Ir al contenido principal

PULSIÓN de MUERTE















Pulsión de Muerte: ese pleonasmo.
¿Por qué hablar de Pulsión de muerte como única Pulsión?

“Homo homini lupus.”
Plauto


 “El nombre del arco (biós) es vida; pero su obra (bíos) es muerte.”
Heráclito / Fragmentos / B-48

 “Cosas terribles, muchas hay, pero ninguna más terrible que el hombre.”
Sófocles / Antígona

 “Yo no puedo tenerte ni dejarte;
ni sé porqué al dejarte o al tenerte
encuentro un no sé que para quererte
y muchos sí sé qué para olvidarte.
Pues no quieres dejarme ni enmendarte,
yo templaré mi corazón de suerte que
la mitad se incline a aborrecerte
aunque la otra mitad se incline a amarte...”
Sor Juana Inés de la Cruz / sonetos  / 1665

“¿Y de qué te sirve que te hable, si de todos modos no me ves?-
Hay más luz cuando alguien habla- respondió el niño."
Sigmund Freud / Introducción al psicoanálisis

“La Pulsión no tiene para nosotros otro alcance
que examinar  lo que es la satisfacción.”
Jacques Lacan / Seminario XI; clase del 6 / 05 / 64


El retorno

Cuando Sigmund Freud introduce la Trieb (emancipándola inmediatamente del Instinkt) funda una nueva episteme. Porque corta, ipso facto, lo Natural de lo Cultural y coloca a la Pulsión como efecto de la lalengua sobre el organismo; transformando –justamente- el organismo en cuerpo. Y decimos efecto: es decir que estamos enunciando que la Pulsión (y obviamente el Sujeto) son productos del Lenguaje, que el Lenguaje está primero.  Estamos diciendo también –y volveremos sobre esto- que la Pulsión no es –ni lejanamente- algo orgánico, sino una de las piezas, de los fundamentos (conjuntamente con el deseo y la Demanda) que hacen a la construcción de un sujeto.  Divorciarla del Instinto implica comprender que para que exista Pulsión deberá existir pérdida: la Primera Identificación implica leer a la Represión Primaria (Urverdrängung) como pura sustracción (que cadaveriza el soma), y lo que se sustrae es justamente el estímulo-biológico que, suprimiéndose, se troca a Demanda. Sin este enroque, sin esta resta, no existe Estructura alguna; no existe Lenguaje agujerado; por lo tanto ya el psicótico como el neurótico (no así el autista-vero) son sujetos que padecen la Pulsión. Y, a la vez, estamos ya diciendo que solamente con el estímulo-biológico no alcanza para construir un Cuerpo.
.
Esta nueva episteme, que con Jacques Lacan introduce una clínica diferencial, aborda el modelo de Transferencia y de Inconsciente no tan sólo como isomórficos sino como verdaderos pivotes del Deseo-de-Analista; puesto que es gracias a la Pulsión (en todas sus manifestaciones) que un analizante otorga –y paga bastante por ello- al analista,  su misma mierda: “Yo me entrego a ti, dice también el paciente, pero esa donación de mi persona -como dice el otro- ¡misterio! se trueque inexplicablemente en regalo de mi mierda –término igualmente esencial de nuestra experiencia.” ([i])

Por otro lado, la incorporación de la Trieb como pilar del dispositivo analítico, implica también el re-ordenamiento de la Estructura, y de la Ley concomitante; ya que la posición de un sujeto neurótico (cuya pretensión Ideal es anudar la Pulsión con el amor) difiere de la del perverso: que pretendería un goce ilimitado, parcial (fragmentado con el partenaire) y  consecuentemente burlando la Castración.  Sabemos, obviamente, que ambas pretensiones son sólo eso: el sujeto siempre –y por Estructura- está tomado por la Castración, ya que todo goce la incluye. No hay goce que no haya pasado previamente por la Castración ni Castración que no sea como ganancia de otro goce. Digámoslo de entrada por si algún demorado analista todavía no lo percata: no hay Sujeto sin Castración, ya que no hay Estructura sin Falta. Y lo decimos ante todo para frenar cierto discurso universitario que pretende considerar que el Psicótico no es un Sujeto. 

Tampoco es casual que en el Seminario XI sea donde Lacan hablará de su excomunión y presentará a la Pulsión como uno de los Cuatro Conceptos del basamento psicoanalítico.  Y mucho menos casual que dicho seminario sea consecuencia del otro interrumpido sobre los Nombres-del-Padre; ya que la posición del analista hace a la relación sinthomática del dispositivo: el analista inscribe, "amortiguando" la Pulsión, la relación del lazo a-nudando un goce a la Ley. 

Sabemos que el "retorno a Freud" propuesto por Lacan está contextualizado en la época (y con motivo de) que el maestro francés intentó apartarse de los postfreudianos. Podemos pensar que -con dicho retorno-  Lacan cierra al Freud cartesiano, al Freud que intenta divorciarse de la neurología pero aún no de la división entre psique y soma; y abre un Freud cuyo cuerpo se reconoce no sin la estructura del Lenguaje. Esto implica, creo, la entrada del concepto de significante de goce (y no tan sólo de significante de deseo) y la concepción inherente a la Pulsión. Pulsión que, con una superficie bifronte, no podemos dividirla sino confrontarla con el deseo. Superficie bifronte Moëbiana totalmente isomórfica a la misma moneda de dos caras que es el goce y a ese otro afecto que enaltece al YO: el amor; que –con su bipolaridad hacia el odio- constituye también la misma cinta: estola que bordea, así mismo, la superficie del fantasma.

Ese retorno es también haberle dado protagonismo a la clínica de lo real, es decir de la Pulsión de muerte. Puesto que es a partir de esta vuelta que la clínica del goce es posible. Entender el retorno como el postulado primordial de la Pulsión de muerte; entender que toda Pulsión es de muerte, es también comprender lo que Lacan criticó del resto de las terapias e incluso de la medicina cuando habló de la "falla epistemosomática". Es, colocar al goce, en el centro del fantasma, y del problema. No existe –ni en la psicología ni en la medicina-  ninguna terapéutica que coloque al goce en el núcleo de todo síntoma. Y es, fundamentalmente, captar en el discurso del analizante la barrera del YO por la cual su deseo se escurre y su goce puede llegar a petrificarse produciendo el malestar sintomático. Es, en definitiva, escuchar el narcisismo que compete a todo discurso y enlazar la Pulsión con un goce-ético.

