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La Cisterna

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Ellos se conocieron cuando transitaban sus veintes; es decir, hacía ya tres décadas. Eran de las parejas a la antigua usanza: a pesar de que la pasión se había adormecido y la tediosa rutina se les había colgado del pescuezo, habían formulado lo informulable; habían jurado lo imposible: irse uno cuando no era necesario seguir porque el otro ya no estaba. Ninguno de los dos creía en el destino; los dos sabían que nadie muere en la víspera y ambos estaban muy seguros que no eran los virus, ni las bacterias lo que mata a un alma; sino simplemente la tristeza.

Ella nunca abandonó la respotería. Él era carpintero. Con sus cuatro manos laboriosas, ella ponía luz a la gentil madera de los sueños, mientras que él siempre trataba de encontrar la vuelta para que el juramento permanezca vigente. Vigente y vigoroso. No necesitaban demasiadas cosas para estar: la vida no les había otorgado la misión de engendrar hijos, ni la utopía de educarlos. Pero abundaban otros privilegios humanos: agasajar a vecinos y amigos; ella, con tortas sublimes de frambuesas o lima y él, con truchas frescas capturadas de mañana y con ensaladas tibias de palta, queso azul y parmesano: especialidad del hombre de las maderas. También gustaban de escuchar ópera y de vez en vez recorrían a pie la costanera del río marrón pero quieto que bordeaba su huerta. Sin embargo de lo que más gozaban era de esperar la luna, día a día, para abrazarse en cucharita aún en aquellos momentos donde la poesía de la noche se ausentaba y los murciélagos del odio rondaban el malestar y hacían palidecer el porvenir de aquel arcaico testimonio. Esto sí, era un pacto incorrompible. Porque, después de todo, ellos sabían que el amor no es más que una jaula cuya puerta, siembre abierta, es imposible traspasar. Y nunca dejaron de amarse.

Una mañana, cuando el ruiseñor que siempre los desvelaba se acercó a aquel alcanforero, él despertó con cierto malestar que no eran los achaques cotidianos de sus ochenta. A las pocas semanas, consultó. Al mes ya tenía el diagnóstico; raro por cierto ya que a su edad un linfoma no suele ser común. Ella no lo supo nunca; ya que él –que prefirió siempre autoabastecerse de coraje y consultar sólo a los clínicos- decidió ocultarlo puesto que sabía que podía desencadenar una tristeza mortífera. Pero también decidió prepararse para irse. Y tomó ciertas precauciones en función de ella: uno siempre pensaba en función del otro; y esto también era un pacto incorrompible. Nunca ninguno de ellos decidió una acción sin consultar al otro; ninguno de ellos nunca se benefició con algo sin que el otro tome algún beneficio extra. Ninguno de ellos, en definitiva, dejó nunca de pensar en el otro. Esta vez él llamó por su cuenta al abogado de la familia, pidió total secreto, y comenzó a tramitar los papeles para dejarle a ella todo el resto de su vida bien ordenado: no quería que tuviese mayores inconvenientes de papelerío. Y así, cucharita mediante, se dormía cada vez más apretadito a la espalda de ella; y se desvelaba de vez en vez pensando que los médicos le habían pronosticado a lo sumo seis o siete meses de vida; y pensaba que hubiese preferido sin duda que aquel ruiseñor color del cielo prolongue su existencia para seguir lustrando caobas y aderezando endivias…
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La tarde del 7 de noviembre ella le advirtió que algo andaba mal en los caños de la casa. El agua salía demasiado gris y muchas veces también negra. Y entonces llegó el plomero. Ellos siempre se guiaron por su olfato de campesinos mal criados; y por el color de la mirada de cada huésped; y algo les decía que ese plomero no tenía la uña de guitarrero necesaria; pero como se los recomendó la vecina de los rosales chinos -esa que siempre les traía pan recién sacadito del horno de barro de su quinta y torta de arándanos y vainilla-, decidieron contratarlo. Y el susodicho recomendó cambiar la cisterna de agua que ya tenía las mismas décadas que la pareja confesaba. Entonces, tonel nuevo mediante, el mismo plomero procedió al cambio –ayudantes y camión auxiliares de rigor-, cobró su obra y recomendó esperar un día entero para disfrutar de los resultados de un agua sana y albina.

Y así fue. Dos días después el líquido comenzó a rendir como se esperaba. Y una tarde ella subió muy despacio los once escalones hacia la terraza y quiso observar aquel enorme objeto que hizo posible el hallazgo de un beneficio maravilloso. Cuando subió, esa tarde, él la esperó junto a Rómulo, el gato blanco a rayas suaves que los acompañaba sigiloso y que habían decidido adoptar cuando visitaron el Botánico hacía ya dos cortos años.

Ni un segundo antes, ni un segundo después; sino en el preciso momento que ella pasó bajo aquel enorme tanque de plástico blanco; el mismo cayó impetuoso sobre su cuerpo. Él escuchó la explosión y Rómulo no pudo más que aullar y salir corriendo hacia una claraboya. Era demasiado tarde para todo: ella quedó petrificada debajo de la cuba y él no pudo más que llorar y llorar hasta que una vecina, que había escuchado la explosión, apareció por el fondo y comunicó la escena al hospital vecinal.

Él siempre supo que los diagnósticos comienzan en el médico pero se cierran en el paciente; siempre supo que no hay palabra que no termine de construirse con la escucha del otro; y siempre supo que el futuro no existe cuando el presente puede vivirse con felicidad y dignidad. No pudo esperar seis meses como los médicos habían previsto. Unas semanas después, cuando acariciaba a Rómulo y mientras Verdi llegaba lejano por detrás del cortinado gris de la cocina; se demoró en un sueño de ruiseñores, madera y tortas dulces; y se dejó yacer mientras la tarde emigraba.

La historia que refiero me ha sido narrada por una colega quien, a su vez, se la transmitió una paciente no hace más que un mes o acaso, dos. La paciente era sobrina del carpintero. Y podrá el lector sospechar que no fue el cáncer quien se lo llevó.

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Noviembre, 2010.


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