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Piedad




En la esquina porteña de Juncal y Suipacha está la tradicional confitería de Los Dos Escudos. Justo en diagonal, se levanta la Parroquia Nuestra Señora del Socorro, que data del 1700.

Casi entrando al atrio del templo, todos los días una joven pareja de enamorados -a quienes quizás el párroco les ha regalado alguna Eucarístia- no desayunan ni meriendan en Los Dos Escudos; apenas comen sobre un colchón senil y ajado. El colchón ni siquiera es de dos plazas, guarismo sarcástico en este caso.


Mientras nosotros -dándonos el pequeño lujo de cenar en el viejo Ligure de enfrente- hablábamos de lo imposible, Maura(*) recordó a estos chicos, enlazando el tema. Y entonces dijo:


Yo pensaba... que pareja tan pareja hacen esos dos chicos: todo lo hacen sobre ese colchón... siempre juntos... hasta los vi orinar ahí no más… comen juntos, siempre juntos… hasta hacen cucharita... tan acompañandóse... y con lo que a uno le cuesta estar en pareja.-


Sí… -Sentenció Nora entonces- Con tanta carencia, tanta completud.-




A mediados de los años 30 antes de nuestra Era, el poeta -hijo de agricultores- de la hoy Lombardía italiana, Virgilio,  epicúreo y sin timidez, declaró: “que felices serian los campesinos si supieran que son felices.”



Los amantes sin campos, que viven en el Socorro, montaron su hogar y escriben su historia día a día, justo debajo de La Piedad. Y no parece una ironía.

marcelo a. pérez
Piedad
22 - XII - 2012

(*)  La paradoja de la vida hizo que Maura muera poco tiempo después, y se lleve a la tumba que preparó meses antes en el mausoleo de su familia en Recoleta (preparó quiere decir que fue a pintarlo y a ponerle plantas); este su pensamiento, que en su vida nunca pudo llevar a cabo: un amor que pueda prescindir de epítetos y apariencias. Imagen por la cual ella -como siempre enunció- nunca pudo separarse: "En mi familia estas cosas no están permitidas."- Piedad.

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