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Tatuajes y Nudos Lacanianos













En la vigésima primera edición del Real Diccionario de la Academia Española, el vocablo tatuaje se incorpora y se deriva del hablaje castellanizado tatú, que a la vez deriva de tattoos y del samoana tátao: golpear dos veces.

Mucho se ha escrito en la literatura psicoanalítica sobre el tatuaje.  Podríamos pensar, de principio, que a veces –como decía Freud- “una teta es una teta” o “un habano es un habano”; y no analizar nada al respecto. Digamos que: el sujeto se tatúa porque le gusta, como le gusta también jugar al fútbol o fumar pipa o seducir a todas las mujeres que se le interponen. Pero da la casualidad que para los analistas, el sujeto no juega al fútbol ni fuma pipa ni seduce a todas las mujeres, porque sí.

Me gustaría abordar el tema, considerando los tres registros en Lacan, sin olvidar -claro- el doble gatillo que hace a la marca del cuerpo. Es que, digámoslo de entrada, los tres registros no son, ni más ni menos, que el cuerpo mismo. Con una acotación suplementaria: un cuarto nudo que los convoca: el Nombre del Padre, que - como se sabe- es en realidad el Apellido. (Ya sabemos, pero es válida la aclaración, que fue traducido a la conveniencia religiosa, pero nom du Pêre no es el nombre, que en realidad en francés es appelle, sino el apellido.)

Quizás no sea lo mismo una marca en nuestra época que un tatuaje del periodo neolítico, y parece lógico que así sea: el cuerpo no es el mismo; por eso nos preguntamos "¿Donde están las histéricas de Freud? Las que se paralizaban por la calle, vomitaban en los consultorios o sufrían epilepsias y cegueras por doquier..." Sin embargo, que existen, existen: porque la palabra, el lenguaje, - mas acá de su muro (l (a) mur) - es también a-muro ( a-mour ): es decir amor y, por lo tanto, demanda.

Sabemos: hablar implica ipso facto, demandar. Ahora: muchas veces el sujeto, el que desea, el que demanda, no es escuchado: "le hablo a los muros"- expresó Lacan cuando eran los psiquiatras sus oyentes, y no solo para referirse a las sordas paredes del hospicio, sino a las sordas orejas de, como diría el cineasta I. Bergman, de algunos aquellos que creen que "un queso es un queso".


 


En lo imaginario

Está claro que el YO es imaginario, aunque no totalmente pero básicamente. Es decir, pura proyección, puro modelo óptico, mera fachada, puro ropaje, pura indumentaria: se podría decir –en lo imaginario-, puro tatuaje.

Entonces esta claro que si el YO se escribe i(a) y lo imaginario se muestra, un tatuaje no es más que una marca a mostrar. Aun, ya sabemos, aunque se la esconda: no es más la vergüenza que esconde al deseo.

Como también sabemos no hay necesidad. Es decir: preguntarnos "¿Con que necesidad, nene, tenés ahora que ponerte un dibujito en el brazo?" es solo una pregunta de nuestra tía de Acapulco. Nadie se tatúa por necesidad. Como nadie come o respira por necesidad: si fuese así, la anoréxica no sabe nada de biología ni de nutrición y el fóbico que se ahoga en el ascensor, se empecina en no entender que hay aire suficiente para no ahogarse, es decir: que no tiene ninguna necesidad de hacerlo.

Entonces, si no es por necesidad, ¿por que razón un sujeto puede querer mostrar una marca? Y, por otro lado, ¿para quién la muestra?

Empecemos por la última cuestión pues responde también a la primera: la muestra para alguien que (ya) no la ve. La muestra para su falta. La muestra para quien no puede escucharlo. Es decir, entonces, que la muestra para ser visto/escuchado.

En lo imaginario, la pulsión se da a ver: y este es el tiempo pulsional del fantasma. El sujeto se hace objeto en el fantasma, por eso todo fantasma es perverso. Primera cuestión entonces: un tatuaje es un modo imaginario de ser amado. De ser amado, imaginariamente. Puesto que -si como sabemos, todo empieza y termina en el narcisismo- me tatúo para el Otro, aunque el otro, y tanto mejor incluso, no se entere. Imaginariamente, decíamos, puesto que no se puede decir, solo se muestra. Decirlo implicaría quizás, omitir tatuarse. Por eso mucha gente que pensaba tatuarse, lo habla en análisis y con el tiempo lo dilata o ya no lo hace: pues lo dijo.







En lo simbólico

En el plano de lo simbólico, el tatuaje porta como un signo. Para que tenga categoría de significante falta, como en el primer caso, una vuelta. Ya que, como sabemos, un significante en si mismo no significa nada, sin la presencia de otro significante. Lo simbólico del tattoo implica la pura metáfora, el concepto, el contenido. Que, como se sabe, en si mismo tiene un significado para cada sujeto. Sin embargo, solo con ello no alcanza. Al igual que solo con el imaginario. Falta el reflejo, el espejo que me habla y me contiene para no perder los bordes, para no quedar defenestrado de la ventana del fantasma. Es como ponerse un anillo matrimonial sin el aval de la palabra del otro: engaño del símbolo. Hasta que la angustia aparece ("lo único que no engaña"- Lacan) y entonces el anillo cae. Solo con anillos se hacen rebaños (como se les coloca a las cabras) pero el sujeto de deseo no está en concordancia con la especie, con la necesidad, sino en la Demanda.

El tatuaje en lo simbólico es una escritura, más exactamente: es letra. Hace huella. Pero solo a partir de la presencia del Otro ese jeroglífero (para Freud un sueño es un rêbus) podrá ser leído y responder a su función normativa. Puesto que si el sujeto se tatuó, hay algo en lo simbólico que no funcionó: sabemos que eso se llama Metáfora Paterna. Aquí tenemos al tatuaje como (mala) salida para invocar al Otro.





