adapte a la Demanda del Otro. Es cuando el analista se transforma –vía síntoma anal obsesivo- en una cloaca devoradora o expulsiva. En muchos casos de control de colegas que trabajan con niños, se percibe que el analista sigue dependiendo (y escuchando) la Demanda de los padres, y le importa más si el niño se porta correcto en la escuela que si está siendo alojado y escuchado como sujeto deseante. No es que creemos que está-todo-bien con cualquier comportamiento; pero –insisto- dentro de un análisis, el analista y el analizante se constituyen en un vínculo transferencial privilegiado cuyo espacio apuesta al deseo del analizante, sostenido por el deseo-de-analizar del analista. Si el analista que trabaja con niños (es decir: todos los analistas, según dijimos en el apartado C) se empecina en escuchar las Demandas, Ideales y Goces del Otro; entonces no escucha al sujeto en análisis. El problema que se nos presenta, entre otros, es que el discurso de ese sujeto incluye el goce del Otro. (Y no me refiero aquí al goce Otro (femenino) de las fórmulas de la sexuación del seminario-20 sino al fantasma neurótico.)


¿Qué hace que un sujeto decida ser analista? Seguramente el narcisismo que nos lleva a creer que podemos ayudar en la travesía de un camino sinuoso para alguien que apueste por su deseo; el mismo narcisismo que lleva a un artista a pintar o cantar o que lleva a un ingeniero a hacer una máquina o a un médico a curar pacientes. Pero de lo que el analista deberá curarse, es –justamente- de pretender curar. El análisis no es un autoconocimiento (como alguna vez escuché decir a gente que se autodefine analista), el análisis no es existencialismo, el análisis no es hermenéutica, el análisis no es filosofía, el análisis no es medicina. El análisis sólo pretende -en el mejor de los casos- que el sujeto se encuentre con su Verdad.
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Marcelo Augusto Pérez

De analistas y anal-istas.

[La Demanda del Otro y la singularidad de los goces.]

Buenos Aires / Junio / 2015
ARTE:

Fernando Falcone

[ Buenos Aires, 1977 ]

Post Scriptum:

Juan Carlos Indart (psicoanalista y sociólogo) resume con humor -en una charla de hace tres años-, esta problemática de los goces nuestros de cada día. Que, como se lee aquí mismo, no es casual que se relacione con el prójimo y la cuestión que da título a dicha charla: "El Racismo". Transcribo desde el audio:
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“La cuestión del tabaquismo es un ejemplo de la biopolítica, que pasa a política del Estado y se ve bien que tiende rápidamente a la universalización: “quiero una población de por lo menos un 95% de no fumadores” y tenemos que ir hacia esa dirección, armo mi vida así. Uso los datos de la ciencia a mi manera. Y fíjense lo que eso engendra (…) poco a poco ni se permitió (que pudiera ser hasta inconstitucional) que la gente tenga un café sólo para fumadores (no molestamos a nadie) y no se puede… Esto empieza a ir más allá: ¡a arrancarle al fumador ese significante que lo habita compulsivamente! (…) En EE.UU. se alquila un “auto no fumador” y si se devuelve el auto con olor a cigarrillo hay multas de hasta 250 dólares. Ahí ven ustedes lo que va más allá del principio del placer: que va más allá a arrancar ese núcleo del otro. Inventando además para eso la categoría falsamente apoyada por la ciencia de fumador pasivo: y nos dan una estadística de millones de muertos de cáncer de fumadores pasivos; pero al inventar la categoría de fumador pasivo ya se da pie perfectamente para que cada cual entre en la norma y persiga al otro; como ocurrió en la Alemania de Hitler (…) He estado en lugares abiertos de clase media alta porteña (ya saben cómo han brotado) en espacios abiertos a una distancia no tan pegoteados y dicen: “¿¡podés tirar el humo para otra parte?!” Ver a esa gente conversando activamente unos con otros: “Vos te podés dar cuenta que estaba acá fumando y había un nene en un cochecito?” Mientras se pasean con unas 4x4 que inundan de polución extrema cancerígena a todo el mundo y nadie se ocupa de eso: es decir que hay un síntoma de esto; es como una primera prueba nítida de lo que podría ser una biopolítica. Quizás exagero un poco pero si ustedes van a un hospital, ¡ojo con decir que son fumadores!, es preferible mentir; porque si eso tiene una pirámide de tratamiento de servicio médico (…) si ustedes dicen fumador ya pasan por otro circuito (…) se acabaron todas las garantías… (…) Y ustedes de pronto escuchan que “uyy aprovechando esto, salió una notita que dice eliminemos los saleros de la mesa de los restaurantes” y así empieza… Cualquiera que haya seguido un poco cómo empezó la cosa del racismo alemán ven que empieza así (…) Ya quien tuvo una idea que para tener una población sin hipertensión podríamos empezar haciendo desaparecer los saleros… Ustedes se ríen, pero… Y después habría una zona del restaurante sin saleros: ¡sos de sal, no sos de sal! separémoslo. No sé si van a inventar el hipertenso pasivo. (…) Hay que estar atentos… Porque empiezan como tonterías pero cuando uno no se da cuenta, estas cosas prosiguen… Y esto es la misma lógica infernal: la universalización. Querer meter a todo el mundo en una normativa única de un modo de vida; negar por completo la existencia de la singularidad de goce.”

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