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La comedia del amor... Goce / Angustia / Deseo. Viñeta.










"Lo trágico es que dos enamorados no se comprendan; y lo cómico es que están enamorados porque no se comprenden." S. Kierkegaard.




Jacques Lacan siempre nos recordó que el amor es una comedia. Se trata de llevar el mal-entendido del parlêtre a una potencia aun más arcaica. El desencuentro que por estructura tiene el sujeto de la cultura (uso adrede el pleonasmo con la intención de subrayar que la cultura es en si el problema del sujeto, es decir: la prohibición del incesto que, lejos de pensarse como una ventaja, deberíamos interpretarla desde Freud como un deseo reprimido, he aquí el primer problema) es un desencuentro con su deseo, con sus ideales, con un Padre Ideal, para ir por la autopista. De allí que amor y religión (un texto de Sören Kierkegaard) se amalgaman en el punto de la ambición neurótica de sostener un Bien. Imposición en que muchas veces cae el analista cuando pretende "corregir" el goce, que es lo mismo que instalarse en lugar de un Padre que, a la larga, va a quedar impotentizado por el discurso mismo del dispositivo: discurso histérico en este caso.

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El mal-entendido es producto de la cultura, de la extracción del (a) y de su consecuente pérdida definitiva a la que el neurótico no se resigna. Como diría Germán García, aclarar el mal-entendido es creer en la comunicación. O, como podríamos decir también, es creer en la psicología. Y es además creer que el amor es la respuesta total. Creer que el amor podría solucionar un paso de comedia que, en el mejor de los casos, no llegará a tragedia. Puesto que es el lenguaje la condición de lo inconsciente, y puesto que su falla no puede suturar a ningún agujero, a ningún Padre, a ningún saber. De allí que, para el psicoanálisis, la sexualidad es un saber en falta. De allí que ningún animal (a diferencia de los neuróticos que nos visitan) se pregunte por su condición existencial: "¿Seré un cocodrilo o una tortuga?"- 

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Entonces. Si el vínculo entre sujetos es ya un desencuentro en sí mismo, en el amor caemos en una ilusión aun mas patente, por no decir patológica.  Puesto que, como ya sabemos, el amor remite al narcisismo y a la ilusión de completud y los sujetos enamorados creen fervientemente que así sucede... Hasta que lo imaginario cae y lo simbólico debe dar una vuelta para abrochar nuevamente algo en el orden de la falla.  El problema, ¿cuál es? Que justamente lo que falla es lo simbólico. Es el significante que engaña. Muchos analistas de trayectoria siguen repitiendo (y así se lee en muchísimos textos esparcidos en todas las Universidades) que lo que se impone como un problema es lo real. Que es lo real lo que mortifica. Yo creo que como todo es fantasmático, no pueden aceptar la vuelta de análisis que hay que hacer para que caiga la ficha en orden inverso. Lo real esta y siempre estuvo. Es lo simbólico que llega para estropearnos el plan de la luna de miel. El animal es real puro. Excepto los domesticados, ningún animal tiene problema alguno con su real porque -justamente- no tienen simbólico. Es decir: una cosa es enunciar que hay un problema con el real, y otra cosa es decir que el problema es el real. Justamente lo que pretende la medicina, y en si cualquier ciencia, es lograr un instante único donde lo real no cause ningún problema. Y el engaño es que el científico cree que alguna vez podrá circunscribir todo lo real con lo simbólico, cuando en realidad es lo simbólico lo que le causa problemas al real. El real está estropeado por lo simbólico. Por eso el incesto es goce mítico. 





Ahora bien: en psicoanálisis acostumbramos  a enunciar que lo más real del sujeto es la angustia. Es cierto. El (a) es real; pero no hay que olvidar que Lacan lo coloca en el centro de los tres nudos borromeos; por lo tanto tiene una parte imaginaria y otra simbólica. No hay angustia sin simbólico: los animales no se angustian: escapan, huyen cuando el instinto les avisa que pelear es absurdo; pero la angustia tiene forma de pregunta que sólo un ser sujetado al lenguaje puede hacerse. Y ese lenguaje, articulado en un discurso, es productor de goce. El sujeto habla porque goza; sino no habla. De hecho, y mucho más estrictamente en un dispositivo analítico, el sujeto sólo habla de lo que le angustia. Lo que muchas veces no se entiende es que en la angustia hay goce. Aun aunque en el Seminario 10 Lacan aclare perfectamente que el goce, la angustia y el deseo ocupan tres niveles diferentes. En la angustia hay goce y en el deseo hay goce. De allí que, clínicamente, diferenciar goce y deseo es casi absurdo: Freud nos enseño que el goce de la histérica es un deseo insatisfecho, y ese es el pivote que nos orienta en la escucha. Ahora claro: una cosa es el goce mítico y otra el goce fálico del Síntoma. Una cosa es decir que el incesto no existe, y otra acostarse con la madre. Una cosa es decir "yo lo/a amo" y otra cosa es rebuscar en su cartera o billetera a ver si alguien más ocupa mi lugar. Por eso el Síntoma también está en el orden de lo cómico (como defensa protectora), cuando el destino del sujeto no termina en tragedia.