En lo real

La clínica demuestra que detrás de todo significante se esconde el real del sujeto. Es decir, el goce del cual no pudo decir nada, más que tatuarlo.

En la clínica escuchamos, entonces, qué quiere decir ciertamente cada marca. Como la marca de cualquier otro síntoma. (Cuando el sujeto lo habla, podríamos considerar al tatuaje como un síntoma parlanchin.) Y, como todo síntoma, todo tatuaje esconde el real del goce. Y, como todo síntoma analítico (a diferencia del síntoma-signo de la medicina) es para que el Otro lo escuche. Está pues dirigido al (A)nalista.

Si –en lo real- el tatuaje representa un goce, es que hay algo perdido que el sujeto anhela re-encontrar. Gozar para encontrar “ese paraíso perdido” freudiano. Gozar como defensa al deseo, y –digámoslo sin miedo- al amor. Porque, como sabemos, el neurótico tratará de escaparle al amor. ¿Por qué? Simplemente porque amar es amar a otro(s). (Aún aunque todo amor es en esencia narcisístico) Y amar-a-un-otro implica castrarse siempre. Sólo se puede aceptar dicha castración si el costo de ella vale la pena. Y aquí el significante “pena” juega una fuerza importante. Porque, como decía el poeta, “con el número Dos nace la pena”.  Es decir: si trocar un goce por otro, lo justifica.

Por tanto: si hay algo perdido, hay una herida. Si hay una herida (que en el amor se suple mágica y narcisísticamente) el sujeto tratará de cerrarla.  Podemos decir, hasta acá, que el tatuaje es una marca que tapa otra marca: el ombligo.

Y si hablamos de ombligo (“el ombligo del sueño” en Freud es haber llegado a un punto de represión tal que es imposible asociar nada; el analizante dice “ya no sé más”) hablamos entonces del canal con que el sujeto se alimenta. ¿De quién? Ya sabemos: del Otro.

Es decir pues que el tatuaje es un modo de taponar la falta en el Otro, es decir: es una manera de renegación de la castración.

Todo esto parece cerrar bastante bien si pensamos que “al no poder hablar”, el sujeto muestra, escribe pictográficamente y también goza. Hablando también se goza, se sabe. Pero a veces es mejor tatuarse. Hablar implica un lazo. Tatuarse no necesita de ese vínculo; todo queda endogámico. Cito a Lacan: “La incisión tiene precisamente la función de ser para el Otro, de situar en él al sujeto, señalando su puesto en el campo de las relaciones del grupo, entre cada uno y todos los demás”.

Y si hablamos de “ombligo” también hablamos de maternidad; es decir: el goce (del Otro) es incestuoso, por eso mítico. Por eso el neurótico se defiende con su fantasma.

Otro, ombligo, maternidad, incesto: todas formas de representar al invento lacaniano por excelencia: el a: es decir, la libido; órgano que en el Seminario 11, Lacan bautizará como la laminilla: una (h)ommelette que se hace y por la cual, para hacerse, algo se pierde; el a –es decir: esa pérdida- implica poder hacer al (hombre)tortilla; es decir que para nacer hay que romper un poco los huevos. Laminilla, objeto-a: órgano irreal porque es y no es.  Cito nuevamente: “Una de las formas más antiguas de encarnar, en el cuerpo, este órgano irreal es el tatuaje, la escarificación… A la vez, tiene de manera evidente una función erótica, percibida por todos los que han abordado su realidad”.



Pensar al tatuaje como real, como condensador de goce, es pensarlo como deseo encubierto: de allí equipararlo a un síntoma, aunque sería mejor pensarlo como una “transferencia sin análisis”, es decir: como un acting-out. Ya que el sujeto, en análisis, si bien “lo muestra” (o lo habla) para ser interpretado; no se queja de él.

Y si pensar el tatuaje desde lo real es pensarlo desde el goce, es entonces también pensarlo desde la pulsión: aquello que golpea al sujeto.  El tatuaje golpea dos veces, marca dos veces, porque el sujeto (ya herido por el significante –causa del goce-) no tiene otra manera de escapar del (goce del) Otro que con el acting-out. Hacer un síntoma implicaría recurrir a un analista para hacerlo-hablar. Por eso el tatuaje golpea doble: la primera vez el Otro tatúa su inscripción (su significación fálica) preñando al sujeto con su goce. La segunda, donde el sujeto elige sin pensar, lo tatúa con otra inscripción: una especie de otra piel que cubre la primera. Una especie de otra inscripción fálica “a propia demanda” que intenta reparar la anterior.

Y -como todo lo que concierne al psicoanálisis- no hay interpretación posible (ni significación) sino del caso por caso. Por lo tanto, decir “el tatuaje significa esto o aquello” es tan pueril como antipsicoanalítico; es –digamos- pura psicología. Al tatuaje podemos conceptualizarlo en teoría; pero “hablar” de lo que cada tatuaje “habla”, sólo le es autorizado a cada analizante.  Por eso, volviendo al comienzo, a veces “un habano es un habano”. Al menos que el sujeto diga qué quiere decir, para él, ese habano que se lleva a la boca.

Quienes se analizan –y nos enseñan todo el tiempo qué es lo inconsciente- saben ciertos porqués… Y saben que un habano es un habano cuando lo fuman –rhum mediante- con sus amigos; pero en el dispositivo analítico, puede querer decir otra cosa.


Marcelo Augusto Pérez
Especialmente escrito para la Edición Web de

revistamat.blogspot.com
Madrid - 2013
http://es.calameo.com/read/0009740467e88f96f7632

Foto de Dieseño:
Jorge Matheus
www.flickr.com/photos/jmatheus/sets/
 

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