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Síntoma y Goce. Segunda Parte: La falla del lenguaje.









El síntoma analítico (el parlanchín, el que esconde un deseo, el que es singular para cada sujeto) nos con-voca nuevamente.  Está a flor de boca; es decir: de voz. Se deja escuchar y, a la vez, nace a partir de la escucha del Otro. Ejemplo: el niño pide algo tartamudeando a penas, sin saber el significado de las palabras. La madre significa cualquier cosa: “Tiene hambre.”  Entonces el niño, que aún no habla, ya habla. Porque el Otro le dona el significante que ha elevado al signo a la categoría primera. Si el Otro no escucha –ergo: no responde- el niño sigue llorando y quizás no pueda entrar al lenguaje. Como se ve también, no importa la concordancia de la palabra con el objeto (quizás el niño lloraba porque tenía dolor de oídos); lo que importa que el Otro responda, sepa o no sepa de qué va la cuestión. De hecho, no sólo no importa sino que ni siquiera se podría saber. ¿Por qué? Justamente por la falla que produce el lenguaje. Falla que, como sabemos desde Freud, es sexual. Sexual quiere decir que el real está agujereado. Sexual quiere decir que el simbólico no alcanza. Sexual quiere decir que lo imaginario engaña porque intenta una reproducción fiel de la Cosa, porque intenta anticipar o demorar y, sin embargo, nunca llega. De ahí que Lacan enunció que todo coito es interruptus. El sujeto siempre está a destiempo. El hiato entre lo sexual y la palabra es inalcanzable. Aquiles no alcanza a la tortuga: la sobrepasa, sí; pero no la alcanza nunca. De ahí que vamos tirando las primeras barajas: el síntoma es ya la falla de la represión. No hay represión total, así como no hay pulsión total.

Como habíamos dicho en un anterior posteo, el síntoma neurótico es autoerótico, como diría Lacan “no necesita de nosotros [los analistas] para satisfacerse”, y contiene pues –como también enunciamos- un goce subyacente. Ahora –y aunque sea paradójico- deberemos agregar que también incluye una Demanda. Vamos por autopista: el lector un poco adentrado en la obra de Lacan, ya sabe que toda demanda es demanda de amor. Bien: acá tendríamos la paradoja de este síntoma autista: el sujeto trata de aislarse, de cortar el lazo, pero con un mecanismo de demanda, que es per se recurrir al otro en busca de amor, de reconocimiento. Es decir: enlazarse nuevamente. Si no fuese así directamente la histérica no hubiera dicho “Escúcheme”- y el psicoanálisis no tendría razón de ser. Al igual que otras tantas paradojas que se presentan en nuestro ámbito; paradojas que no se contradicen y –por tanto- no se borran entre sí. Como, por ejemplo, el hecho de que la pulsión –siendo de muerte- produzca el nacimiento del sujeto. Es decir: el síntoma no necesita del Otro para construirse, pero necesita de la escucha para ponerse a trabajar. Justamente porque en la Demanda (hacia el Otro) se esconde buena parte del secreto.


Vayamos a un ejemplo de la última semana. Porque cada día hay cientos de cientos y las guardias de los hospitales están plagados de síntomas que demandan amor. Lo tomo de un caso familiar, ya que “¿y por casa como andamos?” siempre es bienvenido y además incluye otro ejemplo de síntoma como demanda... Se trata de una mujer de 60 años, tres hijos: hace dos años percibe que se le cae su mundo cuando su marido, después de cuarenta años, decide irse de la casa, con una sola valija. Sus dos hijos mayores ya están con sus respectivas mujeres e hijos. Su hijo menor, diagnosticado alguna vez con cierta  discapacidad mental, queda con ella. Pero hay que acotar que su hijo mayor (a pesar de estar casado con dos hijas) ha decido instalarse frente a la casa materna. Solo lo separan treinta metros de calle. Con este hijo, como se podrá percibir, la susodicha tiene una relación bastante especial, no solo por ser el mayor, sino porque ha quedado “frente a ella” reemplazando de algún modo la figura de su marido. Para ser más analíticos, tendríamos que enunciarlo alrevés: el hijo se quedó "frente a ella" justamente por la relación especial que tienen. Es dable aclarar que esta mujer, nuestra protagonista, demanda permanentemente la presencia de este sujeto. Se viene entonces el síntoma: este hijo se va a veranear a la costa. A los pocos días ella entra en un estado confusional de desorientación alopsíquica y autopsíquica, con temblor corporal permanente y el consecuente olvido de nombres, incluso sin llegar a reconocer (y ya se estará leyendo esto más allá de lo literal) a su hijo del medio quien queda a cargo de su estado y la lleva a una clínica para estudiar el cuadro. Recordemos hasta acá la cuestión autoerótica y autista del síntoma. Ella se olvida, de hecho nunca más pregunta, de su hijo menor (quien fue operado un mes atrás de un cáncer de colon e incluso está en estado algo delicado, con un ano contra natura actualmente) y de cualquier cuestión doméstica. De hecho casi ni habla y duerme todo el tiempo. Esto dura exactamente dos días. Días en que se la lleva para los diagnósticos de rigor: Tomografía de cerebro todo bien y en el análisis de sangre hay disminución drástica del sodio. Ella, en tratamiento psiquiátrico con antidepresivos desde su separación matrimonial, decide por cuenta propia -hace un mes- abandonar la medicación. Suponemos, en principio, que esto pudo haber influido para el cuadro actual. Descartamos una demencia y nos queda aclarar el cuadro clínico del sodio y de cierto aumento en la serie blanca de sus glóbulos. Repetimos algo importante: este cuadro (sueño permanente, confusión mental, temblores) dura dos días. ¿Cuándo cede? Cuando llega el hijo mayor de sus vacaciones, que suspende obviamente, y vuelve a hacerse cargo de ella. La lleva él mismo nuevamente a la clínica donde le sacan otra tomografía, nuevos análisis y una resonancia para descartar posible coágulo histórico. Nada por aquí, nada por allá. Y además: el sodio estabilizado. La entrevista con el médico clínico todo perfecto: ahora ya recuerda todo lo que no recordaba, se orienta perfectamente y, el dato de oro, deja de temblar. (En guardia -el día anterior- incluso habían hipotetizado posible Parkirson.) Decíamos antes que este ejemplo incluía otro: el del hijo menor que también construyó su cáncer de colon a partir de la Demanda al Otro: no pudiéndose bancar la separación de sus padres. De hecho así lo enunció él mismo al salir de quirófano: "Ahora tengo a mi familia toda junta."-

