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Pulsión, Instinto, Animales d'homme'stiques.












En uno de los grupos de trabajo de Lacan que coordino, un colega leyó unos párrafos de Liliana Donzis en función del tema que estamos trabajando: pulsión. Dichos párrafos, que seguidamente cito, me recordó algo que hace unos años escribí cuando visité la Reserva de Merlo, en San Luis, y que también acá reedito.

Estos temas de la pulsión y de la diferencia entre el instinto y el animal, son recurrentes y ciertos colegas aún no captaron en toda su dimensión: se han jugado más Freud y Lacan que algunos analistas que hoy se jactan de interpretarlos pero que todavía no enuncian a cielo abierto una verdad de Perogrullo: el animal no enferma. La enfermedad es Cultural. Ahora, claro, ¿de qué animal hablamos?  Del animal que Lacan, en su Seminario 1, aclaró de entrada: el logrado. El animal logrado es el que zafa de pertenecer al universo del lenguaje. Es el que prácticamente ya no lo podemos encontrar en casi ningún rincón del planeta, excepto en los rincones de la oscuridad (como las cucarachas o las arañas) o en la oscuridad de los océanos, donde la mano del hombre aún no llegó. Por eso mismo Lacan introdujo su neologismo conocido: d'homme'stiques jugando con el significante “hombre”.  Es decir que lo que enferma es el lenguaje.  Aún hay animales que, viéndolos en las alturas o en sus caminatas sigilosas por un parque o en pantanos inaccesibles (como el águila, la hormiga o el cocodrilo), sobreviven a toda enfermedad, a pesar de los virus, bacterias, hongos y microbios anexos que pululan en el planeta.  Simplemente porque no están domesticados. Pero algunos enferman igual por la sencilla razón que el instinto no (les) alcanza para su inmunidad natural: ¿por qué? Porque la contaminación humana ha roto el ecosistema natural que los protege. Esa contaminación, lenguaje mediante, se llama Cultura. 


La pulsión –lo más cultural del sujeto puesto que hace justamente que hasta el mismo sujeto ingiera sus propios excrementos o pierda fortunas en un casino- es lo que ha hecho que Freud la denomine Trieb y no Instinkt. Porque no hay pulsión sin lenguaje. Por eso los animales-logrados (a diferencia de nuestros perros y gatos que gruñan por celos o demandan salir a pasear) no necesitan la Ley (de la Castración), es decir: el “palito” en la boca del cocodrilo para que dicha boca no se cierre y se los trague; porque justamente el instinto responde a un objeto y nunca lleva a la muerte. Por definición es de vida: de pura supervivencia animal. Como se ve, la castración, vehiculizada por la Metáfora Paterna, protege al infans (“el chorlito” del que hablará Liliana Donzis) del goce mortífero. De allí que todo síntoma es producto de la no-castración producida, de la falla en dicha vehiculización. 


Se desprende de todo esto una –entre tantas- conclusiones: la ciencia intenta cubrir esa falla constituyente. La herida narcisistica que produjo Freud a la humanidad es así enunciable: lejos de ser perfecto, el sujeto falla por marca-de-fábrica. Y el animal -lejos de creerlo "animal inferior"-, es -justamente- la perfección pura. Por eso el sujeto nunca dejará de producir síntomas, de enfermarse, mientras esté sumergido en el lenguaje. Por eso el psicoanálisis tiene aún mucho por producir; sin esconder o tapar, sino reformulando cada vez la pregunta: “¿Eres capaz de sostener lo que deseas?”- Es decir: “¿Eres capaz de aceptar la castración que hace que el goce (mortífero) condescienda a deseo (decidido)?”-


Cito entonces los párrafos prometidos.



La entrada en el campo del lenguaje no es privativa de los humanos, los animales domésticos también ingresan al campo del lenguaje de su amo, por eso cumplen sus órdenes. “En los animales, quienes no tienen de ser sino el ser nombrados aun cuando se impongan de lo real, hay instinto, es decir, el saber que implica su supervivencia. (…) Quedan los animales carentes de hombre (que no son humanos), por ello llamados domésticos y que por esta razón recorren los sismos, por lo demás bastantes breves, del inconsciente” (Jacques Lacan. Radiofonía & Televisión; Anagrama, 1993, p.86-87)

Domesticados (“domésticos”, d´homme, del hombre), los animales responden al nombre y a la lengua de su amo, pero no más. Ese es todo el alcance que produce su entrada en el lenguaje, en el tajo abierto por el lenguaje.

