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Identificaciones / Deseo / Castración - Ley / Falo y Objeto













El frio me da por escribir… por eso en este mes de invierno estoy produciendo muchos escritos… Por eso y porque en mi Estructura la Tercera Identificación se ha efectuado eficazmente. Hablemos un poco de esto.
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En la Primera Identificación propuesta por Lacan; el niño debe tragar el vacío del Otro, el real. El Otro dona su falta. Por eso lo importante no es la “leche” sino el vínculo que se produce entre la madre (la teta o el biberón –porque lo que cuenta es la mirada y la voz del Otro-) y el chupeteo del niño. Por eso no acordamos con la psicología del “dar la teta” puesto que no se trata de la teta sino de lo que se juega en el vínculo. Desde ese “juego de dos”, se enlaza la pulsión. Que, como se sabe, bordeará la falta misma. (Un agujero –un boquete del órgano- se transforma en zona-erógena si y sólo si se puede perder.) En esta primera identificación, se sustrae “la roca viva” freudiana (es decir: el representante pulsional) y se suprime ipso facto el estímulo biológico que se transforma en Demanda. El sujeto lejos de ser un animal es –parafraseando a Roberto Harari- un Pedigüeño: ya no tiene necesidad de nada, excepto de Demandar. Y desde aquí, toda Demanda es de amor. Esta primera identificación es de suma importancia. 
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Es sustancial que la Madre (el Otro real) apetezca al “bocadito bombón”: lo libidinice con sus palabras, con su voz, con su mirada, con su deseo. Es en esta etapa donde cualquier “accidente” estructural ocasionará que el Sujeto no pueda “tragar” el lenguaje, no pueda incorporarlo. Es decir que dicha incorporación depende sin más del deseo del Otro. Incorporación que viene adherida a la construcción de un cuerpo, de la pulsión (como dijimos) y del deseo: ninguno de estos datos es natural. En esta identificación se “cadaveriza” el soma y se transforma en cuerpo. Lacan jugará con los neologismos “corpseficación” / “corps”. A lo que luego anudará “encore”, -todas homofonías- para significar que el goce es del cuerpo y pide aún, más todavía.




En la Segunda Identificación –al Rasgo Unario- la importancia radica en “lo apetezco pero no me lo como”. Si el Otro se traga al bocado, el sujeto no podría dejar su posición de objeto (del Otro). Aquí surge la psicosis. Es decir: el Otro me come, no me deja salir de su boca; no me deja ser Sujeto de deseo; estoy sólo Sujetado a su A-ntojo. Es importante este segundo tramo porque habla del famoso apotegma lacaniano “el AMOR hace condescender el goce al deseo”.  Traduzco: En la primera “incorporación” –que Lacan llamó “De lo Real al Otro real”, hay goce puro: la madre es fálica. Y esto no sólo no es un problema sino que es necesario. La ecuación simbólica freudiana niño=teta=caca=pene=regalo no existe si antes no colocamos al falo: Φ=falo=niño.  Es decir: el deseo de la madre deberá ecuacionarse: por eso el FALO es el significante del goce. Ahora: del goce hay que pasar al deseo, ¿cómo? Vía el amor. La Madre, por amor a otro significante (que muchas veces es su Pareja) dejará de gozar del niño, mirará para otro lado. 
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Aquí vemos como el significante del Nombre del Padre, que debe estar incorporado en la Madre (es decir: no necesitamos un Padre-Imaginario para que esto se produzca) funciona como polo de a-tracción para que se produzca la Metáfora Paterna: como toda metáfora, intercambia un goce por otro. Y esto permite que el niño habilite el suyo propio. De ahí que en el momento que la Madre-Real se transforma en Simbólica (al poder –además de Dar- negar) los objetos endogámicos se transforman en exogámicos.  Y, como se sabe, toda metonimia conduce al deseo.  Es decir: la castración del Otro permite al sujeto nada menos que desear.  (Sí, es cierto, eso produce angustia; porque si el Otro se castra yo ya no soy su falito (ya no lo completo) y eso me angustia. Ejemplo: El Otro mira hacia otro lado, ya no me necesita; ergo: yo ya no soy imprescindible para él.  Ayer un analizante me decía: “Ahora que la empresa me dice que no a un proyecto mío, me angustio por lo mismo de siempre: ya no soy el falito de la empresa.”)
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En esta etapa, la madre deberá ser “apenas buenas” (como preferimos traducir la expresión Winnicottiana “good enough”) como para no ser ni demasiado buena ni demasiado mala.  En su punto-caramelo, digamos.  Esta segunda identificación (que Lacan llamará a lo Simbólico del Otro-real; por eso al Rasgo) tiene como componente pivote a la Ley, es decir: a la Palabra, a la Castración, al Deseo.  Una Madre “apenas buena” posibilita que el sujeto pueda DISFRUTAR de otros objetos (que no son ella); es decir: habilita, vía la metáfora paterna, un goce exogámico. Disfrutar quiere decir: gozar.
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Ahora, y por suerte, el Otro no lo da todo. Queda una mancha: algo que no es especularizable, que no pasa al Espejo-plano.  La falta deviene mancha. Si para amar es necesario una operación castratoria (que incluye al FALO en su vertiente metafórica y en su variable metoníamica); entonces también podemos entender no sólo que el Otro done su falta, sino –y fundamentalmente- que la CASTRACIÓN es una operación POSITIVA. Si no se produce, el sujeto queda a merced del goce del Otro: de ahí la fobia, por ejemplo. De ahí también que de un Padre es imposible prescindir: por defecto o por exceso, el sujeto PADECERÁ ese Padre: con un síntoma, por ejemplo.  Ahora: esta segunda identificación hace que el sujeto pueda acceder  a su ideal: yo-ideal que intentará obturar el agujero de la primera identificación.  Pero tenemos un problema: si algo se ha extraído, del otro lado del Espejo queda algo caído (el florero inclinado): esto produce una desnarcisación; un aplanamiento del espejo que, a la vez que produce liberación, produce caída narcisistica.




