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La enfermedad no existe, pero sí existen los enfermos


“La ciencia dice: el cuerpo es una máquina. La publicidad dice: el cuerpo es un negocio. El cuerpo dice: Yo soy una fiesta.”
Eduardo Galeano

“No es que el hombre muera porque ha caído enfermo; es, fundamentalmente porque (sabe que) puede morir, que el hombre llega a estar enfermo.”
Michel Foucault

“… los psicólogos son sordos. Esa cosa que sólo existe en el vocabulario de los psicólogos –una psique adherida como tal a un cuerpo. ¿Por qué diablos, cabe decirlo, por qué diablos el hombre sería doble? Que haya un cuerpo ya de por sí encubre suficientes misterios (…) ¿Por qué diablos no limpiar de nuestra mente toda esa psicología defectuosa y no intentar deletrear lo tocante a la Bedeutung del falo?”
Jacques Lacan


“Es dable pensar que la enfermedad y la muerte ocurren por falta de proyecto y de deseo antes que por razones biológicas.”
Sigmund Freud

“Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos; los microbios, como causa de enfermedades, son unas pobres causas.”
Ramón Carrillo


PARTE I

El sintagma que reza: “no hay enfermedades, hay enfermos” parece no tan verosímil cuando la Sagrada Ciencia toma riendas en el asunto. Tampoco parece servir recordar los miles de casos en donde los pacientes negativizan (o positivizan) virus en determinados momentos y no en otros; o donde producen explosión de oncogenes (¿por qué si todos los tenemos, sólo algunos producen cáncer?) o donde a pesar de estar en directo contacto con sujetos que padecen –por ejemplo- bacilo de Köch no se produce tuberculosis o –la inversa- donde alguien (¿triste, depresivo, con las defensas bajas?) produzca una gripe sin causa aparente. Paradójicamente –a pesar del olvido del hombre común- los servicios hospitalarios de infectología y cardiología –sobre todo; pero también dermatología y algunos otros- trabajan cada vez más con un encuadre integral (la psicoinmunoendocrinologìa es una disciplina reciente que intenta dicha integración) y aconsejan a los pacientes iniciar tratamiento “psi” para investigar causas y efectos. En resumen: nos olvidamos que una sóla gota microscópica puede causar un temporal o -a la inversa- que a pesar de ciertos holocaustos exigidos al cuerpo, muchas veces no se produce la tormenta. Nos olvidamos que hay gente de treinta años que nunca fumó en su vida y murió de cáncer de pulmón; y que otros esperan sus ochenta con una copa de whisky en una mano y un habano en la otra.

Estas cuestiones están, mal que nos pese ya que la Ciencia tranquiliza y mucho más un diagnóstico (no olvidemos que el enfermo –por definición- es quien se entrega a un médico en demanda diagnóstica), están –decíamos- por fuera de los Manuales y entran en el campo de la singularidad de cada sujeto.

La Ciencia ha nacido –por definición- para abordar lo General: su método trata de crear fórmulas para llegar a una solución global del problema: si sirve para N, entonces sirve para N+1; salvo excepciones que obviamente ciertos médicos rigurosos toman en cuenta (por ejemplo el Dr. House). La Ciencia, en definitiva, no puede responder por què a veces alguien no se cura con su método pero si con una tirada de cartas o con un chamán. Mucho menos hoy día donde la política y la dominancia de las Obras Sociales y Laboratorios (fieles representantes de la Sagrada susodicha) ejercen -a la mejor manera Foucaultiana – poder sobre el ejercicio del staff médico implicado y de las instituciones.

Si –como expresó Ramón Carillo, la salud es una decisión política; no es menos cierto que la enfermedad también es una decisión: inconsciente y política al fin. ¿Cuál política? Digámoslo sin preámbulos: la del hablaje; pero ya volvemos sobre esto.

