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El Edipo en el hombre y en la mujer. Amor, deseo y goce.













Desde que el viviente se encuentra con el lenguaje, debe responder a la castración materna, a su demanda de falo, que tiende a reducirlo a “ser” el falo de la madre. Es decir, a “ser” lo que el Otro le pide que sea. El padre priva, hace entrar el equívoco en la demanda (separando lo que se desea de lo que se dice desear) y causado por una mujer, toma a su cargo la demanda (y la satisfacción) de la madre (no por detentar un dominio sobre el goce, sino a pesar de no tenerlo)... es decir asume arreglárselas como puede, con una mujer.

Dada tal triplicidad, el niño demanda al padre el recurso que le permite no quedar reducido a objeto de un Otro cuya omnipotencia se puede vivenciar como sin límites. Pero la importancia y vigencia de tal demanda, sin embargo, no es igual para los dos sexos. Ello porque para el varón se trata de renunciar a “ser” el falo y encontrar un modo de “tenerlo”, culminando su Edipo como portador fálico, luego de atravesar la rivalidad fálica con el padre y en las actividades sociales, laborales o deportivas (transformadas en “torneos” que dirimen “quien es el que la tiene más grande”). Un modo clásico de “heredar” el falo es hacerse un nombre propio a partir del nombre dado por el padre. Un poeta dice bellamente la rivalidad fálica y la chance de trascenderla: “... he llevado tu nombre // un poco más allá del odio y de la envidia.” (10).

La culminación del Edipo es diferente para las mujeres: vedado el “tener” el falo, ellas vuelven al “ser” de la primer etapa. Si es diferente a un “volver atrás”, si logran “serlo”... pero no del todo (sólo en parte), si no quedan estragadas por la demanda materna, es por el amor del padre: “puerto de salvación” (11) que sostiene y a la vez limita la identificación al falo. El temor a la pérdida de tal amor ocupa el lugar de la angustia de castración para los varones (12).

Así, en la sexualidad femenina ocupa un lugar central la demanda de amor al padre, que de no mediar un análisis, tiende a permanecer siempre vigente. Clínicamente se objetiva por una necesidad de reaseguro, por una predisposición a preguntarse si un hombre las ama, o a quejarse por lo que se les debe, o a la espera de “algo” que un hombre les debe dar, y que no es sólo amor: por su costado fálico, buscan un “padre potente” (13), un amo que aparenta tener un “falo absoluto” y un saber sobre el goce. 

Sin embargo, puede ser aún peor cuando la niña no demanda al padre, como en el “complejo de masculinidad”, donde se transforma en lo que para ella es un varón: el que porta un falo que tiende a creer absoluto. Fuera de ello, es bastante generalizada la intensa necesidad femenina de recibir un signo de amor del hombre. Que les hablen, las miren, les cuenten y las tengan en cuenta, que pongan en juego su falta (sólo así se sienten amadas). En definitiva, que por ellas renuncien al goce (masturbatorio) de los “torneos fálicos” (salida “normal”, aunque no resolución final) del Edipo masculino. 

Así, lo que ellas (por el desarrollo de su Edipo) necesitan, es que ellos renuncien a lo que ellos necesitan (por el desarrollo de su propio Edipo). Paradoja de la diferente estructura de la demanda en los sexos, con tendencia general de los hombres a la torpeza (por no poder leer el pedido femenino), de las mujeres a la exigencia (por no poder tolerar la torpeza) y de ambos al intento de imponer al otro las propias limitaciones.

Osvaldo M. Couso 
Extracto de: El amor, el deseo y el goce.  
Coloquio De Verano “El Amor Y Sus Variantes Clínicas” 
Escuela Freudiana De Buenos Aires, Enero / 2006.
ARTE: 
Max Ernst
Edipo / Collage / 1933 
REFERENCIAS: 

10. Salvatore Quasimodo: “Al Padre”, en Obra Completa, Ed. Sur, Bs. As., 1959, pág. 369. 
11. Sigmund Freud: “La Feminidad”. En Obras completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1974, Tomo VIII, pág. 3174. 
12. Sigmund Freud: La disolución del complejo de Edipo. En Obras completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1974, Tomo VII, pág. 2751. Allí Freud dice que en las niñas no hay verdadero temor a la castración, porque tal castración es un hecho ya consumado. Por el contrario, el temor se desplaza a las amenazas reales provenientes del exterior. Una analizante me proporcionó, cierta vez, una expresión que resume con exactitud tanto su necesidad de reaseguro como sus temores a las pérdidas reales: “... si él no me mira, no existo...” 
13. Ibid. de 1, pág. 44

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