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Pasión del y por el Falo: el incendio del sujeto.









Amores que no mueren, matan.
Amores que matan, nunca mueren.
J. Sabina


Walt Whitman enunció que quien camina un minuto sin amor, camina amortajado hacia su funeral. Quizás por eso algunos sujetos prefieran incendiarse lentamente enamorados a estar separados, pero lejos del fuego del amor. En la película “El incendio” de Juan Schnitman, el posible funeral está siempre presente con la finitud que se instala en relación a la tensión doméstica recurrente que viven Lucía y Marcelo. Ella, explotando (incluso con su conversión hacia lo somático); él, implotando hasta que ya no puede y se brota en la escena que desemboca en la coda de la obra. Ambos, implorando con artilugios neuróticos: como nos recordaba Jacques Lacan, el neurótico se caracteriza por no poder hablar bien, que incluye –obviamente- el tempo de su partitura sintomática.  De allí que en el final de análisis, se trata de una ética del goce: la ética del Bien Decir.



“El incendio” tiene muchas aristas de lectura freudiana. La historia se centra en un solo día y en el vínculo de ambos; pero a través del discurso de ellos se pueden encontrar marcas de su historia. Señales que, como todo trazo, dividen al sujeto. Ella diciendo que no tiene culpa por la herencia de sus padres (y mientras lo dice, llora: realzando la negación in situ); y él entrando -después de una huida sin opción alguna, corriendo- a la casa de sus padres, y preguntándole al hermano lo que podríamos decir lo define rigurosamente: “¿Está papá?”- Podríamos leer allí la falla de la metáfora paterna y –a la vez- la permanente búsqueda neurótica del Otro. No es incoherente pensar entonces que el protagonista -de por sí inhibido a punto tal que ni siquiera puede anoticiar a su pareja de lo que le sucedió en su trabajo- esconde en su síntoma toda la violencia que después aparecerá explícita en la escena donde se brota. El pedido de un padre (porque esa pregunta no es más que un deseo) es también la pregunta por el Ser. “Vos no me podés contener”- le dirá en una escena anterior ella a él; a lo que él responderá: “Yo también necesito que me abracen.” La pregunta por el padre es –entonces- la pregunta por el quién soy; como Lacan lo enunció en uno de sus Seminarios. Y lo que son es eso: sujetos frágiles, indefensos, que sintomatizan, se inhiben, hacen actings; en definitiva: se angustian; y tratan de afianzarse el uno en el otro. Es decir: tratan de abrazarse sin que las brazas lo consuman. (La escena donde viene el vecino de rigor para estos momentos; es el ejemplo donde los amantes defienden su espacio, que obviamente incluye la dimensión endogámica del discurso. O –para decirlo a la criolla-: nadie es cama para saber lo que ellos sienten.)



Una de las virtudes del guión (bastante inusual en los tiempos hollywoodenses) es no juzgar a los personajes. El espectador tiene -creo- la impresión de que no hay buenos ni malos. Y el texto de la obra se encargará de subrayarlo en la voz de Lucía: “Yo no soy ni linda ni mala.”-



En una entrevista reciente, el director declaró que él mismo había padecido el hecho de casarse y divorciarse  como efecto reactivo. Sabemos que no es casual que durante una gran crisis en un vínculo amoroso, la pareja trate de sobrepasarla (o incluso negarla) trayendo un perro a su hogar, asociándose en algún proyecto, teniendo un hijo o comprándose una casa. Este es el caso del guión que une a Lucía y Marcelo bajo un texto que pone en evidencia, básicamente, las dos caras de la misma moneda: amor y odio. La violencia de un vínculo, sus extremos donde se juegan desbordes, humillaciones y estragos, se apodera poco a poco de la pareja y –a diferencia de lo que se puede creer (y de allí también el enfoque psicoanalítico que puede leerse: el goce es el goce y es muy difícil su apaciguamiento)- lo que era un día como cualquier otro, termina siendo –de acuerdo a lo que nos muestra el film en la toma final con el rostro de Lucía- un día igual a cualquier otro.