Por eso –como todo lo que le sucede al bicho humano- la Enfermedad (que no existe) es Cultural. Los animales (logrados; cosa difícil de encontrar hoy día) no enferman. Y si se accidentan, el medio actúa como “curador” inmediato. El animal genera sus propias defensas si está logrado; sin la intervención humana. Y esto lo sabe bien cualquier acuarófilo hogareño que desea construir su acuario: las precauciones del medio (ph del agua, etc.) son lo más importante; y –aún así- los hongos y bacterias aparecen. ¿Han visto un veterinario sumergido en un océano para curar a algún pez? Como nos enseñan desde temprano; el animal nace, se reproduce y muere -si no se lo comen antes-.

Ahora: ¿qué puede decir el psicoanálisis del caso por caso? Es decir: no de “la enfermedad” sino de “cada enfermo”. Como agudamente ironizó Huxley, la medicina ha avanzado tanto que ya nadie está sano. Podríamos recordar también el dicho de Voltaire según el cual el arte de los médicos es entretener al enfermo hasta que la naturaleza los cure; excepto sino fuese que esa “naturaleza” –al ser humana- está enferma desde el vamos.

En realidad Huxley se olvida aquí que, como sentenció Hegel, el hombre es un animal-enfermo por definición. Con o sin avance científico. ¿Enfermo de qué? De padecer el único trauma que lo parasita desde su origen: el baño del lenguaje. El hombre enferma porque habla –y porque es hablado-. Y si habla, entonces escucha. Y, como sabemos desde Lacan, no hay orificio más superyoico que el oído, cuya sentencia es: Goza.


Pero demos un pequeño rodeo:

Ante todo afirmemos un sintagma que muchos analistas todavía no aceptan (y ni hablar de los psicólogos que quedarían espantados): la psiquis Es el cuerpo. Veamos:

Las actuales herramientas informáticas nos permiten saber que Psiquis es una palabra que Freud ha usado en su Obra más de mil quinientas veces; conjugadas de otras cientos de maneras posibles. No hay duda de que su postura fue separar éste término de su concepción clásica y, a la vez, hacerlo propio en el marco de su invento. (Cuando digo “invento”, obviamente me estoy refiriendo a lo inconsciente que “se inventa” en el dispositivo analítico al igual que el síntoma: la “fábrica permanente” de ese invento se actualiza, bajo transferencia, con la lectura de un analista. En definitiva, estoy diciendo –recordando a Lacan- que quien no se analiza no tiene inconsciente.)

El psicoanálisis (el que Jacques Lacan ha sabido leer de Sigmund Freud) plantea una versión de trazo único. Trazo único quiere decir cero dualismo. La tesis es directa: el psiquismo no existe: lo psíquico no existe o, en todo caso, si se pretende homologarlo a algo -a modo de oportunidad y de forzaje-, debemos decir que el psiquismo es el cuerpo; acotando sin demora que ya estamos planteando un pleonasmo lingüístico: ya que todo cuerpo –para ser tal- fue de hecho “encapsulado” dentro de la Cultura y –por ende- todo “germen” natural está perdido.

Decir Cuerpo es decir que la Cultura lo ha creado: primero la Cultura (primero la estructura del lenguaje agujereado, de lalengua), después el Cuerpo. Plantear la existencia de un sujeto previo al lenguaje o el origen del lenguaje a partir de un proto homo sapiens original es de hecho una ficción mítica. Por eso Umberto Eco habló del lenguaje como “la estructura ausente”.

Hay que diferenciar el hecho de que el cuerpo no es el soma. El “cacho de carne” no es el cuerpo de un sujeto. El “cacho de carne” es un a priori biológico que necesita de otro a priori para existir como cuerpo. Pero demos primero otro pequeño rodeo.

La genialidad del Maestro vienés ha vislumbrado que “el psiquismo” no es un espacio neuronal, ni “mental” sino, digámoslo rápidamente, una instancia virtual. Hoy quiero ensayar que esta instancia no es tanto virtual –en el sentido de lo imaginario- sino simbólica –en el sentido de lo real-, sin dejar de ser virtualmente existente, pero dicha existencia se “corporiza” en el único “aparato” con que cuenta el sujeto: su cuerpo.