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Doy un recorte de una sesión de hace apenas horas, donde un amor dramático viró en amor cómico: uno de los partenaires ha cambiado, sí: pero no es ese el caso. El tema es cómo el mismo sujeto, en este caso el analizante, ha podido modificar su goce aún con el terremoto que eso implica. [Se divorció hace dos años (llamemos Z a esta su ex mujer) y hace casi un año comenzó una travesía con una mujer 25 años menor que él (llamémosla Y) que comparten una pasión común: el teatro.] Resumo entonces el relato:

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“Tengo un sueño. Pero tengo que contarte lo que pasó antes del sueño… Voy al casting que te comenté la semana pasada. Ya me habían dicho que no había un papel para Y en la peli; pero ella lo esperaba. Entonces le dije al director que si me habilitaba, yo se lo comunicaba a Y. [Cuenta el casting donde le va muy bien.] Cuando salgo del casting la llamo a Y. Ya me atendió para abajo; el tono abajo mal. ¿Qué espera uno? Que si le decís que te fue bien, obviamente se ponga contenta. Yo, que en ese momento no puedo reaccionar de otra forma, la trato de contener a ella, le comunico que no hay papel para ella, le tiro una frase medio pedorra y le digo: “Yo cambio cien películas por una sóla sonrisa tuya”  y corto. Obviamente mal. Me quedo mal porque encima yo termino conteniéndola a ella; y no por eso, sino porque ni un gesto de alegría. Ahora: dos días después ella va a un set fotográfico. A mi ya no me gustaba que vaya a ese, porque el fotógrafo es el responsable de una publicidad de ropa (ya le había sacado fotos para eso) y la llama después diciéndole: “me gustas mucho, quiero sacarte fotos a solas.” Ella, obviamente, va para poder ganar ese lugar en la publicidad. Ya ves: empezamos mal. Ella vuelve de las tomas, con cara de orto, se recuesta en el sofá, le pregunto cómo le fue y se larga a llorar. Dijo que hubiese preferido no ir, que el fotógrafo es un autoritario, que en un toke necesitaba que se endurezcan los pezones y la pezonió… en fin. Yo silencio… Comenzamos a hablar un poco y ella me dice: “Yo quiero las cien películas y tu sonrisa; yo no resigno lo mío.”-  “No, claro. Por eso te pezonió el tipo.”- le digo y agrego: “¿Cómo puede ser que no puedas aceptar perder algo?”-  Porque ¿para quién es esa sonrisa entonces? Porque ella es así: no quiere resignar nada. Y yo le dije que siempre respeté y sé con las ventajas que corría ella: su edad, su belleza, que yo envidiaba esas ventajas, pero también podía pasar por sobre esa envidia porque estaba ella, eran atributos de ella y porque yo podía decirme hoy: “Bueno, al menos no podré hacer este papel por la edad, o este otro; pero puedo hacer estos y estos…” [El analizante había dejado entre paréntesis la labor teatral durante muchísimos años, y la retoma después de iniciar análisis y de separarse de Z.] Ella me agradeció, me dijo que le había caído un fichón… Y entonces yo sueño esto:

