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¿Neurótico Ideal?

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Me llegan varios correos en relación a la “muñeca del analista” (o lo que yo llamaría “el gesto transferencial”) con respecto a los analizantes en nuestros consultorios. Los correos tiene una tonalidad de demanda como si “los consejos al analista” que Freud alguna vez postuló fuesen axiomáticos de cierta clínica. Ya sabemos que el psicoanálisis no maneja premisas universales; excepto dos: “HABLE” –para el analizante- y “LO ESCUCHO” –para el analista-; cosa que –como se sabe- Freud bautizó como Asociación Libre y Atención Flotante.

La verdad es que el “neurótico ideal” no existe; primero porque si fuese ideal no sería neurótico; segundo no existe el Ideal Absoluto que –obviamente- incluso si existiese sería a fin a cada subjetividad. Pero aún así no existe porque cada Sujeto está herido desde el origen. Por tanto los analizantes hacen cosas que muchas veces no sólo intersectan el tratamiento a modo de obstáculo resistencial, sino que también el analista no soporta vía fantasma. Por ejemplo: a veces no tienen ganas de hablar; otras veces no quieren asumir la pérdida de un aumento de honorarios (aunque ese aumento sea de 20 mangos y el analista sepa que se los va a gastar en vacaciones, ropa, libros o en la operación de las tetas); otras veces llegan tarde (muy tarde) o llegan antes (muy antes); otras piden el famoso vaso de agua en cada sesión; otras no pueden dejar de pasar por el baño (antes o después de la sesión); muchas otras hacen actings fuera del dispositivo y vienen después y lo cuentan como diciendo(nos): “¿Viste que no funciona esto del psicoanálisis?”; etc, etc.

Yo siempre digo que si estas escenitas típicas de la transferencia no existiesen; no serían neuróticos. A todos nos pasó como analizantes que en una sesión “fuerte”; salíamos a comprarnos algo para bajar el monto de angustia o nos enfermamos o puteamos al analista y decimos “la próxima no vengo”, etc. Como también nos pasó que en una sesión que consideramos “positiva”; nos parece “poco” lo que el analista nos cobra; o volvemos con ganas de regalarle algo, etc. Estos vaivenes son usuales puesto que todo análisis en donde los tres niveles transferenciales estén en juego (imaginario, simbòlico y real) implica la a-puesta de los dos cuerpos y –como se sabe- el analista tambièn tiene un fantasma y por tanto se juega en el dispositivo: eso es –justamente- lo que lleva a control.

De aquì a encontrar la fórmula para cada tratamiento obviamente es absurdo. Hay analistas muy asépticos que apenas el analizante sabe su nombre; y en el otro extremo hay quienes muestran a sus analizantes los cuadros que pintan (porque hay analistas que tambièn pintan; o escriben, o tocan el violín) o que le hablan a sus analizantes de sus amantes… Esto, más allá de que muchas veces puede ser una maniobra clínica, es propio de un estilo que obviamente no podemos juzgarlo pero que cada analizante sabrá como colocarse frente a ellos. Me parece –acotación necesaria- que todos los extremos en el dispositivo conducen a un fundamentalismo innecesario y empasta el vínculo transferencial: no mostrar la “cara humana” es tan iatrògenico –creo- como mostrar que uno es “demasiado humano”, incluso más neurótico que el analizante. Pero –como sabemos- cada quien paga por lo que quiere obtener. Como digo siempre, lo maravilloso de la piel humana, no es que haya analistas mudos, sino que hay analizantes que pagan por ellos.

Con respecto al “gesto transferencial”, obviamente el psicoanálisis es el caso por caso y eso se ve en cada supervisión. A veces hay analizantes que no pueden soportar “un ajuste de tuercas” (en el sentido de lo que sea: honorarios, tiempos, ausencias) independientemente del imaginario (es decir, no pasa por si tienen o no dinero, tiempo, exceso de trabajo, etc.) puesto que tienen un YO absolutamente fortalecido y cualquier intento rápido de maniobrar cierta plasticidad en relación al goce (es decir, colocar la Ley; es decir: hacer escuchar a Un Padre) lo van a tomar –sabemos- como que todo su Ser está implicado en la escena y –como también el imaginario predomina- van a intentar salir por la puerta de la misma manera fascinante (casi hipnótica) de cómo entraron. Otros, en cambio, pueden reflexionar de otro modo y entender que la Ley está para ser transmitida y escuchada. De aquì dos cosas: sabemos que el Padre no debe ser la Ley sino portarla -con la implicancia del tono que esto conlleva-; y –por otro lado- escuchar -para el analizante- implicará obviamente actuar en consecuencia al deseo que lo causa. Por supuesto aquì entra la variable mortìfera con que se juega siempre en un análisis: el Goce, la Pulsión (de Muerte) que es lo que realmente opera de obstáculo en todo análisis.

marcelo augusto pérez
Octubre / 2011


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