Paréntesis: los analistas que todavía no pueden desprenderse del dualismo pulsional siguen cometiendo –a mi juicio- ciertos errores de lectura. Es un error hablar de la oposición entre Pulsión de vida y Pulsión de muerte; ya que no hay la primera (y eso es lo que vamos a circunscribir en este escrito). Es un error hablar de pulsiones sexuales versus Pulsión de muerte; ya que toda Pulsión (de muerte) es sexual en el sentido que produce goce. La Pulsión sexual es -como nos enseñó Lacan- el órgano de la Pulsión de muerte; es decir: la libido. Y la libido es el deseo. Es decir que es un órgano que estrictamente hablando, no existe. Y como no existe es que podemos decir que el deseo se desprende del goce -que sí toma existencia en el cuerpo-, oponiéndose a la Pulsión. (Recordemos a Lacan –justamente en el Seminario XI- cuando habla del Mito de la Laminilla en oposición al Mito de Aristófanes y presenta a la libido cómo el órgano (inexistente, ya que se pierde) de la Pulsión.) Es un error hablar de Thanatos para referirse a la Pulsión de muerte: Freud nombró a Eros pero no a Thanatos: Eros es una deidad mitológica, Thanatos es una metáfora poética y no está en la obra de Sigmund Freud. Es un error pensar que la Pulsión es lo que nos acerca al animal; exactamente es alrevés: es lo que más nos aleja.  Es un error pensar que la Pulsión es una energía; y es un error adyacente pensar que el “estímulo” al que hace referencia Freud tiene que ver con dicho dinamismo energético. Ya veremos qué quiere decir “estímulo” y cuál es esa “fuerza interna” de la que el sujeto no puede escapar. Es un error pensar que la Pulsión es interna per se: la Pulsión la dona el Otro; llega desde afuera. (Si es que podemos hacer esa diferenciación entre el adentro y el afuera, que no hay tal.) Y, como dijimos al comienzo, es un error pensar que la Pulsión es del organismo. La Pulsión comienza su travesía a partir de la falta y por lo tanto es meramente del cuerpo, del cuerpo de la Cultura, del cuerpo del sujeto: no hay cuerpo -no hay sujeto- sin falta. La Pulsión es acéfala, por lo tanto estaría mejor decir que es del cuerpo y no del sujeto.

Pero vayamos por parte. En este recorrido, voy a permitirme tomar a tres autores analistas los cuales respeto mucho y justamente por eso los tomo, pero destacando algunas salvedades con las cuales vamos a disentir. De estos colegas traeré primero a Néstor Braustein quien –si bien (como muchos otros analistas) habla de la Pulsión de muerte como única Pulsión, vamos a reformular en una de sus apreciaciones; también tomaremos a Isidoro Vegh, que si bien habla del dualismo pulsional leeremos inmediatamente que hay un callejón sin salida que es necesario atravesar y que –en definitiva y a mi juicio- no deja de nombrar a la Pulsión como única.  Y finalmente tomaremos a Norberto Rabinovich con quien coincido plenamente en la conceptualización general sobre Pulsión excepto en un punto sobre el que enseguida volveremos.


Antecedentes

¿Qué implica considerar a la Pulsión -ese concepto Fundante (Grundbegriff) para Lacan- como única y de muerte? Ante todo –creo- entender que la "enfermedad" es del lenguaje. Que el sujeto enferma porque habla.  La "enfermedad" es cultural porque la Pulsión es cultural, porque no hay nada "natural" en el ser que habla. Y la "enfermedad" -justamente- es el máximo representante de la finalidad de toda pulsión: el goce; Freud dirá: "La enfermedad es goce masoquístico". Por eso "las histéricas de antes" hacían cegueras o parálisis y hoy van a la mastectomía o una histerectomía. No descubrimos hoy que la escucha clínica devuelve casos de histerias notables donde el quirófano se solicita -sobre todo- para las zonas genitales. Lo que se pone en juego para el ser que habla, es una concepción del cuerpo gozante, del cuerpo que -a partir del significante, causa del goce- abre la dimensión del más allá del principio del placer. Entender que si hablamos de “Pulsión de vida” estaríamos avalando la traducción de Instink y no de Trieb. Porque las pulsiones son –justamente- el opuesto a los instintos. Y el instinto, por definición, es de vida. (Por eso el animal logrado no enferma: nadie –excepto un veterinario que se ocupa de animales domesticados, atravesados por el lenguaje humano, como la vaca o el conejo- ha visto un animal enfermo. El animal-logrado nace, se reproduce y muere. No hay animal (y el ejemplo lo observamos inmediatamente en los de sangre-fría, en una hormiga o una cucaracha) que padezca de enfermedad alguna. Porque, como dijimos, el significante es la causa del goce y en la Cultura no existen más que ellos: los animales no tienen ni frío ni calor (¿se ha visto acaso una rana con poncho o un cacholote con sobretodo?) ni saben del día ni de la noche; que -como bien nos dice Lacan en el seminario III- son meros significantes. Y finalmente, comprender que el psicoanálisis es la clínica; y que tanto Freud como Lacan han llevado –desde esa clínica- los conceptos a sus letras. Y que se han encontrado que, lejos del principio del placer y de la autoconservación, encontramos a un sujeto que encuentra goce en su malestar.  

Quisiera aclarar un punto por demás obvio: que digamos que la enfermedad es cultural no borra el hecho que existan enfermos y recurramos a la medicina para tapar la sintomatología o incluso recuperar un estado de salud anterior. Pero también es obvio que el concepto de enfermedad médica (y por tanto de curación) no es más que el acople del discurso, es decir, de la cultura. De hecho no hace más de dos décadas que ciertos cánceres no existían; como hace diez siglos atrás tampoco existía la tuberculosis.  El concepto de enfermedad hay que circunscribirlo no sólo a la cultura sino a la época: es decir, al discurso médico. El cuerpo no es el mismo hoy que hace diez siglos; pero siempre es un cuerpo erógeno. Parafraseando a Spinoza, todavía no podemos saber suficientemente de lo que un cuerpo es capaz. Cuando Freud, en su Correspondencia, habló de lo inconsciente como el missing link, “verdadero intermediario entre lo somático y lo psíquico”, nos estaba recordando –justamente- de que el sujeto es un animal-de-lalengua; por lo tanto –más allá de la clasificación biológica- no es un animal. Porque lo inconsciente nace a partir de la lalengua: condición sine qua non de lo inconsciente. Y –a fuerza de ser reiterativos, lo volvemos a decir- para que exista la lalengua es necesario pérdida, castración; deseo, Demanda y Pulsión: todos pilares de los cuales el animal-logrado nada sabe ni podrá saber.

