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Síntoma y Estructura




La nosografía y la nosología, a lo que apuntan es a que las estructuras clínicas o peor aún, que los cuadros clínicos, lleguen a un grado de certeza incompatible con las vicisitudes del sujeto. (Gráfico III) Si el psicoanálisis toma a las estructuras con ribetes casi nosográficos, también apuntará a un grado tal de certidumbre (Gráfico III), lo sepa el analista o no. Pero nosotros trabajamos con algo del orden de los Gráficos I y II, nunca va a dar con exactitud 180º y –por otra parte– jamás vamos a saber esa inexactitud de cuánto es. La crítica enarbolada por estos físicos tiene cierto aval popperiano, de modo tal que es necesario tomar con una seriedad carente de estériles ecolalias, a la vez que con suma humildad, la pertinencia de cualquier incursión en campos de conocimiento que usualmente nos exceden, so pena de avivar –más aún– las brasas de los detractores del psicoanálisis, cuyas campañas no cesan de escribirse. 
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¿Estructura o posición existencial?
Para pensar, dentro de nuestra praxis, alguna entidad teórica –si bien no es la única– “no euclidiana”, tomemos el caso de la perversión. Dentro del capítulo del excelente libro de Alain Juranville2, hay un ejemplo que es el de la perversión tomada en sus tres manifestaciones principales, esto es: sadismo, masoquismo y... narcisismo, vía –esta última– a través de la cual el sujeto sutura la castración por la escarpada ruta consistente en la inflamación de lo imaginario.Es precisamente con el objetivo de metaforizar lo que ocurre en este último caso, que el maestro francés hace uso del recurso –torpedeado por Sokal y Bricmont– de desarrollar la raíz cuadrada de -1.De hecho en algunas escuelas de psicoanálisis está en tela de juicio de si –tratándose de la perversión– estamos en presencia de una estructura o si se trata de rasgos que se añaden a las otras dos estructuras que componen el tríptico freudiano, a saber, neurosis y psicosis. Con la perversión y con la sublimación, es donde más claro aparece el concepto de posición existencial. 
(...)
La sexualidad, por definición es infantil y es perversa. En el perverso hay formaciones del inconsciente, hay renegación de la castración; y además ¿el fantasma neurótico no reniega de la castración? ¿No es acaso el fantasma un instrumento, una máquina que está al servicio de renegar la castración en el Otro? Bajo qué forma. Pues bajo la forma de anticipar qué quiere el Otro de mí y proceder en consecuencia dándose el sujeto una respuesta tranquilizadora. Y el delirio, en última instancia, un fenómeno elemental en la psicosis –y no lo digo porque sea la psicosis la única estructura donde se puede hablar de fenómenos elementales– ¿no está al servicio también de recusar la castración en el Otro? ¿No es esto lo que acontece cuando Schreber se feminiza ante un Dios gozador? Entonces, ¿la especificidad de la perversión, está dada en forma exclusiva por recusar la castración? Tampoco. La aceptación y la negación de la castración es inherente a la escisión del yo.
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Nada como el ojo clínico
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Hay una anécdota graciosa. En la facultad se estilaba decir que el neurótico venía solo, el psicótico venía acompañado y el perverso no venía. Entonces, con un compañero nos preguntábamos: ¿A dónde conduce esta receta? A que cuando tocan el timbre del consultorio uno observa por la mirilla, si vemos a una persona sola es neurótica, si está acompañada de un familiar o un amigo, es psicótica, y si no hay nadie, ¿es perversa? Como se puede apreciar, todas esas categorías vacilan cuando uno mueve una sola de sus variables. Una sola de ellas hace trastabillar todo el andamiaje argumental. Entonces de allí surge la idea de tensar el concepto de estructura clínica lo más posible, de cara a que el matrimonio –necesariamente mal avenido– entre psicopatología y psicoanálisis, revele su naturaleza de oxímoron. No olvidar que el padre del psicoanálisis sostuvo que –en última instancia– la psicopatología se da en la vida cotidiana...
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OSCAR LAMORGIA 
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Brian Despain

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