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Lo Bello y el Vacío

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Hay algo misterioso y perdido en lo bello. Lo bello se ha extraviado y vivimos buscándolo. Lo bello esconde un goce, y es también como un agujero que nos libera de la muerte, matándonos un poco. Paradoja no tan loca: vivir es ya empezar a morir. Así como Lacan expresó que somos hermanos del otro en la medida que somos hijos del Lenguaje; también belleza y verdad se hermanan en lo que Freud descubre: la verdad tiene estructura de fantasma.

Demos un rodeo. Tenemos –por un lado- el apotegma de William Morris, un huérfano anglicano instalado en nuestros pagos allá por las primeras décadas del siglo pasado: “Lo que no nos es útil no es bello.” Quizás dicho negativamente pretenda apaciguar algo tan categórico. Esta idea ronda lo que Jenofonte, en el siglo V a.C., clasificaría como belleza funcional.

Los Mayas –por otro lado- consideraban que tener estrabismo era bello y, para conseguirlo, las madres ponían jarras delante de los niños para que crecieran con este defecto. En esta línea podemos incluir a los poetas que encontraron la belleza en la falla o lo diferente: La Bella y la Bestia, por ejemplo. Uno podría decir “La Bella y la Muerte” porque la Bestia es en principio metáfora de algo inerte, de la Muerte, hasta que La Bella lo hace Bello y entonces le otorga (otra) Vida.

Estas consideraciones se alejan de lo que la arquitectura antigua, por ejemplo, puede considerar bello: simetría, armonía y proporción.
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(...)
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...El sujeto no se enamora de cualquier significante. Y ese significante –incrustado en su fantasmagoría- también (como todo significante) cumple dos acciones: es causa del goce y –a la vez- defensa contra la angustia. Es decir, contra la muerte. Por tanto amar conlleva una paradoja: nos libera de la angustia pero también es morir un poco. Porque el goce implicado en la pulsión (de allí que Lacan dirá que el sujeto siempre es feliz) deberá transitar el camino de la castración para poder acercarse a lo bello. Y castrarse es morir. Único parámetro, única idea, que tenemos los humanos-hablantes de la muerte: falta, ausencia. No hay otra muerte para el parlêtre que la muerte simbólica: por eso el mismo cacho-de-carne muerto biológicamente puede repercutir de distinto modo para una persona que para otra. Como digo siempre: nadie volvió de la muerte para contarnos qué es. Pero cada uno tiene su experiencia en el fantasma. Por eso cuando nos divorciamos, cuando perdemos un amigo, cuando obtenemos un título, también morimos. La belleza intenta recorrer ese vacío a partir del vacío mismo.

Cierro con unas líneas de la poetiza del epígrafe:


Es cosa tan pequeña nuestro llanto;
son tan pequeña cosa los suspiros...
Sin embargo, por cosas tan pequeñas
vosotros y nosotras nos morirnos.


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Marcelo Augusto Pérez
Extracto Texto Publicado en:
Revista del Campo Grupal
Ed. 141 / Febrero 2012

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