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¿Salud y Mental?

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En demasiadas ocasiones el psicoanálisis debe convivir con la expresión salud mental, cuestión que, o bien es dirimida con arreglo a la hospitalidad devoradora althusseriana, esto es (con)fundiendo psicoanálisis con psicología, medicina o trabajo social, o bien se la toma como una suerte de aporía transitoria cuyos campos de acción –léase entornos académicoasistenciales- aspiran con ingenuo denuedo a que las filosas aristas que separan ambos términos sean debidamente saldadas con horas y más horas de (usualmente estériles) debates.

La mentada salud mental suele depender, cual gajo tardío, del encuadramiento biopolítico de pautas que se modifican de acuerdo con las buenas intenciones propias de contextos geográficos y entornos epocales (en el mejor de los casos) o de pactos conniventes tributarios de intereses espúreos (en el peor de ellos).

Veamos un ejemplo: en los finales de la década del 60´ las drogas representaban un modo de repudio al establishment y, por tanto, un emblema privilegiado de la contracultura. En la actualidad, fuera de entornos étnicos que inscriben el consumo de tóxicos en un dogma iniciático y/o religioso, el acto toxicómano representa muchas veces un modo de claudicación del sujeto ante el sistema, con el objetivo de poder situarse a la altura de las exigencias que le impone el capitalismo salvaje.

La reconfiguración de los modos de producción, el dislocamiento del campo del pensamiento como intento de vectorización hacia el pensamiento único, no sólo generan nuevas regulaciones del goce, sino que propenden a un adaptacionismo vicariante del hombre hacia esa entelequia –siempre sospechosa- denominada “bien común”.  De ello, el psicoanalista no debería ser parte, so pena de transformarse en una suerte de policía del sistema.

Esta variable ocurre toda vez que un analista, tomado por lineamientos que raramente proceden de la ética psicoanalítica, se ve precisado a operar en situaciones encorsetadas por determinadas políticas de salud, o de intereses signados por la relación costo/beneficio, cuando se trabaja –por ejemplo- en las esfera de algunas instituciones privadas que autorizan un número acotado de sesiones, cierta perversidad en el manejo de un copago, o una duración de cada sesión estandarizada por una lógica utilitarista.

En tal respecto, en su curso titulado “El poder psiquiátrico” afirmaba Foucault: Un orden, por tanto, para el cual los cuerpos sólo son superficies que es preciso atravesar y volúmenes que deben trabajarse, un orden que es algo así como una gran nervadura de prescripciones, de modo que los cuerpos sean parasitados por él. En suma, normativas que conciernen a la salud, a la herencia biológica, a los modos de relación y a las conductas llevadas a cabo por el propio cuerpo del sujeto. En esas aguas se establecen fronteras que separan a su arbitrio lo normal de lo anormal. El cuerpo del viviente se torna así, materia política.

Sabemos que Freud denominó transferencia recíproca a los sentimientos que se suscitan en el analista –respecto de su analizante- a lo largo de un proceso analítico. También podemos acordar con que no debería ser justamente dicho concepto, el faro rector de las intervenciones a realizar.

No obstante ello, existen situaciones en las cuales, un analista desfallece de su función debido a las buenas intenciones –amparadas en la buena fe o en el exceso de celo en su trabajo- siempre ajenas al proceder de todo buen lector-a-la-letra.

A propósito de esto, cabe señalar que los tres monoteísmos han introducido sus tentáculos en occidente de un modo que impregnó –con diversos grados de efectividad- los criterios de salud, normalidad y también los destinos del deseo.

El riesgo que se corre en tanto y en cuanto no se esté suficientemente anoticiado de la relatividad de tales cuestiones, es el de convertir la práctica analítica misma en una pastoral. La cual ya no se pondría en evidencia al modo correctivo utilizado en el pasado, sino que su forma y alcances encontrarían vías de expresión más alambicadas.

Para ello no es necesario que un analista intente adoctrinar a su eventual analizante gay sobre el peso del supuesto desvío propio de su elección de objeto. Alcanzará con que ese mismo analista se alegre aún de modo silente, si su analizante gay plantea haber abandonado dicha posición existencial para casarse, tener hijos y asistir puntualmente a la escuela dominical. Insisto, es absolutamente innecesario que el analista de marras participe al analizante de su alegría por el “logro terapéutico” obtenido, puesto que para entonces, su inconfeso júbilo habrá producido (lo sepa o no) golpes de timón en la dirección de la cura, cuyo puerto será un ideal que a esta altura de los acontecimientos ya no importa a quien pertenece.

Nos dice Esther Díaz en el prólogo de Onfray : La satisfacción sexual “normal” debe provenir de la relación con un objeto de deseo (otro sujeto) heterosexual y consumarse de manera casi bíblica. En consecuencia, si la idea regulativa de satisfacción sexual es el modo planteado, se infiere que quien no observa tal conducta y se excita sin consumación tradicional, es un histérico o un perverso. El equivalente clínico de un pecador, un impío o un inmundo para los diferentes monoteísmos.

En tal sentido, no es lo mismo alojar en el amor que alojar en el deseo. Alojar en el amor potencia iatrogénicamente a la madre asfixiante y por esa ruta (por citar sólo un ejemplo) un fenómeno psicosomático recrudece… o bien se declara.  Alojar en el deseo, por el contrario, recorta y respeta al sujeto en su singularidad.

No es lo mismo decirle a un analizante que se halla en acting permanente: “estoy sumamente preocupado por Ud.”  llamándolo a toda hora, que el hecho de plantearle “lo que está usted haciendo, es preocupante…”

El maternaje descripto en primer lugar invierte la demanda, y como es ampliamente sabido, la demanda invertida desencadena actingsoù pire.

Ello ocurre toda vez que el analista direcciona su hacer hacia una suerte de técnica domesticadora, normativizante y plagada de ideales (los suyos propios o aquellos que, siendo ajenos, hubieron de convertirse en matrices de su propio agenciamiento ).  La biopolítica enunciada al comienzo, y que quitara el sueño a Michel Foucault, se hace sentir con mayor crudeza en la medida en que el analista subestime su insidiosa influencia.

OSCAR LAMORGIA
Septiembre / 2011
Buenos Aires.

ARTE:
Fernando Falcone
[ Bs. AS., 1977 ]
Ese frasquito
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