El movimiento que recupera este “florero caído” es el de la Tercera Identificación que con Lacan conocemos como “A lo Imaginario del Otro-real” y con Freud como “identificación histérica”.  Se produce un trasvasamiento libidinal: la reserva libidinal (-φ) queda del lado del YO. Aquí el Padre debe permitir que la libido (el deseo) acantonada en el fondo del Espejo-plano su vuelva adentro de la vasija como cuerpo especular.  Tenemos, pues, la doble operación legitimizante del Padre: el Padre de la Ley. El Padre que por un lado PROHIBIE (el goce incestuoso) y por otro lado HABILITA (un nuevo goce). Es decir: el Padre prohíbe el goce endogámico y legitimiza el exogámico.  Como se ve, esta Tercera Identificación abre el juego hacia el partenaire, hacia el lazo-social. Si hay accidentes en la escritura de este trayecto; el sujeto queda a merced de un duelo inconcluso. Puesto que habiendo un Padre que no pudo “legitimizar”, el sujeto o bien se inhibirá (el famoso “pobre tipo que todo le sale mal” o “el boludo víctima de todo”) o bien se rebelará permanentemente ante la Ley (el “rebelde way” que no acepta límite alguno).
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De todo esto se desprende que la función del (A)nalista siempre deberá ser castratoria (del narcisismo del analizante; ¿y de qué sino?) Es decir: si concluimos de esto que la Castración siempre es positiva (permite desear, que no es poco; y gozar más éticamente); y si también sabemos que el análisis sirve para OLVIDAR y que el Analista –entonces- debe “ayudar” a reprimir (es decir: a castrar); se concluye rápidamente –a pesar del fantasma del analizante que rechaza esto- que la función del  analista no es solamente escuchar. Es inscribir en lo simbólico -vía castración- lo que ha sido rechazado en lo real. De ahí que no hay diferencia –en este nivel y contexto- en el tratamiento con un psicótico o con un neurótico.  Ya sabemos: el analizante no recibirá de buen agrado que el analista CASTRE, imponga LEY (incluso con la simple frase que nos parece conductista: “No te escapes por la tangente y contestame lo que te pregunto”) pero también sabemos que el neurótico pide la LEY a gritos; que es por “la falta de la falta” -de la CASTRACIÓN- que sufre y se angustia y debe dormir abrazado a un peluche. El gesto freudiano del análisis de la Fobia del Pequeño-Hans (que Lacan magistralmente interpretó) es el ícono de esto: el neurótico es tal porque la castración no ha operado convenientemente; de ahí que no hacemos “psicología yoica”, que no vitaminizamos el YO, de ahí que Lacan –siguiendo a Hegel que ha dicho que la verdadera locura es el delirio de infatuación- ha enunciado que “Creer en un YO es como tal una locura”; y de ahí que el YO está estructurado como un síntoma.
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Es por eso que up supra dije que no sólo es el invierno porteño que me pone cachondo –como dicen los gallegos- para escribir. Se me da por PRODUCIR porque tuve la dicha que mi Tercera Identificación se ha escrito de modo relativamente oportuna y sensible, con la angustia concomitante que esto lleva. Ya que el sujeto, por no poder soportar esa angustia-castratoria, recula y ejecuta un goce sin Ley.  Por eso un análisis pretende que cada sujeto sea su propio Van Gogh sin llegar a  cortarse su oreja. 