Lo que estoy diciendo es no a la psicosexualidad, no a la psiconeurosis, no a la psicosomática. No, porque simplemente toda sexualidad, toda neurosis, todo síntoma (en el sentido más freudiano del término) es psíquico, es del hablaser; es de la Cultura, es del Cuerpo.
En el mismo pseudoerror acabaríamos si dijéramos que el sujeto es un sujeto psíquico: no hay otro sujeto que el sujetado a lo que Lacan escribió en un solo vocablo: lalengua. Porque tampoco “el lenguaje” existe: el lenguaje es una mera construcción de la ciencia de la lingüística. Lacan ha hecho clínica no lingüística, es decir que nos invita a hablar de lingü(h)isteria; por tanto existe la lalengua: la del habla-ser, la del caso por caso; la que ha hecho que la laringe cierre su columna de aire y que el infans comience a pronunciar solamente fonemas de su Otro primordial: sí, a veces corporizado en su Madre, pero también –y ante todo- de su lalengua de origen. (El Otro no es una persona; el Otro es un lugar desde donde se origina un sujeto.)

Estoy enunciando –en definitiva- que no hay enfermedad más que en la Cultura. (Para “enfermar” se necesita algo más que un conjunto de bacterias o algo más que un oncogen.)
Si hablamos de lingüs(h)histeria es porque existe un cuerpo bañado de “lo inconsciente”: es porque la verdadera “creadora” del psicoanálisis es la histérica, en cuyo cuerpo-simbólico-erogenizado (valga el pleonasmo: todo cuerpo lo es) se encuentra el misterio del síntoma que Freud pudo escuchar.

Jacques Lacan intenta demostrar a través de un aparato óptico cómo un sujeto necesita construir su cuerpo. También lo va a demostrar a través de figuras topológicas como la del Toro. Sería muy técnico extenderse aquí en este desarrollo, pero precisemos –en principio- que el Cuerpo tiene que quedar inmerso dentro de ciertas imágenes que lo coagulan, de cierto real (real sexual) que lo atrapa y de una matriz simbólica que lo Dona.
El cuerpo no es algo que viene desde el vamos: así como tampoco la sexualidad que –como bien expresó Oscar Masotta- es un “punto de llegada y no de partida”.
Tanto el Cuerpo como la Sexualidad; el sujeto “la organiza” –o, mejor dicho: al sujeto se le organiza- en lo que se ha bautizado Complejo de Castración, que muchos colegas siguen llamando Complejo de Edipo: Edipo no tuvo complejo alguno. Edipo es el mito hecho acto: se acostó con su madre y mató a su padre.
Esta “organización” (que, repetimos, el sujeto no busca sino que le llega) tiene un camino a recorrer bañado de avatares, identificaciones y obstáculos. Este trayecto se construye dentro de un marco: el del Deseo. El Deseo tomado como un real que también llega desde a-fuera: un sujeto no tiene un deseo, el deseo tiene al sujeto; y ahí radica todo drama neurótico.

El nombre de ese “haber sido deseado” o de ese “Aparato-Simbòlico que desea” Lacan lo ha nombrado con un matema: A. Este “tesoro de los significantes” que esperan al sujeto-por-venir, hace que, justamente, el “cacho de carne” se convierta en un “cuerpo”; atravesamiento fálico mediante. ¿Y qué es el falo? En términos simples, es lo que hace que lo biológico pierda su estatuto de tal y el organismo (poseedor de agujeros) se transforme en un cuerpo (poseedor de zonas erógenas; es decir: erogenizado.) El falo es lo que opaca cualquier necesidad que queda metamorfoseada en demanda y en innombrable deseo inconsciente. Es, como dirá Lacan, la “marca en que la parte del logos se une al advenimiento del deseo” [i] .