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Estoy en un teatro, todo empieza siempre en un teatro… Hasta que paso a estar en un hotel donde hay una mesa larga con ceniceros y copas de vinos, de cristal; y empiezan a tambalearse, a moverse, y yo me empiezo a reír… y la gente que estaba por ahí, me dice “no se ría, no ve que es un terremoto.” Pero yo me río, aunque el cristal se tambaleaba todo el tiempo… Después paso a una habitación del hotel y estoy con Z discutiendo… en realidad a mi no me parecía una discusión… Hasta que veo una puerta que daba a otra habitación y allí había un matrimonio de viejos, y por donde entra él y me dice: “Se pueden dejar de discutir?”- hasta que se da cuenta que somos un matrimonio entonces agrega: “Ah, no. Perdón… ustedes están casados… todo bien.”- Hay también otra mujer, muy vieja y en camisón, que sólo puedo identificar como una de las amigas de mi vieja. Luego vuelvo a la escena del teatro y aparece una mujer que se me pone pegadísimo a la cara y me dice que tenemos que ensayar “Antonio y Cleopatra”. Yo no encontraba el vestuario, decía que sin vestuario no podía ensayar eso; hasta que me pongo una pollera que veo tirada por ahí y digo: “¿esto me voy a poner yo?”- Pero el director me dice que lo haga igual, así. Entonces cuando voy a subir a escena, me despierto… 






Pregunto primero quién era esa mujer amiga de su vieja. El nombre de esa mujer es el nombre del personaje (la mujer de un militar) al que él se presentó para el casting. Y dice: “Claro, mi viejo también es un milico. El otro día que lo fui a ver, estábamos paseando por el barrio, y pasamos al lado de una mujer sin dientes, arrodillada en la vereda, comiendo de una caja; y expresa: “Este país, negros de mierda. ¿Qué se ha hecho de este país?”- Un milico. Y yo es la primera vez que no tenía ni ganas de contestarle; basta de palabras, pensé. Tenía ganas de darle una flor de trompada.”

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Antonio y Cleopatra es la obra donde por primera vez él ve actuar a su nueva pareja, Y. La pollera que se pone (“soy un pollerudo”) hace que se ubique frente a su deseo, aún perdiendo su fortaleza yoica. La habitación del hotel es su casa familiar de la niñez, dividida por esa puerta entre su cuarto y el de sus padres. Y asocia entonces: “Por primera vez tengo el recuerdo de ver a mi vieja en camisón, con el reflejo de las tetas a contraluz.” Pregunto entonces: “¿Encontrás alguna vinculación entre esas tetas y la trompada que hubieras querido dar? Enseguida asocia con el incesto y la posibilidad de desear a la madre; pero repregunto porque me suena intelectual su respuesta (el analizante ha leído sobre psicoanálisis); y entonces dice: “Yo hubiera querido trompear a ese fotógrafo, su impunidad y su autoritarismo: esas tetas eran las de Y.” Ahí cae, entonces, la primera identificación a lo agresivo, a la brutalidad de un sujeto enamorado y celoso y respetuoso de una ética.

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“Casados, entonces no hay problema”- es la frase de sus padres que reactualiza aquí: mientras haya matrimonio, está todo más que bien… Y finalmente, el terremoto. Cierro la sesión diciéndole que si bien para él todo esto que le sucedía era un verdadero terremoto (la diferencia de edad con su pareja, el cortísimo tiempo de año y medio en que sucedió el vínculo, el re-encuentro con el teatro y ya una película en puerta); era todo un lujo que alguien pudiese reírse en medio de dicho sismo. Que él era tan frágil como esos ceniceros y copas de vino (significantes de su placer), pero que podía mantener esa fragilidad aún en el terremoto, riendo, actuando, sosteniendo… En medio de todo esto, dice: “Lo más paradójico que a la vista de todo el mundo a mi me tildarán de “mira todo eso ego fortalecido” y yo no hago más que verme como un “yo desquebrajado, que puede caer todo el tiempo”. Y es cierto: ese es el terremoto que el sujeto deberá enfrentar, vía su angustia que le hace preguntas y con esas preguntas llega al análisis. Por eso también despierta –en su sueño- cuando debe ingresar a escena: el goce (mezcla de angustia y deseo) lo advierte para seguir… El terremoto hace que la fortaleza del Yo -que no ha servido antes- se transforme. Hoy, algo más frágil, el sujeto puede convertir el drama amoroso en una comedia donde la risa (y el tambaleo) juegan una verdadera puesta en escena. Una cosa es tambalearse y otra estar caído, como antes de su análisis. Está enamorado -su pareja y el teatro causan su deseo- y por eso puede salir a hacer su propio guión, enfrentarse ante la obra que otrora gatilló la primera mirada amorosa; y –a pesar de que no encuentra el vestuario más adecuado- calzar una pollera sin que se le caigan los pantalones. 

Marcelo Augusto Pérez
La comedia del amor
[Goce, Angustia, Deseo]
Mayo 20 - 2015
ARTE:
Duy Huynh
[ Vietnam ]

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