Sigmund Freud descubre –porque eso es lo que investigó a partir de la Histeria- que el cuerpo (el aparato psíquico es el cuerpo, por eso no vamos a hablar de psicosomática, porque sería volver al Freud cartesiano, al Freud que pretende la neurología actual, argumentando que "Freud tenía razon") es cuerpo de goce. No es el cuerpo ni de la medicina, ni de la física, ni de la filosofía, ni de la psicología. Y –como sabemos- el goce es la satisfacción de la Pulsión. ([ii] Acá no vamos a coincidir con nuestro colega Néstor Braustein. Si bien por un lado dice claramente: “La Pulsión de muerte es la Pulsión a secas.” ([iii]) -concepto que reitera en varias partes de su conocida obra sobre el Goce que data de 1960- más adelante dirá que …no podemos aceptar sin objeciones el sintagma “satisfacción de una Pulsión”. (…) Si el goce tiene que ver con la Pulsión es en la medida en que la Pulsión deja un saldo de insatisfacción que anima a la repetición y que es en esta medida que la Pulsión es historizadora, en tanto que insatisface.([iv]) Bien.  Si la Pulsión no se satisfaciese, primero) no habría dolor, no habría síntoma, no habría sublimación.  Segundo) justamente porque hay satisfacción de la Pulsión es que ese saldo de insatisfacción es posible, porque –también justamente- la Pulsión no se satisface con el objeto, pero se satisface en su “recorrido”.  Coloco “recorrido” entrecomillado para que no creamos, ni remotamente, que estamos hablando de una energía. El “recorrido” de la Pulsión lo constituye su Montaje a partir de la Demanda (del Otro). 

El "circuito pulsional" o trayecto llega del Otro y vuelve al sujeto: en dicha intersección entre el cuerpo y el significante es donde podemos afirmar con el Lacan del Seminario XX que “las pulsiones son el eco en el cuerpo de que hay un decir". En esta ida/vuelta -en estas reversiones pulsionales- navega la satisfacción propia de la Pulsión; surco que discurre alrededor del agujero mismo; falta que abre la presencia del Sujeto en la Cultura; por lo tanto ya imposible de emanciparse del significante. El Otro, el tesoro de los significantes, la Pulsa, la Dona, y –a la vez, lo decimos de entrada para después volver- el sujeto se fusionará en ella –se eclipsará- cuando no pueda sostener la Demanda misma. Y si el sujeto se eclipsa, se oculta; por lo tanto desaparece: la Pulsión es acéfala. Cuando la Pulsión aulla, el sujeto calla. A diferencia de la Pulsión –que sí se satisface siempre- es el deseo el que nunca se satisface, por eso es metonímico. 

Reiteramos entonces: la Pulsión no se satisface con un objeto –que sólo bordea contingentemente- pero se satisface en su trayecto hacia ese objeto. Por eso Lacan dirá “el sujeto siempre es feliz” ([v])  Por eso siempre logra su objetivo: o sale por la puerta o hace un hueco en la pared. La satisfacción de la Pulsión implica –ipso facto- que al sujeto le seduce más ir de caza que cazar (ya leemos acá la impronta histérica que se articula con el deseo). Y leerlo así implica también saber leer la clínica del goce desde un lugar de real que no cesa de no inscribirse. Que, como diría Roberto Harari, “no vuelve” / “no retorna” porque si vuelve es que alguna vez se fue.



Más allá del dualismo freudiano…

Bien: comencemos con Freud. Freud –ya lo sabemos muy sobradamente- hace derivar la Pulsión de muerte desde la Pulsión de vida y  distingue el estímulo del que se puede huir de aquel que requiere ligadura (Dürcharbeitung). Dirá que la Pulsión es esa “fuerza” que hace límite entre lo psíquico y lo somático cuya exigencia de perentoriedad -identificada a una presión constante (Drung) - deriva en que el sujeto no puede fugarse.  

Ahora: ¿Qué quiere decir “fuerza”? ¿Corresponde identificarla a una energética, a una física? Por supuesto que no. Como tampoco corresponde hablar de “trauma” más que como apremio del ingreso del FALO en la Estructura: es decir, del ingreso del “Espíritu Santo” (Lacan J.; Seminario IV; clase del 5/12/1956), es decir: del ingreso de la lalengua. Por lo tanto la “fuerza” es la fuerza de esa recta fálica, es la fuerza de la lalengua con la que el Otro agujerea al Soma y lo transforma en Cuerpo.  Por eso la Pulsión se escribe –en matema lacaniano- con el significante de la Demanda. Además: esa presión (exigencia) insoslayable de la Pulsión, es –estrictamente hablando- del cuerpo, ya que la Pulsión per se “se fuga” en la satisfacción misma y deja al sujeto acéfalo. De ahí el famoso apotegma freudiano que ya se enuncia desde el comienzo del texto sobre la Represión: "en el caso de la Pulsión de nada vale la huida, pues el yo no puede escapar de sí mismo" ([vi]).  Como se ve, la Pulsión se satisface siempre.

Entonces: aquí podríamos introducir los destinos pulsionales (Schicksal) ya que la no posibilidad de huida hace que se creen estos mismos puertos simbólicos como acontecimientos defensivos del real en cuestión.  Como sabemos la defensa neurótica privilegiada es el síntoma: metáfora de lo reprimido “que viene de lo real” (Lacan). Ahora: el concepto de destino no está ligado –para nosotros- a ninguna determinación fatalista, sino más bien a un factor de contingencia que se impone a modo de satisfacción substitutiva. De allí que preferimos traducir Schicksal tendiente a la Unbeständigkeiten y pensar el título freudiano como Las Pulsiones y sus vicisitudes. Ya que es algo más bien en el orden del acontecimiento y no de lo inmanente.

Sigamos por Lacan. En Posición de lo Inconsciente dice: “Toda Pulsión es virtualmente Pulsión de muerte.”- ¿qué quiere decir virtualmente? El aparato-psíquico es virtual. El cuerpo tiene una estructura virtual, se construye a partir de una imagen real y lo que se nos aparece es una imagen virtual. El “YO es un otro”- dirá Lacan citando a Arthur Rimbaud.  Pues bien: virtualmente quiere decir realmente, en la realidad. (La realidad no es lo real; es la amalgama entre lo real, lo simbólico y lo imaginario.) En la realidad, la Pulsión es de muerte. Acotemos un punto: ¿en qué realidad? En la realidad fantasmática, en la realidad del dispositivo analítico. 

De ahí que no podemos coincidir con Norberto Rabinovich quien a pesar de que supone una única Pulsión (la de muerte) cree oportuno nombrarla como Pulsión de castración y nos propone que la consideremos no como un enemigo clínico sino como un aliado. Analicemos rápidamente esta propuesta. La paradoja de que el significante sea la causa del goce y que, a la vez, hablando se acota un goce a cambio de otro, es correlativa a la relación entre la Pulsión –de muerte- que engendra la vida (mata al cacho de carne vía el atravesamiento fálico) y la misma Pulsión que –en su doble faz- puede llegar a matar al sujeto.  Si bien es tentador llamarla “Pulsión de castración” no podemos considerar que la Pulsión “castre” puesto que, todo lo contrario, la Pulsión quiere –desborda por- completar un goce absoluto, es decir: un goce Mítico, amparado en el encuentro con el Soberano Bien (Das Ding) del que Lacan se explayará bastante en su Seminario VII sobre la Ética. Clínicamente la Pulsión no castra; como clínicamente un error es un fallido y por lo tanto un cáncer o cualquier otra "enfermedad" es un fallido del sujeto (es decir, un acto-logrado), y no un error de la célula. O -lo mismo decir- no es lo mismo un sujeto sin análisis que alguien con análisis que -inventando lo inconsciente, hablando- puede darse-cuenta de su posición deseante.