¿Pero entonces cómo? ¿Cambiamos “la psiquis” por “el falo”? ¿Estamos otra vez en lo virtual? En absoluto no. El falo es lo que aporta el A desde su lugar imaginario y desde su “experiencia en lo real”. Porque quien representa el A para el proto-sujeto es, ya, un sujeto-del-lenguaje que, castración mediante, dona una falta. El falo es el significante de esa falta. El falo es lo que permite que el ser, sea o no sea. Enlazado a esa premisa, el sujeto-a-advenir podrá estar impregnado de un cuerpo que ya tiene “la herencia” de “lo psíquico que no existe”.

Ahora podemos entender porqué el problema planteado por la histérica es el del encuentro entre lo biológico –que ha quedado divorciado de lo Natural- y el «representante pulsional», que es del orden del realenguaje.

Si bien todo analista coincide en que la palabra es pulsión; no todos van a coincidir que la inversa es cierta… sin embargo es sólo a través de la palabra-hablada, viniendo de A, que se “libidinizarán” los agujeros biológicos para transformarlos en zonas erógenas. Nada de “límite entre lo psíquico y somático”; nada de quántum físico, nada de “energía”: la palabra –la lalengua- es lo que transforma un organismo natural –eso que ni siquiera las madres médicas pueden llamar “feto” cuando ellas mismas están embarazadas- en un sujeto. Por eso no hay que dudar mucho en enunciar que la inversa también es cierta: la palabra es pulsión y la pulsión es la palabra.

Aclarando, para ciertos espíritus mal entendidos, que nos estamos refiriendo al habla (diferenciando malas traducciones “pro-lacanianas” debemos aclarar que parole no es mot y por ende se trata –para un analista- de la palabra-hablada); habla-materna que no puede ser “operativa” o “mecánica”, sino que debe estar –permítanme una adjetivación- amorosa y tiernamente anudada. Diríase más: eróticamente anudada por la voz de la madre y el eco de un padre que resuene en ella. Y, también aclaremos, que los sordomudos de nacimiento no están ajenos a esta palabra, así como los ciegos transitan perfectamente el “estadio del espejo” que es sólo una metáfora óptica para mencionar la alienación del sujeto al Otro.

Hay un cuerpo con significantes y atravesamiento fálico. No puede haber otro cuerpo que ese. El verdadero “aparato psíquico” es el aparato de lalengua (el A-parato) o, si se quiere, el aparato-del-cuerpo que, en el peor de los casos, puede resultar un cuerpo-aparato: he ahí el marasmo o el autismo; pero ese es tópico de otro ensayo.

Lo psíquico, el psiquismo, no existe porque hay un Cuerpo de lalengua: hay un encordado (corps = cuerpo (fr.) / en-cords = encordado (fr.) ) Real, Simbólico e Imaginario (los tres registros del Aparato – Sujeto creados por J.Lacan). A partir de este (a)nudado RSI; el psicoanálisis trabaja bajo una clínica de lectura porque es justamente una letra (la primera de nuestro abecedario) que Lacan ha inventado para que la praxis realice su operatoria –transferencia mediante- en el plano del discurso.

A través del habla (único medio del dispositivo) el síntoma modificará su acción mortificante. Síntoma que no puede estar alojado en otro sitio que en el Cuerpo; goce mediante (cuando enunciamos “goce” queremos decir, básicamente, un placer extremo que el sujeto experimenta en el umbral del displacer y –a la vez- un usufructo que el sujeto realiza de ese Otro que le ha dado su estatuto de sujeto).

Si el “psiquismo” todavía lo concebimos como el Alma y si, como pide Aristóteles es una sustancia a modo de función («si el ojo fuera un animal, la vista sería su alma, pues la vista es la substancia o forma del ojo») entonces ese psiquismo es el mismo Soplo que hace –lo digo en términos bíblicos- del barro un humano hablaser.
Ese Soplo, por ende, no puede ser otro que la Palabra: “…en el principio era el Verbo.” Lacan nos lo grita para que lo escuchemos: “…el alma es lo que se piensa a propósito del cuerpo, del lado del mango.” [ii] siendo “el mango” (de la sartén) nada menos que el Habla (lo que permite “sostener” la sartén/hombre).

