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Golpes, Escollos, Ego y otras Yerbas...

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"Si con dar un solo golpe se atajaran las consecuencias y el éxito fuera seguro... Yo me lanzaría de cabeza desde el escollo de la duda al mar de una existencia nueva."
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William Shakespeare
Macbeth 1.º acto, escena VII
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Decíamos las otras noches, con una amiga colega, que cuando nos enamoramos solemos hacerlo por las mismas razones que cuando nos divorciamos. Nuestra empírica histórica y la escucha en nuestra praxis de los analizantes nos hace ratificar esta hipótesis no muy científica pero muy patente.

Como digo siempre: lo que antes era “que tierna que es, mimosa como un bebé” después se transforma en “qué pesada, siempre rompiendo las bolas”. Lo que antes era: “qué ordenadito, qué metódico, qué laborioso y organizado, ¡qué trabajador!”, después se transforma en: “qué reverendo maníaco obsesivo insorportable y sobreadaptado, lo único que le importa es su trabajo”. Lo que antes era: “qué preocupada por estar bien y por pedir siempre que le presten atención a sus producciones”, después es: “qué histérica demandante, no hay consolador que le venga bien.”  Es decir: lo que era otrora ternura, ahora es crueldad; lo que antes era ingenuidad y candor, ahora es argucia y patraña; antes había preocupaciòn, ahora apatía. Pero ¿es sólo una cuestión de significantes o será el mismo mecanismo con diferentes paralelajes?
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Vayamos a dos ejemplos extremos, con el sólo ánimo de jugar la hipótesis.
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Pongamos por caso que “nos gusta enamorarnos” de personas mayores que nosotros porque preferimos –al menos inconscientemente- buscar una función más maternal o paternal en el partenaire. O pongamos, en el otro extremo, que buscamos menores porque la función paternal o maternal nos gusta ejercerla a nosotros y preferimos, al contrario, una personalidad más aniñada. (Estoy obviamente manejando esquemas, ya sabemos que no se trata de edades sino de funciones.)
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En el primer caso lo que al comienzo nos seduce, después se transforma en “es un viejo/a cascarrabias siempre quejoso controlando todo el tiempo como un padre/madre”. En el segundo caso la transformación lleva implícita enunciados como “es un pendejo/a caprichoso/a que hace lo que quiere y sólo se escucha a sí mismo” Ahora: ¿no son los adultos-mayores y los bebés-menores de este modo? ¿Cuál es la queja? ¿Vamos a pretender que alguien maduro instituya normas de juegos dinámicas o que no ejerza control sobre "sus supuestos hijos" o que no se queje de ellos mismos? ¿O que un bebé no termine rompiendo el mobiliario de la casa si ese bebé –en upa de sus propios padres- golpea a puñetazos la cara de los mismos progenitores?  Claro que, como me decía mi amiga colega, de un bebé-bebé uno espera que crezca, que deje de romper cosas y que pueda sostener algo; así como de un adulto-adulto uno también podría esperar que retome algo de su niñez y se ría y juegue como un niño. Es decir: esperar -de ambos- que se conmueva la Estructura y que la estereotipia no sea el callejón sin salida.
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Por eso, el problema central no radica en las funciones sino en cómo se engarzan. Puesto que un bebé puede llevarse muy bien con un padre (o una madre) y viceversa; el problema es que a veces los casamientos no amalgaman convenientemente y entonces nos encontramos con una pareja en donde sus partenaires ocupan, simultáneamente, lugares inconmovibles de bebés. (No olvidemos que toda Neurosis es siempre Infantil.) 
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Es decir: ninguno de los dos puede hacerse cargo del  niño que llora. Del otro niño y del propio que lleva adentro. Ninguno de los dos puede dejar de ocupar la posición de niño; la posición de ser el falo. Ninguno de los dos puede ceder algo (obviamente para ganar otra cosa) ni abandonar los títulos que el Otro le ha donado. En definitiva: ninguno de los dos puede abandonar al narcismo de ser -Freud dixit- "Su Majestad el Bebé".
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Entonces: ¿Cuál es la queja? La queja creo que es contra nosotros mismos, aunque no nos demos cuenta in situ.  La queja es sobre nuestra impotencia para sostener lo que buscamos. O, como decía Borges, nuestras “piadosas imposibilidades”. La queja creo que es tener que darnos cuenta que nuestro poder es limitado; que nuestro narcismo no puede todo; aunque así lo crea, imaginario engañoso mediante. Nadie nos impide creer que cantamos como Gardel o que pateamos como Messi, pero bue… ya sabemos, aunque parezca una obviedad aclararlo: Gardel y Messi -y tambièn nosotros- somos únicos.

Cuando nos damos cuenta que nuestro narcismo nos termina matando (y/o mantando al otro, a nuestro espejo o a nuestra falta o al amor mismo) ahi advertimos que el enemigo es interno, siempre.  Ahi declina el odio (hacia el otro) aún aunque queden sabores amargos enunciados en frases como "si ella (o si èl) hubiese actuado de otra forma" o "si al menos hubiese cedido, sino se hubiese defendido": resabios, en última instancia, lógicos pero ciegos, como todo narcismo. Porque no se entiende que cualquier sujeto se defiende si es atacado pero que esa defensa se ampara en el Otro -y el otro- que sujeta su imagen: de ahi que la agresividad dice: "Un golpe a tu enemigo es un golpe a ti mismo".  Que no lo podamos llegar a entender (y que sea todo esto el mismisimo origen de las pequeñas diferencias que separan a los humanos y de las políticas guerras que no dejan de tener una etiologìa narcìstica) eso -digo- es parte de la misma ceguera y sordera del YO.

Se entiende, pues, porqué Lacan ha criticado siempre a la self-psychology y todo su andamiaje.  Un análisis intenta, al contrario, sacarle al YO las antiparras para que el Sujeto pueda nadar aún con el riesgo de que un poco de cloro empañe los ojos. Pero estar con los ojos atentos de que lejos de un problema de Auto-Estima (como suele frecuentemente creerse y ha llegado a ser una moda psicológica) es un problema de Demasiada-Estima. Siempre. Aún en los casos de las mayores melancolizaciones clínicas. En esos casos, más todavía. Vale la pena recordar que la culpa enferma y la mayor culpa es no poder dejar de ser el falito: es decir, de realizar el Incesto y su Parricidio concomitante.
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Marcelo Augusto Pérez
Julio / 2011
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