También hay que decir que es erróneo suponer a una Pulsión de vida (que no hay) como consolidando, uniendo; y una Pulsión de muerte como separando, castrando.  Cuando decimos que la Pulsión “mata” el cacho de carne, decimos que agujerea el soma; pero no que “separe” el goce entre el Otro y el infans.  Al contrario: la llegada de la Pulsión ofrecida por el Otro es de muerte porque mata al cacho-de-carne de la necesidad y comienza a construir al cuerpo de la Demanda y del deseo, y  -además- no podría ser de castración ya que en esta primera Identificación de lo Real al Otro real, el niño debe ubicarse en las fauces del Otro, de modo fálico, aún aunque sea como Objeto que lo hace, haciéndose apetecible se ofrece: por lo tanto no deja de constituirse fálicamente.  Estamos a nivel de ser objeto(deyecto)-del-otro.  De allí que ser el FALO es una manera de creer que completo la falta y, por tanto, el deseo del Otro.  Cuando aparece la necesaria primera sonrisa del niño a su Madre-Otro, es justamente cuando éste localiza el apetito de ésta; y es también cuando se hace signo para alguien, cavando –como dice Lacan- el surco en lo real.

El corte de este goce concomitante no lo produce la Pulsión, lo produce primero) el deseo y segundo) el amor. Que si bien, y obviamente, son productos de la Pulsión, tienen otra morfología y dinámica.  Por eso en el Estadio del espejomodelo óptico lacaniano por excelencia para explicarnos esto- he llamado “espejo de goce” al espejo cóncavo, y “espejo de amor” al espejo plano.  Sabemos que “espejo” es sólo una metáfora. Sabemos que se trata del Otro en sus dos versiones: el Otro que goza al “bocado” infans, y el Otro que –vía la metáfora paterna- deberá poder liberarlo: “Es el amor que permite al goce condescender a deseo.” ([vii]) Por tanto no estoy de acuerdo en pensar a la Pulsión como castratoria. Si bien, como se sabe, la castración es muerte (muerte del goce, muerte narcisísta); lo que castra es el deseo (vía el amor). No leo prudente, en este caso, homologar castración a muerte; decir Pulsión de Castración es un oxímoron como es un pleonasmo decir Pulsión de Muerte.  La Pulsión es en sí mismo de Muerte porque apunta directo a un goce mortífero para el Sujeto; porque reniega de la Castración (a pesar de que la Pulsión no es la Perversión en sí) y del deseo (y sé que estoy subjetivizando la Pulsión; y sé que es un error decir que la Pulsión reniega -la renegación es sí de la Estructura, del discurso-; pero debemos leerlo así para poder entender este conflicto bifronte.)

La Pulsión recupera –en cada vuelta- esa falta, bordeándola. La Pulsión es acéfala, es sobre el Sujeto que cae la castración.  Enseguida veremos que, incluso, la Pulsión como montaje no es más que la estructura del lenguaje. Por tanto la castración –siempre positiva- es siempre del goce; mientras que –por definición- la Pulsión tiende a la satisfacción –por lo tanto al goce- como meta (Ziel) o –si se quiere, aunque dudo de decirlo- gozando alcanza su meta. (Dudo porque estamos sujetivizando a la Pulsión –incluso sustancializando: aunque su materia es goce-; puesto que quien goza es el Sujeto.) Si la Pulsión castrase sería incluso antagónica con el polimorfismo perverso. La castración, insisto, es sobre el goce (y siempre por otro goce). La Pulsión no podría ser de castración ya que justamente a lo que apunta es a gozar sin Ley. Si la Pulsión castrase no sería de muerte, sería de deseo. Lo cual esto es un anacronismo ya que el deseo no es estrictamente la Pulsión.

Habría que pensar a la Trieb freudiana como una Deriva que conduce al Goce; como nos propone también Lacan –en el Seminario VII- traducirla desde el inglés: Las Triebes han sido exploradas, descubiertas por Freud en el interior de toda una experiencia fundada sobre la confianza en el juego de los significantes, en su juego de sustitución, ese algo que hace que no podamos de ningún modo confundir el dominio de las Triebe con una suerte de reclasificación, por nueva que se la suponga, de las relaciones del ser humano con su medio natural. Las Triebes que deben ser traducidas como nos plazca algunas veces, tan cerca como posible del equívoco, deben ser concebidas como ese, punto que motiva esta deriva, como me gustaría traducirla.  El drive, que traduce en inglés la Trieb alemana; esta deriva en la cual se motiva todo el juego, toda la acción del principio del placer y que nos dirige hacia ese punto mítico que ha sido más o menos felizmente articulado en los términos de la relación de objeto, pero con respecto a la cual debemos rever, asir de más cerca, el sentido, para criticarlo, la función de las confusiones que se han introducido por el uso mismo de esos términos, las confusiones que pueden haberse introducido por las ambigüedades mucho más graves que todo equivoco significante, las ambigüedades significativas introducidas alrededor de la noción de objeto y de la relación de objeto en el análisis.” ([viii])

Es decir: es claro en toda la obra de Lacan que la Pulsión tiene como blanco la satisfacción (Zufriedenheit); es decir: el goce (Befriedigung): La Pulsión se contenta donde el sujeto goza. Por eso, como hemos dicho up supra, Lacan enunció que el sujeto siempre es feliz.
Tomemos un autor como Isidoro Vegh. Nos plantea un esquema pulsional basado en una Pulsión derivada a un goce en exceso (Pulsión de vida) o a un goce en disminución (Pulsión de muerte).  Para notificarnos de esto, nos aclara que si el goce tiende a cero, la Pulsión lleva a la muerte, y viceversa.  No podemos acordar acá nuevamente porque se produce una especie de sofisma como el que el mismo autor deja leer en su último texto: “Las pulsiones de vida cuando aceptan un límite sostienen la vida. Cuando no lo aceptan llevan a la muerte.” ([ix])  Si bien sale del dilema proponiendo que hay un goce en común y que depende de dicha “aceptación” el destino trágico o dramático del sujeto, seguimos en la dualidad freudiana. Y, además, ponemos en la “aceptación” de la Ley el “termómetro” de la Pulsión.  

Como ya dije up supra, creo que la “castración” se produce si y sólo si hay otro-goce en juego (y no estoy hablando del goce femenino): quiero decir, primero) que ningún sujeto “produce” una castración de su goce sino es por otro goce y segundo) se desprende de lo anterior que en toda castración hay siempre goce. (En esto coincidimos con Norberto Rabinovich quien despliega también esto en su texto donde nos da el excelente ejemplo cuando el sujeto “llora de alegría” (y que él bautiza como “lágrimas de lo real” ). ([x])  Considerar –además- que el exceso-de-goce es la Pulsión de vida implica considerar que el sujeto entraría al análisis a partir de la disminución de su goce (cosa con la que estoy de acuerdo) pero únicamente. Y, a decir verdad, el sujeto puede golpear a nuestras puertas también por un exceso de goce que le ocasione culpa o, como dirá Freud, sujetos que fracasan al triunfar.  O bien porque, en los márgenes de dicho camino (es decir: sin necesidad de desborde hacia arriba o hacia abajo) el sujeto percibe un malestar (inhibición, por ejemplo) que lo aplana. De todos modos el planteo de Isidoro Vegh deja claro que los dos caminos pulsionales son sólo uno. 



