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Amor, deseo, pulsión, inodoros y cuestiones domésticas...
















¿Por qué el sujeto, o al menos la mayoría de los sujetos, caga y orina en el inodoro? Bien, admito que puede sonar un poco rara la pregunta, pero no va de suyo que el sujeto, naturalmente, haga uso de ciertas instalaciones, y no de otras, para ciertas cuestiones domésticas. Quiero decir: todo es cultural. Ahora bien... ¿Qué quiere decir que sea cultural? Sí, por un lado que ha operado la represión: esto parece fácil de entender desde el discurso universitario más básico; y de paso también convendría entender que aún los psicóticos suelen cagar y mear en el inodoro, es decir, también reprimen. Y que sea cultural explica también porqué algunos sujetos no cagan en algunos lugares u otros lo hacen apenas llegan a la casa de la mamá.

La cuestión del inodoro (por bautizarla así) tiene que ver con el residuo, es decir, con el resto; y ya Lacan nos precisaba en Burdeos, que sin incluir este problema no es factible pensar a la Cultura: "A diferencia de lo que ocurre en todos los niveles del reino animal (...) el hombre se caracteriza en la naturaleza por el extraño embarazo que le produce -¿cómo llamarlo, Dios mío, de la manera más simple?- la evacuación de la mierda. (...) Una gran civilización es principalmente una civilización que tiene un muladar."

También podríamos hilar mas fino y expresar: cagamos en el inodoro, y no en el balcón o en la bacha de la cocina, porque hablamos. Muy cierto. Con lo cual también estamos diciendo que la represión es solidaria al lenguaje, es decir: que el lenguaje es condición de represión, ya que primero está el lenguaje (esperando) y después el sujeto.
 
Bien... ¿Y qué hay del lado de nuestros preciosos animales domésticos? Bueno, nuestro maestro Jacques Lacan decía que ellos hablan, por eso jugaba con su neologismo: d(homme)stique... Sólo que nuestras mascotas hablan cuando necesitan algo, a diferencia del sujeto que habla aún (y hasta) cuando no necesita... Claro, porque Lacan nos hace escuchar que en el animal hay necesidad e instinto, aún domesticados. Si dejamos mucho tiempo sin comer a un dulce gatito, es probable que se transforme en una agresiva fiera y termine por devorarse los almohadones y las cortinas...


Ahora: ¿Y los animales que "aprenden" y orinan y cagan donde nosotros le decimos? Bien, allí están ellos a la misma "altura" que el sujeto atravesado por el lenguaje. De hecho hay analistas que afirman que el sujeto no es más que un animal doméstico. Y entonces uno podría preguntarse, ¿Por qué lo hacen, por qué lo hacemos? "Bueno, bueno, bueno... Ahora usted nos va a comparar con los animales..! Vaya, vaya!"- Sí, pero no con cualquiera, sino con los que, como nosotros y como nos recordaba El principito, están domesticados; es decir: ya han ingresado a la cultura.


Preguntarnos por qué cagamos en el inodoro es lo mismo que preguntarnos por qué comemos con tenedor y cuchillo o por qué en vez de darle portazos a la puerta cuando entramos o salimos, la cerramos cuidadosamente, suavemente.  Sí, admito que parecen preguntas estúpidas, cuando todas estas acciones nos suenan tan natural... quizás por eso nos extraña tanto ver un tipo que desayune sentado en el lavarropas. Eso ya merece una explicación, ¿verdad? 


Voy a responder de una y después tratar de argumentar, ya que casi dejé asomar todas las barajas: Cagamos en el inodoro, por amor. ¿Ya está? ¿Eso era todo? Y sí… ¿un poco básico, verdad? Sólo que, como sabemos desde Freud, el amor (hacia el otro) no es más que un modo elegante de amarnos a nosotros mismos: elegante y –obviamente- mucho más emocionante y divertido. Y esto no sería tan básico si articulamos el problema del amor con la pregunta por el deseo y con el apuro (la perentoriedad freudiana: Drang / Dringlichkeit) de la pulsión. No deberíamos suponer, ni de lejos, que amar es una acción fácil: ya dijimos una vez que lo que viene a preguntarse Freud no es por qué la gente se divorcia sino cuál es el motivo por la cuál deciden unirse; incluso prometerse amor eterno. (O ¿por qué se cree que Lacan enunció que ser psicoanalista es aceptar que no hay nada más disparatado que la realidad humana?)

Amar no es sólo un problema (como todo lo que concierna y comprometa a la castración, es decir: a la pequeña muerte del narcisismo); sino que incluso es un problema necesario: la letra no entra con sangre, sino con amor. Un "cacho-de-carne" no se corporiza, un boquete, un agujero, no se transforma en "zona erógena"; un ser biológico no entra al Lenguaje sino a través -no sólo del deseo- sino del amor.


