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Volver a nacer...







Antes de volver a nacer, tienes que morir.  Salman Rushdie [Bombay, 1947]


Con diez años de menos no habría esperado
por sus proposiciones y hubiera corrido
como una fiera al lecho en que nos conocimos
impúdico y sangriento, divino y alado
con diez años de menos habría blasfemado
con savia de su cuerpo quemaría los templos
para que los cobardes tomaran ejemplo
con diez años de menos hubiera matado.

Silvio Rodriguez [Cuba, 1946]



Hace tres años cuando llegó y se sentó por primera vez frente a mí, enunció como carta de presentación: "Estoy muerto. Quiero volver a nacer."- Quizás no sabía -entonces- que en ese caso debería lindar con algunas pequeñas in-mundicias humanas, como la envidia de quienes lo verán feliz, disfrutando de sus elecciones; sentimiento –para él- harto más caro que extraño. Y también con la culpa que eso acarrea en cualquier sujeto, máxime tratándose de alguien que lleva el estigma de la Cruz por doquier.  Él que, inaugurando la cadena de sueños, enunció: “Soñé que tenía SIDA y me moría…”- A lo cual leí: “Si-das, morís. Por eso querés volver a nacer, porque estás muerto, dando… Siempre dando. Y ganas de que te den, te sobran…”-  


Quizás tampoco advirtió que volver a nacer implicaba pasar por la niñez, con los riesgos y virtudes que eso conlleva. Pero se podía escuchar, por ese entonces, las ganas que tenía de recuperar el niño que se fue. Con sensibilidad, con inteligencia, con música, con nervio, con prudencia, con el cuerpo y con el alma, el analizante comenzó la travesía de su fantasma. De enunciar -cosa que siempre negó, reprimiendo en el decir-  "No vayas a creer que voy a ir a vivir a un monoambiente separado por un biombo" a vivir efectivamente en un monoambiente, después de abandonar el estilo de vida de un country; a conectarse con las pasiones esenciales que estaban guardadas, adormecidas, en el núcleo de su ser. De esperar a una mujer que antes de saludarlo le preguntaba si había traído su tarjeta de crédito, a esperar a una mujer, veinte y pico de años más joven, que lo despabiló y lo invitó a realizar sus sueños. Sueños siempre aletargados: 800 películas dormidas, sin verlas nunca, ni compartirlas con su ex, porque su ex sólo tenía tiempo para quejarse de sus hijos y de su trabajo y para comprar en el shopping. 800 balas -como alguna vez le recordé- como la película de Alex De La Iglesia. Y cuando uno tiene sólo 800 balas, hay que decidir cómo apuntar y dónde, porque son las últimas.

Hace poco comentó que con esta nueva mujer se siente sin red, inseguro, celoso, como nunca le había pasado, y que eso no lo puede soportar. Es lógico: antes estaba muerto. Un muerto no sabe lo que son los celos, lo que es vivir apasionado, encausando, llevando a cabo y sosteniendo el deseo. Un muerto no puede dar cuenta, hablando a la criolla, de que hay que tener huevos para accionar. Y, como decía Lacan, no se puede hacer una tortilla sin romper huevos... Y cuando se rompen huevos, algo se pierde.


"Debo estar haciendo un raro análisis, para que piense más en comprarme un galpón para poner un teatro que un departamento."- pronunció no hace mucho. No sólo con el valor de esencia que tiene ese enunciado (volver a conectarse con lo que siempre amó) sino también por el valor que la economía ha tenido en la repartición de su goce, sobre todo en sus más de diez años de relación anterior, de la cual nacieron hijos; años que sólo podía dar a otros, a precio de estar muerto. Incluso, se ha permitido tener una deuda con un amigo; cosa para él impensable.