Retornando, otra vez más, más todavía…

Entonces: La Pulsión no tiene que ver con energía alguna. La Pulsión, como el arco de Heráclito, es bifronte. Cito: “La Pulsión propiamente dicha es algo muy complejo, tal como lo escucharon la vez pasada, para cualquiera que se aproxime a ella de manera aplicada, tratando de comprender qué articula acerca de ella Freud. Ella no es reductible a la complejidad de la tendencia entendida en su sentido más amplio, en el sentido de la energética.” ([xi]) La Pulsión es una posible respuesta, desamarrada del sujeto de deseo. ¿Y por qué el sujeto puede responder con la Pulsión (paradoja mediante, ya que la Pulsión enmudecería al sujeto)? Es decir, se impone una pregunta básica: ¿Qué hace que el sujeto, en vez de responder con Palabras, responda vía pulsional? (Cuando decimos “vía pulsional” es obvio que nos referimos a otro tipo de respuesta, ya que la Palabra también es Pulsión.)

Aquí tenemos que volver a lo que aproximamos al comienzo de este escrito. Justamente la respuesta nos aparta inmediatamente de considerar a la Pulsión como un dato biológico, del organismo. Y a descartar de lleno cualquier dato genético-evolutivo en el apuntalamiento pulsional y en las zonas erógenas: que no son más que los bordes de la Pulsión. (Es decir: no hay “autoengendramiento” biológico: la Pulsión la dona el Otro; ni erogenización natural: para que exista agujero y borde es necesario perder el objeto.)  Cuando Freud habla de apuntalamiento –seguimiento conocido como Apoyo- (Anlehnung) remite inmediatamente al Otro primordial a través de la Demanda.  La indefensión biológica del niño requiere de ese Otro. Y, como sabemos, allí comienza toda la confusión.  Confusión que mezcla la sexualidad con la palabra. 

La Pulsión es un recurso, una respuesta real del cuerpo ante la imposibilidad del sujeto de responder de otro modo a la Demanda. (Y aquí sí también coincidimos con Norberto Rabinovich cuando nos dice que la Pulsión es la respuesta que el sujeto actúa por la imposibilidad de responder a la Demanda del Otro.) El sujeto se desvanece en esa Demanda, queda acéfalo, y la Pulsión se dispara con acciones donde el sujeto se pierde. Las frases que se escuchan son típicas: "no se porque lo hago", "no se que me pasó", "es más fuerte que yo", "no puedo con mi impulso",  etc.  Es decir: sabemos que la Pulsión está en la Palabra, en el síntoma, en la creación de una obra, de un texto, en fin: en todas las acciones humanas; pero estrictamente hablando cuando decimos "gana la Pulsión" decimos "pierde el sujeto (de deseo)". Como siempre decimos: no es lo mismo colocar la Pulsión en un goce adecuado (la oral en un discurso, por ejemplo) que en un goce que termina en la parrilla (la oral, comiéndome una heladera a las dos de la mañana). Como se ve rápidamente, el real pulsional debe anudarse con lo simbólico y con lo imaginario. Y esto, como sabemos, ocurre una vez atravesado el Espejo Plano, es decir el Otro de la Ley.  Si encontramos sujetos "pulsativos" (como le gusta llamarlos a la psicología) es justamente porque pretenden zafar de esa Ley, apostando todo a un goce pleno. Esto obviamente no es consciente: son sujetos que tienen comprometida la Metáfora Paterna, por eso no es aventurado pensar que al analista se le paga para que inscriba algo en ese orden.

Esto es lo mismo que leer el matema lacaniano de la Pulsión como el desvanecimiento del sujeto ante la Demanda.  (La Pulsión es muda –y va directo hacia el goce- mientras no se la escucha.) Entonces: lo que hace que el sujeto sea acéfalo al punto de pulsionalizarse (si se me permite este término) –acéfalo de su deseo- es que la Demanda no puede ser escuchada, no encuentra continente. El sujeto se hace mierda. (Volvemos aquí a la función del analista de la que hablábamos al comienzo. Con esa mierda, el sujeto llega a un análisis.)

Ahora: el goce no es la Pulsión. Es, como dijimos, la satisfacción de la Pulsión. El goce es plural. Es, ante todo, lo que permite narcisizar al sujeto. El goce no es estrictamente el placer, pero es lo que el sujeto –vía pulsional o sintomática o sublimatoria- busca para el encuentro con su satisfacción.  Cuando el placer-del-goce (las cosquillas) genera displacer (la parrilla) ([xii]), es cuando la Pulsión –en su deriva insistente- logra ganarle al Sujeto.  En este punto y desde el plano clínico diferenciar goce y deseo no es relevante. Justamente llamaremos a la figura de la Histérica que venga acá a ordenar la cuestión, ya que es la gran inventora del psicoanálisis. ¿Y cuál es el goce de la histérica? Lo bien sabemos: tener un deseo insatisfecho (ya dijimos que por definición todo deseo lo es.)
El goce nace a partir del golpe de la lalengua sobre el sujeto; nace a partir de que el lenguaje se agujerea. De ahí que es “la entrada del Espíritu Santo” como Lacan ha denominado en el Seminario IV, al atravesamiento fálico: al falo como significante de goce. Y –al mismo tiempo- es la lalengua la causa del goce: “…el discurso se aproxima al goce sin cesar, porque en él se origina.” ([xiii])  “Si se puede hablar de goce es como vinculado con el origen mismo de la entrada en juego del significante.” ([xiv])

Cuando pensamos errónea la traducción del título del Seminario XX de Lacan en su edición de Paidós, supervisada por J. A. Miller, que figura sin tilde; es porque en psicoanálisis –a diferencia de una traducción en literatura donde cambia un modo poético pero no afecta el andamiaje conceptual- para nosotros tiene consecuencias en la clínica. Traducir ENCORE (con lo que Lacan juega con en-corps) sin tilde (Aun en vez de Aún) implica no percatarse que el goce pide más, más todavía.

