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Escuchar: siendo objeto, no falo.










Hace mucho nació un hombre. Pero su destino quiso que no fuera como el de cualquier otro. Este hombre fue abandonado de bebé y lo acogió una familia que lo cuido con mucho afecto y cariño. Pero lo que no se atrevieron a darle fue un nombre. Sin embargo, esta persona sin nombre fue creciendo. Pero en el devenir de su desarrollo se dio cuenta de algo peculiar: no terminaba de crecer nunca. Así pasaron los años y el siguió desarrollándose. Hasta el punto que después de cierto tiempo se percató tanto él cómo todo el poblado que ese pequeño bebe era en realidad un gigante. Y como tal fue cada vez más y más imparable. 
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De esta manera fue tomando atribuciones por su tamaño. Empezó a ser irresponsable, a pensar sólo en sí mismo, y fue avanzando, robando comida y pisando los plantíos de sus vecinos. Y aun así la gente le pedía que por favor no lo hiciera. Pero él se justificaba por su gran tamaño y decía con una supuesta humildad que era torpe. En realidad lo único que pretendía era hacer lo que quería y como mejor le parecía. 
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Seguían sus días y aumentaba su tamaño y con él su irresponsabilidad. Pero le faltaba algo, a pesar de su fuerza y de la altivez de sus actos, no tenía nombre. Era lo único que le faltaba para ser completo, para sentirse todo poderoso como su tamaño. Un día, mientras torpe e irresponsablemente caminaba y comía todo lo que se le cruzaba, vio un personaje curioso. Era un viejito, pequeño, con un palo tallado que hacía las veces de bastón. Estaba debajo de un árbol y no lo mató por casualidad porque se pensaba que era comida. Pero no, era aquel hombre sentado a la sombra del árbol. El gigante se agacha y le pregunta quién es. Y el hombre le dice que es un sabio. Pero el gigante no sabía muy bien que era eso. Con lo cual lo interrogó y le preguntó si era un hombre que lo sabía todo. El sabio le explico que eso es un oráculo, el sabio es quien a partir de su vida y sus conocimientos puede aportar algo al otro para que aprenda de sí mismo. Fue entonces que el gigante se entusiasmó y le contó su historia y le preguntó si él podría decirle su nombre. 
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El sabio le dijo que sí, pero para ello tendría que acompañarlo y conocerlo. La fuente del conocimiento siempre está en quien pregunta en definitiva.
- Sólo basta con saber observar y relacionar- decía el pequeño hombre. 
De esta manera el sabio acompaño al gigante durante un tiempo. Vio como el gigante actuaba con descaro, se justificaba por su tamaño, pisaba a los demás y actuaba como un niño gigante. Pero un día lo interrogó y le dijo si ya le podía decir su nombre. El sabio le respondió que ya estaba a punto de poder decirlo. Pero que justamente por su grandeza él no lo podría escuchar. Sin embargo estaba seguro que faltaría poco para poder decírselo, que era cuestión de esperar. 
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Dado que no podía conseguir la información de ningún modo el gigante decidió ignorar al sabio. Y siguió cada vez más haciendo más de las suyas, olvidándose de aquel pequeño hombre. Y continúo su caminar que parecía imparable, nada lo detenía, nada parecía tener la fuerza suficiente para detener semejante máquina de destrucción. 
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El pueblo no era muy grande, si bien era agrícola. Pero con tantos años de saqueo y destrucción sucedieron dos cosas: 
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El gigante terminó destruyéndolo todo (siempre con excusas). Y entre todo el poblado lo terminaron expulsando. 
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Así el gigante empezó a andar despreocupado porque suponía que le sería igual de fácil que siempre conseguir lo que quería, en definitiva su tamaño, su actitud y su experiencia lo avalaba. Pero los poblados cercanos ya lo sabían y estaban preparados para rechazar la amenaza de su presencia. Nadie estaba dispuesto a alimentar a un gigante de esa calaña.  
Pasado un tiempo el gigante estaba sin alimentos, no sabía producirlo y estaba completamente solo.  Finalmente cayó desbastado por el cansancio y el hambre. No se había desmayado pero no podía moverse tampoco. 
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Con los ojos mirando hacia las arboledas, ve que algo se mueve. Parecía un animal, no lograba distinguir bien de qué se trataba. Cuando eso se acercó más pudo darse cuenta que era una imagen conocida. Se trataba del pequeño anciano sabio. 
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En ese momento el viejo le dijo -“¿Te habías olvidado de mí? Pues yo de ti no. Y lo que se promete se cumple”-
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El anciano, con una gracilidad llamativa para un hombre con el peso de tantos años en sus espaldas, trepó por las ropas del gigante, se aproximó a la gran oreja del mismo, y con voz calma, casi en un susurro, le dijo: 
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    “¿Querías saber tu nombre?... Pues llegó la hora de saberlo, ahora estás listo y a la altura para escucharlo. Tu nombre es: EGO, sólo puedes escuchar una vez que has caído.” –
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Sergio Alonso Ramírez
El hombre que crecía
psicosujeto.blogspot.com


Plástica:
Fernando Bottero: Niño de Vallesca (después de Velázquez)
Diego Velázquez: Francisco Lezcano, El Niño de Vallesca


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