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Apenas eso...

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La gente tiene miedo, señor.
Miedo a los carpinchos.
Miedo a las mariposas.
Miedo a los silencios y a los saltamontes.
Miedo a dormir con las persianas abiertas y
Miedo a la lluvia cuando golpea los hombros o
cae sobre las lentes o sobre los techos de chapas.
Miedo a las lucièrnagas si son muchas
o a la oscuridad sin lucièrnagas.
Miedo a las paredes que escuchan y a los sapos que cantan.
Miedo a la locura y a volverse loco.
Miedo a las palomas que transmiten ¡uyy! transmiten bacterias ¡què miedo!
Miedo a los gusanos cuando no estàn sepultados
en la seda de la dama o en la cobarta del caballero.
Miedo a los langostinos y a regalar flores.
Miedo a la soledad y las compañías.
Miedo a los teléfonos pinchados ¡uyy! qué problema los teléfonos pinchados.
Uno se cree tan importante que ¡ojito! si alguien escucha lo que decimos.
Miedo a perder el celular o a quedarse sin crédito o sin rutina.
Miedo a la gripe A y a la gripe B y a la gripe con todo el abecedario.
Miedo a los sombreros y a quedarse pelado. ¡Que miedo quedarse sin pelos!
Miedo a las hojas en blanco y al blanco de los ojos.
Miedo a los manicomios y a los poetas.
Miedo al insomnio y a las tortugas.
Miedo a perder el control y miedo a no controlar la pèrdida.
Miedo a arrastrarse sobre la tierra húmeda y miedo a volar.
Miedo al futuro: es decir, a lo que no existe.
Miedo a las palabras. A pronunciarlas a colorearlas a guardarlas.

Miedo a dar la sal en la mano y a dar la mano.
Miedo al miedo.
¿Miedo a morir? ¡No, señor, no! Miedo ¡a vivir!
¡Miedo a vivir sin miedo!
Miedo a vivir sin piso y sin techo. ¡Aaahh sin techito! ¡Ese sí que es un miedo!
¿A usted, señor, alguna vez le ofrecieron un techito? ¡No! ¡No lo acepte! ¡No!
No es el techito lo que yo necesito, señor. ¡No!
No necesito la cama ni la heladera ni… Ni la pileta de natación. No señor. No es eso.
Lo que necesito del otro es tener la convicciòn

la absoluta convicciòn la absoluta sensación
De que no me lo está prestando… sino, regalando… aunque sea por dos o tres… segundos.
Lo que necesito del otro es no necesitar explicarle nada
Ni pedirle permiso ni disculparme ni acongojarme ni sacrificarme ni despojarme.
Porque yo, señor,
Cuando pongo la mano, doy.
Cuando pongo la oreja, doy.
Cuando pongo el corazón, doy.
Cuando pongo todos los òrganos, ¡cuando pongo todos los òrganos! señor…
Cuando pongo el cuerpo ¡me juego!

O, mejor dicho: cuando me juego, pongo todo el cuerpo.

Miedo a perder, señor, eso: a perder.
A perder la billetera a perder el honor a perder el plasma a perder el Rembrandt


o el orgullo o la imagen o las botas texanas o las tarjetas de crédito.
Miedo a perder el Dupont de oro macizo.

Miedo a perder el poder y el pudor
a perder los libritos y los libretos
a perder las alajas y las alforjas
a perder las pestañas y las pezuñas.

Todo ese miedo impide,
quizás señor,
poder ganar apenas...
Un soplo.
Una mano sobre el hombro.
Un abrazo.
Apenas eso…

La gente, señor, tiene miedo.

Y después se sorprenden que yo…
Que soy un crepúsculo un manantial una gota de petròleo o de tulipán o de gris
Que soy un mosquito una fiera un excremento un arcoiris
Yo, señor, no les tenga miedo a ellos. ¡A ellos!


Miedo no: ¡Pánico, Terror!
No.

Miedo no, señor.
Miedo no.
Apenas duelo.


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