Veamos. Sabemos que el matema de la pulsión, Lacan lo escribe así: ($ <> D) En un principio podemos leer esto como el fading que el sujeto hace en relación a la Demanda (del Otro). Y digo “en un principio” porque podemos darle una vuelta que al final intentaremos. 


Traduzco hasta aquí: el sujeto, pongamos en la fase anal, y por más impulsividad que tenga de satisfacerse meando y cagando en cualquier lado, efectúa un control de esfínteres, suspendiendo su goce por la Demanda del Otro. Y no sólo trueca el goce por el amor (por la Demanda del Otro) sino que permuta también las instalaciones del caso: el árbol por el inodoro; las manos por los cubiertos; la palabra por la patada. ¿Y por qué otra cosa haría esto el sujeto sino por amor? Es decir: por amor a sí mismo; puesto que, y sobre todo a esa edad, el sujeto obviamente teme perder al Otro; intuye –digámoslo así- que es mejor castrarse que seguir caprichosamente gozando de su impulso. 


Ahora bien: la cultura aparece –vía represión- por una cuestión de Prohibición y de Don: Claude Lêvi-Strauss ha demostrado que la Prohibición del Incesto es más una regla de Don que de Prohibición: el falo comienza a circular en la Estructura. Padre Totémico que acota su goce, mujeres que circulan, hijos que salen a la exogamia, hombres que se lanzan al discurso, es decir: al lazo.  De hecho cuando alguien, en una edad adecuada, orina más alto que el tarro, o bien se dice que es un narcisista creído, o bien que está loco. Es decir que el Amor hace lazo. (Llevado esto al dispositivo analítico es bien claro: el discurso analítico se instala gracias al lazo (amoroso) entre analista y analizante; amor que, como sabemos, tiene ciertas peculiaridades.) También pensemos que todo esto nos lleva a concluir que la PULSIÓN es CULTURAL. Y esto Freud lo sabía cuando en vez de Instink (palabra que perfectamente existe en alemán) dijo Trieb.


Entonces y reformulando la respuesta: El sujeto se castra no sólo por amor, sino por amor a sí mismo: frente a la pérdida del Otro, el sujeto decide no perderlo todo. Finalmente, habría que dar una vuelta en función del concepto de pulsión. ¿Cuándo los analistas hablamos más estrictamente de pulsión? Sí, es cierto que en la represión la pulsión está, y que por supuesto no es lo mismo escribir que destruir;  también la pulsión (oral, por ejemplo) está en el habla (no es lo mismo gozar hablando que gozar fumando cuarenta cigarrillos por día); y también es cierto que la pulsión (escópica, por ejemplo) está en la estética (no es lo mismo pintar u observar una obra, que ser un vouyerista crónico); sin embargo los analistas solemos hablar de pulsión en el segundo de los casos; es decir: cuando el fin parece romper con el lazo.  Se puede argumentar: “…pero cuando la persona fuma también puede hablar, conversar en un café, por ejemplo”- Sí, cierto. Pero cuando tiene que reservar una buena parte de su vida en fumarse cuarenta cigarros o en levantarse a las dos de la mañana a comerse un pollo de la heladera; el lazo (incluso con el objeto) está en conflicto. Por tanto, podríamos pensar que la pulsión –lejos de una respuesta a la Demanda- es la “salida” que tiene el sujeto cuando NO PUEDE responder a la Demanda. Y de ahí que el punzón que fluctúa y titubea entre el Sujeto y la Demanda ($ <> D) no sea más, en todo caso, que la afánisis en que el Sujeto se percibe: engullido, sin salida, desapareciendo, frente a la Demanda que no puede sostener. 


Hay una paradoja: el sujeto, cuando actúa la pulsión, también queda abolido. La paradoja no es tal si pensamos que siempre es más cómodo gozar que castrarse. Y que la castración no aparece si el sujeto no considera que hay mucho por perder. El engaño neurótico es creer que uno se castra por otro: uno se castra por uno, siempre. Incluso es tan así que la IMAGEN (es decir, el YO) comienza a jugar aquí todo su porte: de ahí que hay sujetos que prefieren cagar donde está bien visto cagar –donde se les permite cagar- o, mejor dicho, saben dónde hacer cagadas… Porque en última instancia la respuesta que el sujeto no puede sostener frente a la Demanda no es más que esa: “Bien: voy y me siento en el inodoro.”-


marcelo augusto pérez
Mayo / 2013
ARTE:
Jorge Matheus

 

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