La primera entrada en el baño del lenguaje es imprescindible para la operación que se constituye en el estadio del espejo y que diferencia de modo absoluto al niño del cachorro, esa que conjuga la identificación al trazo, como trazo distintivo con la imagen del cuerpo.

Pero este inicio per se no comporta aún la combinatoria de las palabras ni tampoco instituye la metáfora.  La risa que sanciona que el gato hace guau y el perro miau, tal como expresa Roman Jakobson es el indicador de mayor relevancia del símbolo y la sustitución. Pero el gato no ríe si el perro hace miau, salvo en los dibujos animados, donde gatos y perros no sólo son domésticos sino también subrogados humanos.

Ahora bien, es de esperar que la operatoria fundante del sujeto le permita al niño avanzar más allá de los pliegues de lo doméstico.

(…)

Se dice que el primer cocodrilo que existió, el Sarcosuchus imperator, vivió hace unos cientos diez millones de años.

Más allá de su longevidad, el hábito de realizar la voltereta de la muerte cuando hinca sus dientes sobre la presa tiene la siguiente explicación: gira varias veces con ella dentro de sus fauces para desgarrarla –es que cuando muerde, el cocodrilo no corta como el tiburón, sino que debe desgarrar la carne para su ingestión. Las víctimas que pudieron salvarse, aunque con graves mordeduras, corren más riesgo de muerto por infección que por la mordedura en sí.  La boca del cocodrilo es una fiesta de bacterias y parásitos. Pero él cuenta con el chorlito, un ave que le ayuda a quitar los restos de comida que le quedan entre los dientes.

Eliano, citado por Plutarco, comenta que el cocodrilo tiene dos modos de quitarse las sanguijuelas: exponiéndose al sol para que mueran o sirviéndose del chorlito, que si es prudente no cae en las fauces del reptil y come sus gusanos y sanguijuelas.

Esta breve introducción respecto del vínculo entre el uno y el otro nos ilustra sobre un dúo complementario: el cocodrilo necesita del chorlito y el chorlito, del cocodrilo.

La idea, a la vez, me evoca la metáfora de Lacan sobre la boca del cocodrilo. Él dice: “El papel de la madre es el deseo de la madre. (…) Siempre produce estragos.”  Conjeturo, no es más que una hipótesis, que Lacan pudo haber conocido la historia que recién conté, que el niño-chorlito se ajusta y adapta al diente del cocodrilo-madre, y entre ellos dos se forja el borde oral, abriéndose paso desde el goce.

El cocodrilo tiene en su boca al chorlito y puede engullirlo, muerte segura para el pajarito. Sin embargo, ese goce mortal se mitiga por la función vital que el pequeño cumple. El goce materno, agrega Lacan, se detiene por efecto del palo-falo que lo atraviesa. También puede suceder  que el chorlito ni siquiera esté en la boca del cocodrilo, en cuyo caso no se registran ni el deseo de la madre ni la pulsión de muerte.

En el primer caso, el pequeño chorlito juega; en el segundo, entre madre e hijo se produce algo más primitivo y real, la pulsión no enlaza la cara muerte sino que insta a la vida en una eternización de la misma. Aunque imposible, este último caso sirve para mostrar un cuerpo viviente que está tomado sin metáfora ninguna, la libra de carne vive o muere sin que llegue a tener valor de intercambio.

En cambio, el Nombre del Padre separa, desgaja una frontera entre uno y otro, apuesta a propiciar alguna discontinuidad en el tejido existencial tomando el relevo del palo que atraviesa las fauces del cocodrilo.

La escena dual que ilustra la escena del chorlito y el cocodrilo muestra la impronta oral. El niño-chorlito debe ocupar una posición amorosa y pulsional para con la madre-cocodrilo, y esta tiene que permitir, cosa que no ocurre sin dificultades, la presencia de un tercero.  La oralidad encuentra su tope en el recorrido mismo de la pulsión, no se trata de engullir el objeto sino de recorrerlo.

Liliana Donzis
Niños y púberes. La dirección de la cura.
Lugar Editorial, Bs. As., 2013
Fragmentos Capítulos 2. Páginas 45 y 52.




