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La Enfermedad pensada por un un teórico del Arte












José Luis Brea (1957-2010) fue profesor titular de Estética y Teoría del Arte Contemporáneo en la Universidad Carlos III de Madrid y en la Facultad de Bellas Artes de Cuenca, España. Fue director de las revistas Estudios Visuales y Acción Paralela, entre otras. Ha sido un lúcido pensador de los problemas sociales en relación al arte y ha incluido muchísima conceptualización Lacaniana en sus artículos sobre Estética y Teoría de la Imágen. 

Aquí cito un fragmento de uno de sus artículos, en este caso sobre la Enfermedad - y más precisamente la problemática HIV/SIDA - porque me parece peculiar e inusual que un teórico de arte llegue a conclusiones tan psicoanalíticas enmarcadas en el proceso del lenguaje como estructura previa al sujeto; incluso enunciaciones tan fuertes como que "la muerte" compete al orden simbólico -más que a lo biológico- para el ser que habla (recordemos Antígona frente a Creonte y el desdoblamiento de la muerte que Lacan introduce en el Seminario-7 en donde seguidamente concluimos que la muerte no es más que la castración que, a su vez, permite la metonimia del deseo).

Más allá de quizás pecar de cierta generalización o simbolización -porque, como ya sabemos,  siempre es el caso por caso: es decir, lo que cada analizante signifique de su síntoma- me parece un discurso de una pluma aguda y armónica. Prometo postear más adelante algunos parráfos suyos sobre Estética y su articulación con Lacan y el objeto-escópico.




Aceptemos como hipótesis que toda enfermedad pertenece a una época, que está sometida a la determinación epocal de los lenguajes que atraviesan el cuerpo, que le configuran como depositario de una vida psíquica. Aceptemos que una enfermedad es así un acontecimiento de orden técnico y que, por tanto, expresa un momento, e incluso un «progreso», civilizatorio -no menos ella que los ceremoniales que alguien pueda emplear para curarla-, el estado de desarrollo de una tecnología de relación de lo humano con la vida. Digamos: que la enfermedad es, en toda su envergadura, un hecho social, que antes y más debería ser objeto de las ciencias humanas, sociales o del espíritu -que de la biología o la medicina, o cualesquiera ciencias «naturales». La enfermedad, es preciso decirlo, no pertenece al ámbito de éstas -como tampoco lo hace la muerte. 

(...)

Es así que la enfermedad pertenece por entero al orden de lo simbólico -allí donde la circulación de éste se rompe, allí aparece el síntoma- y que lo que la enfermedad manifiesta es siempre algo acerca de éste: del universo y el orden de lo simbólico. Para allí, reconocer lo fallido de la instrumentación colectivizada, agenciada por la Ley en que se conjuga el Otro genérico, donde pretende anudar e inscribir en el orden de lo real y el cuerpo orgánico la presión y la pasión de perennidad que se proyecta desde el imaginario.




Así, la enfermedad es siempre un mentís a la cultura que organiza un cuerpo, que inscribe en él la imaginaria potencia de una estabilidad virtual: la enfermedad no es otra cosa que esa propensión a lo inorgánico y el desordenamiento que reintroduce en el orden de la consciencia, del espíritu, de la cultura, la ley misma que rige en el orden de la naturaleza, la de la caducidad de todo. No otra cosa que la demostración palpable y brutal de que la suposición de que la vida psíquica estaría regida por el principio del placer, o si se quiere por el de la conservación de la entidad, es, en realidad, sólo éso: una suposición.

(...)

Es preciso acabar de comprender así que el cáncer o el sida no son menos hechos-de-carácter-social, menos efectos civilizatorios, que, por ejemplo, los accidentes automovilísticos, la videoconsolomanía o la pasión por visitar museos la mañana de los domingos. Males que refieren y sintomatizan una visión del mundo enfermiza, consumada en su pecaminosidad; expresiones, de la ineficiencia con que una organización simbólica de las formas de habitar la existencia provee a sus desgraciados hijos.

(...)

Inmunodeficiencia. Carencia de argumentos para resistir el impulso disgregador, disolutorio, entrópico -que la Naturaleza, implacable, enarbola contra la ilusión de la cultura. Incapacidad del sujeto para regenerar sus fuerzas de cohesión interna, para producir mecanismos de autodefensa -allí donde los protocolos de su organicidad, su imaginario cuerpo sin órganos, carecen ya de fundamentación, de soporte. Incapacidad del sujeto para autoproducirse, abandonado de la provisión simbólica que toda una textura cultural ha dejado de aportar. Incapacidad del sujeto para «conservarse» en sí, para complicar y consolidar el tramado de su asentamiento en un cuerpo, contagiado del escepticismo que desfonda su estructura -desde su articulación genérica, general. 

Es por ello que una discusión acerca de la naturaleza exógena o endógena de la enfermedad carecería de sentido. Sin duda la adquisición de la inmunodeficiencia tiene lugar por obra y presencia de un factor adquirido, ajeno al propio cuerpo del sujeto afectado. Pero el desarrollo de la «enfermedad», del síndrome, es en su totalidad interno: se refiere a la propia incapacidad del cuerpo, del sujeto, para protegerse, para «querer» autoconservarse.

José Luis Brea
El cuerpo inorgánico
Acción Paralela, nro.1
España.

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