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Mortal e Inmortal










Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la
muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que,
pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas, cristianos y musulmanes
profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo
creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o a
castigarlo. Más razonable me parece la rueda de ciertas religiones del Indostán; en esa
rueda, que no tiene principio ni fin, cada vida es efecto de la anterior y engendra la
siguiente, pero ninguna determina el conjunto...

(...)

El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una
forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el
bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos... Encarados así, todos nuestros actos son
justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero
compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios,
lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo
hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe,
soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.

El concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones influyó vastamente
en los Inmortales. En primer término, los hizo invulnerables a la piedad. He
mencionado las antiguas canteras que rompían los campos de la otra margen; un hombre
se despeñó en la más honda, no podía lastimarse ni morir, pero lo abrasaba la sed; antes
que le arrojaran una cuerda pasaron setenta años. Tampoco interesaba el propio destino.
El cuerpo era un sumiso animal doméstico y le bastaba, cada mes, la limosna de unas
horas de sueño, de un poco de agua y de una piltrafa de carne. Que nadie quiera
rebajarnos a ascetas. No hay placer más complejo que el pensamiento y a él nos
entregábamos. A veces, un estímulo extraordinario nos restituía al mundo físico. Por
ejemplo, aquella mañana, el viejo goce elemental de la lluvia. Esos lapsos eran
rarísimos; todos los Inmortales eran capaces de perfecta quietud; recuerdo alguno a
quien jamás he visto de pie: un pájaro anidaba en su pecho.

Entre los corolarios de la doctrina de que no hay cosa que no esté compensada por otra,
hay uno de muy poca importancia teórica, pero que nos indujo, a fines o a principios del
siglo X, a dispersarnos por la faz de la tierra. Cabe en estas palabras: Existe un río cuyas
aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren. El
número de ríos no es infinito; un viajero inmortal que recorra el mundo acabará, algún
día, por haber bebido de todos. Nos propusimos descubrir ese río.

La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por
su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser último; no hay rostro que
no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el
valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y
cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio
visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay
cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola
vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para
los Inmortales. Homero y yo nos separamos en las puertas de Tánger; creo que no nos
dijimos adiós.


Jorge Luis Borges
El Inmortal -extracto-
El aleph / 1949

ARTE:
Pedro Perelman
Prometeo




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