Como sabemos, el término GOCE, Lacan lo hace derivar de “usufructo”: “Esclareceré con una palabra la relación del derecho y del goce. El usufructo -¿no es acaso una noción del derecho?- reúne en una palabra lo que ya evoqué en mi seminario sobre la ética, es decir, la diferencia que hay entre lo útil y el goce. ¿Para qué sirve lo útil? Es que nunca ha sido bien definido en razón del prodigioso respeto que, debido al lenguaje, tiene el ser que habla por el medio. El usufructo quiere decir que se puede gozar de sus medios, pero que no hay que despilfarrarlos. Cuando se tiene el usufructo de una herencia, se puede gozar de ella a condición de no usarla demasiado. Allí reside la esencia del derecho: repartir, distribuir, retribuir, lo que toca al goce.” ([xv])  (Recomiendo la lectura de la obra de Le Brun, J. (2004) El amor puro. De Platón a Lacan. Buenos Aires: El Cuenco de Plata. Donde –específicamente en su página 84- versa sobre esta cuestión.) Sabemos que en dicho “usufructo” se percibe la sombra del objeto. Sabemos también que dicho objeto Lacan lo ha bautizado pequeño-a. Y finalmente comprendemos que ese “usufructo” tiene que ver con la problemática de que ese (a) es mitad del sujeto y mitad del Otro, de ahí se lo conoce como objeto “amboceptor” cuyo paradigma es la placenta: ¿de quién es? ¿De la madre o del niño? De ambos y de ninguno: puesto que está perdida. Es más: puesto que es necesario que se pierda para seguir con vida.  Y aquí, otra vez, la superficie  bifronte de la falta.

Ahora bien: como también sabemos uno de los aportes del texto freudiano El Malestar en la Cultura , trata de la represión (sexual) que toda inmersión en la Cultura impone; es decir que por ser hablante, el sujeto –precisamente- goza, dándole aquí al concepto GOCE una aproximación superyoica bien conocida. Goce que, desde que el cacho-de-carne se corporiza (corpse / corpsificación) ingresa al cuerpo, aún más todavía: encore, en-corps. De aquí que todo goce implica a la Pulsión que –por ello- es virtualmente de muerte. ([xvi] De aquí también que la entrada del significante al cuerpo –como causa del goce- implica (a) la muerte, y estaba escrito en los griegos (en Plotino, pero también en Heidegger y en Hegel): soma (cuerpo) / sema (tumba).  Es decir: “Vamos viviendo la muerte y muriendo la vida”.

Y si el Malestar es de la Cultura; esto quiere decir que es constitucional en el bicho-parlanchín, es decir que ese sello-de-origen producirá ipso facto una búsqueda permanente de un imposible potencial; de ahí que Sigmund Freud había declarado: “¿Qué es lo que los seres humanos mismos dejan discernir, por su conducta, como fin y propósito de su vida? ¿Qué es lo que exigen de ella, lo que en ella quieren alcanzar? No es difícil acertar con la respuesta: quieren alcanzar la dicha, conseguir la felicidad y mantenerla.” ([xvii])

Unido a la problemática por el Malestar -y el Porvenir que lleva implícito- nos topamos (muro del lenguaje mediante: a-muro / a-mor) con el enigma de la felicidad. La Demanda-de-felicidad está siempre en el horizonte de nuestra praxis analítica; por ello Lacan ha enunciado sin rodeos: “He ahí, entonces, lo que conviene recordar en el momento en que el analista se encuentra, en suma, en posición de responder a quien le Demanda la felicidad. Demandarle la felicidad; él no puede olvidar que esto, ancestralmente, para el hombre, plantea la cuestión del soberano bien y que él, el analista, sabe que esta cuestión es una cuestión cerrada. No sólo lo que se le Demanda, el soberano bien, él seguramente no lo tiene, sino que sabe que no lo hay; porque ninguna otra cosa es haber llevado a su término un análisis sino haber asido, reencontrado, haber chocado rudamente con ese límite que es donde se plantea toda la problemática del deseo.” ([xviii])

Como he expresado en otro lado: “…a Freud no se le escapa esta problemática (que tanta alusión hace no sólo en El Malestar… sino también en El Porvenir de una Ilusión) y a finales del siglo XIX propone una definición categórica y puntual, en una Carta a Fliess (Cartas a Wilhelm Fliess; Manuscritos y Notas 1887-1902; Carta 82. 16-1-98.), cito: “...Toda clase de minucias pululan por aquí; los sueños y la histeria se ajustan cada vez más limpiamente. (…)Hay que tomar las cosas como vienen y estar contento de que vengan. Te incluyo en ésta mi definición de la «felicidad» (¿o ya te la conté hace tiempo?). La felicidad es el cumplimiento diferido de un deseo prehistórico. He aquí por qué la riqueza nos hace tan poco felices: el dinero nunca fue un deseo de la infancia.” Definición que podríamos anexar a esta otra (Id. Op.Cit.; CARTA 107, 28-5-1899): “Ese hombre halló la felicidad cuando descubrió el tesoro de Príamo, pues la felicidad sólo es posible merced al cumplimiento de un deseo infantil.” (Las negritas son mías). Tenemos pues que el sentimiento de felicidad parece albergar algo en el orden de lo originario; de lo histórico, del re-encuentro. Genialmente, el maestro alemán nos regala esa definición mucho tiempo antes que escribiese sus Tres Ensayos…, donde ya nos vaticina que todo encuentro con el objeto es propiamente un re-encuentro.” ([xix])


Recapitulando, una vez más: 

El montaje de la Pulsión es el circuito amboceptor por donde el Sujeto y el Otro  se ensamblan. La Pulsion siempre se satisface y siempre es la respuesta a la Demanda del Otro. La  cultura es producto de la Pulsión misma, Pulsión que es obviamente cultural. La pulsion se satisface (siempre) en la sublimación (arte, ciencia, praxis, oficio, trabajo, estudio, lectura, juego), en el síntoma (“satisfacción substitutiva de la Pulsión”) y toda forma de defensa del sujeto; en el trastorno hacia lo contrario (sadismo/masoquismo, amar/odiar) y en la vuelta hacia la propia persona; y obviamente en la angustia: señal de una castración inminente –por no decir concreta-, señal de que la Pulsión pide pista y vaya a saber adónde aterriza. Señal de que no hay significante posible que pare el deslizamiento de la Demanda. (Como sabemos, ningún mecanismo de defensa es logrado, la Pulsión siempre gana: si la defensa fuese total habría instinto. La neurosis (o la psicosis) es la muestra de que la enfermedad es cultural.) 

Ahora: cuando hablamos estrictamente de acto pulsional o se escucha decir “eso es pura pulsión” o “le ganó la pulsión”, en general nos estamos refiriendo al acting donde el sujeto se desborda por la imposibilidad de responder (con los significantes antes mencionados) a la Demanda: es decir, el fantasma - “lo que (creo que) soy para (que me ame) el Otro” - no le alcanza y reacciona en consecuencia. Cuando hablamos de acto pulsional hablamos de algo que no puede ser simbolizado (vamos a decirlo así: hablado), y por lo tanto es actuado. De ahí la perentoriedad que caracteriza a la Pulsión: no hay tiempo que perder, el goce no se puede aplazar: si no lo hablo, lo actúo. (¿Y la Ley, y la Castración? Mutis por el foro.) El matema lacaniano de la pulsión ($ D) inscribe la afánisis en que el Sujeto se percibe: engullido, sin salida, desapareciendo, frente a la Demanda que no puede sostener. Es decir: la Pulsión no termina de anudarse a lo simbólico y muestra su puñalada real -vía Tyché- fragmentando el imaginario con el cual el sujeto se sostiene. Como dijimos up supra: la Pulsión siempre pide pista; en algún lado aterriza sí o sí, porque la satisfacción es su meta, por eso su tiempo es activo y su gramática siempre se vincula con el tercer tiempo de la voz pasiva, el "hacerse": chupar (oral), cagar (anal), mirar (escópica), escuchar (invocante).

