El Mito de la Genitalidad

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Este mito de la genitalidad es, para muchos psicoanalistas del período abarcativo de las décadas de los años cuarenta a setenta del siglo pasado –dicho de manera aproximada, es claro- la manera de alcanzar la plenitud normal y no-neurótica. A mi entender, dicha concepción es el resultado de una lectura superficial del Freud; en función de esta, toda evolución libidinal –se asevera- debería culminar en la genitalidad. Entonces, ¿qué implicaría ésta? Aparentemente, el dar lugar a una personalidad completa. No estoy inventando el término, por cuanto puede ser localizado en un texto de los años cincuenta, llamado precisamente Psicoanálisis del hombre normal, de Gustave Richard, quien procura trazar el desarrollo de acuerdo con el diseño de un ser humano maravilloso, porque es genital. Una personalidad genital ama, produce, tiene buenas relaciones amistosas, participa en la ciudad, se siente realizada en su trabajo, disfruta de la vida familiar, etc. Todo ese cuadro felicísimo se alcanza debido a la obtención de la genitalidad. El raciocinio de Richard parecería, de una manera un poco libre,  avalar lo ilustrado por Freud en “Pulsiones y Destinos de Pulsión”.

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Genitalidad, como en muchas ocasiones es comprendida, es poder tener buenas relaciones heterosexuales –esto es prejuiciosamente de rigor- y, si es posible, monogámicas también.  Todo ello participa de los ítems integrativos del mito de la genitalidad. Más cabe considerar, al respecto, un hecho crucial, un dato singularizador de nuestra clínica lacaniana en su cotejo con otras clínicas: la presencia analizable del fantasma. Por ejemplo, muchos de los sujetos llamados genitales, al cursar su re-análisis, muestran que el fantasma no fue considerado en el, o en los, análisis anterior/es.  Efectivamente, el sujeto era genital, conductualmente genital, pero para acceder a la presunta conducta genital le era imprescindible activar fantasmáticamente alguna escena apartada, en apariencia, de la situación.  Al modo de imaginarse golpeando a la compañera, o pegándole, o insultándola, o tomándola como prostituta; o, inversamente, imaginan ser golpeados y/o insultados y/o humillados por ella, entre tantas otras posibilidades o alternativas mostradas con insistencia por la clínica. Pues bien, toda esa constelación, activada de modo necesaria y de manera silenciosa e inconfesa determina consecuencias que trascienden el momento del coito, por cuanto involucran por lo usual la vida entera del analizante.  En efecto, ésta es conducida por el mencionado fantasma de fustigamiento; el cual, llamativamente, no había sido objeto del análisis en la/s cura/s previa/s, determinando de tal modo goces masoquísticos bajo forma de padecer, por ejemplo, recurrente fracasos, sonadas expulsiones, dolidas rupturas, inversomíles estafas, sometedores pegoteos, etc. Como se evidencia, las secuelas derivadas de dicha omisión son mayúsculas y gravosas. Considerar o no el fantasma no es una opción. Antes bien, su análisis es un imperativo ético insoslayable de la cura psicoanalítica.

Roberto Harari
La significación del falo. Claves Introductorias.
Capítulo I. Falo y Castración.
Lumen, Tercer Milenio. Buenos Aires, 2007.


Arte: Lisandro Demarchi
www.lisandrodemarchi.com.ar


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