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La Ciencia que forcluye al Sujeto

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.Ella –llamémosle Yazmín- tiene 14 años y pisó suelo argentino hace ya dos meses. “Pisó” es una manera de decir; ya que de su país, Bolivia, fue trasladada a San Salvador de Jujuy y desde allí en avión sanitario a Buenos Aires, directamente a un Hospital Pediátrico Municipal.

Yazmín tiene una neoplasia maligna que le comienza a producir metástasis. Espera regresar a su país lo antes posible, según lo prometido. Mientras tanto, confecciona muñecos de Papá-Noel para llevar a Bolivia y entregarlos a sus amigas y conocidos. Sólo sueña con ir a su tierra para abrazar a sus cabras.

Le han cortado ya una pierna pero su ánimo de luz todavía parece asomar desde una de las ventanas de su cuarto hospitalario. Desde una; no desde las dos que el cuarto tiene; puesto que la otra fue cubierta por una de las médicas que la atiende, con una tela azulada. La médica argumenta que no puede pasar por el pasillo y ver a Yazmín en ese estado. El Equipo Médico también le informa que no podrá irse hasta dentro de cinco meses que no se termine con el protocolo de atención clínica. Al enterarse de esto, Yazmín rompe todos los muñecos navideños y comienza a cerrar su boca: ya no come, ya no tiene ánimo de luz; empieza a empeorar y su sueño de encontrarse con su gente y de abrazar a sus cabras, asoma a desfallecer.

La Ley está escrita para proteger al Sujeto. La Ciencia también trata de hacer lo propio. Pero ni la Ley ni la Ciencia deben obturar al Sujeto. Todo el Servicio de Planta sabe que las probabilidades de que Yazmín muera en breve –aquí o en cualquier sitio de esta mundo- son altísimas. Sin embargo parece que el protocolo avanza por sobre el deseo. El manual de procedimiento es prioritario a una muerte digna; a una muerte acompañada de afectos; a una muerte sin cables, ni sondas ni monitores ni olor hospitalario. Pero aún suponiendo que lo iatrogénico del traslado tenga más peso que el deseo de Yazmín, hay algo que peca de falta de tacto: el discurso médico. Un médico tapa las ventanas amurallando el dolor; otro cierra sus oídos y no puede pensar más allá de su manual de procedimientos que tiene archivado en su fantasma. ¿No hubiese sido mejor declarar que se haría lo posible para que Yazmín y sus cabras se reúnan lo antes posible; a vomitar –frente a una niña convaleciente- que hay procedimientos que deben respetarse según decreto y ordenanza? ¿No hubiese sido mejor, podemos insistir, en presentar un discurso de fe en vez de exhibir cruelmente un discurso Amo?

Veamos también el lado del profesional que se encuentra atrapado frente a un fantasma que opera desde lo inconsciente. Porque este suceso es sólo un ejemplo de decenas que ocurren a diario en las instituciones sanitarias. ¿Hasta que punto no es una defensa el procedimiento, la decisión, de cada uno de los integrantes del Equipo? ¿Se puede ver, entonces, la importancia de que los profesionales que se codean con la muerte todo el tiempo, tengan un espacio de reflexión -y estoy tentado a decir de análisis personal- para poder pensar desde qué lugar articulan su discurso?

Las cuestiones de deseo siempre conllevan cierta carga de encrucijada ética. La ética acarrea dilemas justamente porque el Sujeto en cuestión no es un Manual. La muerte no es una entidad que puede apaciguarse amparándose en guarismos o en anales necrológicos. La Ley es Universal; pero después habrá que considerar la subjetividad del caso por caso. Yazmín está a la espera de que un Comité de Ética dictamine si el protocolo de una institución y la aspiración de ciertos médicos es más importante que la ceremonia del adiós.
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Marcelo Augusto Pérez
Enero del 2011.
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