Justo en mitad de travesía entre los mil y dos mil metros sobre la falda de las Sierras de Comechingones, se llega a la Reserva Natural Floro-faunística del Rincón del Este, en la Villa de Merlo, provincia de San Luis.
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Hace ya 25 años que Isolina Saldaña escucha el aleteo de los follajes, el gorjeo grave de los zorros y el chasquido de las sierras arañando contra el viento y abrigando el perímetro que recorre la Reserva. Ella, que ahora ronda sus sesenta, expresa con orgullo que no usa celular ni Internet puesto que no los necesita para ser la Guardafaunas –hay sólo dos de treinta y siete que había hace años- que comenzó haciendo tareas comunitarias en la villa y sigue aún rescatando y recuperando animales heridos. Pero ella sí necesita de un significante que la acerque aún más a la naturaleza; por eso no le gusta identificarse como Guardaparques: su amor por los animales excede el epíteto de un puesto oficial.
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Geranoaetus es un vocablo compuesto del griego antiguo que une al águila con la grulla (geranos, grulla / aetos, águila). Lo de "grulla" refiere a lo grisáceo de sus alas y a su fuerte craquear. Melanoleucus viene también del griego y mezcla lo negro con lo blanco (melanos, negro / leukos, blanco) que son los colores contrastantes cuando se observa desde abajo al Águila Mora o Geranoaetus melanoleucus. En la Reserva decidieron que los animales deben conservarse en libertad; por tanto el Águila Mora –como los zorros o los tordos- hace acto de presencia desde la cima ante los doscientos visitantes diarios que reunidos en circulo cada mañana -entre las 11.15 y las 11.45 horas- la esperan apadrinada por Isolina que le coloca un puñadito de carne sobre un soporte de madera frente a todo su público.
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Si hacen silencio, el águila bajará… Hace tres días que no viene porque los otros visitantes se pelearon por el lugar… no pudieron callarse… El águila mora no ataca; pero si escucha o ve peligro, no baja. Sólo ataca si su cría está en peligro.”- sentencia Isolina mientras coloca el alimento.
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El águila –que ya desde el año 100 antes de nuestra Era formaba parte del símbolo romano- tiene una segunda fóvea y una super-retina con receptores celulares que le permite visualizar a su presa desde los mil quinientos metros de altura. Pero ya sea el águila o sea la hormiga o sea el murciélago; el punto es que el instinto (animal y de vida, no hay otro) nos introduce ante un concepto que conocemos como Saber. Un Saber quiere decir que el animal no va a errar su blanco y que –lejos de titubear cual obsesivo o engañar cual histérica- el flechazo caerá directo sobre su objeto. Casi lo que podríamos también definir como lo más cercano a la perfección. Un animal logrado es un ser perfecto; mecánico, rígido, preciso; no es parte de la naturaleza: es la naturaleza misma.
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El sujeto, anclado en su pulsión (de muerte, no hay otra) nada puede saber sobre el recorrido de su supervivencia: lo que le conviene no es lo que desea ni con lo que goza. Por tanto, ¿cómo podríamos seguir hablando de instinto cuando se trata de un sujeto que contra su vicisitud frente al objeto (y al Otro) no puede más que reaccionar con pequeños artilugios como el síntoma o el olvido?
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El ejemplo que nos regala Isolina demuestra, una vez más, que el animal –lejos de los caprichos del lenguaje, fundador de todo goce- tiene sabiduría sobre su entorno aún con los mínimos recursos a su alcance: a los pocos segundos que Isolina coloca la carnada, el Águila Mora –silencio y asombro colectivo mediante- desciende a una velocidad que puede alcanzar los ciento veinte kilómetros por hora, hace un pequeño giro antes de llegar al objetivo y luego toma su alimento para ascender desplegando su esplendor, casi furtiva y sin duda virtuosa y satisfecha.
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La Real Academia Española coloca como sinónimo de animal, los términos de bestia, ignorante, irracional o zopenco. Como siempre, se trata de considerar las cosas desde el narcisismo humano –pleonasmo mediante- que enceguece aún más nuestra humilde y defectuosa capacidad de –Lacan dixit- débiles mentales


Marcelo Augusto Pérez
El Instinto: perfección de la especie.
Enero / 2011
ARTE:
Jacek Yerka
Polonia

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