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El analista, y el analizante, luchan contra esa pulsión que quiere “salir” por cualquier agujero. Todo analizante sabe de qué hablo: hablo del boicot que cada uno (se) produce frente a su deseo.  Ayer mismo le preguntaba a un analizante: “¿Por qué será que permanentemente para amar tenés que hacerte mierda? ¿Por qué será que lo que deseás no lo podés sostener?”-  Sabemos que es porque la pulsión existe; pero tenemos que reconocer que esa pulsión se esconde en el narcisismo más patente. Es decir: es porque ser Sujeto –de deseo, con el malestar de la cultura que eso lleva implícito- está obligado a castrarse. Es decir: es porque quiero ser siempre FALO (del Otro). He conocido gente que se ha boicotiado sus pasiones más arraigadas por el sólo hecho de cuidar a sus padres: es decir, de no poder dejar de ser el FALITO.
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Ya sabemos que hay solamente dos posiciones que descubre Freud: Falo u Objeto. ¿Qué quiere decir la histérica cuando enuncia “a mí no me van a tomar/tratar de objeto”? Quiere decir -claro- que no quiere ser objeto. Y si no quiere ser objeto, ¿qué es? Es FALO. ¿Y cuál es el problema si uno es FALO? Que uno no lo busca, porque ya lo es. Es decir: para buscar “una imagen-fálica, un falito bombón” es necesario ser objeto.  De aquí que la problemática histérica es buscar un Amo para después destituirlo, de allí que Lacan dirá: “ella Reina y él no gobierna”- De ahí también que el enamorado siempre está castrado, siempre es objeto; por eso R. Barthes dirá que el enamorado está feminizado. (Y sería bueno expandir el significante "enamorado" no sólo al vínculo entre dos sujetos, sino a cualquier vínculo donde el sujeto puede libidinizar su objeto-de-deseo.) Por eso Lacan dirá que el analista deberá ocupar el LADO-MUJER, es decir, el lado-objeto. (Por eso mismo la histérica ocupa el LADO-HOMBRE, porque es fálica; y no es lo mismo -para el psicoanálisis- una mujer que una histérica.)
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Muchas veces me pregunto como ciertos analistas (algunos han sido profesores míos y son analistas que hoy día forman a otros analistas) no creen en la estructura histérica en los varones; es decir que –poniéndose freudianos al mango- sólo piensan la histeria en la mujer y la obsesión en el varón.  Digo esto porque en los últimos años (y más allá que el deseo es histérico por definición) la clínica en mi consultorio me ha permitido escuchar decenas de varones histéricos que, buscando infructuosamente su falito, terminan solos por no poder castrarse, es decir: permitirse ser –intermitentemente, lógico- un poco objeto del Significante que los representa.
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Marcelo Augusto Pérez
Las Tres Identificaciones del Sujeto y el Otoño Porteño
Invierno / 2013

ARTE:
Lidia Susana Kalibatas
La Plata / Buenos Aires / Argentina

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