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Petrificada

Amelia Earnshawe colocó las rebanadas de pan integral en el tostador y presionó la palanca. Ajustó el temporizador para que quedaran bien tostadas, justo como le gustaban a George. Amelia las prefería sólo levemente tostadas. Es más, prefería el pan blanco, pese a que no tuviera tantas vitaminas. Llevaba diez años sin probar el pan blanco.

Sentado a la mesa del desayuno, George leía el periódico. No levantó la vista. Nunca levantaba la vista.

«Le odio», pensó ella, y el simple hecho de ser capaz de expresarlo con palabras la sorprendió. Mentalmente, lo repitió de nuevo: «Le odio». Era como una canción. «Le odio por sus tostadas, y por su cabeza de calvo, y por el modo en que persigue a las jovencitas de la oficina (chicas recién salidas del instituto que se ríen de él a sus espaldas), y por cómo me ningunea cuando no le apetece estar conmigo, y por ese “¿Qué dices, mi amor?” que me suelta cuando le hago una pregunta sencilla, como si ya no recordara ni cómo me llamo. Como si no recordara siquiera que tengo un nombre.»
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—¿Revueltos o pasados por agua? —le preguntó en voz alta.

—¿Qué dices, mi amor?

George Earnshaw miró a su esposa con ternura, y se hubiera quedado atónito de saber cuánto le odiaba. Él sentía por ella lo mismo que por cualquier electrodoméstico que llevara diez años en la casa y siguiera funcionando bien. El televisor, por ejemplo. O el cortacéspedes. Él pensaba que el amor era eso.

—Estoy pensando que deberíamos asistir a alguna manifestación de ésas —dijo George, señalando el editorial del periódico—, para demostrar que somos personas comprometidas. ¿No, mi amor?

El tostador hizo un ruido que indicaba que el pan estaba listo. Sólo había saltado una tostada. Amelia cogió un cuchillo y pescó la otra rebanada, que salió rota. El tostador había sido el regalo de boda de su tío John. Dentro de poco tendría que comprar uno nuevo, o empezar a tostar el pan en la parrilla, como hacía su madre.

—George, ¿prefieres los huevos revueltos o pasados por agua? —volvió a preguntarle, casi en un susurro, y algo en su voz hizo que George levantara la vista de su periódico.

—Como tú quieras, mi amor —respondió, en tono amable.

Y, por más que lo intentó, ni cuando un rato después se lo contó a todos los de la oficina, consiguió entender por qué Amelia se había quedado petrificada con la tostada en la mano ni por qué se había echado a llorar.

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NEIL GAIMAN
Fragmento de:
Las esposas prohibidas de los siervos sin rostro de la secreta morada de la noche
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