Recapitulamos también el hecho de que la Castración se opone a la Pulsión: porque el Goce al que apunta la Pulsión es siempre el Incesto (el retorno al Das Ding, al Soberano Bien) y -por tanto- la Ley, la Palabra, la Castración es lo que permite que la Pulsión amortigüe su vigor; fortaleza por demás destructiva: mientras que -al contrario- la Castración posibilita que el Sujeto emerga: no olvidar que la re-lectura de Freud que hace Lacan afirma que la neurosis (y con ella cualquier síntoma/enfermedad) es resultado de la No-Castración del Sujeto; es decir, alrevés de lo que se suponía hasta la llegada del maestro francés: la fobia -que analizó en su Seminario IV- no aparece por miedo a la Castración, sino porque el sujeto no alcanzó (la Estructura no logró) la Castración (la Ley) suficiente. De allí que no podemos hablar de Pulsión de Castración. Si quisieramos reformular el significante, deberíamos -en todo caso- hablar de Pulsión de Usufructo, ya que la Pulsión apunta al Goce: es decir, a usufructuar el objeto del Otro.  De ahí que el Sujeto es fálico y que la culpa (y la enfermedad que es culpa y Demanda) aparezca cuando ese usufructo no es posible alcanzarlo, traduzco: el sujeto se la cree; cree que puede -completar al Otro-; después advierte su impotencia; finalmente culpa y enfermedad. De ahí que es tan importante poder escuchar la Demanda (que siempre es inconsciente); puesto que si la Demanda no tiene hueco, no re-suena, no se transforma en amorosa música; el sujeto se hace mierda pulsionalmente.

La Pulsión va directo hacia el objeto (aunque lo bordea sin alcanzarlo ya que -como se sabe- el objeto está en falta), mientras que el amor apunta al Ser. Mientras que la Pulsión es posible, el amor es un imposible, una ilusion narcisistica. El deseo, por otro lado, solo se satisface en el fantasma. Y como la Pulsión se fuga por cualquier agujero que esté disponible (el objeto es meramente contingente); es siempre parcial y nos recuerda que todo-vale si se trata de satisfacerse; es decir: que lejos de ser un Instinto que necesita de un objeto-fijo (el alimento para el apetito), la Pulsión nos aleja de lo Natural y nos informa que a veces ningún alimento alcanza (la bulimia -o la anorexia- es la prueba tajante de que la Pulsión se satisface independientemente de la necesidad y así un sujeto puede morir -en vez de alimentarse- con (o sin) comida). 

La Pulsión es la prueba de que no alcanza con la leche, de que el bebé sigue succionando el pezón porque se pone en juego el goce y no la alimentación; es decir: de que no es lo mismo alimentarse que cenar a la luz de las velas tomados de la mano. La Pulsión es la prueba de que no es lo mismo manejar un coche que manejar “el coche de papá” o “el BMW súper sport”. La Pulsión es la prueba de que el bebé-neurótico prefiere ir de caza que cazar; que muchas veces es más gozoso estar un par de horas bajando y subiendo la caña sin nada en la red, que agarrar el pescado y tener que ir a cocinarlo. La Pulsión es la prueba que el significante es el destino y que justamente a falta de uno, a falta de un título, el sujeto produce su angustia. (Por eso angustia más el día que nos vemos con el título en la mano, que el día que damos la última materia: porque ahí –ya con el título- nos damos cuenta que “no hay título” que cubra lo que llega. De ahí que el ilusorio diploma de la Facultad, hace que nuestro ilusorio Yo se crea ilusoriamente unificado por un rato: y el sujeto lo enuncia con su Ser: “soy abogado”).

Habría que enmarcar el contexto de la Pulsión -recordando a Roberto Harari- en el espacio torbellinario que los vientos de la palabra implican: con sus agujeros, sus ráfagas, sus fallas, sus descargas, su no-todo. Así, lo polifónico, lo in-mundo, el clínamen de la letra; hacen que la Palabra (y la Pulsión) se juegen en la turbulencia del Realenguaje, construyendo a un analista "cazador de fruslerías": modo en que Harari bautizó a Freud. Con esas naderías, con esas bagatelas del analizante, el analista va a la caza de lo Inconsciente.

Por otro lado, el goce tiene –como la Pulsión- una estructura bifronte. Implica estar sujetado a la lalengua, implica la ruptura del principio de placer.  La Pulsión, y su goce adherente, causa la vida y causa la muerte.  El goce como placer es aquel “cuya falta haría vano el universo”. ([xx]) El goce como sufrimiento es “el que no sirve para nada.”  ([xxi]) En toda castración hay un goce subyacente.  El principal transmisor –y principal perverso- de todo goce es la figura “obscena” del Super-Yo. El Super-Yo también es bifronte: “Es la ley y su destrucción”. ([xxii])   El goce es mortífero si desborda la ley de la palabra, del deseo. Es decir: si gana –narcisícamente- imponiéndose a cualquier precio. O, mejor dicho, al precio del propio dolor.  Cuando Narciso se ve ante su espejo-lago, goza –Pulsión escópica mediante- viendo(se). Goza con su imagen. Ahora: cuando comienza a tener sed y no puede dejar de mirarse entonces no beberá: ahí comienza su tragedia. El goce no es ni bueno ni malo: todo depende que se pueda hacer con él.  Un análisis pretende, justamente, que el sujeto se-escuche en qué posición de goce se encuentra y si sigue valiendo la pena “perder para perder”; puesto que la castración tal como Lacan la define simple y genialmente en el seminario III es “perder para ganar”. No perder para perder. En definitiva: nuestro narcisismo es estructurante, pero –como todo EGO- también es pura vanidad y –como toda vanidad- vano es su acontecimiento. Sin embargo, en eso estamos… De allí que Lacan citará a Paul Valéry cuando el poeta escribe:

¡Sol, Sol!… ¡Mentira resplandeciente!
Tú, Sol que a la muerte la enmascaras
Bajo el azul y oro de una tienda
donde celebran consejo las flores
Por entre impenetrables placeres,
¡Tú, el más fiero de mis cómplices
Y de mis trampas, la más aguda,
Protege a los corazones para
Que nunca sepan que el Universo
Es un defecto, allí en la pureza
Del No-Ser!”  
([xxiii])

