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La Ciencia: ¿nuestro nuevo Dios?














Una puntuación notable de Lacan permite caracterizar a la ciencia como una variante aproximativa del discurso de la histérica. ¿Por qué? Brevemente, porque ambos tipos de lazo social ponen en cuestión al amo-maestro, incomodándolo como detentor del saber. Dicho de otro modo: descompletándolo en lo referente a la presunta portación de un saber absoluto. De esa manera, impelen al saber, instilando la necesariedad de su producción en tanto saber -transitorio, claro- sobre el objeto. Para ello, la ciencia debe forcluir al sujeto, procurando la obtención de un saber anónimo y, por definición, transmisible; cuanto menos, a la comunidad de colegas de la disciplina en cuestión.

Ahora bien, la deriva hacia la implementación de la ciencia, o tecno-ciencia, ha invadido –histéricamente- todos los confines del planeta. Y ello no sólo mediante los gadgets universalmente reecontrables, sino con el permeo de sus trazos en orden a la condición humana. Esto es: manipulación, control y previsión, anonimia –con su reverso: sustitución de los intrascendentes sujetos entre sí-, comunicación global y –lo cual resulta más difícil de aceptar- el sustento de un actitud creencial, fideísta, a su respecto. Porque ¿quién no cree en la ciencia, cual cabal credo irrefutable? Y es que, a partir de tal creencialidd, la fuga hacia la realidad de la ciencia, o mejor dicho, hacia las realidades del fantasma que la tecno-ciencia puede tornar efectivas, ha propulsado el renovado imperio de la biología –de sus tecnificaciones-; en efecto, este imperio pretende dar cuenta exclusiva, y cda vez con mayor desinhibición, de la condición del hablante.



Veamos, sino, algunas inflexiones fantasmáticas cuasi-“concretadas”, tal como tuve ya ocasión de exponer en mi libro Las disipaciones de lo inconsciente: “¿Enfermedad? Imperativos categóricos proliferantes respecto de “la vida sana y natural”. ¿Envejecimiento? Lifting. ¿Obesidad? Lipoaspiración. ¿Órgano colapsado? Trasplante. ¿Temor a la muerte? Logro de una longevidad inédita. ¿Fantasma desiderativo como el del presidente Schreber, esto es, lo maravilloso de ser una mujer en el momento del coito? Transexualismo. ¿Menopausia, esterilidad, matrimonio homosexual, celibato? Bancos genéticos, embriones congelados, inseminación artificial, fecundación in vitro. ¿Temor a la corrupción del cadáver? Anhelos clónicos (cuya realización, quizás, sea ya ingobernable). ¿Angustia ante la imperfección de la descendencia? Ingeniería genética, dilucidación del –y proyectada  manipulación intrusiva en el- genoma humano, eugenesia. ¿Muerte incontrolable? Eutanasia. Y, sin duda, etcétera. Esta cabal subversión, impensable poco tiempo antes, insiste en proponer “eu” (Lacan) excepciones panteístas a la ausencia de relación sexual, por la promoción de nuevos semblantes, los que son sometidos a las operaciones de clasificación, agrupamiento, separación, jerarquización y/o nivelación. Así, en poco tiempo, comprobamos, merced al empuje en lo Real de la lógica de la ciencia, un trastrueque “de los conceptos tradiciones de filiación, de paternidad y de maternidad […] No asistimos al resurgimiento del orden familiar, sino a su disolución posmoralista, no es el deber de procrear y de casarse el que nos caracteriza, es el derecho individualista al hijo, aunque sea por fuera de los lazos conyugales”, nos ilustra Lipovetsky.  Sin duda, esto convida al analista a una urgente revisión de muchas de sus habituales coordenadas, entre las cuales no resulta la menor la atinente al mito edípico y a la familia nuclear tradicional. Perdura el interrogante: ¿se contrarresta el dolor de existir en función de estos “logros” de la ciencia?”




Entonces, ¿será por eso que el espíritu de la época pretende biologizar la terapéutica en salud mental, amordazando, de tal modo, lo que implica el lazo del hablante con la palabra reprimida en tanto articuladora –y potenciadora- del deseo, del amor y del goce? Es que si a la palabra proferida hemos de irla remplazando por la anonimia acorporal –“virtual”- del “chateo” de Internet, y si el delivery domiciliar suple a la salida y al encuentro callejero, ¿cómo no apreciar que esta degradación de la palabra se vea coronada por la psiquiatrización biológica y por su “lógico” protocolo reductor de los márgenes del habla liberadora?

Roberto Harari
Problemática clínica y diagnóstica: de una cuestión preliminar.
Cap. III: El publicitado ascenso del bio-poder.
EN: La pulsión es turbulenta como el lenguaje.
Ensayos de psicoanálisis caótico.
Ediciones Del Serbal. Barcelona, 2001.
ARTE:
Francis Bacon
[ Dublin, 1909 / Madrid, 1992 ]

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