Bien: este cuadro histérico no es tan grave comparados con otros, incluso con nuestras anoréxicas cotidianas que pesan 30 kilos teniendo 30 años o con las parálisis histéricas que, como digo siempre, Sigmund Freud ha llegado a estudiar y curar sin haber sido ni caminado sobre las aguas como Jesucristo. El tema que, como en el sub-ejemplo, la histeria se puede transformar inmediatamente en un goce mortífero con un cáncer, o la anorexia que lleva a la muerte.

Ejemplos clínicos de esta semana van desde adormecimientos de miembros superiores hasta los simples y repetidos temores nocturnos. (Recordemos que la fobia no es mas –para Freud y para todos- que una histeria de angustia.) 

Volviendo al caso anterior: sus hijos quieren “matarla” por haber hecho este cuadro sólo y únicamente para demandar la presencia del hijo mayor. Pero hay un punto muy importante que, como les decía a ellos, no debemos olvidar y que muchos desestiman (sobre todo cuando se trata de hijos o parejas donde el narcisismo ensordece y la competencia prevalece): el sujeto pone en acto estos mecanismos de modo inconsciente. No lo hace a propósito. No lo hace porque es un hijo de puta. Lo hace porque es un neurótico. Un hijo de puta, un perverso, en todo caso, realiza sus actos adrede; por ejemplo no tendría inconveniente en romper una casa entera para reafirmar su poder narcísico. Caso que también deberíamos diferenciar del psicótico; que también puede romper (al igual que un neurótico, que rompe por proyección de su YO) pero su estado de locura lo separa de la realidad.  Acá –sin embargo- se trata de una histeria hecha y derecha.

Ninguno que esté familiarizado con estos casos, se asombrará por una vacilación fantasmática histérica o por una conversión como la de los ejemplos. Los hijos de esta mujer, más allá que han leído cuestiones de psicoanálisis, sin embargo no pueden menos que indignarse con dicha representación, que incluye per se el famoso protón seudos que Freud nos recordaba. Es decir: encontrar que en la falsedad esta la verdad. De hecho cuando yo le pregunto a esta mujer, en su estado confusional, que hizo el día anterior, ella contesta: “Ayer se fue mi hijo.”- es decir: su pensamiento la toma, no importa lo que yo pregunto, ella responde lo que sus pensamientos le dicen. Ni siquiera era cierto que "ayer se fue", ya que se había ido algo antes. Igualmente, cuando su nuera le pregunta por cualquier menudencia, ella –acorde al pensamiento por el cual es tomada y sin escuchar la pregunta- responde: “Se me cayó el sistema.”- El “sistema” es que su hijo mayor se ha ido de vacaciones y que ella hace dos años está divorciada sin quererlo. De hecho, y para finalizar con el caso, cuando se le pregunta en qué año estamos, ella responde: “el 2000”- Año en donde todavía los tres hijos y su marido vivían con ella. (De ahí también que los analistas preferimos no acotar demasiado los delirios: ellos hablan de la novela que el sujeto se ha construido, fantasma mediante.)

Este ejemplo nos sirve muy patente para encontrar la Demanda en el síntoma de conversión. Además -por eso elegí este caso también- para demostrarnos cómo una represión fallida hace turbar al fantasma, incluso al punto de producir una forclusión. 

Resumiendo un poco (y no sin antes recomendar la lectura de Sigmund Freud en 1910: “La perturbación psicogénica de la visión”, O.C, V.XI, Amorrortu, Bs.As.):

Si seguimos pretendiendo –y las especializaciones médicas magnifican esta cuestión- estudiar el cuerpo “sin estudiar el alma”, como habría enunciado Sócrates hace más de dos mil años, no vamos a poder nunca entender tampoco que la enfermedad, como los griegos también entendían, es ya un modo de curación, de re-establecer “el equilibrio”. Y, sobre todo, que los síntomas son manifestaciones explícitas, groseras, de la angustia. Angustia que Jacques Lacan definió como “el único afecto”. Definición harto sublime como para no considerarla el umbral de lo natural y lo cultural. Los animales no se angustian –a lo sumo huyen ante un peligro- porque están por fuera del lenguaje. Por lo tanto no fallan. El mundo animal es un real sin agujero, sin fisuras. Volviendo entonces: recordemos que habíamos dicho que el síntoma es producto de esa falla. Jacques Lacan le puso una letra: (a). Es el agujero por el cual, los tres nudos borromeos unidos, quedan –a la vez- fallidos. Es la letra por la cual Aquiles nunca alcanzará a la tortuga.
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Marcelo Augusto Pérez
Síntoma y Goce. 2da. Parte. 
La falla del lenguaje. El fracaso de la represión.
Febrero / 2015
ARTE:
Ron Mueck
[ Melbourne, Australia, 1958 ]

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