Para darnos a entender que la dimensión del no-Ser produce la dimensión del Ser.  Finalizo con una cita del maestro francés: “…la Pulsión de muerte, es lo Real en tanto que no puede ser pensado más que como imposible, es decir que cada vez que el muestra la punta de su nariz, es impensable, abordar a este imposible no podría constituir una esperanza, puesto que este impensable es la muerte, cuyo fundamento de Real es que ella no puede ser pensada. (…) Lo Real, aquel del que se trata en lo que se llama "mi pensamiento", lo Real es siempre un fragmento, un cogollo ciertamente, un cogollo alrededor del cual el pensamiento teje historias; pero el estigma de ese Real como tal, es no enlazarse con nada. Por lo menos, así es como concibo lo real”. ([xxiv])


Marcelo Augusto Pérez
Pulsión de Muerte: ese pleonasmo
Septiembre / 2013

ARTE:
José Luis Cuevas
México



[i] LACAN J.; Seminario XI Los Cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis; Paidós, Bs.As., clase del 24-06-64, p.276.
[ii] LACAN J.; Seminario VII La ética del psicoanálisis; Paidós, Bs.As., p.253: “El goce es la satisfacción de la Pulsión”.
[iii] BRAUNSTEIN N.; Goce, Ed. Siglo XXI, Bs. As., 2003, p.39
[iv] Ídem, Óp. Cit., p.50
[v] LACAN J.; La Tercera, La Troisième, 1974.
[vi] FREUD S.; La represión (1915), en O. C., Amorrortu, T. XIV, Bs. Aires, 1979, p. 141.
[vii] LACAN J.; Seminario X La Angustia, clase 13/3/63.
[viii] LACAN J., Seminario VII La ética del psicoanálisis, clase del 13 de Enero de 1960.
[ix] VEGH I.; Senderos del análisis, Ed. Paidós, Bs. As., 2013, p. 71 y 72
[x] RABINOVICH N.; Lágrimas de lo real, Ed. Homo Sapiens, 2007
[xi] LACAN J., Seminario VII La ética del psicoanálisis; Paidós, Bs.As., p.253
[xii] Hablamos de “cosquillas” y “parrilla” para recordar que Lacan ha dicho que el goce comienza con la cosquilla y termina en la parrilla.
[xiii] LACAN J., Seminario XVII El Reverso del psicoanálisis, Paidós, Bs. As., 1992 p. 74
[xiv] Ídem, Óp. Cit., p. 191.
[xv] LACAN J., Seminario XX Aún. Paidós (Aun) Libro 20. Buenos Aires, 1983, p. 11
[xvi] LACAN J.; De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible sobre la psicosis, 1955. Escritos II, S.XXI. Bs. As.
[xvii] FREUD S.; El Malestar en la Cultura; Parte II; Obras Completas; Tomo XXI. Amorrortu, Bs. As., 1990, p.76.
[xviii] LACAN J.; Seminario VII La  ética del psicoanálisis, clase del 22.06.60.
[xix] PÉREZ M. A.; La altura de la felicidad. Un sentimiento en el orden del reencuentro. Artículo publicado en Diario Página/12, www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-115671-2008-11-27.html Buenos Aires, 28.11.08.
[xx] LACAN J.; Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis (1958). Escritos 1, Siglo XXI, México, 1989, p.
[xxi] LACAN J., Seminario XX Aún. Paidós, Libro 20. Buenos Aires, 1983, p. 11
[xxii] LACAN J.; Seminario I Los Escritos técnicos de Freud; Paidós Bs As 1981, p.161
[xxiii] VALÉRY  P.,  Esbozo de una serpiente, Versión de Guillermo Trejo.
[xxiv] Lacan, Seminario XXIII El Sinthoma, Clase del 16 de Marzo de 1976.

Entradas populares de este blog

Amar: dar lo que no se tiene a quien no es.

“Amar es dar lo que no se tiene, a quien no es”-Apotegma añejado por Jacques Lacan que a veces no se entiende. Si bien lo hemos dicho muchas veces en esta Blog (siempre que hablamos de Narcisismo, por ejemplo) merece ser abordado una vez más, ya que de esto se trata todo el secreto donde radica “la solución, doctor?” de todo conflicto entre dos sujetos que hablan.
Suena categórico y hasta paradigmático: es que lo es. Si creemos que la letra con sangre no entra (a diferencia de muchos -incluso políticos del Primer Mundo del Capitalismo- que piensan que al fuego hay que responderle con fuego) y si creemos que –aunque suene romanticón o naif- el amor es la única cura posible para la neurosis (que no tiene cura); entonces es claro que suene un apotegma riguroso.
El adagio de esa singular frase se debe descomponer así:
1)Amar es dar.  Es decir: entregar, ceder.  ¿Qué cosa? 2)Lo que no se tiene. Es decir: la falta. Es decir: lo que Lacan bautizó como el objeto-a: un objeto que no existe porque…

Sartre / El Salto del Sujeto.

Nietzsche sabía que la esperanza es la mayor causa de la infelicidad. El Buda –a diferencia de la máxima Cristiana: “Espera el mañana, allí vivirás un mundo mejor”-  también promulgó el mismo apotegma Nietzschiano: “Abandona la esperanza, abandona el deseo, y entonces vivirás el aquí y ahora.”  Jacques Lacan identificó a la esperanza como “las mañanas que cantan” y dijo haber tenido noticia de cómo en su nombre muchos sujetos se dirigían al suicidio. La cuestión es que la esperanza –y su padre: el deseo- es un problema del sujeto inmerso en el lenguaje. El problema es del lenguaje. Gracias al lenguaje amamos, deseamos, tenemos esperanza; pero sólo por el lenguaje –y a diferencia del animal- somos esclavos de ello mismo. Es decir: no tenemos un deseo; el deseo nos tiene. Hay un deseo al que se le supone un Sujeto. El Sujeto está atrapado –dominado- por el deseo que lo constituyó como tal.
En estos tiempos donde nos venden buzones de todos los colores -buzones que hemos comprado desde la…

la pèrdida en el horizonte

- - - - ¿Se acuerda de aquel libro de Vinicius de Moraes, Para vivir un gran amor? ¿Qué necesita uno para vivir un gran amor?
.
—Lo primero es animarse a correr el riesgo. Lo que yo observo en el consultorio, como una de las grandes barreras para el amor, es el temor de la mayoría de los humanos a correr el riesgo de la pérdida. Toda relación de amor presupone que alguno de los dos va a perder al otro. El otro puede morir o dejar de querernos. No hay ningún amor que no tenga en el horizonte la pérdida. Y hay que animarse a tolerar esa posibilidad. Mucha gente, porque no se anima a perder, vive perdiendo. Quiero decir: dan por perdido el amor antes de haberlo vivido. Eso es mucho más relevante, numéricamente, de lo que se supone. Inclusive, hay mucha gente a la que usted ve en pareja, casados o no, y sabe que ya no se aman. Uno los escucha hablar y se da cuenta de que no se animan a disolver su pareja y a armar otra nueva porque ya han dado por perdido el amor. Y han dado por perdido el amor…

Seguidores