Dijo hace poco: "Me desconozco. Esto de estar celoso es... ¿Cómo yo voy a tener estos sentimientos? Es absurdo..."- "Claro."- agregue- "¿Cómo vos, justamente?" - y se ríe. Él, que siempre controló todo, que siempre estuvo con mujeres en que podía sentir(se) seguro... "Sólo con esta nueva mina y con otra en mi juventud me paso está cosa horrible de ponerme celoso..."- y comienza a relatar detalles de la elección de juventud con esa mujer. Luego, pregunto: "¿Qué características similar encontrás entre esa mujer y la actual, que ambas hicieron despertar tus celos?"- se ríe, le cae la ficha y dice: "Ayer estaba escuchando un tema de Silvio, "Con diez años menos"- "Ah! Ya me contestaste."- digo. La diferencia de edad lo deja en desventaja; pero –como se sabe- ¿quién no lo está cuando apuesta sus 800 únicas balas?

Cuando ya no hay red, cuando se ponen agallas para vivir con pasión y coraje la vida; también el sujeto comienza a tambalearse porque sabe que se vive cada día como único: se vive en borrador; se advierte que nada puede rebobinarse y, en realidad, nunca se pudo. En definitiva, lo que él quiso al iniciar esta nueva demanda de análisis: volver a nacer. Porque siempre se está naciendo, cuando no se está muerto. Y cuando uno es un niño, hay celos, odios, rencores, envidias; y también el placer de jugar. De captar que todo no es más que un juego, sino uno puede llegar a creer que es médico, psicoanalista o Hamlet. Y, al igual que lo más bello que un niño conlleva, aparece entonces la espontaneidad del hoy, la naturalidad de las emociones más dormidas.






Los neuróticos se empecinan por no ser humanos, por ser robots, aparatos que pueden tener todo bajo control minucioso. Se desmoronan cuando la falta los visita, cuando se dan cuenta que siempre se está sin garantías (del Otro). Buscan un significante que los represente, y esto no está mal: nadie escapa al lenguaje. Padre, hijo, doctor, actor, pareja, son todos significantes que amortiguan "la sideración de nuestro espíritu" (A. Artaud). Después de todo el síntoma no es más que eso: un significante que ha reprimido la angustia: "La metáfora de la reprimido" (J. Lacan) Ahora bien: transformar el síntoma en Sinthome, hacer (a)nudamiento, y bancarse la castración concomitante que eso implica, no es lo mismo, claro está, que padecer una fobia, recurrir a una gastritis permanente o construir un asma.

El analizante de nuestra historia, ha pasado por distintas manifestaciones orgánicas en el correr del análisis, incluidas: orzuelos, dolores de rodilla y pecho, constipaciones; todas absolutamente analizables –explicables- en el contexto de su historia y de su fantasmagoría. Poco a poco fue descubriendo que alguien - paradójicamente veinte y pico de años menor que él- podía darle y hacerlo vivir. Lucha todavía con los Ideales (del Otro) y el imaginario-social. Hay gente que en su trabajo le dice: “Ya sabés que esta minita es transitoria… Acá, en tu laburo, es impresentable…”- o frases del estilo. Y él –que siempre fue rebelde pero estaba somnoliento- se ríe y provoca.

También descubrió en el camino otros deseos a los cuales por fin podía enfrentarlos - porque ese es el adverbio para el neurótico - con todo el cuerpo. Ahora queda lo de siempre: estar atento a no quedarse adormecido, no huir (otra de las acciones princeps del neurótico), dejarse escuchar y, por fin, resistir y perdurar en la dura tarea de pasar del goce (del SI-DA / si-doy, muero) al placer de vivir de un modo fantasmático menos mortífero: aceptando –en definitiva- que uno puede ser amado sin perder la esencia. Y que dar no pasa por lo que su historia matrimonial ha organizado y engordado sintomáticamente en base a su goce libidinal; porque no se trata de dar lo tangible, sino lo que uno no tiene. Es decir: aceptando conllevar algo menos doloroso que una Cruz: la falta: el nombre de la castración. De la muerte [narcísica] que permite volver a nacer.

Marcelo Augusto Pérez
Recorte de una travesía...
Enero / 2015 
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ARTE:
Gabriel Pacheco
[México, 1973]

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