Lo inconsciente (Gedakens) desde Freud son pensamientos; y pensamos con Palabras. (¿Hace falta aclarar que soñamos con Palabras?) Esas Palabras están ¿y dónde sino? en nuestro Cuerpo; porque nos han llegado de Otro Cuerpo también formado por Palabras: el sujeto nace en A. De este natalicio (o quizás de estas nupcias, porque lo que en realidad se presenta es una intersección de S con A), cae la letra-a que es la falta misma por dónde la pulsión hará su recorrido.

Un sujeto agujerado, un Otro (A) agujereado, un Cuerpo agujereado, una lalengua agujerada… Todo hace suponer que por esos agujeros se ha ido “el psiquismo” que alguna vez los griegos han intentado recuperar. Lo sorprendente que aún hoy se siga hablando de él como un concepto harto más concreto que diferencial. La pregunta sigue: ¿por qué separar?

Empecinarse en hacerlo es lo mismo que declarar la existencia de un psiquismo; es el mismo empecinamiento que se comete al querer saltar de lo Cultural a lo Natural. Es, en definitiva, no entender que así como la mosca o la rata nunca desearán “salmón ahumado” –el famoso sueño de la Histérica-; o que no existe el águila que viola, el hipopótamo fetichista ni la tortuga torturadora; tampoco el parlêtre comerá, beberá, ni se acercará a lo sexual por mero instinto; así como no se enfermará sólo porque un grupo de bacterias haya enloquecido. He aquí, creo, la falla epistemosomática que muchos analistas todavía no han capturado para su diván y que Lacan trató de imprimir en las letras de su corto escrito Psicoanálisis & Medicina.

PARTE II


Ahora bien: después de todos estos rodeos; después de considerar que el psiquismo es el cuerpo y que el habla está a la espera del sujeto por venir; y que la enfermedad es cultural; podríamos preguntarnos: ¿pero por qué el sujeto enferma?

Ya lo dijimos pero lo repetimos: porque habla. O, para mayor precisión, porque es hablado. Porque la PALABRA que lo atraviesa lo enferma o lo cura. A tal punto está alienado a significantes que la medicina utiliza el “medicamento placebo” para demostrar que la dominancia está en el poder sugestionable y no en la droga en sí. (Ejemplos de efecto-placebos hay cientos por doquier: sujetos que creen estar tomando medicina cuando en realidad es sólo agua y polvo azucarado y… se curan.)

El hecho de que el sujeto sea un parlêtre, quiere decir que escucha, oído mediante, el poder superyoico del Goce. Lo que encuentra el psicoanálisis es que sujetos con una tendencia mucho más superyoica (todo goce es masoquístico, por definición) –es decir, más gozosa- suelen “caer” (como alguien “cae en cana”) en la enfermedad con mayor rapidez y frecuencia. Esto se ha llamado, de Freud para acá, Culpa. (La enfemedad como verdadera “cárcel”: ¿y no se dice acaso de los presos que son individuos sedientos de castigo?) El goce es el pago que el cuerpo hace por esa culpa.

Ahora bien: ¿Qué es la Culpa?
Lacan nos enseñó que el sujeto siente culpa no por hacer el mal sino por hacer el bien: la mayor culpa es, por tanto, el deseo. Y, como sabemos, todo deseo es incestuoso. Por tanto el Soberano Bien es la Madre. Esto –incluso la conexión entre amor y culpa- fue bien trabajado por Colette Soler en su trabajo “La maldición sobre el sexo”, en donde hace una lectura de esta relación y estima que, según Freud, la cuestión viene por el lado del sacrificio que la pulsión debe hacer en pos del amor… Es decir que lo reprimido es el odio que implica ese sacrificio… Por eso Lacan nos dice que es necesario que el goce condescienda a deseo para alcanzar amor…

Entonces, en definitiva, ¿culpa de qué?
De no poder aceptar la Castración, la división estructural que el sujeto posee. Culpa de que el placer sea tanto que vaya más allá de la barrera permitida… Culpa, y no en última instancia, de no responder a la Palabra del Otro (“serás bueno”, “serás médico”, “serás monogámico”, “serás quien me seguirá”, etc.) Culpa -en fin- de ser sujeto: recordemos a S.Zizek cuando enuncia que no hay sujeto sin culpa.