La obra de Juan Schnitman describe el poder del narcisismo nuestro de cada día. No rueda hacia el día-después justamente porque Schnitman sabe –como I. Bergman, como Woody Allen, como los grandes directores poetas- que el día siguiente es uno más y que sólo la fantasía del sujeto –y la misma pasión que funciona como motor permanente- puede llegar a suponerlo radicalmente distinto. La película nada tiene de naif, y esa brutalidad conceptual (con un guión simple que intenta discurrir sobre el drama amoroso) se expone incluso en la entrega actoral de los protagonistas, en los planos-secuencias que elige su creador para seguirlos de cerca y en la rústica escenografía de un departamento inconcluso (que no deja de ser ayer ni puede ser futuro) que es donde se desarrolla la mayor parte del texto.



El mismo narcisismo que lleva a los sujetos a la guerra, lo lleva al amor. El mismo narcisismo que permite el encuentro, es el que lleva al desencuentro. El mismo narcisismo que vive el hoy, es el que no puede proyectarse al mañana. Sin olvidar que narcisismo es amor a sí mismo: ese que, como expresaba Oscar Wilde, es el único que nunca falla.  Solo por sí mismo el sujeto podrá recuperar su armadura. Si también pensamos que narcisismo no es más que amor-a-la-propia-imagen (de hecho es pura imagen, por eso ficticio), queda también claro en el transcurrir del celuloide, que es sobre esa imagen que los protagonistas arman y desarman la contienda: “No te sentís bien pero igual vas a la fiesta.”- le dice él a ella en un momento, a modo de ímplicita demanda.



La lectura psicoanalítica de la obra resuena también en dos escenas básicas donde el director muestra el encuentro con la castración de los sujetos; es decir: con su angustia. Una es donde ella vomita sangre por primera vez. La otra, donde él finalmente se derrumba en llanto y posibilita el abrazo verdadero que ella esperaba.  Allí radica el ingreso del real que puede cortar algo de lo imaginario: recordemos a Lacan en su Seminario RSI cuando expresó que para que algo exista es necesario que en alguna parte haya un agujero. El agujero se produce, aquí, cuando la castración hace su entrada. Y la redondez freudiana se desprende, finalmente, en una exquisita escena (inteligentemente pensada con los protagonistas vestidos, sin mostrar ninguna parte genital; metadiscurso que nos advierte que no se trata de sexo, sino del aparato deseante y discursivo) donde la pasión del imaginario se retroalimenta en un coito (que se extiende a modo de avisar al lector de que algo fluye en el orden de la repetición y de no poder abandonar el puesto-de-guerra) y donde podemos hacer otra lectura más: todo es sexual porque todo connota a la significación fálica. Empezando, obviamente, por el discurso. Como nos recordaba Roland Barthes, en la escena amorosa se trata de la esticomitis: de fabricar el escenario donde los falos deberán luchar por tenerla más larga... (Como ya sabemos, el falo no es el pene. Y, parafraseando a Lacan, podríamos decir que el falo siempre es feliz.) Dicha escena me parece que tiene, además, el siguiente plus: el fantasma del neurótico es perverso. La pulsión termina su recorrido en el “hacerse…”: hacerse-pegar (donde el sujeto es objeto) que el protagonista goza haciéndose cachetear (y también, ¿por qué no? honrando lo masculino más allá del machismo y sin que se le caigan los pantalones) y constituye –a mi juicio- la unión que erige y fundamenta el dispositivo pasional.



Los sujetos van al amor como se va a la guerra: con todas las armas… Lo paradojal del guión de este proyecto fílmico es que ronda permanentemente con el divorcio pero los amantes nunca se separan. Hay un goce que domina, que a veces desborda en bríos y otras –como cualquier sinfonía- disminuye en adagios sentenciosos. Y es el YO la armadura privilegiada que condensa goce. Goce que sólo puede engarzarse a la Ley, vía un amor simbólico que lo acompañe en una travesía más ética. La pasión -siempre imaginaria- ayuda al buen sexo, pero también a la buena guerra, valga el sarcástico oxímoron. Un deseo desanudado de la ética, sólo sedimenta un goce a fuego lento. Incendio que, como sabemos, sólo se apaga con castración.

Marcelo Augusto Pérez
Incendio que se apaga con castración.
Sobre la película “El Incendio” de J. Schnitman

Buenos Aires, 31 Mayo 2015
Publicado en Página/12 Sec.Psicología
"Goce a Fuego Lento"
Buenos Aires, Jue-04-junio-2015
www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-274132-2015-06-04.html
Arte:
Benito Quinquela Martín
[ Buenos Aires, 1890 / 1977 ]
Incendio en La Boca.

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