Y aquí volvemos al inicio: como tampoco no hay sujeto que no esté enfermo… de palabras; es decir: de muerte: se nos recordará que la palabra MATA a la Cosa; el símbolo aparece como muerte del Real.

Si la PULSIÓN es algo es la introducción del significante, sustancia gozante por definición; es decir que toda pulsión es de muerte. “Pulsión de Vida” es un oxímoron. Sino estaríamos hablando de Instinto. Lo que se opone a la pulsión, sabemos, no es la pulsión de vida (esto es un error teórico-conceptual) sino el deseo.

La enfermedad es pulsión, goce-masoquístico: y no es curioso hallar que los sujetos más Tanáticos también tienen, en su vida cotidiana, prácticas (sexuales, laborales, etc.) relacionadas a fantasmas puestos en acto de puro goce corporal (valga acá el pleonasmo ya que no hay otro goce que no sea del cuerpo) “El cuerpo es algo hecho para gozar” –Lacan dixit. He aquí lo que ciertos sujetos con prácticas masoquistas nos dicen a gritos: hay analistas que no lo escuchan y eso es, obviamente, otro tema. ¿Qué nos dicen? “Miren, escuchen gritar a mi cuerpo. Observen cómo goza. Escuchen cómo el castigo, los golpes, los azotes, el látigo, son parte anexa de mi cuerpo. Oigan los suspiros; los gritos de mi cuerpo. Palpen cómo la piel se eriza; cómo el dolor produce endorfinas suficientes como para exaltar una excitación tal comparada con nada. Vean los estragos, las llagas, que mi cuerpo talla.” Y este tema, tan bien desarrollado por Lacan desde Kant con Sade hasta los escritos poéticos y técnicos; no es ajeno a la neurosis: no se trata de una puesta en escena perversa: los neuróticos suelen “jugar” la escena fantasmática en dicho marco.
Ahora bien: culpa & pulsión; muerte & deseo. ¿Entonces? He aquí el conflicto neurótico: el sujeto no puede aceptar este deseo de buenas a primera; por eso hablamos –a modo clínico- del deseo insatisfecho en la histérica; del deseo imposible en el obsesivo y del deseo prevenido en el fóbico: los tres deseos, en definitiva, están apartados de la decisión última a la que el neurótico debe resignar su castración: ya que cuando uno decide siempre perderá algo.

Conclusión: ante la posibilidad de pérdida, de castración, de angustia; el neurótico acepta quedarse con un deseo imposible (defensa contra el goce) pero sin hacer el trabajo de tramitación consecuente; por tanto la enfermedad aparece. ¿Y dónde se hace dicho trabajo? Precisamente en análisis. (No es casual que los sujetos, después de los primeros meses de análisis, caigan enfermos.)
Es este dispositivo que permite, Otro transferencial mediante, confrontar al neurótico con sus pasiones, su lógica, su modo de goce y, obviamente, su deseo inconsciente que se vehiculizará en los diferentes avatares del discurso frente al analista. Esto está muy lejos de una psicología cuerpo/alma. Muy lejos del consejo o de la “proporción divina”; porque, en la soledad de un diván, el sujeto –culpa mediante- deberá quedar advertido de la posibilidad de que no siempre el Otro tenga respuesta. Es decir: de la soledad de su Acto. Lógicamente, cuando ese Acto es decidido y no metamorfosea en un síntoma o en una inhibición.



Marcelo A. Pérez, psicoanalista
Dibujos: Lidia Catalano / Alicia Scavino




[i] Lacan J.; La Bedeutung del Falo; Conferencia del 9/5/1958. Escritos II. Siglo XXI; Bs. As., 1987, p. 672.
[ii] Lacan J.; Seminario XX: Aún; clase: 8 de mayo de 1973. Ed. Paidós; Bs. As., 1992, p. 134.

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